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Luna

 

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La luna, llena ahora sobre el mar,
iluminando todo el cielo,
trae a corazones separados
los largos pensamientos de la noche …
No oscurece aunque apago mi vela.
No hace más calor aunque me ponga el abrigo.
Así que les dejo mi mensaje con la luna.
Y vuelvo a mi cama, esperando a mis sueños.
Zhang Jiuling

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Góndola de alabastro,
bogando en el azul, la luna avanza,
y hay en la dulce palidez del astro
una mezcla de ensueño y esperanza.

En el fondo, sombrío,
con la adorable luz de su aureola
halaga al triste pensamiento mío
como una virgen pensativa y sola.

Divina y desolada,
envuelta en vago, luminoso velo,
al contemplar su mística mirada
creo ver una lágrima en el cielo.
Rubén Darío

 

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Ya dejó de llover; de la lluviosa noche
la sombra, el cielo cubre con plomizo vestido.
Lo mismo que un espectro, detrás del pinar,
la luna, rodeada de niebla, ha aparecido.
Pushkin

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Luna, de la tierra espejo,
y del cielo resplandor,
en quien la noche se toca,
y se miran las estrellas,
Lope de Vega

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¡Así es que la misma Belleza se enamoró de su imagen,
realzada por el ligero velo que sombreaba
sus facciones modestas y altivas a la vez!
¡La luna es su rostro; la rama flexible que ondula,
su cintura; y su aliento, el suave perfume del almizcle!
¡Parece formada de perlas líquidas;
porque sus miembros son tan lisos,
que reflejan la luna de su rostro,
y también parecen formados por lunas!
Las Mil y una Noches

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¡Oh tú, que humillas
a la brillante luna,
orgullosa de su belleza
¡Oh tú, rostro radiante,
que avergüenzas a la mañana
y a la resplandeciente aurora!
Las mil y una noches

 

 

 

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El halo de la luna, –
¿No es el aroma del ciruelo
elevándose al cielo?
Buson

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Encuentro nocturno – Ray Bradbury

