Jan Potocki

A finales del siglo XVIII el conde Jan Potocki, noble polaco pero en ese momento súbdito ruso, emprendió un viaje al Cáucaso recorriendo su geografía física y humana.
Lo que vió en su viaje lo dejó a la posteridad en su libro “Viaje a las estepas de Astracán y del Cáucaso” que, aunque es poco extenso es en cambio muy rico en descubrimientos.
Viajeros los ha habido muchos y de muy diferentes condiciones, pero Potocki es especial por la compañía que elige para viajar.
Uno de sus compañeros, el más importante tal vez, es Heródoto, cuyo libro describe la Escitia. Potocki va descubriendo la exactitud con que el historiador describió las regiones por las que viajaba:
“Heródoto vuelve a hacer, esta vez conmigo, el viaje por Escitia, veintidos siglos después de haber estado allí él en persona . . . Heródoto sigue existiendo entero. Me habla en su lengua, sopeso cada una de sus palabras, me da miedo perderme una sola, y le escucho con más placer del que encuentro en la conversación de muchos vivos”
Potocki se siente feliz cada vez que comprueba la verosimilitud del libro de Heródoto y confecciona un mapa que establece cada uno de los puntos geográficos descritos por el griego.
Pero Potocki viaja con su biblioteca, también le acompañan Ptolomeo, Estrabón, Plinio y Plutarco. De pronto se da cuenta que no ha llevado a Luciano, y lo lamenta.
Los pueblos que encuentra, turkmenos, tcherkeses, nogai, osetos, inguches, a todos les busca la concordancia con los datos que encuentra en los clásicos. Su curiosidad no tiene límites e interroga a cuantos encuentra, ya sea gente del pueblo o autoridades, pero siempre busca la comprobación personal: “Eso es lo que me han contado, y lo distingo cuidadosamente de lo que he visto por mi mismo, como lo hacía Heródoto”.
Su relato difiere del de muchos viajeros por el esfuerzo que pone en ver las cosas por si mismo, evitando poner sobre el papel detalles no comprobados, y es así como deja al descubierto al viajero Reineggs, por ejemplo, estableciendo en el terreno mismo sus frecuentes inexactitudes.
Respecto de Kuban, por ejemplo, reafirma a Estrabón mientras dice sin vacilar: “nada de lo que dice Reineggs de este país merece ninguna atención”.
Escritor erudito, viajero incansable, es un placer leer a Jan Potocki y viajar con él en busca de los pueblos antiguos, aunque como él, quedemos decepcionados de no haber encontrado a los ya legendarios álanos…

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