Everest

El 29 de mayo de 1953 Edmund Hillary y Tenzing Norgay alcanzaron la cumbre del monte Everest, siendo las primeras personas en lograrlo. Esta montaña de los Himalayas, llamada en nepalés Sagarmatha y en Tibetano Chomolungma, mide 8.848 metros sobre el nivel del mar.

En 1802 se realizó la Gran Medición Trigonométrica para determinar la ubicación y el nombre de las cumbres más altas en la Tierra, llegando a los pies del Everest en 1830, pero las mediciones fueron dificultadas por las autoridades del Nepal. Debido que la montaña es designada por diferentes nombres dependiendo de las diferentes etnias que viven en los Himalayas, finalmente los británicos mpuseron el nombre de Everest en honor al Topógrafo General de la India, George Everest, nombre que prevalece aun hoy día contra la oposición de muchos, de las autoridades chinas por ejemplo, entre otras.

Establecida como la montaña más alta del planeta, escalar el Everest se convirtió en el tercer desafío universal después de ambos polos terrestres, conquistado el Polo Norte supuestamente por Peary en 1909 y el Polo Sur por la expedición noruega de Amundsen en 1911.

Los primeros intentos por escalar el Everest fue realizado por escaladores británicos, alcanzando los 7.000 metros en 1921 y luego los 8,320 en 1922. El sherpa Tenzing alcanzó los 8,595 metros en 1952 antes de lograr la cumbre en 1953.
Después de coronar el Everest, el sherpa Tenzing se convirtió en héroe nacional de la India, Nepal y Tíbet, porque los tres países lo reclamaron como ciudadano. el neozelandés Edmund Hillary fue nombrado caballero por la reina Isabel II.

Hasta el momento han muerto 250 personas escalando la montaña, y seguramente seguiran muriendo, como resultado de agotamiento, fallas orgánicas, congelación, caídas o avalanchas, porque la escalada del Everest sigue atrayendo personas empeñadas no solo en subir sino también en batir records, el más joven, el más viejo, el más “cualquier cosa que se les ocurra”.
El periodista Jon Krakauer formó parte de una expedición, su propósito era investigar la creciente comercialización de las expediciones, porque en un momento los escaladores dejaron pertenecer al grupo de los deportistas del montañismo para ser también simples particulares empeñados en subir y con los medios económicos para pagar las enormes sumas, hasta más de 60 mil dólares (Adventure Consultants cobraba 65 mil, sin considerar el equipo ni el viaje a Nepal), que cobran las empresas dedicadas a llevar escaladores a la cumbre.
Esta situación, y el desastre de 1996, donde murieron 8 personas, del que Jon Krakauer sobrevivió, la describió en su libro Mal de altura.

¿Está usted sediento de aventura? (Bien! Tal vez sueña con visitar siete continentes o subir a la cima de una gran montaña. En general, poca gente se atreve a vivir sus sueños, y raramente se arriesga a compartirlos o confiesa albergar grandes anhelos.
Nuestra agencia se dedica a organizar y guiar aventuras de escalada. Conocedores de los aspectos prácticos que conlleva hacer realidad un sueño, le ayudamos a alcanzar su meta. No le arrastraremos pendiente arriba (tendrá usted que esforzarse mucho), pero la seguridad y el éxito de su aventura están garantizados.
Para quienes se atreven a encarar sus sueños, la experiencia ofrece algo especial que las palabras no pueden describir. Le invitamos a escalar su montaña con nosotros.
(Folleto de Adventure Consultants, 1996)

Hay muchos libros acerca de los Himalayas en general y el Monte Everest en particular, además del escrito por Jon Krakauer están los de Anatoli Boukreev y de Simone Moro, por nombrar algunos.
En la literatura de ficción se puede encontrar una buena cantidad de referencias a la montaña, en diferentes tonos, como el de negro humor de Fredric Brown, por ejemplo:

Sir Chauncey Atherton se despidió de los guías sherpas, que iban a acampar allí y dejarle continuar solo. Estaban en tierras del Abominable Hombre de las Nieves, varios centenares de kilómetros al norte del monte Everest, en el Himalaya. Los Abominables Hombres de las Nieves se habían dejado ver ocasionalmente en el Everest y en otras montañas tibetanas o nepalesas; pero el monte Oblimov, al pie del cual dejaba ahora a sus guías nativos, estaba tan lleno de ellos que ni siquiera los sherpas se atrevían a escalarlo; aunque le aseguraron que esperarían allí su regreso, en el caso de que regresara. Había que ser muy valiente para aventurarse más allá de aquel punto, Sir Chauncey era muy valiente.
(Fredric Brown, Abominable)

En algunas novelas de ciencia ficción el Everest es usado más bien como accesorio, igual podría haber sido otra montaña, pero ¿cuál más famosa?

