Diana

Houdon, Diana

Jean-Antoine Houdon (20 de marzo de 1741 – 15 de julio de 1828) fue un escultor francés de estilo neoclásico. Fue famoso por sus bustos y estatuas de filósofos, inventores y políticos como Diderot, Rousseau, Voltaire, Moliere, Fulton y Napoleón.

Nació en Versailles, entró en la Academia Real de Pintura y Escultura, luego estudió en la École Royale des Élèves Protégés.
Presentó “Morfeo” en el Salón de 1771. Desarrolló su práctica en bustos. Se convirtió en miembro de la Academia de Pintura y Escultura en 1771, y en profesor en 1778. Para el Salón de 1781, presentó a “Diana” pero no fue aceptada debido a la desnudez que según el jurado necesitaba ser cubierta (aparte seguramente de la precisión anatómica de la figura).

Podría poner en la entrada más obras de Houdon, sin embargo he preferido en cambio poner otras esculturas de la diosa Diana, la Ártemis de los griegos, y algunas referencias a su persona.

Ártemis era una de las diosas más veneradas por los griegos, hija de Zeus y Leto, era hermana melliza de Apolo. Era la diosa de la caza, la vida silvestre, el parto y la virginidad. Protegía a las jóvenes, ayudaba en los partos y aliviaba las enfermedades femeninas. En la mitología romana su nombre era Diana.

Leocares, Ártemis (sIV a.de C:)

El mayor centro de adoración de la diosa estaba en Éfeso, una ciudad de Jonia, en el Asia Menor. En esa ciudad Pablo de Tarso se enfrentó al poderoso culto de la diosa:

Y queriendo Pablo salir al pueblo, los discípulos no le dejaron. También algunas de las autoridades de Asia, que eran sus amigos, le enviaron recado, rogándole que no se presentase en el teatro. Unos, pues, gritaban una cosa, y otros otra; porque la concurrencia estaba confusa, y los más no sabían por qué se habían reunido. Y sacaron de entre la multitud a Alejandro, empujándole los judíos. Entonces Alejandro, pedido silencio con la mano, quería hablar en su defensa ante el pueblo. Pero cuando le conocieron que era judío, todos a una voz gritaron casi por dos horas: ¡Grande es Diana de los efesios!

(Hch 19:30-34)

Anna Hyatt Huntington, Diana

AFRODITA. — Déjalas, pues, ya que son venerables; y ¿por qué razón no hieres a Ártemis?
EROS. — Pues simplemente porque no la puedo capturar, ya que anda siempre huyendo de mí por las montañas y además tiene ya su amor particular. 

AFRODITA. — ¿Cuál es, hijo? 
EROS. — Caza, ciervos y cervatillos que persigue para cogerlos y atraversalos con sus flechas;
no vive más que para eso. Porque en lo que respecta a su hermano que es también arquero y tirador
certero.

(Luciano de Samosata, Diálogos de los dioses)

Paolo Persico, Angelo Brunelli y Pietro Solari, Diana sorprendida en el baño

En este lugar la diosa de los bosques solía rociar de gotas transparentes sus virginales miembros cuando estaba cansada de la caza. Al entrar allí entregó a una de las ninfas, la portadora de las armas, la jabalina, el carcay y el arco destensado; otra extendió los brazos para recoger la túnica; otras dos sueltan las ataduras de sus pies; más hábil que aquellas, la Isménide Crócale le recoge en un moño los cabellos esparcidos en torno al cuello, aunque ella los llevaba sueltos. Néfele, Híale, Ránide, Psécade y Fíale cogen agua en grandes recipientes y la vierten sobre ella.
(Ovidio, Metamorfosis)
 

Augustus St. Gaudens, Diana

CORO de cazadores.– Soberana, soberana muy venerable, nacida de Zeus, te saludo, te saludo, oh Ártemis, hija de Leto y de Zeus, la más hermosa con mucho de las doncellas, tú que habitas en el extenso cielo el palacio de un ilustre padre, la áurea morada de Zeus. Te saludo, ¡oh! la más hermosa de las diosas del Olimpo.
(Eurípides, Hipólito)

Diana, talla en marfil del s. XIX

Romeo Montesco compara a su gran amor, Rosalina, con la diosa:

ROMEO. — Ahí has fallado: Cupido no la alcanza con sus flechas; es prudente cual Diana: su casta coraza la protege tanto que del niño Amor no la hechiza el arco.
No puede asediarla el discurso amoroso, ni cede al ataque de ojos que asaltan, ni recoge el oro que tienta hasta a un santo.
En belleza es rica y su sola pobreza está en que, a su muerte, muere su riqueza.

(Shakespeare, Romeo y Julieta)

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