Una anécdota, de las de antes…

Fue él (el conde Lecchi) quien, hallándose encerrado en Los plomos, en Venecia, como castigo a las insignes locuras que había cometido por la marquesa de C…, puso seis mil cequíes en las manos del carcelero quien, bajo esa condición, le dio la libertad durante treinta y seis horas. Sus amigos le habían preparado las postas; corrió hasta Brescia, adonde llegó un día de fiesta, en invierno, a las tres de la tarde, cuando todo el mundo salía de vísperas. Allí, en presencia de toda la ciudad, disparó un tiro de trabuco al marqués de N…, que le había hecho una jugarreta y lo mato.
Regresó a toda prisa a Venecia y se reincorporó de inmediato a su prisión. Tres dias después, hizo que solicitaran una audiencia al senador jefe de la justicia criminal; la obtuvo y se quejó amargamente de la inaudita crueldad del carcelero para con él.
El grave senador, tras haberlo escuchado, le comunicó la extraña acusación de asesinato que la quarantia criminal acababa de recibir contra él.
—Bien ve Vuestra Excelencia la rabia de mis enemigos —replicó el conde Lecchi, con perfecta modestia—, Sabe muy bien dónde estaba yo hace ocho días.

Stendhal, Memorias sobre Napoleón.