En un mundo lejano se alzaba sombríamente una pirámide en la llanura de la cumbre más alta de los montes Himalaya.
No había sido construida allí. No había sido llevada allí por el hombre o sus máquinas. Había surgido en su tiempo y por sus propios medios. ¿Despertó aquel día la cosa que estaba sobre el Monte Everest, o durmió siempre? Nadie lo sabía. Estaba allí en pie o sentada, con forma parecida a un tetraedro. Su apariencia era conocida; estaba construida sobre una base de unos treinta metros estaba llena de escoria y tenía un color azul oscuro. Apenas se sabía más de ella.
(Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, La lucha contra las pirámides)

En todo caso, el famoso Everest sigue atrayendo, año tras año, a esforzados escaladores que buscan vencerlo por diferentes razones, por deporte, buscando emociones violentas, como un desafío personal o simplemente por lograr algo de fama. Porque montañas hay muchas, no tan altas tal vez, pero igual o más difíciles de escalar, pero el Everest ha logrado ponerse en el primer lugar entre los desafíos del montañismo.
Yo le doy la razón a Jon Krakauer:

Subir al Everest es un acto intrínsecamente irracional, un triunfo del deseo sobre la cordura. Cualquier persona que se lo plantee en serio es, casi por definición, ajena a la influencia de lo razonable.
(Jon Krakauer, Mal de altura)

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Polifonía y homosemia (o algo parecido)

Al salir de casa en la mañanita, ni siquiera su esposa, en transparente mañanita, logró disuadirlo de ir de caza. Había visto un programa en el canal 5 que mostraba una abundancia de patos en el canal de Santa Mónica, por lo que hacia allá dirigió sus pasos. Cuando llegó a la orilla sintió una molestia en el pie, se sacó la bota despotricando contra su calidad corriente, tomó un trago de la bota mientras miraba la veloz corriente. Cargó la escopeta esperando que algo apareciera, pero al no ver nada, pensó en si rogar por un ave con un Ave María o, como después de todo en la mesa igual sirve algo que vuela que algo que nada, podría dispararte a un pez. En todo caso, se trataba de echarle algo al cazo. Pensando en que no hay derecho en que le sucedan tales cosas, marchó derecho al hogar, esperando a que por azar su esposa, aunque presa de la risa, quisiera asar su escamosa presa en el fuego del hogar.

El telégrafo Morse

E24 de mayo de 1844 Samuel Morse envió el mensaje “What hath God wrought” desde el Capitolio en Washington a Baltimore en Maryland para inaugurar la primera línea telegráfica.

El telégrafo (del griego tele “a la distancia” y grafos “escribir”) es un sistema de transmisión de mensajes, ya sea en forma textual o simbólica, sin que sea necesario el envío de un objeto físico. Durante el siglo XVIII se desarrollaron los telégrafos ópticos, como el que utiliza para sus venganza el conde de Montecristo.
Pero a mediados del siglo XIX los avances en el uso de la electricidad permitieron la invención de sistemas de transmisión de señales mediante impulsos eléctricos, con esto nació el telégrafo eléctrico.


En 1837 Samuel Morse desarrolló y patentó un telégrafo eléctrico que podía transmitir mensajes a distancia utilizando un código desarrollado por él y su asistente Alfred Vail, el Código Morse de puntos y rayas.

De ahí en adelante, el mundo comenzó a cubrirse de líneas telegráficas sostenidas por interminables filas de postes de madera que modificaron para siempre el paisaje y consiguieron la casi inmediatez de las comunicaciones.
Como tenía que suceder, el telégrafo comenzó a formar parte de la vida cotidiana y por lo tanto apareció en la literatura universal, transmitiendo los mensajes que serían cruciales para el desarrollo de la acción de cuentos y novelas.

En su novela Miguel Strogoff, Julio Verne muestra la importancia del telégrafo para obtener la información necesaria para tomar decisiones, pero también como fuente de noticias para los periódicos, por periodistas Blunt y Jolivet hacen uso de este invento para mantener informados a sus lectores.

¡Bah!  respondió Alcide Jolivet . Les hubiera alcanzado aunque para ello tuviera que fletar un buque a expensas de mi prima, o correr de posta en posta a veinte kopeks por versta y por caballo. ¿Qué quiere usted? El telégrafo está lejos del muelle.
 ¿A ido usted a telégrafos?  preguntó Harry Blount apretando los labios.
 Sí; he ido  respondió Alcide Jolivet con su más amable sonrisa.
 ¿Y funciona todavía hasta Kolivan?
 Esto lo ignoro, pero puedo asegurarle, por ejemplo, que funciona de Kazan a París.
 ¿Ha mandado usted un telegrama… a su prima?
 Con todo entusiasmo.
(Julio Verne, Miguel Strogoff)

De la misma manera el público inglés fue informado de la llegada de los artefactos provenientes del planeta Marte en La guerra de los mundos de H.G. Wells.

Los diarios de ese día publicaban, además de varios artículos especiales sobre el planeta Marte, un telegrama conciso y vago, que resultó aún más intrigante por su brevedad. 
Alarmados por la proximidad de una multitud, los marcianos habían matado a cierto número de personas con un arma muy rápida, según explicaba el telegrama. El mensaje concluía con estas palabras: «Aunque son formidables, los marcianos no han salido del pozo en que cayeron y parecen incapaces de hacerlo. Probablemente se debe esto a la mayor atracción de la gravedad terrestre.» Sobre este punto basaron los editorialistas sus artículos. 
(H.G. Wells, La guerra de los mundos)

En La zona ponzoñosa de Arthur Conan Doyle, el periodista Malone es involucrado en una nueva e inesperada situación mediante un enigmático telegrama enviado por el profesor Challenger.


