Hora del té

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Vladimir Volegov. Hora del té

“He sido muy severa”, pensó Leonor, al verle retirarse, proponiéndose borrar la impresión que sus palabras hubiesen dejado en el ánimo de Rivas, al tomar el té en la casa de vuelta del teatro.
Pero Martín no volvió a su luneta ni le halló Leonor en el salón al llegar a la casa.
—¿Martín no ha llegado? —preguntó a la criada que había llevado la bandeja del té.
—Llegó temprano, señorita —contestó ésta.
Al acostarse, Leonor había olvidado los triunfos del teatro, las lisonjeras palabras con que varios jóvenes habían halagado su vanidad durante la noche, los rendidos galanteos de Emilio Mendoza y la tímida adoración del acaudalado Clemente Valencia, pensaba sólo en la dignidad con que Martín había contestado a su mirada de desprecio.
(Alberto Blest Gana, Martín Rivas)

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Makowski Konstantin Jegorowitsch, Bebiendo té en el samovar

Durante las noches comencé a leer textos sobre la escarlatina y la difteria, por supuesto,   y después, no sé por qué, con un extraño interés, a Fenimore Cooper, y aprecié en lo debido la lámpara sobre la mesa, los trozos de carbón en la bandeja del samovar, el té que se enfriaba y el sueño, después de un año y medio de insomnio…
Así pues, durante el invierno de 1917, después de haber sido trasladado de un lugar perdido entre las tormentas de nieve a la capital del distrito, fui feliz.
(Mijail Bulgakov, Morfina)

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Arthur Rackham, El té del sombrerero

-Y desde entonces –añadió el Sombrerero con una voz tristísima–, el Tiempo cree que quise matarlo y no quiere hacer nada por mí. Ahora son siempre las seis de la tarde. Alicia comprendió de repente todo lo que allí ocurría. –¿Es ésta la razón de que haya tantos servicios de té en la mesa? –preguntó.–Sí, ésta es la razón –dijo el Sombrerero con un suspiro–. Siempre es la hora del té, y no tenemos tiempo de lavar la vajilla entre té y té.–¿Y lo que hacen es ir dando la vuelta? a la mesa, verdad? –preguntó Alicia.–Exactamente –admitió el Sombrerero–, a medida que vamos ensuciando las tazas.–Pero, ¿qué pasa cuando llegan de nuevo al principio de la mesa? –se atrevió a preguntar Alicia.
(Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas)

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Irving Wiles, Te ruso

La Princesa se apoyó en el brazo desnudo y torneado y no creyó necesario responder una sola palabra. Esperaba sonriendo. Durante toda la conversación permaneció sentada, rígida, mirando tan pronto a su magnífico y ebúrneo brazo, que se deformaba por la presión sobre la mesa, como a su pecho, todavía más espléndido, sobre el que descansaba un collar de brillantes. A veces alisaba los pliegues de su vestido, y cuando la narración producía efecto, contemplaba a Ana Pavlovna e inmediatamente tomaba la misma expresión que la de la fisonomía de la dama de honor, e inmediatamente recobraba de nuevo su sonrisa clara y tranquila. Detrás de Elena, la pequeña Princesa se levantó ante la mesa de té.
(Lev Tolstoi, La guerra y la paz)

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Albert Lynch, Hora del té

Hasta la noche no volvió a su casa, y por su palidez y cansancio se dieron todos cuenta que el día había sido arduo, aunque Amy no se quejó y ni siquiera les contó lo que había hecho. Su madre le sirvió el té más cariñosa que nunca. Beth le hizo una preciosa guirnalda para el pelo, mientras que Jo asombró a la familia vistiéndose con especial cuidado e insinuando ambiguamente que se iban a dar vuelta los papeles.
(Louise Alcott, Las mujercitas se casan)

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Ceremonia del té

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Se podía ver todo el interior, la alcoba, el aparador, los estantes. Allí debían ofrecer a menudo el té a huéspedes de categoría, o alquilar la casa para la ceremonia del té; una hermosa alfombra roja cubría el suelo. Había una mujer joven sentada. Y aquella confusión de brillantes colores que mis ojos habían captado, era ella.
(Yukio Mishima, El pabellón de oro)

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A menudo me hallaba sentado a la mesa de mi pequeño abrigo y experimentaba una sensación de agradable cobijo; las toscas paredes de madera, de las que colgaba el armamento, recordaban el Lejano Oeste. Allí bebía una taza de té, fumaba y leía, mientras mi ordenanza se hallaba ocupado con el diminuto hornillo, que llenaba la atmósfera con el aroma de las rebanadas de pan tostado. 
(Ernst Jünger, Tempestades de acero)

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Hora del té

La cuesta que conduce al puerto (el Bud-Bud-La) es árida y escarpada; la altitud se aproxima a los 5.700 metros y el enrarecimiento del aire hace penosa la ascensión. Por la izquierda, el extremo final de un glaciar desciende en punta de lanza. Por el camino encontramos algunos bhutias que, con gran amabilidad, nos invitan a compartir con ellos el té con mantequlla y el calor de su fuego. Aceptamos encantados y vamos a plantar nuestra tienda cerca de su campamento.
(Heinrich Harrier, Siete años en el Tibet)

Nota: Esta es la reedición de una entrada antigua de jenofon.blogspot.com

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4 comentarios en “Hora del té

  1. 21/10/2014 a las 14:12
    Me senté, ante un té bien frío, esperándote.
    Un cordial saludo. Muy bueno este post. sabe a esencias aromáticas que alientan los embelesos.

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