Primavera

¿Cómo me hallaste? Seguí
las flores que habías perdido,
lenguas por donde he venido,
que me dijeron de ti.
¿Las flores te hablaron? Sí;
y no fue la vez primera,
ni fuera error, aunque fuera
para peligros mayores,
el preguntar a las flores
por la misma primavera.
(Lope de Vega, El amor enamorado)

La batalla de Salamina

Réplica de un trirreme de las Guerras
Greco-Persas

La batalla de Salamina tuvo lugar en la fecha estimada como el 20 de septiembre del año 480 a. de C. En el estrecho entre tierra firme y la isla de Salamina, cerca de Atenas, se enfrentaron las flotas de las ciudades griegas y del Imperio Persa, durante la Segunda Invasión Persa de Grecia.

Aunque la flota persa era superior en número a la griega, el lugar no le era favorable para librar una batalla y terminó derrotada. La táctica habitual en una batalla naval consistía en arremeter contra el barco enemigo de manera de hundirlo con el espolón. Si esto no resultaba, se peleaba al abordaje, con lo que la lucha se hacía similar a la de un combate en tierra. En las condiciones de la batalla de Salamina, con los barcos muy aglomerados, el combate favorecía claramente a los hoplitas griegos sobre los persas, armados más ligeramente.

CORO. ¡Oh, oh! Grita e infórmate de todo. ¿Dónde está la otra muchedumbre de los tuyos? ¿Dónde están los que combatían a tu lado, Farandaces, Susas, Pelagon, Dótamas y Agdabatas, Psamis y Susiscanes, que dejó Ecbatana?
JERJES. Todos han perecido. Allí los dejé, precipitados de un navío tirio, en las riberas de Salamina, chocando contra una acantilada costa.
(Esquilo, Los Persas)

Al igual que las batallas de Maratón y las Termópilas, la de Salamina entró en la categoría de las batallas “decisivas”, salvadoras de la cultura occidental.

Artemisia rodeada por su guardia

Se ha escrito lo suficiente acerca de esta batalla como para que sea difícil  aportar algo nuevo, pero tal vez sea interesante destacar a una de las figuras, importante no solo por el papel que tuvo en las acciones sino además porque se trata de una mujer, Artemisia, reina de Halicarnaso, gobernante de la Satrapía de Caria.

En la guerra de Jerjes contra las ciudades griegas, contribuyó con cinco naves a las que comandó personalmente. Heródoto nos cuenta que Artemisia, siendo almirante y con derecho a voz y a voto, aconsejó a Jerjes no comprometerse en una batalla innecesaria, pero estando en franca minoría, su consejo no fue considerado. De haber sido escuchada la historia de las ciudades griegas habría sido muy distinta.

Artemisia y Jerjes en la película
Los 300 espartanos (1962)

Iba pues, Mardonio preguntando a todos, empezando su giro desde el rey de Sidón, y recogiendo de cada uno de ellos un mismo parecer, es decir, que la batalla debía darse. Cuando llegó a Artemisia, la reina dijo: –Mardonio, dí al rey de mi parte que yo, que no lo hice mal en las batallas pasadas, aquí cerca de Eubea, y que demostré mi valor, creo que debiera conservar sus naves y no arriesgarlas en una batalla naval.
(Heródoto, Historia)

Según cuenta Heródoto su demostración de inteligencia y su coraje, la llevó a ser muy considerada y respetada por Jerjes, de tal manera que después de la Batalla de Salamina entró en el círculo de los consejeros personales del rey.

Habiendo entrado en consulta con sus asesores, determinó llamar a Artemisia, pues ella había tenido razón en lo relacionado con el combate naval. 
(Ibid)

Artemisia en la película
300: El origen de un imperio (2014)

Aunque lo que se sabe de Artemisia proviene de la Historia de Heródoto, esta reina y almirante es mencionada de vez en cuando como ejemplo de mujer decidida.

EL CORIFEO.– Pues conque uno de nosotros le dé a éstas la menor ocasión de pillarlo, no habrá maña untuosa que dejen éstas de practicar, sino que llegarán a mandar construir naves e intentarán incluso hacer una batalla naval y navegar contra nosotros, como Artemisia.
(Aristófanes, Lisístrata)

La Caída del Imperio Romano

El 4 de septiembre del 476, Rómulo Augusto, quien usurpaba en ese momento el poder en el Imperio Romano de Occidente, fue depuesto por el jefe germánico Odoacro, y esta fecha es considerada tradicionalmente como el fin del Imperio Romano de Occidente y el comienzo de la Edad Media.

Rómulo fue apodado “Augústulo”, es decir “augustito” de manera peyorativa, pero muchos historiadores han hecho notar que su nombre reune los nombres de Rómulo, el fundador de Roma y Augusto, su primer emperador.

Para muchos, sin embargo, el último emperador legítimo de Roma fue Julio Nepote, despuesto por el Master Militum de origen panonio Orestes, padre de Rómulo y gobernante de facto, puesto que su hijo era solo un niño.

Alborotóse toda a sus instancias contra el desconocido griego que les imponía engreídamente obediencia; y cuando Orestes, por motivos reservados, se soslayó del solio, se avino con igual facilidad a reconocer a su hijo Augústulo por emperador de Occidente. 
(Edward Gibbon, Decadencia y Ruina del Imperio Romano)

En este grabado del siglo XIX se muestra
la rendición de Rómulo Augústulo ante Odoacro

En realidad el fin del Imperio de Occidente no está exento de detalles confusos, Odoacro, conocido también como Flavio Odoacro, se convirtió en el primer Rey de Italia, primero como cliente de Julio Nepote y después de Zenon, Emperador de Constantinopla, y contaba con el respaldo del Senado Romano.