Estaba saliendo de la sala de edición de noticias, mientras daba vueltas en mi cabeza a mi nueva misión, cuando escuché que gritaban mi nombre desde la sala de espera. Era un mensajero del telégrafo con un mensaje que había sido reenviado desde mi alojamiento en Streatham. El mensaje provenía del mismo hombre del que habíamos estado hablando, y decía así: 
‘Malone, 17, Hill Street, Streatham -. Llevar oxígeno. CHALLENGER. 
‘Traiga oxígeno! “El profesor, como yo lo recordaba, tenía un elefantino sentido del humor capaz de crear las bromas más extravagantes. ¿Sería esta una de esas bromas que solían sacudirlo a carcajadas, mientras sus ojos desaparecían, y con la boca abierta, la barba en agitación, quedaba por completo indiferente a la gravedad de lo que sucedía a su alrededor?
(Arthur Conan Doyle, La zona ponzoñosa)

Un mensaje de alto contenido dramático es el que recibe el príncipe Karenin de parte de su esposa Ana, cuestión de vida o muerte que, rápidamente enviado por el telégrafo, requiere también de una rápida reacción.

Será algo por el estilo» , se dijo con amargura al coger el segundo telegrama.
Era de su mujer. La palabra «Ana» trazada con el lápiz azul de telégrafos fue lo primero que hirió su vista.
«Ana» , leyó. Y luego: « Me muero. Pido, suplico venga. Perdonada, moriré más tranquila» .
Karenin sonrió con desdén y tiró el telegrama. Así, al primer momento, no le cabía duda alguna de que se trataba de una argucia, de un engaño.
«No se detiene ante ningún embuste. Pero va a dar a luz. Quizá padezca una fiebre puerperal. Y, ¿qué fin persigue? Que yo reconozca al niño, que me comprometa y no plantee el divorcio» , pensaba. «Pero ahí dice: “Me muero”…»
Volvió a leer el telegrama y, de pronto, el sentido directo de lo que en él estaba escrito le sorprendió.
«¿Y si fuera cierto?» , se preguntó. 
León Tolstoi, Ana Karenina)

Por otra parte, el emprendedor yankee que nos presenta Mark Twain lleva el invento del telégrafo a la Inglaterra medieval, para bien o para mal de los caballeros de la Mesa Redonda.

-El rey está aquí y está en peligro. Fuimos capturados y traídos como esclavos. No podíamos probar nuestra identidad, y el hecho es que no me encuentro en una situación propicia para intentarlo. Envía un telegrama al palacio de aquí y procura que sea convincente.
Su respuesta llegó en seguida:
-Ésos no saben nada del telégrafo. Todavía no han tenido ninguna experiencia, la línea de Londres es muy nueva. Mejor no arriesgarse con ello. Podrían colgaros. Pensad en algo distinto.
(Mark Twain, Un yankee en la corte del rey Arturo)

Hasta la aparición del teléfono y la radio el telégrafo eléctrico fue el sistema fundamental en las comunicaciones a larga distancia, mostrándose rápido y eficiente dentro de sus limitaciones.

Pero actualmente, en los tiempos de la super información, el telégrafo y sus puntos y rayas, con sus mensajeros en bicicleta repartiendo raudamente sus buenas y malas noticias, forman parte de la historia, de un pasado que se hace cada día más lejano y sobrevive solamente en el recuerdo de las generaciones ya mayores.

Perdido en la noche

Ese es el problema cuando empiezan a crecer, que piden más libertad, sobre todo para salir a juntarse con los demás, divertirse y tener algún encuentro cercano del cuarto tipo. 
Hasta ahí todo está bien, no se le puede negar la libertad a nadie, menos cuando se trata de satisfacer necesidades tan importantes como la de socializar y la del culto a Venus.
Pero, ¿por qué tiene que golpear la ventana de mi dormitorio a las cinco de la mañana para que lo deje entrar? Y en el estado en que viene… ¡Qué gato tan desconsiderado, tan impertinente!, ¡tan insoportable…!

Sir Arthur Conan Doyle

Sir Arthur en su hogar.

El 22 de mayo de 1859 nació Arthur Conan Doyle, médico escocés y escritor famoso por sus novelas
policíacas y su personaje Sherlock Holmes. Pero también es el autor de novelas de aventuras además de una serie de obras de ciencia ficción, novelas históricas y poesía. Muy famoso en su tiempo, su fama resiste fácilmente el paso del tiempo.

Arthur Conan Doyle comenzó a escribir cuando aun estaba estudiando medicina, pero no fue hasta 1886 que encontró la fama con su novela Estudio en escarlata, la primera en que aparecen los personajes que luego serían inmortales Sherlock Holmes y John Watson. Cuando en 1890 se le pidió una continuación de Estudio en escarlata escribió El signo de los cuatro. Posteriormente el personaje de Sherlock Holmes se hizo sumamente popular, siendo el protagonista de 52 historias breves y 4 novelas, en las que hace gala de su sistema deductivo para resolver los más intrincados casos policiales.
Se dice que Doyle llegó a odiar al personaje y en un momento hizo que Holmes muriera, pero la presión del público lo obligó a “resucitarlo”, muy a su pesar.

