Amores eternos

Seguíamos en las novelas las aventuras de los protagonistas, héroes, guerreros, piratas o caballeros. Nos identificábamos con ellos, compartiendo sus cualidades, corriendo sus riesgos, sufriendo sus angustias ¿cómo no compartir también el amor de sus mujeres?

Las había de toda clase, orgullosas y humildes, débiles y poderosas, pacientes y luchadoras, dueñas de riquezas o sin ellas, pero todas, cada una a su manera, eran encantadoras.

Ana Elliot es la protagonista de Persuasion, de Jane Austen. Cuando la novela comienza ella está ya en lo que era la pre-vejez en esa época, está resignada a quedarse sola, la imagen que de ella se presenta no es la mejor, pero sin embargo, una vez avanzada la lectura, comenzamos a conocerla mejor.

Pocos años antes, Ana Elliot había sido una muchacha muy hermosa, pero su frescura se marchitó temprano. Su padre, que ni siquiera cuando estaba en su apogeo encontraba nada que admirar en ella (pues sus delicadas facciones y sus suaves y oscuros ojos eran totalmente distintos de los de él), menos le encontrará entonces, que estaba delgada y consumida.
(Jane Austen, Persuasion)

Una mujer que no tiene un real protagonismo en la novela Ivanhoe, de Walter Scott, salvo que está destinada por su tutor a ser un instrumento en la política de la naciente Inglaterra, es Rowena, una dama de la más noble estirpe sajona.
Por pretender su amor Wilfredo de Ivanhoe es repudiado por su padre y marcha a las cruzadas, tal vez tratando de olvidar.

–No, Cedric no es padre de Rowena: es pariente, y no muy cercano. En la actualidad es su tutor, según creo, y ama con tal extremo a la pupila, que no tendría más cariñosa deferencia con ella si fuera hija propia. Pero es aún más ilustre la sangre de Rowena; y en cuanto a su hermosura, pronto juzgaréis por vista de ojos. Yo os aseguro que si la belleza de Rowena y la blanda y majestuosa expresión de sus suaves y hermosos ojos azules no aventajan a las beldades de Palestina, consiento en que jamás deis crédito a mis palabras. (Walter Scott, Ivanhoe)

Una mujer de lo más silenciosa, de bajo perfil, diríamos ahora, en la novela El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, es Haydée, la esclava griega del conde, hija de Ali Pashá. Es sin embargo quién logra redimir al conde una vez cumplida su auto impuesta misión de venganza.

Eran las doce del día, el conde se había reservado una hora para subir al cuarto de Haydée. Hubiérase dicho que la alegría no podía entrar de pronto en aquella alma llagada por tanto tiempo, y que necesitaba prepararse para las emociones dulces, como las otras almas necesitan prepararse para las emociones violentas.
La joven griega estaba, como hemos dicho, en una habitación completamente separada de la del conde. Su mobiliario era oriental, es decir, los suelos estaban cubiertos de espesas alfombras de Turquía, inmensas cortinas de brocado cubrían las paredes, y en cada pieza había alrededor un ancho diván con almohadones movibles de ricas telas de Persia. 
(Alejandro Dumas, El conde de Montecristo)

De los tantos y tantos personajes que se mueven en la monumental La guerra y la paz de León Tolstoi, me gustó, a pesar de que no es uno de los personajes principales, María Bolkonskaya, la hija del terrible príncipe Bolskonski. No tiene ni la belleza ni el encanto chispeante de Natasha Rostov, pero es inteligente, dulce y generosa.

