El bosque en que moraba la doncella

Recuerdo claramente una escena ocurrida cuando yo era niño en la escuela, en un caluroso día de verano. Estábamos en la clase de literatura inglesa, que empezaba con la lectura de un largísimo poema cuyo mayor defecto consistía en sus interminables dimensiones – he de confesar avergonzado que he olvidado el nombre del autor, así como el título – Una vez terminada su lectura, cerramos los libros y el profesor, un viejecito bondadoso de cabellos blancos, nos pidió que explicáramos lo que acabábamos de leer.
– A ver, dime, ¿de qué se trata?
El primero de la clase empezó a hablar en voz baja y con evidente expresión de desagrado, como si se tratara de una cosa que dejada a su libre voluntad jamás se le hubiera ocurrido mencionar.
– Se trata… se trata de una muchacha
– Bueno, pero has de decírmelo con tus propias palabras: no se trata de una muchacha sino de una doncella, ¿comprendes…? Hemos hablado de una doncella. Anda, continúa…
– Una doncella – repitió el niño, a quien la rectificación había hecho poner más nervioso – que vivía en un bosque…
– ¿Qué clase de bosque?
El chiquillo se puso a examinar el tintero cuidadosamente y luego miró al techo.
– Vamos, vamos – dijo el maestro impacientándose – si has estado leyendo sobre este bosque lo menos diez minutos. Seguramente serás capaz de decirme algo…
– “Los nudosos troncos, las retorcidas ramas…” – declamó el niño.
– No, no es eso – interrumpió el maestro – no quiero que repitas el poema. Quiero que me digas con tus propias palabras qué clase de bosque era ése habitado por una doncella… – y empezó a dar pataditas de impaciencia.
El niño, dispuesto a jugarse el todo por el todo, exclamó:
– Un bosque igual a todos…
– Anda, dile tú qué clase de bosque era – ordenó el maestro dirigiéndose a otro niño, que dijo:
– Pues… un bosque verde…
La respuesta le desagradó y trató de zoquete al chico, si bien nuca he podido comprender el motivo de semejante calificativo. Y pasó al tercero, que llevaba un rato como si estuviese sentado sobre ascuas, sin cesar de mover los brazos. Tenía que decir lo que pensaba aunque no se lo preguntaran, pues de lo contrario hubiera reventado: ya tenía la cara enrojecida de tanto contenerse.
– Un bosque oscuro y tenebroso – gritó aliviado.
– Un bosque oscuro y tenebroso – repitió el profesor con evidentes muestras de aprobación – Muy bien. ¿Por qué era oscuro y tenebroso?
El niño repuso con la misma ansiedad de antes:
– Porque el sol no podía penetrar…
El profesor creyó haber descubierto al poeta de la clase.
– Muy bien, porque el sol no podía penetrar, o mejor dicho porque los rayos del sol no podían penetrar. Y, vamos a ver, ¿por qué no podían penetrar los rayos del sol?
– Porque era un bosque muy tupido.
– Bien, la doncella vivía en un oscuro y tenebroso bosque bajo un dosel de ramas que no podían traspasar los rayos del sol. Ahora, ¿qué crecía en este bosque? – interrogó al cuarto muchacho.
– Árboles…
– ¿Y qué más?
– Setas… – esto después de una pausa.
El maestro no estaba muy seguro de esto de las setas, pero al mirar el texto vio que, efectivamente, el niño tenía razón, pues se mencionaba a las setas.
– Está bien, allí crecían setas. ¿Y qué más…? ¿Qué es lo que hay debajo de los árboles de un bosque?
– Tierra…
– No, hombre, no, ¿qué es lo que crece, además de los árboles?
– Malezas…
– Malezas. Bueno, ya vamos adelantando algo. En este bosque crecían árboles y malezas. ¿Y qué más crecía en el bosque?
Preguntó esto último a un chiquillo que estaba al fondo de la clase, el cual, convencido de que el bosque estaba muy lejos, se entretenía haciendo pajaritas de papel. Molesto y turbado, pero comprendiendo la necesidad de añadir algo al inventario, dijo al azar:
– Moras…
Fue un error; el poeta no había mencionado las moras.
– Claro, hombre, claro; Klopstock tenía que añadir algo comestible – exclamó el profesor, que se las daba de gracioso. Esta frase provocó una carcajada general a costa de Klopstock, que llenó de satisfacción al maestro, el cual prosiguió, interrogando esta vez a un niño cuyo sitio estaba en el centro de la clase – A ver, tú, ¿qué había en el bosque, además de los árboles y la maleza?
– Un torrente…
– Muy bien, ¿y qué hacía el torrente?
– Murmuraba…
– Estás equivocado, los arroyuelos murmuran, los torrentes…
– Rugen…
– Eso es, ¿y qué es lo que le hacía rugir?
Esto era ya profundizar demasiado. Un muchacho – he de aclarar que no era el primero de la clase – dijo que lo que le hacía rugir era la muchacha. Para ayudarnos, el maestro cambió la pregunta:
– ¿Cuándo rugía?
El tercer muchacho, saliendo otra vez en nuestro auxilio, explicó que rugía al caer sobre las rocas. Me parece que alguno de nosotros tenía la vaga idea de que el torrente debía ser muy poca cosa para meter tanto ruido por una insignificancia como ésa. Un torrente más valiente, pensábamos, hubiera ido y venido entre las rocas sin decir palabra, y un torrente que rugía cada vez que caía resultaba algo sin pizca de importancia. Pero el profesor pareció muy satisfecho y prosiguió:
– ¿Quién vive en el bosque además de la doncella?
– Los pájaros…
– Sí, en el bosque había pájaros, pero ¿qué más…?
Se hubiera dicho que la sola mención de los pájaros terminó nuestras ideas.
– Vamos, vamos, ¿cómo se llaman esos animales que se suben a los árboles y tienen cola?
Nos quedamos pensando un rato, y a uno se le ocurrió decir:
– Gatos…
Otra equivocación. El poeta no mencionaba a los gatos para nada. “Ardillas” es lo que el maestro quería que dijéramos. Ya no recuerdo más detalles sobre este bosque. Creo que se hablaba del cielo; en algunos lugares donde había un claro se podía ver el cielo si se miraba hacia arriba, a menudo solía haber nubes y alguna que otra vez, si la memoria no me falla, la doncella se mojaba.
He hablado de todo esto porque me parece que es la mejor demostración de la importancia del paisaje en la literatura. Nunca he podido comprender, ni tampoco ahora lo comprendo, por qué lo que dijo el primer muchacho no fue suficiente. Y con todos los respetos debidos a un poeta, quien quiera que sea, no se puede dejar de reconocer que este bosque “era un bosque igual a todos”, y no podía ser de otra manera.