Holmes y Whatson

El joven Stamford, el vaso en la mano, me miró de forma un tanto extraña.
––No conoce todavía a Sherlock Holmes ––dijo––, podría llegar a la conclusión de que no es exactamente el tipo de persona que a uno le gustaría tener siempre por vecino.
––¿Sí? ¿Qué habla en contra suya?
––Oh, en ningún momento he sostenido que haya nada contra él. Se trata de un hombre de ideas un tanto peculiares…, un entusiasta de algunas ramas de la ciencia. Hasta donde se me alcanza, no es mala persona.
(Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata)

Pero Arthur Conan Doyle es autor también de una serie de novelas de aventuras cuyo protagonista es el profesor George Challenger, un científico de gran capacidad pero al mismo tiempo irascible, mal educado y sin la menor idea de lo que es el comportamiento social.

Pase aquí dentro, señor. ¿Puedo preguntarle si se ha encontrado antes de ahora con mi esposo?

El profesor Challenger despidiendo
violentamente a un periodista del Courier.


––No, señora. No he tenido ese honor.
––Pues entonces le pido disculpas por adelantado. Debo decirle que es una persona totalmente insoportable… absolutamente insoportable. Estando usted advertido, le será más fácil hacerse cargo.
(Arthur Conan Doyle, El mundo perdido)

Las obras en las que participa el profesor son: El mundo perdido, La zona ponzoñosa, El país de la niebla, Cuando el mundo se estremeció y La máquina desintegradora. El mundo perdido es una novela en la que se describe una meseta aislada en medio de América del Sur en la que sobreviven varias especies extintas hace algunos millones de años. La novela puede haber sido inspirada por las aventuras del gran explorador Percival Fawcett, que recorrió la selva amazónica.

El gran profesor Challenger ha sido –muy impropia e imperfectamente– descrito en la ficción. Un audaz autor lo puso en románticas e imposibles situaciones con el objeto de ver su reacción. Él reaccionó al asunto con una demanda por difamación, una abortado intento de impedir la publicación, un motín en la Calle Sloane, dos ataques personales y la pérdida de su posición como profesor de fisiología en la Escuela de Higiene Sub-tropical de Londres. De todos modos, no se podía esperar que las cosas ocurrieran más pacificamente.
(Arthur Conan Doyle, El país de la niebla)

El coronel Gerard
 ante el Emperador

Entre las novelas históricas se cuentan La compañía blanca, que se desarrolla durante la Guerra de los Cien Años y Las hazañas del coronel Gerard, relato en primera persona de un valiente pero presuntuoso húsar del ejército de Napoleón. El coronel Gerard, del 2° de Húsares narra con fresca jactancia sus hazañas en España, Portugal, Italia, Alemania y Rusia. Se cree que el personaje fue modelado por Doyle a semejanza del barón de Marbot, célebre oficial de caballería. El libro está escrito en tono humorístico y en él Doyle satiriza la visión estereotipada que tienen de los franceses los ingleses y viceversa.

El emperador tenía una expresión firme y resuelta y unos ojos que despedían fuego. Solamente una vez me lanzó con ellos una de sus terribles miradas, pero fue bastante, y no puedo menos que confesar que hubiese preferido cargar sobre un cuadro cerrado con el caballo rendido de fatiga que volver a resistir aquella mirada. Y eso que no soy un hombre que se acobarda fácilmente.
(Arthur Conan Doyle, Hazañas del coronel Gerard)

Sus obras han sido llevadas al cine, destacándose especialmente las numerosas películas y series de televisión que tienen como protagonista al mítico Sherlock Holmes.
El mundo perdido también ha sido llevado a la pantalla pero con un éxito discreto y lo mismo se puede decir de las Hazañas del coronel Gerard, de la que existe una versión del año 1970 con Peter McEnery, Claudia Cardinale y Eli Wallach.

Venus

El 19 de mayo de 1961 la sonda espacial Venera 1 (En ruso Venus 1) pasó cerca del planeta Venus como parte del programa Venus de la Unión Soviética. Fue el primer artefacto en acercarse a Venus y, aunque el contacto de radio se perdió, marcó el comienzo de una larga serie de sondas destinadas a explorar el segundo planeta de nuestro Sistema Solar.

Venus ha llamado la atención de la gente desde muy temprano, porque es el segundo objeto más brillante en el cielo si no se cuenta el sol. El hecho de que Venus aparezca en ciertos períodos como estrella matutina y en otros como estrella vespertina, causó que en un principio se consideraran dos objetos distintos. Los babilonios sabían ya en el año 1581 a. de C. que se trataba de un solo objeto al que llamaron “La reina brillante del cielo“, pero los griegos no lo entendieron así hasta el siglo VI a. de C. Los astrónomos egipcios también creían que las estrella de la mañana y de la tarde eran dos planetas distintos, así es que sería interesante saber que fue lo que llevó a los babilonios al convencimiento de que las dos eran un solo cuerpo.

El planeta Venus presenta muchas similitudes con la Tierra, ya que tiene parecido tamaño, gravedad y composición, por lo que fue gran fuente de inspiración para los escritores de ciencia ficción, que veían en él un planeta ideal para ser colonizado.

Las atractivas venusianas de la película
Viaje al planeta de las mujeres prehistóricas (1968)

Faltaban los detalles, pero yo conocía mi trabajo. Venus tenía que ser colonizado por nosotros. Para realizar esta empresa necesitábamos tres cosas. Colonizadores, un vehículo para llevarlos a Venus, y algo en qué ocuparlos cuando estuvieran allí.
Lo primero era fácil, gracias a la publicidad. Los programas televisados de Schocken eran un modelo perfecto. Bastaba imitarlos. Es muy fácil convencer a un cliente de que el pasto que no ve es el más verde. Planeé rápidamente una campaña de prueba de un costo algo inferior a un millón. Más hubiese sido extravagante.
(Frederik Pohl-Cyril Kornbluth, Mercaderes del espacio)

La densa capa de nubes impidió que se conociera ni siquiera cercanamente las condiciones de la atmósfera y la superficie venusiana. Eso permitió que los escritores pudieran dar rienda suelta a su imaginación, la que casi siempre describía el planeta con una gran abundancia de agua.

