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El autor y el personaje

Un cuento de Nino Guareschi. 

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Cuando uno se imagina las innumerables prepotencias que el autor puede concentrar, si así se le antoja, en el héroe de su novela, es como para asustarse.
El autor puede hacer con él todo lo que le dé la gana. Según su capricho, puede hacerlo morir lo mismo en el primer capítulo que en el último, puede prestarle sentimientos que no correspondan ni poco ni mucho con sus condiciones físicas — esto es, dar un carácter de hombre sanguíneo a un hombre de temperamento linfático o nervioso, y viceversa—, puede hacerle llorar, reir, ponerse enfermo, volverse loco o enamorarse a su gusto.
Él es, en resumen, como un pequeño Dios para su personaje.
Puede hacer que se enamore de la muchacha que a él le plazca como autor, aunque no le gusta al héroe. Si quiere puede incluso hacerlo enamorar de una vieja.
Nada más fácil, pues no tiene más que escribir: “Ramberto levantó los ojos lentamente y miró sonriendo a la vieja. De pronto tuvo la sensación de que un dulcísimo sentimiento nacía en él. Amaba…”
¿Qué cuesta escribir una cosa así? Y ya tenemos al pobre Ramberto enamorado locamente de una anciana. Ya lo tenemos suspirando por la vieja y soñando con la vieja. Y todo porque el autor, en un momento de maldad pura, lo ha escrito así.
No sé si he expresado claramente mi idea.
Yo, por ejemplo, conocía a un escritor que era, sin duda alguna, la maldad personificada. Él, en el fondo, odiaba a los héroes de sus novelas. Era un hombre pequeño y, por decirlo así, medio jorobado, y se divertía creando unos personajes hermosos, robustos, con unos hombros cuadrados, con un pecho fuerte y unas mandíbulas poderosas, para darse después el gusto de hundirles en el mayor de los desprestigios. Hacía que unos piratas chinos los ataran y los amordazaran o hacía que se enamorasen de mujeres bellas y fatales que se burlaban de ellos en sus propias barbas. Luego, como si no tuviera bastante con todo esto, los hacía morir miserablemente en el último capítulo.
Una vez creó un magnífico tipo de héroe, un hermoso joven que. después de haber hecho todos los oficios —marinero, contrabandista, jugador profesional, maestro de boxeo, profesor de baile, etc., etc. — se enamoraba perdidamente de una muchacha rubia con los ojos azules como el mar o cualquier cosa de este género y, después de muchos esfuerzos que se iban dilatando hasta el fin de la novela para conquistarla, no sólo no lo conseguía, sino que caía en las aguas profundas de un pequeño lago insignificante y se hundía como un plomo ahogándose miserablemente.
El héroe en cuestión se llamaba Carlos Pantera, si mal no recuerdo, y tenía apenas treinta años en el momento de su muerte.
Habían transcurrido unos seis meses desde la aparición de la novela y el autor ya no pensaba ni siquiera en ella cuando alguien llamó un día a su puerta.
El escritor fue a abrir y se encontró cara a cara con un joven alto y robusto, con la cara bronceada por el sol de los trópicos y de facciones enérgicas.
—Buenos días — dijo el joven entrando.
—Buenos días — contestó el escritor —. A ¿ qué debo el honor de esta visita ?
El joven sonrió malignamente.
—Yo — dijo — soy Carlos Pantera.
El escritor también sonrió.
—Comprendo — repuso—. Un caso curioso de homonimia. Usted se llama, por una rara casualidad, precisamente como uno de los héroes de mis novelas y ha venido a protestar… Son cosas que pueden ocurrir y que…,