Antes de subir hacia las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina.
-Aquí se sentirá usted bastante solo -le dijo al viejo.
El viejo pasó un trapo por el parabrisas de la camioneta.
-No me quejo.
-¿Le gusta Marte?
-Muchísimo. Siempre hay algo nuevo. Cuando llegué aquí el año pasado, decidí no esperar nada, no preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que mirar las cosas de aquí, y qué diferentes son. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un tiempo marciano. Un calor de mil demonios de día y un frío de mil demonios de noche. Y las flores y la lluvia, tan diferentes. Es asombroso. Vine a Marte a retirarme, y busqué un sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una vida diferente. Los jóvenes no quieren hablar con él, y con los otros viejos se aburre de un modo atroz. Así que pensé: lo mejor será buscar un sitio tan diferente que uno abre los ojos y ya se entretiene. Conseguí esta estación de gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una vieja carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.
-Ha dado usted en el clavo -dijo Tomás. Sus manos le descansaban sobre el volante. Estaba contento. Había trabajado casi dos semanas en una de las nuevas colonias y ahora tenía dos días libres y iba a una fiesta.
-Ya nada me sorprende -prosiguió el viejo-. Miro y observo, nada más. Si uno no acepta a Marte como es, puede volverse a la Tierra. En este mundo todo es raro; el suelo, el aire, los canales, los indígenas (aun no los he visto, pero dicen que andan por aquí) y los relojes. Hasta mi reloj anda de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro en Marte. A veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de este planeta; apostaría la cabeza. Otras veces me siento como si me hubiera encogido y todo lo demás se hubiera agrandado. ¡Dios! ¡No hay sitio como éste para un viejo! Estoy siempre alegre y animado. ¿Sabe usted cómo es Marte? Es como un juguete que me regalaron en Navidad, hace setenta años. No sé si usted lo conoce. Lo llamaban calidoscopio: trocitos de vidrio o de tela de muchos colores. Se levanta hacia la luz y se mira y se queda uno sin aliento. ¡Cuántos dibujos! Bueno, pues así es Marte. Disfrútelo. Tómelo como es. ¡Dios! ¿Sabe que esa carretera marciana tiene dieciséis siglos y aún está en buenas condiciones? Es un dólar cincuenta. Gracias. Buenas noches.
Tomás se alejó por la antigua carretera, riendo entre dientes.
Era un largo camino que se internaba en la oscuridad y las colinas. Tomás, con una sola mano en el volante, sacaba con la otra, de cuando en cuando, un caramelo de la bolsa del almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar en el camino ningún otro automóvil, ninguna luz. La carretera solitaria se deslizaba bajo las ruedas y sólo se oía el zumbido del motor. Marte era un mundo silencioso, pero aquella noche el silencio era mayor que nunca. Los desiertos y los mares secos giraban a su paso y las cintas de las montañas se alzaban contra las estrellas.
Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.
La camioneta se internó en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la nuca y se sentó rígidamente, con la mirada fija en el camino.
Entraba en una muerta aldea marciana; paró el motor y se abandonó al silencio de la noche. Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas. Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos. En ruinas, pero perfectos.
Puso en marcha el motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo nuevamente. Dejó la camioneta y echó a andar llevando la bolsa de comestibles en la mano, hacia una loma desde donde aún se veía la aldea polvorienta. Abrió el termos y se sirvió una taza de café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y apacible.
Unos cinco minutos después se oyó un ruido. Entre las colinas, sobre la curva de la antigua carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina y luego un murmullo.
Tomás se volvió lentamente, con la taza de café en la mano derecha.
Y asomó en las colinas una extraña aparición. encuentro
Era una máquina que parecía un insecto de color verde jade, una mantis religiosa que saltaba suavemente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos multifacéticos. Sus seis patas se posaron en la antigua carretera, como las últimas gotas de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un marciano de ojos de oro fundido miró a Tomás como si mirara el fondo de un pozo.
Tomás levantó una mano y pensó automáticamente:
¡Hola!, aunque no movió los labios. Era un marciano. Pero Tomás había nadado en la Tierra en ríos azules mientras los desconocidos pasaban por la carretera, y había comido en casas extrañas con gente extraña y su sonrisa había sido siempre su única defensa. No llevaba armas de fuego. Ni aun ahora advertía esa falta aunque un cierto temor le oprimía el pecho.
También el marciano tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se miraron en el aire frío de la noche.
Tomás dio el primer paso.
-¡Hola! -gritó.
-¡Hola! -contesto el marciano en su propio idioma. No se entendieron.
-¿Has dicho hola? -dijeron los dos.
-¿Qué has dicho? -preguntaron, cada uno en su lengua.
Los dos fruncieron el ceño.
-¿Quién eres? -dijo Tomás en inglés.
-¿Qué haces aquí -dijo el otro en marciano.
-¿A dónde vas? -dijeron los dos al mismo tiempo, confundidos.
-Yo soy Tomás Gómez,
-Yo soy Muhe Ca.
No entendieron las palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y entonces el marciano se echó a reír.
-¡Espera!
Tomás sintió que le rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.
-Ya está -dijo el marciano en inglés-. Así es mejor.
-¡Qué pronto has aprendido mi idioma!
-No es nada.
Turbados por el nuevo silencio, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en la mano.
-¿Algo distinto? -dijo el marciano mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a ambos.
-¿Puedo ofrecerte una taza? -dijo Tomás.
-Por favor.
El marciano descendió de su máquina.
Tomás sacó otra taza, la llenó de café y se la ofreció.
La mano de Tomás y la mano del marciano se confundieron, como manos de niebla.
-¡Dios mío! -gritó Tomás, y soltó la taza.
-¡En nombre de los Dioses! -dijo el marciano en su propio idioma.
-¿Viste lo que pasó? – murmuraron ambos, helados por el terror.
El marciano se inclinó para tocar la taza, pero no pudo tocarla.
-¡Señor! -dijo Tomás.
-Realmente… -comenzó a decir el marciano. Se enderezó, meditó un momento, y luego sacó un cuchillo de su cinturón.
-¡Eh! -gritó Tomás.
-Has entendido mal. ¡Tómalo!
El marciano tiró al aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través de la carne. Se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió, estremeciéndose.
Miró luego al marciano que se perfilaba contra el cielo.
-¡Las estrellas! -dijo.
-¡Las estrellas! -respondió el marciano mirando a Tomás.
Las estrellas eran blancas y claras más allá del cuerpo del marciano, y lucían dentro de su carne como centellas incrustadas en la tenue y fosforescente membrana de un pez gelatinoso; parpadeaban como ojos de color violeta en el estómago y en el pecho del marciano, y le brillaban como joyas en los brazos.