El teniente abrió los ojos. Tenía una cara que alguna vez había sido morena. La lluvia la había blanqueado. La lluvia la había quitado el color de los ojos. Tenía los ojos blancos, blancos como los dientes, blancos como el pelo. El teniente era todo blanco. Hasta eI uniforme se le estaba volviendo blanco, y quiza también un poco verde, a causa de los hongos.
El teniente sintió la lluvia en las mejillas.
-¿Cuándo habrá dejado de llover en Venus? Hace muchos años quizá.
-No desvaríe -dijo otro de los hombres-. En Venus nunca deja de llover. Llueve y llueve. He vivido
aquí durante diez años, y no ha habido un minuto, ni siquiera un segundo, sin estos chaparrones.
(Ray Bradbury, La lluvia)

Escena del segmento La larga lluvia de la película El hombre ilustrado (1968)

La gran desilusión vino cuando se lanzaron las sondas, de las que las Venera rusas son las más numerosas e importantes y llegaron hasta la Venera 16. Para mejorar el conocimiento del planeta se necesitan naves construídas de manera que puedan  sobrevivir en medio de las agresivas condiciones del planeta, una presión atmosférica de 92 veces la de la Tierra y temperaturas de 450°C, suficientes para fundir el plomo.

El océano de Venus en la imaginación
de Edgar Rice Burroughs

Por fortuna, la densísima vegetación que estaba a la vista no era espesura, sino algas. La superficie de Venus no estaba formada por suelo y rocas, sino por agua: era un océano que rodeaba y cubría completamente a Venus.
La nave, pese a ello, penetró en el océano con tremendo ímpetu, destrozó un enjambre de algas filamentosas, y se sumergió hacia las profundidades abisales.
(Isaac Asimov, Los océanos de Venus)

Las condiciones climáticas existentes en la superficie, además de las nubes de ácido sulfúrico que flotan en la atmósfera, han alejado casi por completo el sueño de colonizar el planeta, por más que su cercanía a la Tierra hiciera pensar que sería más fácil y rápido establecerse en Venus que en cualquier otro planeta del Sistema Solar, ha quedado demostrado que cualquier sueño respecto de Venus es un sueño imposible.

La venusiana Aliena
(personaje de Aquaman)

El mar (la venusiana esposa de Rory McLaren lo llamaba el mar de los Ópalos de la Mañana) se extendía tranquilo, negro, surcado de fosforescencias. El cielo, cubierto por el manto de nubes de Venus, hacía que el Sol pareciera una leyenda medio recordada a los exiliados de la Tierra. Luces móviles ardían en la penumbra azul, formando una línea.
. . .
Harker descubrió a Rory McLaren junto a él; con un brazo rodeaba a Viki, su esposa. Viki era una de las venusianas que se habían casado con hombres de la colonia terrestre. Tenía la piel de un blanco lechoso, el cabello era plateado brillante, y sus labios vividamente rojos. Sus ojos se parecían al mar, cambiantes, llenos de vida oculta. Ahora tenían ese brillo especial que los ojos de las mujeres adoptan cuando piensan en la creación.
(Leigh Brackett, Los venusianos evanescentes)

Pero lejos de dejarse vencer, el hombre insiste en conquistar lo imposible y viajar siempre más allá, el proyecto Venera D está previsto para el 2016 y se espera que pueda, desde una órbita, enviar más y más información que permita en un futuro hipotético, llegar al agresivo planeta.

La superficie de Venus en una fotografía enviada por el Venera 14

Playa

Playa en Northumbria

¡Ven a la ventana, dulce es el aire de la noche! 
Sólo, desde la larga línea de la espuma 
donde el mar se encuentra con la tierra iluminada por la luna, 
¡Escucha! se oye el grave rugido
de los guijarros que las olas mueven hacia atrás, 
y lanzan de nuevo, a su regreso, hacia la playa, 
Comienza, y cesa, y de nuevo comienza, 
Con trémula cadencia disminuye, y se lleva consigo
la eterna nota de tristeza.
(Matthew Arnold, Dover Beach)

Thomas Worthing, Second Beach


— Tú me entiendes. Pero creo que el sentido psicológico de la playa es mucho más interesante. La línea de la marea es un área particularmente significativa, una zona de penumbra que pertenece al mar y al mismo tiempo está fuera, sumida a medias en el inmenso útero del tiempo. Si aceptas el mar como una imagen del inconsciente, entonces este impulso de ir a la playa es quizá un esfuerzo por eludir la existencia común y regresar al mar-tiempo universal…
(J.G. Ballard, La jaula de los reptiles)

Tatyana Tsarik, Playa


Me embutí en el jersey y contemplé alzarse y caer las olas sobre la playa. Pero no desmañadamente, sino
adrede, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un hombre borracho podría derrumbarse con la misma elegancia que aquellas olas.
 Eran los últimos días de septiembre, cuando las olas se vuelven tristes sin ninguna razón. Con sólo seis personas en ella, la playa aparecía demasiado larga y solitaria. Los críos habían dejado de botar la pelota Porque también el viento les ponía tristes, silbando como silbaba, y permanecían sentados, sintiendo avanzar el otoño por la larga playa.
(Ray Bradbury, El lago)