—No — dijo el joven, resueltamente.
—¿ Cómo?
El extraño visitante miró a su alrededor con circunspección, después cerró la puerta detrás de sí, dió algunos pasos por la habitación y se sentó.
—Yo — afirmó — soy verdaderamente Carlos Pantera, el protagonista de su última novela.
Una pausa llena de signos interrogantes y de exclamación.
—Como puede usted ver — añadió después de un momento de silencio —, no estoy muerto.
El escritor se sobresaltó.
—Sin embargo — exclamó —, yo le he hecho ahogar en el lago de Thub. ¡Lo recuerdo muy bien!…
¡Ah, ah! repuso el joven. Se lo ha creído, ¿eh? Usted es un cretino.
—¡Caballero! intentó protestar el escritor.
—¡ Es usted un cretino y un bandido! Se ha olvidado usted de que en mi juventud me hizo ser marinero del “María Adelaida”, y se ha olvidado sencillamente de que los marineros, por regla general, saben nadar como peces. Y yo, efectivamente, me he salvado nadando.
Se frotó enérgicamente las manos y prosiguió:
—No sólo nado y he logrado salvarme, sino que después de haberme librado de su influencia, porque usted me creía muerto y ya no se ocupaba de mí, he ido a buscar a la muchacha rubia de los ojos azules como el mar, y ella, libre también de la influencia de usted, me ha dado el sí. Y hace quince días que nos hemos casado.
– Pero en este caso — quiso protestar el novelista— mi libro acaba estúpidamente.
—Para usted tal vez, pero no para mí. Y además, no me importa nada que su novela acabe o no estúpidamente. Lo importante es que yo estoy vivo y soy feliz.
—¿Y ahora qué piensa usted hacer?
—Por el momento he venido a decirle a usted cuatro palabritas.
Se frotó otra vez las manos, se puso de pie y se acercó a la puerta.
—¿ Qué va usted a hacer ? — gritó el escritor, asustado.
—Le voy a enseñar de una vez para siempre a hacer que se ahoguen las personas decentes —dijo tranquilamente el joven, cerrando la puerta con llave y guardándose la llave en el bolsillo.
Lo que sucedió en la estancia del escritor yo no lo sé. Sé únicamente que desde aquel día no describió más héroes altos y robustos. Sus personajes fueron en lo sucesivo siempre pequeños y con los hombros más bien estrechos.
Yo, en cambio, soy bueno. Hubiera podido hacer acabar mal a mi héroe, pero no he querido. Hubiera podido, ¿qué sé yo?, hacerlo asesinar, convirtiendo así mi libro en una novela policíaca. Hubiera podido hacer que se casara con Cecilia en vez de casarlo con Isabel. No he querido hacerlo. Me he puesto en su lugar y he obrado en consecuencia. No he querido abusar de mi poder.
Se cuenta una célebre anécdota de Alejandro Dumas, según la cual un día fue sorprendido por su hijo mientras estaba sollozando desesperadamente.
—¿Qué te ocurre, papá ?
—Cállate. Piensa que acabo de cometer un gran delito.
—Pero ¿qué ha hecho?
—He hecho morir al grande, al noble, al valeroso Porthos.
Y no podía calmarse.
Y ahora digo yo, ¿era verdaderamente necesario hacer morir a Porthos? Porthos era bueno, creía todas las historias que le contaban D’Artagnan y Aramis y quería bien a todos. ¿Por qué, pues, hacerlo morir? ¿Y por qué dejar vivir, en cambio, a Aramis que era malo? Yo, si hubiera sido Dumas, habría salvado de la muerte al buen gigante y lo habría hecho retirarse a la vida privada en sus posesiones de Pierrefond, le habría hecho obtener el título de duque que él deseaba tanto y lo habría hecho vivir hasta los cien años, feliz y contento.
¡Abajo Dumas!