-¡Eres transparente! -dijo Tomás.
-¡Y tú también! -replicó el marciano retrocediendo.
Tomás se tocó el cuerpo, sintió su calor y se tranquilizó. «Yo soy real», pensó.
El marciano se tocó la nariz y los labios.
-Yo tengo carne -murmuró-. Yo estoy vivo.
Tomás miró fijamente al fío.
-Y si yo soy real, tú debes de estar muerto.
-¡No! ¡Tú!
-¡Un espectro!
-¡Un fantasma!
Se señalaron el uno al otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como dagas, como trozos de hielo, como luciérnagas, y se tocaron otra vez y se descubrieron intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, si, ese otro, era sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos mundos distantes.
Estoy borracho, pensó Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.
Se miraron un tiempo, de pie, inmóviles, en la antigua carretera.
-¿De dónde eres? -preguntó al fin el marciano.
-De la Tierra.
-¿Qué es eso?
Tomás señaló el firmamento.
-¿Cuándo llegaste?
-Hace más de un año, ¿no recuerdas?
-No.
-Y todos ustedes estaban muertos, así lo creímos. Tu raza ha desaparecido casi totalmente ¿no lo sabes?
-No. No es cierto.
-Sí. Todos muertos. Yo vi los cadáveres. Negros, en las habitaciones, en las casas. Muertos. Millares de muertos.
-Eso es ridículo. ¡Estamos vivos!
-Escúchame. Marte ha sido invadido. No puedes ignorarlo. Has escapado.
-¿Yo? ¿Escapar de qué? No entiendo lo que dices. Voy a una fiesta en el canal, cerca de las montañas Eniall. Allí estuve anoche. ¿No ves la ciudad?
Tomás miró hacia donde indicaba el marciano y vio las ruinas.
-Pero cómo, esa ciudad está muerta desde hace miles de años.
El marciano se echó a reír.
-¡Muerta! Dormí allí anoche.
-Y yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato, y es un montón de escombros. ¿No ves las columnas rotas?
-¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas.
-Hay polvo en las calles -dijo Tomás.
-¡Las calles están limpias!
-Los canales están vacíos.
-¡Los canales están llenos de vino de lavándula!
-Está muerta.
-¡Está viva! -protestó el marciano riéndose cada vez más-. Oh, estás muy equivocado ¿No ves las luces de la fiesta? Hay barcas hermosas esbeltas como mujeres, y mujeres hermosas esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas, corriendo por las calles. Allá voy, a la fiesta. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor. ¿No las ves?
-Tu ciudad está muerta como un lagarto seco. Pregúntaselo a cualquiera de nuestro grupo. Voy a la Ciudad Verde. Es una colonia que hicimos hace poco cerca de la carretera de Illinois. No puedes ignorarlo. Trajimos trescientos mil metros cuadrados de madera de Oregón, y dos docenas de toneladas de buenos clavos de acero, y levantamos a martillazos los dos pueblos más bonitos que hayas podido ver. Esta noche festejaremos la inauguración de uno. Llegan de la Tierra un par de cohetes que traen a nuestras mujeres y a nuestras amigas. Habrá bailes y whisky…
El marciano estaba inquieto.
-¿Dónde está todo eso?
Tomás lo llevó hasta el borde de la colina y señaló a lo lejos.
-Allá están los cohetes. ¿Los ves?
-No.
-¡Maldita sea! ¡Ahí están! Esos aparatos largos y plateados.
-No.
Tomás se echó a reír.
-¡Estás ciego!
-Veo perfectamente. ¡Eres tú el que no ve!
-Pero ves la nueva ciudad, ¿no es cierto?
-Yo veo un océano, y la marea baja.
-Señor, esa agua se evaporó hace cuarenta siglos.
-¡Vamos, vamos! ¡Basta ya!
-Es cierto, te lo aseguro.
El marciano se puso muy serio.
-Dime otra vez. ¿No ves la ciudad que te describo? Las columnas muy blanca, las barcas muy finas, las luces de la fiesta… ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escucha… Oigo los cantos. ¡No están tan lejos!
Tomás escuchó y sacudió la cabeza.
-No.
-Y yo, en cambio, no puedo ver lo que tú me describes -dijo el marciano.
Volvieron a estremecerse. Sintieron frío.
-¿Podría ser?
-¿Qué?
-¿Dijiste que «del cielo»?
-De la Tierra.
-La Tierra, un nombre, nada -dijo el marciano-. Pero… al subir por el camino hace una hora… sentí…
Se llevó una mano a la nuca.
-¿Frío?
-Sí.
-¿Y ahora?
-Vuelvo a sentir frío. ¡Qué raro! Había algo en la luz, en las colinas, en el camino… -dijo el marciano-. Una sensación extraña… El camino, la luz… Durante unos instante creí ser el único sobreviviente de este mundo.
-Lo mismo me pasó a mí -dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un amigo muy íntimo de algo secreto y apasionante.
El marciano meditó unos instantes con los ojos cerrados.
-Sólo hay una explicación. El tiempo. Sí. Eres una sombra del pasado.
-No. Tú, tú eres del pasado -dijo el hombre de la Tierra.
-¡Qué seguro estas! ¿Cómo es posible afirmar quién pertenece al pasado y quién al futuro? ¿En qué año estamos?
-En el año dos mil dos.
-¿Qué significa eso para mí?
Tomás reflexionó y se encogió de hombros.
-Nada.
-Es como si te dijera que estamos en el año 4462853 S.E.C. No significa nada. Menos que nada. Si algún reloj nos indicase la posición de las estrellas…
-¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, que tú estás muerto.
-Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago siente hambre, mi garganta sed. No, no. Ni muertos, ni vivos, más vivos que nadie, quizá. Mejor, entre la vida y la muerte. Dos extraños cruzan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan. ¿Ruinas dijiste?
-Sí. ¿Tienes miedo?
-¿Quién desea ver el futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar… ¿Has dicho que las columnas se han desmoronado? ¿Y que el mar está vacío y los canales, secos y las doncellas muertas y las flores marchitas? -El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana. -Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.
Y a Tomás también lo esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres de la Tierra.
-Jamás nos pondremos de acuerdo -dijo.
-Admitamos nuestro desacuerdo -dijo el marciano-. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro de cien siglos, desplomados y en ruinas? ¿No lo sabes? No preguntes entonces. La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros.
Tomás tendió la mano. El marciano lo imitó. Sus manos no se tocaron, se fundieron atravesándose.
-¿Volveremos a encontrarnos?
-¡Quién sabe! Tal vez otra noche.
-Me gustaría ir contigo a la fiesta.
-Y a mí me gustaría ir a tu ciudad y ver esa nave de que me hablas y esos hombres, y oír todo lo que sucedió.
-Adiós -dijo Tomás.
-Buenas noches.
El marciano voló serenamente hacia las colinas en su vehículo de metal verde. El terrestre se metió en su camioneta y partió en silencio en dirección contraria.
-¡Dios mío! ¡Qué pesadillas! -suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando en los cohetes, en las mujeres, en el whisky, en las noticias de Virginia, en la fiesta.
-¡Qué extraña visión! -se dijo el marciano, y se alejó rápidamente, pensando en el festival, en los canales, en las barcas, en las mujeres de ojos dorados, y en las canciones.
La noche era oscura. Las lunas se habían puesto. La luz de las estrellas parpadeaba sobre la carretera ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil, sin nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.