Playa en Kioloa

––Bueno, supongo que ya lo has adivinado ––dijo encogiéndose de hombros, desafiante, y hundiendo directamente la mirada en los ojos de su hermana––. Dejamos atrás Mana y, acompañados del alegre séquito, bajamos por senderos de lava hasta Kiolo y hasta las playas donde nadamos, pescamos, festejamos y dormimos en las arenas calientes, bajo las palmeras. Y subimos después a Puuwaawaa y allí acosamos al jabalí, y cazamos a lazo carneros salvajes en las praderas altas, y atravesamos Kona para llegar a Mauka, y bajamos hasta el palacio del rey de Kailua y hasta las playas de Keauhou, donde nadamos, y a la bahía de Kealakekua, y seguimos hasta Napoopoo y Honaunau. 
(Jack London, En la estera de Makaloa)

Dottie Riley, Playa abarrotada 

Desde la orilla del mar veíanse rocas hermosas. Pero la lluvia y el aire pesado, el hotel lleno de veraneantes de clase media austríaca y la falta de aquella sosegada convivencia con el mar, que sólo una playa suave y arenosa proporciona, le hicieron comprender que no había encontrado el lugar que buscaba.
(Thomas Mann, La muerte en Venecia)

Richard Robinson, Tunnel Beach

Piensa en mí por última vez, tal como estoy aquí, en una playa luminosa, el mar y el cielo de un azul violento, las olas enormes retumban allá lejos, al romper sobre la barrera del arrecife, donde se asienta una isla, toda verde, de palmeras. Estoy sano y fuerte. Más agradable es morir así, que acabar enfermo con vosotros en torno de mi cama. Y, con todo, me estoy muriendo. Este es mi último beso.
(Robert Louis Stevenson, La resaca)

Inessa y Michael Gramash, Playa


Así, pues, una noche en que mi madre la reina y mi hermano Saleh se habían dormido temprano y nuestro
palacio se hallaba sumido en el silencio submarino, me escapé de mi aposento, y subiendo a la superficie del agua, fui a tenderme a la luz de la luna en la playa de una isla. Y halagada por el fresco delicioso que caía de las estrellas y acariciada por la brisa de tierra, me dejé invadir del sueño. 
(Las mil y una noches, Historia de Flor-de-Granada y Sonrisa-de-Luna)

Henri Barbusse

Henri Barbusse (17 de mayo de 1873 – 30 de agosto de 1935) fue un novelista francés. Su obra es numerosa, pero se destacan: El infierno (1908), El fuego (1916), El cuchillo entre los dientes (1921), Jesús (1927)  y Los Judas de Jesús (1927).
Barbusse, era un socialista, un hombre de izquierda, enemigo acérrimo del militarismo. Al comenzar la guerra se alistó como simple soldado a pesar de tener más de 40 años y de su aversión al conflicto, porque pensaba que luchaba en “una guerra que pondría fin a todas las guerras”, una especie de sacrificio necesario.
Después de 18 meses de acción, con los pulmones dañados, disentería y agotamiento extremo, deja el servicio del frente. Sus experiencias y las de sus compañeros las condensa en su libro El fuego, publicado en plena guerra y ganador del Premio Goncourt (galardón no menor, puesto que fue ganado también por escritores de la talla de Proust, Malraux y de Beauvoir).
El libro está muy bien escrito y absorbe, aunque es angustiante porque en sus 24 capítulos desfila ante nosotros la vida de un pelotón de infantería, la lucha feroz de las trincheras, los bombardeos que pulverizan los cuerpos y devastan las almas, las conversaciones en los momentos de calma cuando vuelven, por un tiempo, a ser humanos. Un corto descanso en retaguardia, muestra la otra cara de la guerra, la de los soldados de coloridos uniformes que pelean la guerra en los cafés de la ciudad.
Los compañeros van cayendo, uno a uno, o varios a la vez, heridos, muertos, desaparecidos, tragados por el barro de las trincheras, convertidos muchas veces en un espantoso elemento del paisaje. Las condiciones son infrahumanas, pero los soldados luchan valientemente, a pesar de todo, con un heroísmo grave, silencioso, humilde, pero no menos grande.
A veces cuesta leer el libro, porque hay líneas que están llenos de dolor:

—Estoy gangrenado, aplastado hecho pedazos por dentro— salmodiaba un herido que, con la cabeza en las manos, hablaba entre los dedos. —Sin embargo, hasta la semana última, yo era joven y estaba sano. Me han cambiado. Ahora sólo me queda un cuerpo viejo y sucio que arrastrar.
(Henri Barbusse, El fuego)

Los hombres hablan de sus experiencias, de lo que sienten, de lo que creen y de lo que dejan de creer:

Figúrense aquellas dos masas idénticas, que aullaban cosas idénticas, y, sin embargo, .contrarias; esos gritos enemigos que tenían la misma forma ¿Qué será lo que el buen Dios nos pueda decir? Ya sé que él lo sabe todo, pero aún sabiéndolo todo, no debe saber que hacer.
— ¡Vaya un cuento! —gritó el zuavo. —Le tenemos sin cuidado nosotros, no te preocupes. —Además, eso no tiene nada de particular, los tiros de fusil hablan la misma lengua, y eso no impide a los pueblos matarse con ellos, ¡y de qué manera!
—Sí, dice el aviador; — pero no hay sino un Dios. No es la partida de las oraciones lo que yo no comprendo; es su llegada.
(Henri Barbusse, El fuego)

Como ha sucedido con tantos, no creo que Barbusse sea un escritor muy leído actualmente, más bien creo que es un absoluto desconocido. Pero creo que debiera ser leído.
En El infierno, un hombre se aloja en un hotel, y a través de un agujero que hay en la pared ve lo que sucede en cuarto de al lado, la vida en toda su crudeza, pero cuando piensa que ya sabe lo que es la vida, descubre que se está quedando ciego.

Mi cerebro está vacío; mi corazón agotado; nadie me rodea y nunca encontré nada, ni un amigo. Soy un pobre hombre desbarrancado durante un día en el suelo de un cuarto de hotel al que llega todo el mundo, del que todo el mundo se va, y sin embargo, quisiera la gloria. Gloria unida a mí mismo como una asombrosa y magnífica herida que sentiría y de la que todo el mundo hablaría; aspiro a una multitud en la que sería el primero y mi nombre se aclamaría con un grito desconocido bajo la faz del cielo.
Pero siento que mi grandeza se derrumba. Mi imaginación pueril juega en vano con esas imágenes desmesuradas. Nada hay para mí: sólo yo que despojado por la noche, asciendo como un grito.
(Henri Barbusse, El infierno)

En su libro Los Judas de Jesús, Barbusse plantea la gran contradicción que existe entre la doctrina de Jesús, tal como Él la predicó, y la que presenta la iglesia fundada en realidad por Pablo de Tarso y que se ha convertido en realidad en algo muchas veces opuesto a las enseñanzas del Maestro e instrumento del que se sirven los gobernantes de nuestro mundo occidental y que se dice cristiano.

Nuestro régimen “democrático” no es lo que pretende ser. No corresponde en modo alguno a la imagen que de él trazan los declamadores oficiales, siguiendo el ejemplo de su antepasado Cicerón, prototipo del “gran burgués” liberal, para el que la constitución romana era la “última palabra de la sabiduría y de la perfección”. Hay en esto un “sincretismo” de ideas, de principios, que se invoca, pero que no se realiza: se utiliza, que no es lo mismo. La institución sigue siendo fundamentalmente oligárquica.
El culto cívico de la “democracia”, que se pone encima, no sólo no tiene influencia alguna realmente política interior y exterior, sino que sirve para disimular el verdadero estado de cosas, que es la lucha de clases y la explotación de las masas por una minoría privilegiada.
(Henri Barbusse, Los Judas de Jesús)

Un autor para ser leído y que no merece el olvido en que se encuentra, se que es todavía reeditado en inglés, pero en castellano me atrevería a decir que no.

Las minas del rey Salomón

Sir Henry Rider Haggard (22 de junio de 1856 – 14 de mayo de 1925) fue un prolífico escritor inglés de novelas de aventuras.Se le considera el primero de los autores del subgénero literario de “Mundos perdidos”.

Entre 1875 y 1882 vivió en Sudáfrica, pero fue a su regreso a Inglaterra cuando comenzó su carrera como escritor. Sus novelas más famosas son tal vez La minas del Rey Salomón y Ella, seguidas por las respectivas secuelas, Allain Quatermain y Ayesha: el regreso de Ella.

King Solomon’s Mines (1937)
Cedric Hardwicke como Allan Quatermain
Anna Lee en el papel de Kathleen O’Brian

El protagonista de Las minas del rey Salomón es Allain Quatermain, del que se dice que sirvió de modelo para el personaje de Indiana Jones, lo que no creo que sea cierto, puesto que, aunque ambos personajes comparten cierto amor por la aventura, Indiana Jones es un arqueólogo, que vive para la ciencia, mientras que Quatermain es un cazador de elefantes, orgulloso además de haber matado más de 65 leones.

Como decía, la obra más famosa de Rider Haggard es Las minas del rey Salomón, la que ha sido llevada al cine en varias ocasiones, con diferente éxito y con las acostumbradas libertades para con el texto original, ya que en el libro solo aparece un personaje femenino, quien además de ser de raza negra, es una figura trágica. Para satisfacer las necesidades de Hollywood, se hizo necesario que las películas contaran con un personaje femenino destinada a ser la figura romántica (en cada versión el personaje cambia).

El continente africano del siglo XIX, todavía inexplorado en su mayor parte, esra el escenario ideal para la aventura, y Allan Quatermain es un aventurero,

King Solomon’s Mines (1950)
Stewart Granger como Allan Quatermain
Deborah Kerr es Elizabeth Curtis

–A una edad en que los otros chicos estaban en el colegio, yo me ganaba la vida como comerciante en la vieja colonia. Desde entonces, he sido comerciante, cazador, soldado y minero, dice al comenzar el relato del viaje que resultó en una odisea de dieciseis meses de continuos peligros y grandes privaciones.
(Henry Rider Haggard, Las minas del rey Salomón)

Desde el punto de vista moderno, la novela está llena de estereotipos, el blanco civilizado y el negro salvaje, la superioridad técnica y moral del hombre blanco sobre el negro incivilizado, los animales cuyo destino es, por naturaleza, ser cazados. El destino evidente que tienen los países europeos de colonizar el África. Pero todo eso debe entenderse dentro del contexto en que el libro fue escrito, Rider Haggard no podía dejar de ser todo lo británico que era, y por lo tanto tampoco sus personajes.
De todos modos, se encuentra en el libro más de un planteamiento acerca de cuan superior es, por lo menos

King Solomon’s Treasure (1979)
John Colicos como Allan Quatermain
Britt Ekland como la reina Nyleptha

moralmente, el hombre blanco materialista y deshumanizado.

