Un año en el altiplano.

Cuando se menciona la Primera Guerra Mundial y la lucha en las trincheras, inmediatamente se asume que se trata de las trincheras en Francia, franceses e ingleses luchando contra los alemanes, y aparece el libro de Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente occidental.
Pero también hubo guerra de trincheras en el noreste de Italia, donde se enfrentaban italianos y austrohúngaros en una forma no menos estúpida y con jefes no menos incapaces y criminales.
Emilio Lussu, político y escritor sardo, narra en su libro lo vivido en esa guerra, estuvo toda la guerra allí, pero de ese tiempo tomó solo un año porque con uno bastaba para describir sus experiencias. La películaUomini contro (1970) con Gian Maria Volonté, se basa en este libro. El libro y la película son mejores que la famosa Sin novedad…
Como muestra, he aquí un par de párrafos, el libro es bastante amargo, está escrito en un tono francamente irónico, y para que decir que me gustó mucho:

El duque de Aosta, nuestro Comandante de Ejército, tenía escasa capacidad militar pero una gran pasión literaria. Él y su Jefe de Estado Mayor se complementaban. Uno escribía los discursos y el otro los pronunciaba. El duque los aprendía de memoria y los recitaba con oratoria de romano antiguo, con una dicción impecable. Las grandes ceremonias, por lo demás frecuentes, eran preparadas expresamente para estas demostraciones oratorias. Desgraciadamente, el Jefe de Estado Mayor no era escritor. De modo qué, a pesar de todo, el ejército sentía más estima por la capacidad de memoria del general para recitar los discursos, que por el talento de su Jefe de Estado Mayor para escribirlos. Pero aparte de eso, era bastante impopular. 
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Por la tarde, el alcalde ofreció a los oficiales un brindis y un discurso. Dijo con voz temblorosa:
–Es un gran honor para mi, etc. etc. En esta guerra gloriosa en que el pueblo italiano combate bajo el comando genial y heroico de Su Majestad el rey…
A la palabra rey, y de acuerdo con la ordenanza, nos pusimos en posición de firmes con un gran y simultáneo estrépito de tacos y espuelas. En la sala municipal, el súbito fragor de aquel saludo militar retumbó como el disparo de un arma de fuego. El alcalde, civil profano, no imaginó que su modesta mención al soberano podría provocar una manifestación tan ruidosa de lealtad constitucional. Era un hombre distinguido y, puesto sobreaviso, no habría dejado de apreciar en su justa medida una actitud patriótica de tal magnitud. Pero así, de improviso, se asustó y dio un ligero salto que le agregó algunos centímetros a su estatura. Se puso pálido. Miró vacilante al grupo de inmóviles oficiales y esperó. Las hojas con el discurso escrito habían caído de sus manos y yacían, como culpables, a sus pies.
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Pasó un carro, más grande que los otros. Sobre dos colchones de paja se acomodaban una anciana, una joven madre y dos niños. Un viejo campesino, sentado adelante con las piernas colgando, guiaba los bueyes. Detuvo los bueyes y le pidió a un soldado tabaco para la pipa.
« ¡Fuma, abuelo! » le gritó el cabo que marchaba a la cabeza, y, sin detenerse le puso en las manos todo su tabaco.
Los soldados lo imitaron. El viejo, con las manos llenas de paquetes y cigarros, miraba, sorprendido, su tan inesperada riqueza. La columna continuaba la marcha, en silencio. Como si se hubiese dado una orden, los soldados que seguían lanzaban sobre el carro su tabaco. El viejo dijo: « ¿Y ustedes, que fumarán, muchachos? » 
La pregunta rompió el silencio, Por toda respuesta, uno entonó una alegre cancioncita del repertorio de marcha, y la columna lo siguió en coro.

Emilio Lussu, Un anno sull’Altipiano.