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Gabriela Mistral

Gabriela Mistral fue una de las poetas más notables de la literatura chilena e hispanoamericana. Se le considera una de las principales referentes de la poesía femenina universal y por su obra obtuvo el primer Premio Nobel de Literatura para un autor latinoamericano.
Nació el 7 de Abril de 1889 en Vicuña, ciudad nortina situada en el cálido Valle del Elqui. Fue bautizada como Lucila de María Godoy Alcayaga, según consta en los registros parroquiales.
En 1945 la Academia Sueca galardonó finalmente a Gabriela Mistral con el Premio Nobel de Literatura, premio que recibió el 10 de diciembre de aquel año. Años después de este reconocimiento de carácter universal en Chile se le otorgó el Premio Nacional de Literatura en 1951.

El pasó con otra;   celos
yo le vi pasar.
Siempre dulce el viento
y el camino en paz.
¡Y estos ojos míseros
le vieron pasar!

Él va amando a otra
por la tierra en flor.
Ha abierto el espino;
pasa una canción.
¡Y él va amando a otra
por la tierra en flor!

El besó a la otra
a orillas del mar;
resbaló en las olas
la luna de azahar.
¡Y no untó mi sangre
la extensión del mar!
El irá con otra
por la eternidad.
Habrá cielos dulces.
(Dios quiere callar.)
Y el irá con otra
por la eternidad!

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El beso del escultor

Cuento de Carlo Salustri (Trilussa)

elena-ivanovnaUna noche, bajo las estrellas de Trinidad del Monte, el escultor C… me confió sus penas sentimen­tales. Estaba enamorado de una princesa rusa, so­brina del Zar, una de las mujeres más hermosas de Petrogrado, un poco misteriosa, con un nombre más dulce que un suspiro — “Sofía” —, pero con un ape­llido que parecía un galope de caballos: Krataclastoff.
El escultor me participó muy en secreto que, desde hacía tres semanas, iba a verle todas las mañanas a su estudio de la calle Margutta. Él esculpía su busto.
—¿Tres semanas? — observé—. ¿Y no has llega­do aún a conmover su corazón?
—¡Oh! Verás — me respondió el artista—. Ima­gínate que el primer día, ante una manifestación de ternura completamente inofensiva, la princesa me di­jo: “Tenga muy presente, mi querido amigo, que amo sólo a mi marido; que le soy fiel; que no oculto mi simpatía por usted, pero que nada tiene que es­perar de mí. Lo único a que puedo autorizarle es a que me bese en la mejilla izquierda…; vea, aquí…”
…Y me indicó el sitio exacto con su meñique, en el que brillaba un zafiro.
—¿Y no te adueñaste inmediatamente del espa­cio disponible?
— En el acto! — contestó el escultor —. Espera­ba ganar terreno más tarde, pero me equivoqué. Hoy, después de transcurridos quince días, estoy aún en el mismo lugar. Me permite que la dé un beso en la mejilla izquierda… y eso es todo.
—¿Y no te lo devuelve nunca?
—¡Jamás! ¡Es inflexible!
Me separé de mi pobre amigo dándole ánimos.
Algunos días después, en la calle Margutta, vi un coche magnífico ante la casa del artista.
Me acerqué al chófer, un buen mozo, ocupado en leer tranquilamente su periódico, y le pregunté:
—Perdón…. ¿Puede decirme si hay alguien en casa del escultor?
El joven levantó la vista y, en cuanto me miró, lanzó un “¡Oh!” de sorpresa. Me conocía de hacía tiempo. Era el hijo de Zagarolese, el hotelero de la calle de San Angelo. Me contó que, desde hacía cuatro años, servía a la princesa Krataclastoff en calidad de chófer.
—Es una señora muy buena, ¿sabe? Me quiere mucho. Me trata como si fuera de su familia. Es ver­dad que yo también le he dado una gran prueba de abnegación. Figúrese que hace dos años nos encon­trábamos en Francia. Y he aquí que en el curso de una pequeña excursión en automóvil por los alredores de París, un guardabarros choca contra un árbol, salta, rompe el cristal y hiere a la princesa en el ros­tro. Había que obrar rápidamente… Vuelo al hospi­tal más próximo… El doctor dijo: “No es nada grave, pero me temo que quede desfigurada. Habría que practicar en seguida un injerto… Si hubiera aquí alguien dispuesto a permitir que le quitase un pedacito de piel, lo haría de inmediato…”
—¡ Estoy a su disposición! — le dije al cirujano.
Y me sometí a una operación delicada y dolorosa. He de confesar que me dolió mucho, pero, en compensa­ción, tengo la alegría de haber contribuido perso­nalmente a la conservación de la belleza de la se­ñora.
—Eso está muy bien —dije—. ¿Y de dónde le sacaron la piel?
—De aquí — dijo el joven, con aire satisfecho. Tuvo que levantarse para indicarme el sitio.
No he revelado jamás a mi amigo el escultor qué es lo que besaba desde hacía exactamente tres semanas.

