Llamados a la aventura

En la noche del 20 de diciembre de 1849 un violentísimo huracán azotaba a Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, guarida de temibles piratas situada en el mar de la Malasia, a pocos centenares de kilómetros de las costas occidentales de Borneo.
Empujadas por un viento irresistible, corrían por el cielo negras masas de nubes que de cuando en cuando dejaban caer furiosos aguaceros, y el bramido de las olas se confundía con el ensordecedor ruido de los truenos.
(Emilio Salgari, Sandokan)

Lo recuerdo como si fuera ayer, meciéndose como un navío llegó a la puerta de la posada, y tras él arrastraba, en una especie de angarillas, su cofre marino; era un viejo recio, macizo, alto, con el color de bronce viejo que los océanos dejan en la piel; su coleta embreada le caía sobre los hombros de una casaca que había sido azul; tenía las manos agrietadas y llenas de cicatrices, con uñas negras y rotas; y el sablazo que cruzaba su mejilla era como un costurón de siniestra blancura.
(Robert L. Stevenson, La isla del tesoro)

En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él; que mientras los hombres se ocupaban de sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua. Con infinita complacencia, la raza humana continuaba sus ocupaciones sobre este globo, abrigando la ilusión de su superioridad sobre la materia. Es muy posible que los infusorios que se hallan bajo el microscopio hagan lo mismo.
(H.G. Wells, La guerra de los mundos)

–-Espero que pueda usted entablar un contacto amistoso; o por lo menos dialogar con ese individuo ––dijo por fin –Posee usted, por lo que puedo apreciar, el don de entablar relaciones con la gente. Supongo que es cuestión de simpatía, de magnetismo animal, de vitalidad juvenil o de algo por el estilo. Yo mismo lo he sentido.
––Es usted muy amable, señor.
––Entonces, ¿por qué no prueba su suerte con el profesor Challenger, de Enmore Park?
Debo reconocer que esto debió producirme un leve sobresalto, porque exclamé:
––¿Challenger? ¡El profesor Challenger, el famoso zoólogo! ¿No fue ése el hombre que le rompió la crisma a Blundell, el cronista del Telegraph?
El redactor jefe de noticias se sonrió ásperamente.
––Qué, ¿le afecta eso? ¿No me dijo que buscaba aventuras?
––En este oficio hay que hacer frente a todo, señor ––le contesté.
(Arthur Conan Doyle, El mundo perdido)

Señor, un nuevo mensaje.
¿De dónde viene?
De Tomsk.
¿Está cortada la comunicación más allá de esta ciudad?
Sí, señor; desde ayer.
General, envíe un mensaje cada hora a Tomsk para que me tengan al corriente de cuanto ocurra.
A sus órdenes, señor respondió el general Kissoff.
Este diálogo tenía lugar a las dos de la madrugada, cuando la fiesta que se celebraba en el Palacio Nuevo estaba en todo su esplendor.
(Julio Verne, Miguel Strogoff)

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