encuentro

 

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La primavera

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John William Waterhouse, Primavera

 

 

 

 

 

Con la primavera
Viene la canción,
La tristeza dulce
Y el galante amor.
José Martí)

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Roman Fedosenko, Primavera desde la ventana del Café

 

 

 

 

 

 

 

 

La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.
(Antonio Machado)

 

 

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Carol Morrison, Sauce en primavera

 

 

 

El alegre aire que apenas vibra
es un juguete dorado
para las avispas,
y la arena debajo
del tembloroso sauce 
está empapada en agua de primavera.
(Svetlana Kekova)

 

 

 

 

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Tatsuya Ishiodori, Ciruelo bajo la luna

 

 

 

 

El escenario de la primavera
está casi preparado:
La luna
y las flores del ciruelo.
(Basho)

 

 

 

 

 

 

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Vladimir Volegov, Llegó la primavera

Amor que vida pones en mi muerte
como una milagrosa primavera
ido ya te creí, porque la espera,
amor, desesperaba de tenerte.
(Manuel Magallanes Moure)

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Sydney Percy Kendrick, Primavera

 

 

 

 

 

Nada más cimbrador que tu cadera,
rebelde a la presión del atavio.. .
Hay en tu sangre perdurable estio
y en tus labios eterna primavera.
(Carlos Pezoa Veliz)

 

 

 

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Winslow Homer, El regreso de la primavera

 

 

 

 

¡Ay! No puedo decirte,
aunque quisiera,
el secreto de la primavera.
(Federico García Lorca)

 

 

 

 

 

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Vladimir Zhdanov, Primavera

Y entonces los árboles echan lujo de brotes
y opulencia de hojas verdiclaras,
como es de moda entre los árboles jovenes
por el tiempo de la primavera.
(Carlos Pezoa Veliz)

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Arthur Rackham

Arthur Rackham (19 de septiembre de 1867 – 6 de septiembre de 1939) fue un ilustrador de libros inglés.
Comenzó su carrera en el Westminster Budget como reportero e ilustrador en 1892. El primer libro que ilustró fue To the Other Side de Thomas Rhodes, pero su primer encargo serio fue para The Dolly Dialogues de Anthony Hope.
Al cambiar el siglo, Rackham ya tenía se había ganado su reputación con sus ilustraciones de libros como The Ingoldsby Legends, Los viajes de Gulliver y Cuentos de los Hermanos Grimm.
La lista de sus trabajos es muy larga, incluyendo libros como El anillo del Nibelungo (Wagner), Sigfrido (Wagner), Fábulas (Esopo), Cuento de Navidad (Dickens), Cenicienta (Perrault), La Tempestad (Shakespeare) y El viento entre los sauces (Grahame).
Su técnica se basaba principalmente en el dibujo con pluma y tinta, desarrollando después el uso de la acuarela. También trabajó, en la época posterior a la Primera Guerra Mundial, con la silueta.

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–Tendrías que avergonzarte de ti misma por preguntar cosas tan evidentes –añadió el Grifo.
Y el Grifo y la Falsa Tortuga permanecieron sentados en silencio, mirando a la pobre Alicia, que hubiera querido que se la tragara la tierra. Por fin el Grifo le dijo a la Falsa Tortuga:
–Sigue con tu historia, querida. ¡No vamos a pasarnos el día en esto!
Y la Falsa Tortuga siguió con estas palabras:
–Sí, íbamos a la escuela del mar, aunque tú no lo creas…
–¡Yo nunca dije que no lo creyera! –la interrumpió Alicia.
–Sí lo hiciste –dijo la Falsa Tortuga. –¡Guarda silencio! –añadió el Grifo, antes de que Alicia pudiera volver a hablar.
(Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas)

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Su Majestad la reina y quienes la servían quedaron por demás encantadas de mi comportamiento. Yo me arrodillé y solicité el honor de besar su imperial pie; pero aquella benévola princesa me alargó su dedo pequeño -luego que me hubieron subido a la mesa-, que yo ceñí con ambos brazos y cuya punta llevé a mis labios con el mayor respeto.
(Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver)

 

 

 

rackham oro del rin

Los dioses quedan sobrecogidos; Wotan lamenta el sentido trágico que parece tener su destino y con melancolía resuelve entregar el anillo.
-¡Con los dioses, Freia, diosa de la juventud y de la alegría! Tomad el anillo y devolvednos a la doncella. Y tú, Freia, haz que retorne la frescura y la lozanía en el rostro de los dioses y en los frutos de nuestro jardín.
Los dioses resplandecen de gozo y el brillo de su sonrisa reaparece; colman de caricias a la diosa. El día se pone radiante, despejado de brumas y nieblas, En lo alto, el alcázar de los dioses se recorta nítido en el cielo puro. El divino reino de las divinidades germánicas brilla con renovada lumbre y las hojas del viejo fresno que sostiene al mundo reverdecen.
(Richard Wagner, El anillo del Nibelungo)

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La rana que decía ser médico y la zorra.
Gritaba un día una rana desde su pantano a los demás animales:
¡Soy médico y conozco muy bien todos los males!
La oyó una zorra y le reclamó:
–¿Cómo te atreves a anunciar que puedes ayudar a los demás, cuando tú misma cojeas y no te sabes curar?
(Esopo, Fábulas)

 

FERNANDO [viendo a MIRANDA]rackham tempestad
Sin duda, la diosa
por quien suena esta música. – Ten a bien
decirme si habitas esta isla
e instruirme sobre el modo como debo
proceder estando aquí. Mi primera súplica,
aunque última, es: ¡Oh, maravilla!,
¿eres o no una muchacha?
MIRANDA
Maravilla, ninguna,
pero sí una muchacha.
FERNANDO
¡Mi idioma! ¡Dios santo!
Sería el primero de todos sus hablantes
si estuviera allí donde se habla.
MIRANDA
¿Cómo? ¿El primero?
¿Qué serías si te oyera el rey de Nápoles?
(William Shakespeare, La Tempestad)

rackham cenicienta

—¡Bueno, te estás bien!, dijo su madrina, yo te haré ir.
La llevó a su cuarto y le dijo:
—Ve al jardín y tráeme un zapallo.
Cenicienta fue en el acto a coger el mejor que encontró y lo llevó a su madrina, sin poder adivinar cómo este zapallo podría hacerla ir al baile. Su madrina lo vació y dejándole solamente la cáscara, lo tocó con su varita mágica e instantáneamente el zapallo se convirtió en un bello carruaje todo dorado.
En seguida miró dentro de la ratonera donde encontró seis ratas vivas. Le dijo a Cenicienta que levantara un poco la puerta de la trampa, y a cada rata que salía le daba un golpe con la varita, y la rata quedaba automáticamente transformada en un brioso caballo; lo que hizo un tiro de seis caballos de un hermoso color gris ratón. 
(Charles Perrault, Cenicienta)