Historicamente se sabe poco y casi nada de la vida posterior de Rómulo, salvo que Odoacro le perdonó la vida y lo envió a Campania, concediéndole una pensión.
En una carta del senador Casiodoro, confirmándole la pensión, es curiosa la manera como se dirige a Rómulo, lo hace como ‘Rómulo Teodorico Rex‘, sin más títulos horíficos, como si no tuviera claro como dirigirse a un ex-emperador.

En la novela de Valerio Massimo Manfredi, La Última Legión, Rómulo Augústulo llega a Britania donde se convierte en Uter Pendragón, parte de la leyenda Artúrica.

Thomas Sangster en el papel de Rómulo
en la película La Última Legión

Kustennin la apretaba en su mano, resplandeciente al sol ahora ya alto en el cielo. Una vez llegado a la cima de la colina, se apeó del caballo y la plantó en tierra cerca de Rómulo. Gritó: —¡Ave, César! ¡Ave, hijo del dragón! ¡Ave, Pendragón! A una seña suya cuatro guerreros se acercaron, depositaron cruzadas en el suelo cuatro astas y sobre ellas un gran escudo redondo e hicieron subir de pie encima de él a Rómulo, alzándole sobre sus hombros al modo celta para que todos le viesen. Kustennin comenzó a golpear la espada contra el escudo y la legión entera le imitó: miles de espadas se abatieron con inmenso fragor contra los escudos, miles de voces tronaron más fuerte que el entrechocar ensordecer de las armas, acompasado hasta el infinito aquel grito: —¡Ave, César! ¡Ave, Pendragón!
(Valerio Massimo Manfredi, La Última Legión)

En realidad, como plantea el historiador Bury, el proceso de desmembración del Imperio había comenzado mucho antes y no es posible establecer una fecha final para el Imperio de Occidente. El uso de la fecha para establecer el comienzo de la Edad Media es completamente inadecuada y no pasa de ser un convencionalismo, el historiador florentino Leonardo Bruni fue el primero en usar ese concepto.

Las áreas en color rosado muestran como el Imperio Romano de
 Occidente ya había practicamente dejado de existir en el año 476.

La cronología incluye el año 418 cuando Honorio instaló a los Godos en Aquitania y el 435 cuando Valentiniano instaló a los vándalos en África. En el 476 los germanos de Odoacro se establecieron en Italia con la aprobación del emperador Zenón, abriendo las puertas a la instalación de ostrogodos, lombardos, francos y normandos. El título de rey concedido a Odoacro enfatizó lo significativo del cambio. (J. B. Bury, Historia del Imperio Romano Tardío)

Ventanas

Ya, Laura, que descansa tu ventana
en sueño que otra edad tuvo despierta,
y, atentos los umbrales de tu puerta,
ya no escuchan de amante queja insana;
pues cerca de la noche, a la mañana
de tu niñez sucede tarde yerta,
mustia la primavera, la luz muerta,
depoblada la voz, la frente cana:
cuelga el espejo a Venus, donde miras
y lloras la que fuiste en la que hoy eres;
pues, suspirada entonces, hoy suspiras.
Y ansí, lo que no quieren ni tú quieres
ver, no verán los ojos ni tus iras,
cuando vives vejez y niñez mueres.


Francisco de Quevedo


Un brazo de la noche
entra por mi ventana. 
Un gran brazo moreno 
con pulseras de agua. 
Sobre un cristal azul 
jugaba al río mi alma. 
Los instantes heridos 
por el reloj… pasaban. 
Federico García Lorca


Para tu ventana
un ramo de rosas me dio la mañana.
Por un laberinto de calle en calleja,
buscando, he corrido, tu casa y tu reja.
Y en un laberinto me encuentro
perdido
en esta mañana de mayo florido.
Dime dónde estás.
Vuelta y revueltas. Ya no puedo más.

Antonio Machado


Tierno amor, pienso en ti 
mientras el aire de la mañana acaricia el cristal de la ventana, 
¿Y cuánto tiempo me tomará conocer
el movimiento de tu brazo, los pasos que das, 
La forma de tu cabeza, tus orejas, tu pelo?. 
Para todo esto, cada mano, cada dedo, 
cada labio, cada aliento, cada suspiro, 
cada palabra y el sonido de la voz, 
necesitaría una edad para contemplar. 
Pero para tu corazón, tu mente, tus pensamientos,
para amarlos a todos necesito al menos cinco siglos.

William Shakespeare

Un trozo de azul tiene mayor 
intensidad que todo el cielo, 

yo siento que allí vive, 
a flor del éxtasis feliz, mi anhelo. 
Un viento de espíritus pasa 
muy lejos, desde mi ventana, 
dando un aire en que despedaza 
su carne una angélical diana. 
Y en la alegría de los Gestos, 
ebrios de azur, que se derraman… 
siento bullir locos pretextos, 
que estando aquí !de allá me llaman!

Alfonso Cortés

“¿Están abiertas las ventanas?”
Dijo él, “Tengo frío.”
“Solamente las ventanas,”
Dije yo, “de tu alma.”

Anónimo

Rectángulo entreabriéndose al paisaje,
prolongación del muro, transparente,
escena de cristal, más elocuente
que los lienzos con rúbrica y mensaje.
Siempre igual y distinto su lenguaje
de colorido cíclico, emergente
en blanco, verde, gris, y oro, incidente
que da a cada estación su maquillaje.
Enmarcada en el cuadro, al otro lado
del entorno campestre iluminado
por el sol abrileño, tu figura.
Miras sin ver, como si la distancia
fuera infinita. Ah, la irrelevancia
de cuanto no se enlaza a tu cintura. 

Francisco Alvarez Hidalgo