Los ojos de la Princesa María, grandes, profundos, a veces fulgurantes como si proyectasen rayos de un ardiente resplandor, eran tan bellos que, frecuentemente, a pesar de la fealdad de toda su cara, sus ojos eran mucho más atractivos que cualquier otra belleza. No obstante, la Princesa no había visto nunca la expresión de sus ojos, la expresión que adquirían cuando no pensaba en sí misma.”
(León Tolstoi, La guerra y la paz)

Alejandra “Olenka” Billevich es la sufrida prometida de Andrés Kmita, noble polaco metido de lleno en los avatares políticos y bélicos de Polonia, inmersa en una guerra con Suecia. Olenka, prometida desde su niñez, debe esperar a que, moviéndose entre alianzas y traiciones, Andrés pueda reunirse con ella algún día. Esto es en la novela El diluvio, de Henryk Sienkiewicz.

—¡Dios mío! ¡Cuán bella sois! —exclamó Kmita—. Quiero hacer decir cien misas por mi bienhechor por haberos prometido a mí. ¿Cuándo nos casamos?—No corre eso tanta prisa —contestó Olenka. —No pienso así yo —replicó el joven—. Como hay Dios, suponía que erais bella, pero no tanto. Ahora veo que el pintor que os retrató tuvo la mano torpe, pues no supo reproducir toda vuestra belleza. Merece cien azotes ese mal artista. ¡Que vaya mejor a pintar estufas, pero no a retratar bellezas que fascinan! Creed que me considero el hombre más feliz de la tierra.
(Henryk Sienkiewicz, El diluvio)

Arabella Bishop es la hija del abusivo coronel Bishop en la novela El capitán Blood, de Rafael Sabatini. Arabella no es una mujer fácil de manejar, les habla de igual a igual a los hombres y es capaz de tomar rápidas decisiones, como cuando compra al esclavo Peter Blood.

Creo que le conozco, señor,” dijo ella. Su voz era fresca y juvenil, y había algo de juvenil también en sus maneras –si se puede aplicar el término a tan delicada dama. Surgía tal vez de la facilidad, la franqueza, con que desdeñaba los artificios de su sexo, dejándola en buenos términos con todo el mundo. A esto puede deberse que la señorita Arabella había llegado a la edad de veinticinco, no solamente soltera sino que ni siquiera pretendida. Ella usaba con todos los hombres una franqueza fraternal que por sí misma ponía distancia, lo que hacía difícil para cualquier hombre pretender enamorarla. El desconocido se detuvo al ser abordado. “Una mujer debe conocer lo que es de su propiedad”, dijo él. (Rafael Sabatini, El Capitán Blood)
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El pirata Sandokan había escuchado hablar de la Perla de Labuán, pero cuando la conoció ya no pudo vivir tranquilo nunca más. La Perla de Labuán era nada menos que lady Mariana Guillonk, sobrina de James Guillonk, uno de los enemigos ingleses contra los que luchaba el pirata malayo, todo un amor imposible y el único de Sandokan, personaje de las novelas de Emilio Salgari.
Aquel hombre tan fiero, tan sanguinario, se sintió fascinado, por primera vez en su vida, ante aquella flor que surgía bajo los bosques de Labuán. Su corazón ardía y le pareció que corría fuego por sus venas.
—¿Se siente mal? —le preguntó el lord. 
—¡No! ¡No! —contestó vivamente el pirata. 
—Entonces, permítame que le presente a mi sobrina, lady Mariana Guillonk. —¡Mariana Guillonk! —repitió Sandokán, con voz sorda. —¿Qué le halla de extraño a mi nombre? —le preguntó sonriendo la joven-. ¡Cualquiera diría que le ha sorprendido!” (Emilio Salgari, Sandokan)

Simone Celzani es un oficinista debilucho y tímido, lo que podría llamarse un anti deportista, que se enamora perdidamente de una atlética profesora de gimnasia en la novela El amor y la gimnasia de Edmundo De Amicis. Primero tiene que luchar para mostrar que existe siquiera, antes de intentar acercarse a la saludable y animosa profesora María Pedani.