 

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Baile

 

Preparing For The Ball alfres stevens

Alfred Stevens

La princesa Elena sonrió y se levantó con la misma invariable sonrisa de mujer absolutamente hermosa con que había entrado en el salón. Con el ligero rumor de su leve vestido de baile con adornos de felpa, deslumbradora por la blancura de sus hombros y el esplendor de sus cabellos y de sus diamantes, cruzó entre los hombres, que le abrieron paso, rígida, sin ver a nadie, pero sonriendo a todos como si concediese a cada uno el derecho de admirar la belleza de su aspecto, de sus redondeados hombros, de su espalda, de su pecho, muy escotado, según la moda de la época.
(Lev Tolstoi, La guerra y la paz)

 

 

 

 

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Viktor Schramm

 

Catherine apartó la vista; no sabía si echarse a reír o no.
—Ya veo cuan mala es la opinión que se ha formado usted de mí —díjole el joven seriamente—. Imagino lo que escribirá mañana en su diario.
—¿Mi diario?
—Sí. Me figuro que escribirá usted lo siguiente: «Viernes: estuve en un salón de baile, vistiendo mi traje de muselina azul y zapatos negros; provoqué bastante admiración, pero me vi acosada por un hombre extraño, que insistió en bailar conmigo y en molestarme con sus necedades.»
(Jane Austen, La Abadia de Northanger)

 

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Ladislas Wadislaw Czachorski

Tenéis ahí una hermosa querida, vizconde dijo Montecristo con una voz perfectamente segura . Y ese traje de baile sin duda le sienta a las mil maravillas.
¡Ah!, señor dijo Alberto , he aquí un error que no me perdonaría si al lado de este retrato hubieseis visto algún otro. Vos no conocéis a mi madre, caballero. Es a ella a quien veis en ese lienzo; se hizo retratar así hace seis a ocho años. Ese traje es de capricho, a lo que parece. La condesa mandó hacer este retrato durante una ausencia del conde. Sin duda quería prepararle para su vuelta una agradable sorpresa.
(Alexandre Dumas, El conde de Montecristo)

 

 

 

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Alfred Stevens

La segunda persona que parecía ocupar un lugar distinguido en el baile del claro era una dama.
A Bishopriggs le pareció un milagro de belleza, que llevaba sobre sí una pequeña fortuna para un hombre pobre, en sedas, encajes y joyas. Ninguna de las demás mujeres presentes era objeto de tanta atención entre los hombres como aquella criatura fascinante e inestimable. Estaba sentada abanicándose con una incomparable obra de arte (supuestamente un pañuelo) que representaba una isla de batista en medio de un océano de encaje. 
(Wilkie Collins, Marido y mujer)

 

 

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John Simmons

Hablaba sin cesar y con interés extremado, aunque siempre de cosas muy inocentes. Aquella existencia activa, atareada y alegre, era del gusto de todos, excepto de Elisa, que se veía  abrumada por el trabajo. Decía ella que nunca, ni en los días de Carnaval, cuando se celebraban bailes en Verrières, había extremado tanto su señora el atavío de su persona. En su exageración, llegaba si hemos de dar crédito a su doncella, a cambiar de vestido dos y tres veces al día.
Como no entra en nuestros propósitos adular a nadie, nos guardaremos muy mucho de negar que la señora de Rênal, que tenía un cutis satinado y un descote encantador, se hizo arreglar algunos vestidos en forma que dejasen al descubierto sus brazos y una buena parte de su pecho.
(Stendahl, El rojo y el negro)

 

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Frédéric Soulacroix

MISTRESS ERLYNNE.- ¡Ha sido un baile encantador! Me recordaba por completo mi antigua época. (Se sienta en el sofá.) Y he visto que sigue habiendo en sociedad tantos majaderos como de costumbre. ¡Qué grato comprobar que nada ha cambiado! Excepto Margarita. Se ha puesto preciosa. La última vez que la vi, hace veinte años, era un espanto vestido de franela. Un verdadero espanto, se lo aseguro. ¡Y la querida duquesa! ¡Y la amable lady Agata! Precisamente el tipo de muchacha que me gusta. Bueno, realmente, Windermere, voy a ser cuñada de la duquesa…
(Oscar Wilde, El abanico de lady Windermere)

 

 

 

 

 

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Emma Sandys

Quedaban otros vestidos de algodón. Y, además, los vestidos de baile y el verde que había llevado el día anterior. Pero éste era un vestido de tarde, inadecuado para una barbacoa, pues tenía cortas manguitas abullonadas y un escote demasiado exagerado. Tendría, sin embargo, que ponerse aquél. Después de todo no se avergonzaba de su cuello, de sus brazos y de su pecho, aunque no era correcto exhibirlos por la mañana. Mirándose en el espejo y girando para verse de perfil, se dijo que en su figura no había nada de que pudiera avergonzarse. Su cuello era corto pero bien formado, sus brazos redondos y seductores; su seno, levantado por el corsé, era verdaderamente hermoso. Nunca había tenido necesidad de coser nada en el forro de sus corsés, como otras muchachas de dieciséis años, para dar a su figura las deseadas curvas. Le satisfacía haber heredado las blancas manos y los piececitos de Ellen, y hubiera querido tener también su estatura. Sin embargo, su altura no le desagradaba.
(Margaret Mitchell, Lo que el viento se llevó)