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Las mil y una noches

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Antonie Galland (4 de abril de 1646 – 17 de febrero de 1715) fue un orientalista y arqueólogo francés, famoso por realizar la primera traducción europea de Las mil y una noches. Durante su estancia en Constantinopla, 1n 1690, Galland conoció un manuscrito de la Historia de Sindbad el marino, lo tradujo al francés y lo publicó en 1701. El éxito que tuvo lo entusiasmó para traducir un manuscrito sirio del siglo XIV de cuentos de Las mil y una noches. Los dos primeros volúmenes aparecieron en 1704 y el último (el XII) fue publicado postumamente en 1717. La primera parte de la obra es una traducción del manuscrito sirio, pero posteriormente recogió cuentos de otras fuentes.

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Anton Pieck, Las mil y una noches

La traducción de Galland se adaptó al gusto de la época, por lo mismo eliminó los pasajes eróticos y los fragmentos de poesía.
Richard Burton, otro de los famosos traductores de la obra, llamó a la traducción de Galland una “deliciosa abreviación y adaptación”. Burton tenía razón, pero debe entenderse que la traducción de Galland fue el producto de una época para una época, además de ser la versión que está más al alcance del público infantil y de las personas que prefieren evitar las escenas y el lenguaje erótico. Es por eso que aunque han pasado doscientos años, la obra de Galland ha sobrevivido con toda su magia.

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Edmund Dulac, El príncipe Ahmed y el hada Peri-Banú

Las mil y una noches es, tecnicamente, una colección de cuentos. Procede de la antigua tradición oriental de los Contadores de Cuentos y fueron reunidas posteriormente en colecciones escritas por diferentes recopiladores a lo largo de siglos. Reune historias de los más diversos orígenes, indio, iranio, árabe, egipcio, mesopotámico y griego, por lo menos.
Se cree que sus primeras versiones escritas datan del siglo IX.

Los cuentos están estructurados alrededor de la historia del rey Shariar y su esposa Sherezada, quién para salvarse de la muerte y salvar también de un cruel destino a las doncellas del reino, cuenta a su esposo una historia cada noche, dejándola irremediablemente inconclusa postergando así su destino por un día más.
Luego, los cuentos van desarrollándose con el recurso de la historia dentro de la historia, de modo que el protagonista de un cuento cuenta a su vez otro.

Como nunca500 mil existió un libro único, sino compilaciones de diversos autores, se encuentran diversas ediciones, las que difieren en su contenido.
Los temas de los cuentos son de la más grande diversidad, incluyendo mitología pre-islámica, historias románticas, de terror, policiales, cómicas y didácticas, por ejemplo. También pueden encontrarse elementos fantásticos y que podrían clasificarse dentro de la moderna ciencia ficción.

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Robert Swain Gifford, El huevo de Roc

 

Es un libro muy entretenido, que vale la pena ser leído, aunque por supuesto el llamado público en general no lo aprecia en lo que debe, rescatando tan solo algunas historias aisladas como la de Ali Babá o la de Aladino, que, según los expertos, ni siquiera pertenece a Las mil y una noches, y, algunos sospechan, fueron escritas por el mismísimo Antonie Galland.

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Las botas viejas

boots—¡Bravo, D’Hevrais!, su oratoria es tan fluida como su prosa —alabó Petia—. El hecho es que no existe ningún Dios, sino la materia y unos principios básicos de moralidad. Le aconsejo que desarrolle sus ideas y escriba un artículo para la Revue Parisienne: es un tema excelente.

—Para escribir un buen artículo no hace falta ningún tema —afirmó el francés—. Basta con escribir bien.
—Eso es un absurdo —se indignó McLoughlin—. Sin un tema, ni un equilibrista de la palabra como usted podría hacer algo bueno.
—Señáleme cualquier tema que se le ocurra, el más trivial, y yo escribiré un artículo que mi periódico estará encantado de publicar. —D’Hevrais alargó la mano—. ¿Se apuesta usted algo? Mi silla de montar española contra sus gemelos Zeig.
Estalló una excitación general.
—¡Apuesto doscientos rublos por D’Hevrais! —anunció Soboliev.
—¿Cualquier tema que se me ocurra? —repitió lentamente el irlandés—. Cualquiera, ¿no es eso?
—Sí, señor, cualquiera. Incluso sobre la mosca que acaba de posarse en el bigote del coronel Lukan.

