Los cometas

Desde el inicio de los tiempos los cometas, viajeros incansables del cielo, han despertado la imaginación humana. Las primeras referencias a los cometas datan del segundo milenio antes de Cristo, para seguir después acompañando a los hombres en su devenir histórico. Asociado por lo general a los desastres, ya sean naturales o no, nunca han gozado de demasiada buena fama. Un cometa apareció después de la muerte de Julio Cesar, otro antes de la batalla de Hasting, uno también, el de 1812, se supone anunció la invasión napoleónica de Rusia, como lo cuenta Tolstoi en Guerra y paz:
Casi en el centro del cielo, sobre el bulevar Pretchistenski, un cometa enorme, brillante, rodeado de estrellas, se distinguía de entre todas ellas por su proximidad a la tierra, por su luz blanca y su larga cola. Era el cometa de 1812, que, según se decía, anunciaba todos los terrores del fin del mundo;


Cada vez que aparece un cometa nuevo aparecen también las teorías apocalípticas, algunas nuevas y otras no tanto, como la del cometa Esenin, que ha logrado traer de nuevo a la actualidad la antiquísima mitología sumeria.
Pero los cometas has sido también protagonistas, por derecho propio, de algunas novelas, unas cuantas famosas, otras no tanto.

Por improbable que fuera el encuentro de la Tierra con un cometa, no era imposible, y un choque de esta naturaleza podía ser la explicación del fenómeno inexplicable, la clave del enigma cuyos efectos eran tan extraordinarios.

Julio Verne, Héctor Servandac.

Sobre sus cabezas, retazos de gasa oscilaban en una lenta y majestuosa danza. Las temblorosas colas gemelas de Halley eran como sedas verdeazuladas. Ahora estaban pálidas, meses después del breve verano vigorizante que llegaba al cometa cada setenta y seis años. Sin embargo, las banderas de iones y polvo seguían desplegadas, como livianas tracerías que ondulasen en una brisa indolente, como estandartes portados por enormes ángeles.

Gregory Benford y David Brin, El corazón del cometa

Si bien dos astrónomos de Mauna Kea afirmaban haber observado ya el cometa a simple vista, nadie les creía, y aseveraciones similares, hechas por otros residentes del Pasteur, habían sido recibidas con un escepticismo todavía mayor.

Arthur C. Clarke, 2061 Odisea Tres

La fuente de estos gases está en el linde de la familia de satélites del Sol, aún más lejos que Plutón; es la zona donde los cometas se desplazan eternamente en órbitas lentas y frías… al menos hasta que un par de ellos abandonan la órbita y se deslizan hacia el Sol. Ese lugar se llama la Nube de Oort.

Frederik Pohl, Los mineros del Oort

Su extensión era de unos seis kilómetros cuando sobrevino el desastre. El fin fue súbito. En unos cincuenta años, un parpadeo en su existencia, el centro del torbellino se desintegró. Ardió un nuevo sol, tremendamente brillante.
En aquella llamarada infernal destellaron miríadas de cometas que se convirtieron en vapor. Los planetas perdieron sus atmósferas. Un gran viento de presión lumínica arrebató al sistema interno todo el gas disperso y el polvo, y lo lanzó a las estrellas.

Larry Niven y Jerry Pournelle, El martillo de Lucifer

La gente que realmente lo sabe está muerta. Nadie sabrá jamás lo que fue para ellos pero puedo contarles lo que vi. Deberíamos haber recibido el aviso antes. La gran roca (asteroide o cometa, nadie tuvo tiempo para preocuparse por el nombre) todavía estaba a dos días de distancia cuando los robos lo percibieron. 

Jack Williamson, Terraformar la Tierra

“Sólo se puede añadir a las miserias de la vida”, dijo sin venir a cuento, cuando yo estaba hablando de otras cosas. “¿Qué podría ser?” “La colisión con un cometa. Sería volver atrás. Sólo haría a lo que quedara vivo más salvaje de lo que es en la actualidad.” “Pero ¿por qué nada debería quedar con vida?” dije yo. . .

H.G. Wells, Los días del cometa.