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Desconocida

desconocidaIvan Nikolajewitsch Kramskoi (8 de junio de 1837 – 6 de abril de 1887) fue un pintor y crítico de arte ruso. Fue un intelectual y lider del movimiento del arte democrático ruso. Defendió la idea de que el artista tiene un deber público y el arte un sentido moral. Su estilo era realista.
En 1883 pintó un Retrato de una mujer desconocida, representando a una dama que va sentada en un coche. Transita por la Nevsky Prospect, cerca de los pabellones del palacio Anichkov. Está vestida a la última moda de los años 1880. Lleva un sombrero de terciopelo con plumas decorado con cintas y guantes finos. Su mirada es majestuosa, misteriosa y algo melancólica.  Una leyenda dice que se trataría de una joven de Kursk, Matryona Savvishna, casada con un noble llamado Bestuzhev. Pero el autor no dejó dato alguno que permita establecer la identidad de la mujer, por lo cual esta sigue siendo un misterio.

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El escultor ruso Alexander Taratinov concibió un grupo escultórico monumental representando la escena imaginada de la dama en el coche y a Kramskoi pintándola.
Esta escultura se encuentra en San Petersburgo, Distrito Pushkin, Calle Sadovaya 8.

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Esculturas y letras

quijote y sancho

Don Quijote y Sancho en la Calle Mayor de Alcalá

-Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse. Yo soy aquél para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien ha de resucitar los de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la Fama, y el que ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantes y Tirantes, los Febos y Belianises, con toda la caterva de los famosos caballeros andantes del pasado tiempo, haciendo en este en que me hallo tales grandezas, estrañezas y fechos de armas, que escurezcan las más claras que ellos ficieron.
(Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha)

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El capitán Nemo en la ciudad de Nantes.

No puedo negar que las palabras del comandante me cau­saron una gran impresión. Habían llegado a lo más vulnera­ble de mi persona, y así pude olvidar, por un instante, que la contemplación de esas cosas sublimes no podía valer la li­bertad perdida. Pero tan grave cuestión quedaba confiada al futuro, y me limité a responder:
‑Señor, aunque haya roto usted con la humanidad, quiero creer que no ha renegado de todo sentimiento humano. So­mos náufragos, caritativamente recogidos a bordo de su barco, no lo olvidaremos. En cuanto a mí, me doy cuenta de que si el interés de la ciencia pudiera absorber hasta la nece­sidad de la libertad, lo que me promete nuestro encuentro me ofrecería grandes compensaciones.  Pensaba yo que el comandante iba a tenderme la mano para sellar nuestro tratado, pero no lo hizo y lo sentí por él. ‑Una última pregunta ‑dije en el momento en que ese ser inexplicable parecía querer retirarse. ‑Dígame, señor  profesor.‑¿Con qué nombre debo llamarle?  ‑Señor ‑respondió el comandante‑, yo no soy para uste­des más que el capitán Nemo, y sus compañeros y usted no son para mí más que los pasajeros del Nautilus. 
(Julio Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino)

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Robinson Crusoe en Lower Largo, East Neuk of Fife.

30 de septiembre de 1659. Yo, pobre y miserable Robinson Crusoe, habiendo naufragado durante una terri­ble tempestad, llegué más muerto que vivo a esta desdicha da isla a la que llamé la Isla de la Desesperación, mientras que el resto de la tripulación del barco murió ahogada.
Pasé el resto del día lamentándome de la triste condi­ción en la que me hallaba, pues no tenía comida, ni casa, ni ropa, ni armas, ni un lugar a donde huir, ni la más mínima esperanza de alivio y no veía otra cosa que la muerte, ya fuera devorado por las bestias, asesinado por los salvajes o asediado por el hambre. Al llegar la noche, dormí sobre un árbol, al que subí por miedo a las criaturas salvajes, y logré dormir profundamente a pesar de que llovió toda la noche.
(Daniel Defoe, Robinson Crusoe)

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d’Artagnan en Maastricht

D’Artagnan se encontró, moral y físicamente, copia exacta del héroe de Cervantes, con quien tan felizmente le hemos comparado cuando nuestros deberes de historiador nos han obligado a trazar su retrato. Don Quijote tomaba los molinos de viento por gigantes y los carneros por ejércitos: D’Artagnan tomó cada sonrisa por un insulto y cada mirada por una provocación. De ello resultó que tuvo siempre el puño apretado desde Tarbes hasta Meung y que, un día con otro, llevó la mano a la empuñadura de su espada diez veces diarias; sin embargo, el puño no descendió sobre ninguna mandíbula, ni la espada salió de su vaina.
(Alejandro Dumas, Los tres mosqueteros)

 

 

 

sherlock

Sherlock Holmes en Edinburgo

–Tal como me ha relatado el lance, parece cosa de nada ––dije sonriendo––. Me recuerda usted al Du-pin de Allan Poe. Nunca imaginé que tales individuos pudieran existir en realidad.
Sherlock Holmes se puso en pie y encendió la pipa.
––Sin duda cree usted halagarme estableciendo un paralelo con Dupin ––apuntó––. Ahora bien, en mi opinión, Dupin era un tipo de poca monta. Ese expediente suyo de irrumpir en los penXuna, tras un cuarto de hora de silencio, tiene mucho de histriónico y superficial. No le niego, desde luego, talento analítico, pero dista infinitamente de ser el fenómeno que Poe parece haber supuesto.
––¿Ha leído usted las obras de Gaboriau? ––pregunté––. ¿Responde Lecoq a su ideal detectivesco?
Sherlock Holmes arrugó sarcástico la nariz.
(Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata)

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Lemuel Gulliver en la Estación de Takashima