El rumano se sacudió apresuradamente el bigote y anunció: —Apuesto trescientos rublos por monsieur McLoughlin. ¿Qué tema señala?
—De acuerdo, pues escriba sobre sus botas viejas. —McLoughlin apuntó con el dedo las polvorientas botas de lona del francés—. Intente escribir un artículo que los lectores parisinos lean y que los haga entusiasmarse.
Soboliev levantó rápidamente las manos.
—Antes de que cierren la apuesta yo retiro la mía. ¡Unas botas viejas no, es demasiado!
Finalmente, las apuestas en favor del irlandés sumaron mil rublos, mientras que nadie quiso arriesgar su dinero por el francés.

. . .

Revue Parisienne (París)
18 (6) de julio de 1877 Charles D’Hevrais

LAS BOTAS VIEJAS. APUNTES DESDE EL FRENTE
Su piel se ha cuarteado y ahora está tan tierna como los labios de un caballo. No se puede aparecer en sociedad con botas como éstas. Pero yo no lo hago: las botas tienen otro uso.Me las cosió hace diez años un viejo judío de Sofía. Las cobró caras, diez rublos, pero me dijo: «Señor, yo llevaré mucho tiempo en tierra, bajo las malvas, y usted seguirá calzando estas botas y recordando a Isaac con buenas palabras.»No había pasado un año cuando, durante las excavaciones de una ciudad asiría en Mesopotamia, se rompió el tacón de la bota izquierda. Tuve que regresar solo al campamento. Caminé cojeando por la arena abrasadora, maldiciendo al viejo estafador de Sofía con las palabras más groseras y jurando que quemaría las botas en una hoguera.Mis colegas, unos arqueólogos británicos, no pudieron llegar al lugar de las excavaciones: fueron atacados por los jinetes del bey Rifat, al que los cristianos tienen por el mismo hijo de Satanás, y fueron degollados sin excepción. Yo no quemé las botas; puse un tacón nuevo y encargué unas pequeñas herraduras de plata.En 1873, en el mes de mayo, camino de Jiva, mi guía Asaf decidió apoderarse de mi reloj, mi fusil y mi caballo negro, Alfanje. Por la noche, cuando dormía en mi tienda de campaña, el guía introdujo en mi bota izquierda una víbora venenosa de mordedura letal. Pero la bota en ese momento pedía a gritos un remiendo y la víbora escapó por un agujero y volvió al desierto. Por la mañana, el mismo Asaf me confesó lo que había hecho porque veía en lo ocurrido la intervención de Alá.Medio año más tarde, el barco Adrianópolis encalló en un bajío del golfo Termaico. Yo logré alcanzar a nado la orilla, que estaba a dos leguas y media de distancia. Las botas me arrastraban hacia el fondo del mar, pero no me las quité. Me dije que, si lo hacía, sería como una capitulación y no lograría llegar a tierra. Las botas me ayudaron a no rendirme. Fui el único en alcanzar la orilla. Los demás pasajeros se ahogaron.Ahora estoy en el frente de batalla. La muerte nos acecha cada día. Pero estoy tranquilo. Me calzo mis botas, que en estos diez años han cambiado del color negro al pardo, y me siento bajo los disparos como si calzara unas zapatillas de baile encima de un parquet resplandeciente.Nunca dejo que mi caballo pise las malvas del suelo: ¿y si hubieran crecido sobre la tumba de Isaac?
(Boris Akunin, Gambito turco)

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Idus de marzo

El día de los Idus de marzo del año 44 a.C. muere asesinado por sus enemigos políticos, Cayo Julio César, político y militar romano que jugó un papel fundamental en los hechos que condujeron finalmente al término de la República Romana y la formación del Imperio Romano.

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John Gilbert, ilustración para “Julio César”

ADIVINO. — ¡César! 
CÉSAR. — ¡Eh! ¿Quién llama?
CASCA. — ¡Que cese todo ruido! ¡Silencio de nuevo!
CÉSAR. — ¿Quién de entre la muchedumbre me ha llamado? Oigo una voz, más vibrante que toda la música, gritar: «¡César!» Habla; César te escucha.
ADIVINO, — ¡Cuídate de los idus de marzo!
CÉSAR. — ¿Quién es ese hombre?
BRUTO. — Un adivino, que dice que te cuides de los idus de marzo.
CÉSAR. — Tráiganle ante mí, quiero verle.
CASIO. — Amigo, sal de entre la muchedumbre; mira a César.
CÉSAR. — ¿Qué quieres decirme? Habla.
ADIVINO. — ¡cuídate de los idus de marzo!
(William Shakespeare, Julio César)