También hay por ahí algún detalle acerca de la supuesta “nobleza” de la raza blanca: Y además, ¿soy un caballero? ¿Qué es un caballero? No lo sé realmente, y, sin embargo, he tratado con negros…; pero no; voy a tachar la palabra “negros”, porque no me gusta. He conocido nativos que lo son, y lo mismo pensarás tú, Harry, hijo mío, antes de acabar este cuento, y también he conocido blancos con montones de dinero y de buena familia que no lo son.
(Ibid) 

Hay un problema con las novelas de aventuras, supongo que actualmente ya nadie escribe novelas de este tipo, son un producto del siglo XIX. Porque, ¿en que lugar inexplorado podrían tener lugar?, además que muchas cosas que en el siglo XIX (y principios del XX) eran naturales y corrientes, hoy serían politicamente incorrectas. He visto por ahí comentarios de alguien que dice que no leería Moby Dick porque en esa novela se cazan ballenas, bueno, otras novelas ensalzan la piratería, la explotación, el robo de recursos arqueológicos, la expoliación de las materias primas; por lo general son sexistas, y no se tiene el menor respeto por los animales y el medio ambiente, ¿qué hacer?

King Solomon’s Mines (1985)
Richard Chamberlein es Allan Quatermain
Sharon Stone como Jesse Huston

En las escenas iniciales de la versión de 1937, dirigida por Robert Stevenson, un elefante muere de un disparo, nada extraordinario en una película que se desarrolla en la selva africana, pero resulta que al elefante se le dispara de verdad y muere también de verdad, sin trucos. ¿A qué voy?, a que en la época actual eso sería imposible de realizar, sería un escándalo, pero en ese momento no causó ni la menor reacción y menos algún cargo de conciencia.

Yo había estado cazando elefantes más allá de Bamangwato, y había tenido mala suerte. En este viaje todo salió mal, y como colofón, sufrí un terrible acceso de fiebres. En cuanto me repuse, me dirigí a los Campos de Diamantes, vendí todo el marfil que tenía,
. . .
-Puede ser, baas. El hombre tiene que morir; me gustaría probar fortuna en otro país; aquí se están agotando los elefantes.
(Ibid)

King Solomon’s Mines (2004)
Patrick Swayze es Allan Quatermain
Alison Doody como Elizabeth Maitland

Como se puede ver, el héroe de la novela presenta aspectos bastante cuestionables desde el punto de vista de la moral de hoy, aunque en su tiempo no lo fuera, después de todo el marfil aun no había sido reemplazado por el plástico, pero también se deben considerar los riesgos y la peligrosidad de su profesión.

Y bien, caballeros, no sé si son conscientes de que la vida media de un cazador de elefantes desde el momento en que empieza su oficio es de cuatro a cinco años.
(Ibid)

A los que gustamos de las novelas de aventuras, esas de antes, no nos queda mucho margen de maniobra, las seguimos disfrutando como hacíamos antes, sin fijarnos en los conflictos políticos o morales, o las condenamos al olvido por su carga criminal, racista, sexista y todo lo demás. Por mi parte no pienso condenarlas y seguiré releyéndolas hasta que se me caigan a pedazos,
Porque no dejaré de disfrutar de la aventura, la primitiva lucha entre la vida y la muerte, el salvaje encanto de la sabana y el misterio y los peligros de la selva. Después de todo, como dice Allan Quatermain, “la civilización es solo salvajismo con una capa de plata para despistar“,

Partida de caza

ba solo, se había adelantado al grupo pues no quería que el ruido interfiriera. Pero la selva estaba demasiado silenciosa, tal vez su presencia era la que provocaba que las bulliciosas aves callaran. 
Se detuvo, observando cuidadosamente el entorno en busca de su objetivo. Nada, comenzó a exasperarse, llevaba algunas horas de luchar contra la espesura mientras buscaba los ejemplares que necesitaba, lo guiaba su instinto de cazador y lo mantenía, a pesar del calor y el cansancio, su afán de conseguir uno más, por lo menos.
Siguió avanzando, sentía la camisa mojada pegarse a su espalda, se sentó un momento, pero sin dejar de mantener la mirada atenta. 
Un leve rumor lo puso en alerta, sintió un agudo dolor en el pecho y luego nada más.
Cuando sus compañeros lo encontraron parecía descansar apoyado en un árbol, pero estaba muerto, clavado al tronco por una flecha que atravesaba su pecho.
Decidieron enterrarlo allí mismo, no había otra cosa que se pudiera hacer. Cuando tuvieron que decidir que hacer con sus cosas, las que tenían algún valor las repartieron, las que no servían para nada las dejaron. Entre las últimas había una pesada caja que resultó contener una colección de mariposas, cada una de ellas atravesada por un acerado alfiler.


Jenofonte