El autor de estos Viajes, el Sr. Lemuel Gulliver, es mi antiguo e íntimo amigo; también hay alguna relación entre nosotros por parte de la madre. Hace unos tres años, el Sr. Gulliver, cada vez más cansado de la concurrencia de curiosos que venían a verlo a su casa en Redriff, hizo una pequeña compra de terreno, con una casa conveniente, cerca de Newark, en Nottinghamshire, su país natal; donde ahora vive retirado, pero en buena estima entre sus vecinos.
Aunque el Sr. Gulliver nació en Nottinghamshire, donde vivía su padre, le he oído decir que su familia vino de Oxfordshire; para confirmar cuál, he observado en el cementerio de Banbury en ese condado, varias tumbas y monumentos de los Gullivers.
(Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver)

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Hamlet en Gramercy Park, Nueva York

 

HORACIO
Yo puedo. Al menos, el rumor
que corre es este: nuestro difunto rey, cuya imagen se nos ha aparecido ahora, sabéis que fue retado por Fortinbrás de Noruega, que se crecía en su afán de emulación. Nuestro valiente Hamlet, pues tal era su fama en el mundo conocido, mató a Fortinbrás, quien, según pacto sellado, con refrendo de las leyes de la caballería, con su vida entregó a su vencedor todas las tierras de que era propietario: nuestro rey había puesto en juego una parte equivalente, que habría recaído en Fortinbrás, de haber triunfado éste; de igual modo que la suya, según lo previsto y pactado en el acuerdo, pasó a Hamlet.
(William Shakespeare, Hamlet)

 

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David Balfour y Alan Breck en Edinburgo

 

“¿Quieres que te maten?”, Dije. Se puso en pie de un salto y me dirigió una pregunta tan clara como si hubiera hablado.
“¡O!”, Exclamé, “todos son asesinos aquí; es un barco lleno de ellos! Ya han matado a un chico. Ahora eres tú “.
“Ay, ay”, dijo él; “Pero aún no me han agarrado”. Y luego, mirándome con curiosidad, “¿Podrán estar conmigo?”
“¡Eso haré!”, Respondí. “No soy un ladrón, ni un asesino. Estaré a tu lado.”
“¿Por qué, entonces”, dijo él, “¿cuál es su nombre?”
“David Balfour”, dije; y luego, pensando que a un hombre con un abrigo tan fino debe gustarle la gente buena, agregué por primera vez, “de Shaws”.
Nunca se le ocurrió dudar de mí, porque un Highlander está acostumbrado a ver a grandes hombres en una gran pobreza; pero como él no tenía un patrimonio propio, mis palabras se convirtieron en una vanidad muy infantil que él tenía.
“Mi nombre es Stewart”, dijo, levantándose. “Alan Breck, me llaman.
(Robert Louis Stevenson, Secuestrado)

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El barón Munchhausen

Confiado, en demasía acaso, en mi valor, y llevado de mi celo, fui a colocarme al lado de un enorme cañón, y en el momento de salir el tiro, me lancé sobre la bala con el fin de penetrar en la plaza, cabalgando sobre ella; pero cuando estuve a la mitad del camino, se me ocurrió una reflexión.
—Entrar… bien —me dije—; pero ¿y salir? ¿Qué va a suceder una vez dentro de la plaza?… Se me tendrá por espía y se me ahorcará en el árbol más inmediato… Esto no es un fin digno de Münchhausen.
Habiendo hecho esta reflexión, seguida de muchas otras del mismo género, vi otra bala dirigida desde la fortaleza contra nuestro campo, la cual bala pasaba a poca distancia de mí. Salté, pues, sobre ella y volví adonde estaban los míos, sin haber realizado mi proyecto, ciertamente; pero, al menos, sano y salvo.
(Gottfried A. Burger, La aventuras del barón Munchhausen) 

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Kiyoshi Nakajima

Kiyoshi Nakajima  es un pintor e ilustrador japonés nacido en Manchuria en 1943. Estudió arte en Paris. El critico de arte Susumo Abe lo apodó “el pintor del viento”. En 1987 ganó el Premio de la International Children’s Book Exhibition, también es famoso por su ilustración de La Historia de Genji. Entre sus obras se cuenta una serie limitada de xilografías mostrando jovencitas con aire melancólico.

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Dominó

 