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Vincenzo Camuccini, La muerte de César

Casca fue el primero que le hirió con un puñal junto al cuello; pero la herida que le hizo no fue mortal ni profunda, turbado, como era natural, en el principio de un empeño como era aquél; de manera que, volviéndose César, le cogió y detuvo el puñal, y a un mismo tiempo exclamaron ambos: el ofendido, en latín: “Malvado Casca, ¿qué haces?” y el ofensor, en griego, a su hermano: “Hermano, auxilio”. Como éste fuese el principio, a los que ningún antecedente tenían les causó gran sorpresa y pasmo lo que estaba pasando, sin atreverse ni a huir ni a defenderlo, ni siquiera a articular palabra.
(Plutarco, Vidas paralelas)

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C.L. Doughty, La muerte de Julio César

Mientras tomaba asiento, los conspiradores se congregaron a su alrededor como para presentar sus respetos, y acto seguido, Tillius Cimber, que había asumido el mando, se acercó como para preguntar algo; y cuando César, con un gesto, lo apartó para otro momento, Cimber tomó su toga por ambos hombros; entonces, cuando César gritó: “¡Vaya, esto es violencia!” uno de los Cascas lo apuñaló por un lado justo debajo de la garganta. César tomó el brazo de Casca y lo atravesó con su stilus, pero cuando trató de levantarse, fue detenido por otra herida. Cuando vio que estaba rodeado de dagas por todos lados, se tapó la cabeza con la toga y al mismo tiempo se inclinó sobre la mano izquierda para caer más decentemente, quedando la parte inferior de su cuerpo así cubierta.
(Suetonio, Vida de Julio César)

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Escuela española, siglo XIX, El asesinato de Julio César

Así murió Cayo César en los idus de marzo, que coinciden casi con la mitad del mes griego Antesterion, a cuyo día el adivino predijo que no debería sobrevivir. César, bromeando, le dijo a primera hora de la mañana: “Bueno, los Idus han llegado”, y el último, nada intimidado, respondió: “Pero no se han ido”. Despreciando tales profecías, pronunciadas con tanta confianza por el adivino y otros prodigios que he mencionado anteriormente, César siguió su camino y encontró su muerte, teniendo cincuenta y seis años de edad, un hombre muy afortunado en todas las cosas, sobrehumano, de grandes destinos, y que podría ser comparado con Alejandro.
(Apiano, Las guerras civiles)

 

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Otoño

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Alezander Volkov, Otoño

Otoño. Día a día el jardín se marchita.
Y las hojas amarillas son juguete del viento.
Solo a lo lejos brillan, en el fondo del valle,
los racimos rojizos, marchitos, del serbal.

En mi corazón hay dicha y tormento
acaricio tus manos, sin decir palabra,
y en silencio te miro, mientras corren mis lágrimas,
sin poder decir cuánto te quiero.
(Alexei Tolstoi)

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Leonid Afremov, Niebla de otoño

En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta,
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

Busco unas manos,
una presencia, un cuerpo,
lo que rompe los muros
y hace nacer las formas embriagadas,
un roce, un son, un giro, un ala apenas;
busco dentro mí,
huesos, violines intocados,
vértebras delicadas y sombrías,
labios que sueñan labios,
manos que sueñan pájaros…

Y algo que no se sabe y dice «nunca»
cae del cielo,
de ti, mi Dios y mi adversario.
(Octavio Paz)

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Pablo Burchard, Otoño

Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran

ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda

aprovechemos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza
porque el futuro se nos vuelve escarcha
(Mario Benedetti)

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Marc Barrie, Otoño dorado

Las hojas del otoño flotan sobre tu brisa
y caen en el estanque solitario del alma.
Un dolor de ser otros parece que nos pesa
como unas rotas alas.
(Acaso nunca el hombre es él mismo.) Escuchamos
la voz honda del tiempo, la palabra
del tiempo que en los labios cobrizos del otoño
pone su dejo antiguo, su amarillez, y pasa.

Escuchamos el tiempo pasar: es un rebaño
invisible que pisa por la hierba mojada;
es una larga ronda de vientos tañedores
entre las flautas rojas de las ramas;

es una herida queja de líquidos metales
por fugitivos corazones de agua.
Escuchamos el tiempo y apretamos los párpados
y sentimos el tiempo en nuestras lágrimas.