Ahora había encontrado ese ideal en la maestra Pedani, una lombarda llegada hacía tres meses, al comenzar diciembre, a vivir con su colega Zibelli en un pequeño apartamento en el tercer piso de la casa en frente de la puerta del maestro Fassiil, quien la había ubicado allí para asegurarse así de su valiosa colaboración en la revista “Nueva Competencia”. 
Aquella alta y robusta muchacha de veintisiete años, de «anchos hombros y cintura estrecha», modelada como una estatua y que respiraba con todo su cuerpo salud y fuerza, y que sería bellísima   si no tuviese una nariz algo larga y una expresión y una manera de caminar algo varonil, le había hecho sentir, al verla por primera vez, que era la persona a quién tanto había deseado y esperado.
(Edmundo de Amicis, El amor y la gimnasia)
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El hada Pari-Banú uno de los personajes de una de las historias contenidas en Las mil y una noches. Por alguna extraña razón es que se enamora del príncipe Ahmed y decide atraerlo a su lado para convertirlo en su esposo. No cabe duda que al príncipe no le cuesta demasiado aceptar la situación, pero la verdad es que mucho remedio no le queda, Pari-Banú es una hada poderosa y capaz de hacer su voluntad sin tener que preguntarle a nadie.

Primero te revelaré quien soy. En los Textos Sagrados has leído que este mundo es la morada no sólo de los hombres, sino también de la raza superior de los Genios, cuya forma es parecida a la de los mortales. Yo soy la única hija de un jefe Jinn de la estirpe más noble y mi nombre es Peri-Banu. Así que no debes maravillarte de oirme decir quién eres tú, quién es tu padre el rey y quién es Nur al-Nihar, la hija de tu tío. Conozco perfectamente todo lo concerniente a ti mismo, tus parientes y tus amigos. Tu eres uno de los tres hermanos que se entontecieron por el amor de la princesa Nur al-Nihar y que lucharon uno contra el otro por conquistarla y convertirla en su esposa. (Las mil y una noches)


Gladia Delmarre
es el personaje femenino de la novela El sol desnudo, de Isaac Asimov. Usada como instrumento en la complicada política solariana, Gladia se convierte involuntariamente en la asesina de su esposo. El policía Elijah Baley sabe que técnicamente es culpable, pero la deja ir porque entiende que fue el instrumento de una conspiración y, que además, padece de algún trastorno sicológico que la hace incapaz de adaptarse a la vida en su propio planeta.

Los bloques de luz se alzaban sobre sendos pedestales. Eran una geometría viva, líneas y curvas de color, que se entremezclaban formando un conjunto coalescente, pero manteniendo una distinta identidad. No había dos ejemplares que se pareciesen ni remotamente. Baley trató de hallar las palabras adecuadas, y se limitó a preguntar: —¿Tiene algún significado? Gladia rió con su agradable voz de contralto. —Significa todo lo que usted quiera. No son más que formas luminosas que pueden despertar su ira, su alegría, su curiosidad o el sentimiento que sea, y que yo experimentaba al crearlas.  (Isaac Asimov, El sol desnudo)

No, no son todas, solo unas pocas que sirven, de todas maneras, para demostrar que no solo los protagonistas de las novelas pueden enamorarse, los lectores también, y a veces más, para toda la vida.

Nota: Las actrices en las fotografías son: Amanda Root (Ana), Ines Sastre (Haydée), Lysette Anthony (Rowena), Malgorzata Braunek (Olenka), Carole André (Mariana), Valentina Cervi (Maria) y Valérie Jeannet (Isabella)

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4 comentarios en “Amores eternos

  1. Hay personajes en las novelas, diría que en todas ellas, que se quedan prendidos del lector, a su lado, con él. Y no siempre se trata de los protagonistas. Nos dejas un post excelente donde detallas de una forma que a mí me ha gustado muchísimo, la importancia que puede haber en un personaje que de entrada no es el principal y en este caso, has hecho hincapié en las féminas que de alguna forma siempre están pero no siempre son las protagonistas.

  2. Así es, FG, a veces hay personajes que pasan por encima del protagonista, por alguna característica especial que los acerca más a un determinado lector. Lo de las féminas, bueno, las puse a ellas primero, como corresponde.

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