dominoEs una costumbre, una tradición, según el Pelao Silva. Claro que eso es una exageración, es verdad que la costumbre tiene ya dos años de antigüedad, pero adjudicarle categoría de tradición es demasiado, no para el Pelao, en todo caso, dada su tendencia a exagerar.
La cuestión es que en algún momento, yo todavía no entraba a la empresa, se generó entre los de la oficina la costumbre de concurrir, todos los viernes a la salida del trabajo, a Club de la esquina. Por supuesto que el Club tenía nombre, el que ya no recuerdo, pero como estaba en una esquina, así era llamado, hasta por los que trabajaban allí.
Bueno, así es que todos los viernes, sagradamente, nos vamos a la salida de la pega con rumbo al Club, donde los mozos, al vernos entrar, ponen sobre una mesa la caja del dominó y una botella de vino, para empezar, primero hay que limpiar las gargantas. Cualquiera sabe que para jugar dominó lo mejor es un vaso de vino, no creo que sea posible jugar mientras se toma refresco, nosotros nunca lo hemos intentado ni lo intentaremos jamás.
Pedimos siempre una parrillada, sin apuro, porque mientras llega jugamos algunas partidas de dominó, en invierno en el interior del recinto, cuando el clima mejora, en un patio interior, bajo una enramada de madreselvas, ya sea que estén o no en flor.
Una vez terminada la parrillada y vaciadas la botellas de rigor, pedimos la cuenta, dividimos por cuatro y cada uno para su casa. Hasta el lunes.
Como en ningún paraíso puede faltar una serpiente, un día sucedió que el Feo Astudillo nos salió con un chiste.
–¡No me lo van creer! –dijo, poniendo cara de consternación–. Se me quedó la billetera en la casa, cúbranme ustedes y el lunes les pago.
Bueno, a cualquiera le pasa, dividimos entre tres y pagamos.
El lunes le cobramos pero justo al venirse al trabajo la señora le había pedido plata para no se qué cosa y se había quedado sin ni uno.
Le echamos los garabatos correspondientes pero al final decidimos que por esa vez, lo dejábamos ahí no más, no íbamos a ser más pobres por un par de lucas, y total, amigos son amigos.
La cuestión se puso rara cuando al viernes siguiente, a la hora de pagar, el Feo nos salió con otro pretexto. Esta vez tenía la billetera, pero no tenía plata, la señora cargó de nuevo con la culpa, ya fuera cierto o no. Esta vez sí que lo subimos y lo bajamos, pero la cuenta había que pagarla, así es que de nuevo dividimos por tres.
La tercera vez nos sacó los choros del canasto y decidimos, después de pagar de nuevo dividido por tres, que había que eliminar al Feo del grupo, no podíamos seguir soportando su frescura, el sinvergüenza ya ni siquiera se molestó en poner cara de afligido.
El lunes se encontró con la ley del hielo, no le dimos ni los buenos días. Para todo lo que había que decirle, indispensablemente, sacábamos una hoja del taco y se lo dábamos anotado, y eso duró la semana.
Llegó el viernes y nos enfrentamos a la situación, ¿tendríamos que ir al Club sin el Feo, sabiendo que jugar dominó entre tres no funciona?
–Miren –dijo de pronto el Pato Rojas, con cara de iluminado–. Vamos los cuatro como siempre, los amigos son los amigos de todas maneras.
–¡No, no! –gritamos el Pelao y yo–. ¿Y hasta cuando vamos a seguir financiando a este bolsero?
–Tranquilos –nos respondió el Pato–. Confíen en el maestro.
Y confiando le dijimos al Feo: –ya, hombre, vamos al Club como siempre. Y con una sonrisa más falsa que billete de tres lucas, partimos como de costumbre.
Una vez en el Club, la verdad es que yo no estaba muy contento, y el Pelao se notaba que tampoco, pero el Pato nos dijo: –tranquilos, confíen, déjenme a mi.
Así, nos dedicamos a jugar con el entusiasmo de siempre. Lo que sí no pude dejar de notar es que el Pato estaba demasiado atento con el Feo, le llenaba el vaso a cada rato, y estimulaba al Feo a vaciarlo: –¡vamos hombre, toma nomás, no te preocupes, ¿no somos amigos?
Después de pagar la cuenta, dividida por tres, salimos del Club. Al Feo, cocido como guagua, lo tuvimos que sacar arrastrando.
Ante nuestra sorpresa, el Pato llamó un taxi y nos hizo subir a todos, y acallando nuestras protestas, le dijo al taxista que nos llevara a la Estación de trenes.
No sabemos qué irá a decirnos el Feo Astudillo cuando regrese a la pega, si seguiremos siendo amigos ni qué será de la costumbre del Club. Pero los otros tres compartimos un sentimiento, no haber podido verle la cara cuando despertara de la cura. Porque lo que hicimos en la Estación fue sentar al Feo en un vagón de tercera, en el tren que estaba saliendo, con un boleto a Copiapó prendido con un alfiler en la solapa.

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La carta

Man_with_wax_tabletLa carta es un mensaje escrito dirigido por una persona, llamada emisor, a otra, llamada receptor, referente a un tema que concierne a ambos. La cartas tienen como objeto mantener una comunicación en cualquiera de las relaciones que los humanos sostienen entre sí, ya sean sentimentales, literarias, comerciales, intelectuales, científicas, gubernamentales, militares, etc. Las cartas se conocen desde la antigüedad en la India, Egipto, Sumeria, China, Grecia y Roma. El material en que han sido escritas es muy diverso, incluyendo tabletas de arcilla, tablillas de madera encerada, papiro, pergamino, láminas de plomo y papel. Las cartas ya son mencionadas por Homero y por Heródoto.

Pero, al aparecer por décima vez la Aurora, la de rosáceos dedos, lo interrogó y quiso ver las tablillas que de su yerno Preto le traía. Y una vez leída la funesta carta, ordenó a Belerofonte que primero que todo matara a la ineluctable Quimera.
(Homero, La Ilíada)

Entonces Darío escribió una carta a Megabazos, a quién había dejado al mando de su ejército en Tracia
(Heródoto, Historia)

mail-boxesEn tiempos pasados existieron manuales que enseñaban a escribir cartas, convirtiéndolas a veces en un verdadero arte que involucraba la gramática y la retórica.
Siendo la carta un medio físico, el tiempo necesario para que la carta llegue a su destinatario estaba condicionado por la velocidad del medio de transporte utilizado, un mensajero a pie, un jinete, un medio terrestre, o uno marítimo o aéreo.
Los avances tecnológicos ha cambiado la importancia de la carta como medio de comunicación. El desarrollo del telégrafo redujo el tiempo y al mismo tiempo ajustó al mínimo el número de palabras necesarias para expresar el mensaje. Posteriormente el email cambió radicalmente la forma y el tiempo necesarios para comunicar y responder a una comunicación.

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Gianni Strino

 

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Vladimir Volegov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

The Letter

Laura Knight

 

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Nakajima Kiyoshi

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George Goodwin Kilburne

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Domenico Induno