El otoño que arde con su lumbre de gloria
presta a las cosas luz misteriosa y dorada;
toda la tierra tiene una triste hermosura
como una dulce evocación de infancia.

También otoño el corazón nos dora
y sus hondos paisajes nos enciende en el alma
y nos sentimos tiempo transitando, fundida
nuestra amarilla cera en las hermosas brasas.

Caminamos pisando un corazón de hojas.
Pisando lentamente una esperanza.
Y miramos al cielo. Y abatimos la frente.
Y decimos: -Mañana.
(Leopoldo de Luis)

 

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Keishu Takeuchi, Brocado de otoño

Lluvias frías
hasta el mono quisiera
un abrigo de paja

¿Con qué voz cantarás
y qué canto araña
en la brisa del otoño?

El sonido de la campana
se expande en la bruma
del alba

Dios está ausente
las hojas muertas se amontonan
todo está desierto

Nada dice
en el canto de la cigarra
que su fin está cerca
(Bashö)

jiang zhong el rio lijiang en otoño

Jiang Zhong, El rio Lijiang en otoño

Pocos visitantes atraviesan esta puerta.
Frente a las gradas crecen numerosos
pinos y bambúes,
la pared oriental resguarda del aire del otoño.
Por el patio occidental sopla la brisa fresca.
Aunque tengo un arpa
no tengo ganas de tañerla.
Tengo libros, pero
me falta tiempo para leer.
Todo el santo día, en esta región
de una pulgada cuadrada [el corazón],
solo existe la tranquilidad
y la ausencia de pasión.
¿Por qué habría de agrandar
mi casa?
No tiene sentido hablar mucho.
Una habitación mediana
es suficiente para el cuerpo;
dos tazones de arroz
bastan para el estómago.
¿Por qué habría de estar descontento?
(Bai Juyi)

john atkinson grimshaw

John Atkinson Grimshaw, Sentimientos de otoño

El otoño incipiente del amor agonizante
En secreto admiro los matices dorados
Del otoño incipiente, del amor en agonía.
Las ramas diáfanas, la alameda vacía,
En la oscuridad palideciente, flameante, derretiente
Se oculta la calma, la belleza, la pureza.

Las hojas, suspirando, bajo el viento que les acaricia,
Se van rodando serenamente y se alejan
(Los pensamientos sobre el pasado en la visión adulante).
Vivir y no vivir: está bien y no se siente ninguna pena.
La hoz afilada, cortando indolorosamente,
Oprime en el alma la exaltación y la tristeza.

El sol brillante sin la rebeldía de antes,
La lluvia como las gotas del rocío que fluyen
(Lánguidas caricias sin la rebeldía de antes),
El olor de las rosas en los jardines, terminando de florecer.
En el corazón: el manantial de la ternura calmada,
La felicidad sin celos, la pasión sin amenazas.

¡Bienvenidos los días celestes, otoñales,
El dorado de los tilos y de los álamos púrpura!
¡Bienvenidos los días, anteriores a la despedida, otoñales!
¡La aureola, que corona los días luminosos, pálida!
¡Los días de las palabras sin expresar y los instantes
De la apacible docilidad de los corazones fundidos!
(Valery Briúsov)