Jerome K. Jerome, Tres hombres en Alemania, Capítulo V

Anuncios

4 comentarios en “El bosque en que moraba la doncella

  1. Una historia preciosa,divertida y pedagógica.Los bosques tienen cosas comunes,pero también otras diferentes que les caracterizan.
    Veo en esta historia el esfuerzo del maestro por inculcar en los niños la observación necesaria para encontrar la riqueza de matices que hay en la generalidad de las cosas.
    Las respuestas de los niños son muy coherentes con sus edad : el bosque es como todos los bosques; verde, árboles….y solo con la ayuda del profesor descubren la riqueza que hay bajo los árboles.
    Amo la Naturaleza.
    Saludos, Jeno.

  2. Jerome K. Jerome es muy divertido, leí “Tres hombres en un bote”, “Tres ingleses en Alemania” , “Contado después de la cena y otros relatos” y “Las experiencias de Enrique”.

  3. Thank you for writing this. Your story sounds a bit like mine with few minor dicesrfnfee: I still have my job but am looking to change; I still have made less than $100 from my blog but that it is 10 months old this sounds OK; I am marginally younger than you and started blogging not long ago.I am not giving up anytime soon. My blog is growing, all my lines are going in the right direction and I am not going to let these young kids wipe the floor with me for long . More seriously, I am so glad to have found a community that is so exciting and helpful.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s