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Tiempo de Arena

arenaDesde el infierno llega al Seminario, en un avernolito, la princesa rusa. Todos leen el libro a hurtadillas en las horas de estudio, bajo la tapa de los bancos. La perversa mujer se adueña del patio de los filósofos y viola a los mozalbetes conciliares, dejándolos exhaustos, inflamados los ojos y los órganos genitales. Las violentas sesiones de la orgásmica princesa, introduciéndose archiduques, capitanes de la guardia, mujiks, popes de barba hirsuta, prodúcenle a Emilio tan violenta conmoción que rompe todos los diques y se masturba tantas veces como coitos ocurren en el antológico libro. Cómo le remuerde la conciencia después de aquellas vivencias solitarias y colectivas, se halla a merced de un huracán que no puede resistir. El terrible mal que invade el Seminario termina por ser detectado, el confesionario descubre con rapidez las orgiásticas sesiones de los evolutivos sátiros y el Rector inicia, sin piedad, un violento operativo sobre bancos, baúles y colchones con el ávido concurso de policiales teólogos y presbíteros. Hay que erradicar para siempre a la satánica mujer. Los textos y sus copias manuscritas son quemados simbólicamente en el Patio de los Filósofos. Cada padre es advertido acerca de la ruina moral que amenaza al hijo acusado de tener relaciones con la princesa.
Haciendo pucheros, desconsolada, doña Lucía no puede creer en la degeneración del inocente hijo, tanta santidad, tantas misas con la toalla como casulla, tanta piedad cuando reza sus oraciones, “¿se lo contará al capitán?. Siente la obligación de hacerlo cuando descubre una pequeña libreta negra-diccionario erótico en la que Emilio describe con lujo de detalles el significado de una serie de ideas y actos fundamentales aprendidos de la perversa rusa. El capitán lo abofetea. En Alemania, jamás un muchacho de doce años ha penetrado tan doctamente en el campo de la semántica erótica. Al severo marino le pasa fugazmente por la cabeza la idea de que el mestizaje sajón latino ha resultado fatal, es solamente una idea que tortura durante algún tiempo. Cuando Emilio abandona el Seminario para ingresar a la Escuela Naval, deja su ejemplar de la princesa rusa escondido bajo una baldosa del Patio de los Filósofos. La fabulosa hembra sigue apareciéndose en las noches de insomnio a los muchachos púberes que continúan jugando al pecado y a la confesión. Los santos présbíteros terminan integrándola a la liturgia, en los confesionarios oyen el sabroso relato cada mañana antes de la comunión.
El terremoto de enero de 1939 destruye el Seminario de Concepción, la capilla gótica francesa y el Patio de los Filósofos. Uno de los tonsurados confidenció al Prebendado Rector, que en medio del terrible fragor del bamboleo y posterior derrumbe se oyó la voz de una mujer que gritaba, poseída del demonio. “Eso es absolutamente falso –intervino el inocente maestro de capilla— jamás mujer alguna entró al “Patio de los Filósofos”.
(Julio Aldebarán, Tiempo de arena)

 

 

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Mala disposición

36087e422dcd8ae48aed99badbf2c1ccDe esta manera intentábamos llegar a algún pueblo donde pudiéramos encontrar a los habitantes más hospitalarios. Más o menos a un tiro de fusil, vimos una casa un poco más atrás de la carretera. Nos decidimos a forzar un alojamiento, si no nos recibían con buena voluntad. Sin embargo, el campesino nos dijo que nos alojaría con placer; pero que si lo sabían los aldeanos, tendría problemas por habernos dado refugio. Si nadie nos había visto entrar, se arriesgaría a recibirnos. Le aseguramos que nadie nos había visto, que podía recibirnos sin ningún temor, y que antes de irnos le daríamos dos táleros. Pareció muy complacido, y su esposa aún más, y nos instalamos alrededor de la estufa. Mientras el hombre estaba fuera, dejando nuestro caballo en el establo, la mujer se acercó a nosotros y nos dijo en voz baja, y todo el tiempo mirando para ver si su marido venía, que los del pueblo estaban mal dispuestos hacia los franceses por la siguiente razón: cuando el ejército pasó en mayo, algunos cazadores de la guardia habían estado acantonados durante quince días en el pueblo; Y uno de ellos, alojado en la casa del burgomaestre, era tan joven y guapo que todas las mujeres y muchachas acudían a sus puertas para verlo. Era intendente. Sucedió un día que el burgomaestre lo encontró abrazando y besando a su esposa, con el resultado que la señora se ganó unos golpes. El intendente, a su vez, golpeó al burgomaestre. La señora está ahora en cierta condición, y la culpa se atribuye al intendente. Todos escuchamos y sonreímos por el modo en que la mujer relataba la historia. -Eso no es todo -continuó-. Hay otras tres mujeres en la aldea en las mismas condiciones que la esposa del burgomaestre, y es por eso que ellos no pueden ni ver a los franceses, y con lo apuestos que son. Apenas había terminado de hablar cuando el veterano se levantó y, tomándola del cuello, la besó. “¡Cuidado, que puede venir mi marido!” dijo ella.
(Adrien Bourgogne, Memorias del sargento Bourgogne)