Constantinopla

Constantinople

El 29 de mayo de 1453 cayó la ciudad de Constantinopla, después de un sitio que duró siete semanas. Los turcos otomanos del sultán Mehmed II derrotaron a las débiles fuerzas del último emperador bizantino, Constantino XI Paleólogo.

Así terminaba definitivamente el Imperio Romano, después de 1.500 años. De acuerdo con la división convencional que se hace de la historia, este acontecimiento marca el fin de la Edad Media.
La emigración de los intelectuales griegos hacia principalmente Italia, fue una inyección de cultura para el Renacimiento europeo.

De todos modos, la expresión “Caída del Imperio Bizantino” puede ser engañosa, dando la impresión del fin de un gran imperio. Pero la verdad es que la ciudad de Constantinopla y el pequeño territorio que la rodeaba, ya no eran sino la sombra y un recuerdo de su grandeza. La captura de la ciudad durante la 4° Cruzada había sido un duro golpe y, aunque Constantinopla fue reconquistada 55 años después, su imperio quedó muy debilitado y su importancia política y económica no se había podido recuperar cuando en 1346 fue atacada por la Peste Negra, que mató a casi la mitad de sus habitantes.
Así, en 1540 el antiguo imperio estaba completamente agotado y no tenía posibilidades de resistir el empuje otomano a menos que recibiera una ayuda importante de parte del occidente europeo, ayuda que las potencias cristianas no estaban dispuestas a enviar, por lo menos de una manera consistente y militarmente efectiva.

2911-istComienza la primavera. Un milano negro planea en el viento de Estambul. Realiza perezosos círculos alrededor de la mezquita de Solimán el Magnífico, como si estuviera atado a los minaretes. Desde allí puede contemplar una ciudad de quince millones de personas, observando el paso de los días y de los siglos a través de sus ojos imperturbables.
Cuando algún antepasado de esta ave en voló sobre Constantinopla en un frío día de marzo de 1453, el trazado de la ciudad habría sido similar, aunque mucho menos desordenado. El sitio es notable, un triángulo ligeramente vuelto hacia arriba en su punto más oriental como el cuerno de un rinoceronte agresivo y protegido por dos lados por el mar. Al norte se encuentra la entrada de aguas profundas protegidas del Cuerno de Oro; el lado sur está flanqueado por el mar de Mármara que se hincha hacia el oeste en el
Mediterráneo a través del cuello de botella de los Dardanelos. Desde el aire se puede ver la línea constante, ininterrumpida, de fortificaciones que protegen los dos lados del triángulo que dan hacia el mar y ver cómo las
corrientes marinas pasan más allá de la punta del cuerno de rinoceronte a siete nudos: las defensas de la ciudad son tanto naturales, como hechas por el hombre.
. . .
Para los turcos otomanos de los siglos decimocuarto y decimoquinto la ciudad era “un hueso en la garganta de Alá – un problema psicológico que se burlaba de sus ambiciones y limitaba sus sueños de conquista. Para la cristiandad
occidental era el baluarte contra el Islam. Le mantenía segura contra el mundo musulmán y eso le hizo complaciente.
(Roger Crowley, Constantinopla, El gran sitio)

Conquest_of_Constantinople,_Fausto Zonaro

Fausto Zonaro, El conquistador de Constantinopla

Como consecuencia de la caída de Constantinopla, los emigrados griegos, entre los que se contaban gramáticos, humanistas, poetas, pintores, músicos, astrónomos, arquitectos, académicos, filósofos y científicos, llevaron a Europa Occidental el conocimiento de su civilización griega. El sultán Mehmet consiguió una nueva capital para su Imperio, una que le sirvió de base para buscar la dominación en el Mediterráneo y el ataque en profundidad al corazón de Europa.
Por otra parte, la caída de la ciudad, que cerró completamente el paso hacia el Oriente, obligó a los europeos a buscar alternativas para llegar a Asia por mar, mediante la circunnavegación de África o navegando directamente hacia el Oeste. Los descubrimientos que siguieron fortalecieron a las potencias europeas.

Theofilos_Hatzimihail Palaiologos

Theofilos_Hatzimihail, Paleólogo

Los cristianos se comportaron bien, pero ninguno mejor que Constantino. Luchó con fuerza, y con valor; su espada enrojeció rápidamente hasta la empuñadura.
“Luchen, mis compatriotas, por la ciudad y el hogar. ¡Luche, cada uno, en nombre de Cristo y de la Santa Iglesia!”
Y ellos le respondieron: “Por Cristo y la Santa Iglesia!” todos luchando con toda su fuerza, de modo que sus espadas también estaban enrojecidas hasta la empuñadura. No pidieron cuartel; ni tampoco se le dio. Debían mantenerse en su puesto, y se mantuvieron. Ellos rechazaron a las hordas que los atacaban hasta
que se amontonaron a lo ancho de la brecha; y ellos también cayeron, pero, como estamos dispuestos a creer, inconscientes del dolor porque eran presa del delirio que da la fiebre de la batalla.
Cinco minutos-diez-quince pasaron cuando por la brecha por la cual Justiniani había huido vergonzosamente, Teófilo Paleólogo llegó, con ánimo ardiente, a vengar su sangre imperial con una muerte noble; y con él vinieron el conde
Conti, Francisco de Toledo, Juan el Dálmata, y un grupo de caballeros cristianos que bien sabían la diferencia que hay entre una muerte honorable y una vida deshonrosa.
(Lewis Wallace, El Príncipe de la India o porqué cayó Constantinopla)

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El sitio de Constantinopla

Cubierto de hierro de pies a cabeza, pasa Giustiniani, riendo, semejante a una torre en marcha, con una expresión de fanfarronería en el rostro y una mirada dura e inflexible en los ojos. Hoy lo odié, después de haber visto a los defensores de Selymbria.
Luchamos sin esperanza ni futuro. Aunque consiguiéramos derrotar al sultán, Constantinopla no sería más que una ciudad muerta, gobernada por la ley bárbara de los latinos.
Toda mi vida he aborrecido y evitado el rencor y el fanatismo. Ahora, sin embargo, arden en mi corazón como una brillante llama.
Después de un domingo tranquilo, las nueve galeras mayores se dirigieron hacia la barrera que protege el puerto, situándose en posición de defenderla. No pasarán muchos días sin que aparezca la flota turca.
Hileras de yuntas de bueyes arrastran los poderosos cañones de bronce del enemigo. Detrás de las líneas turcas, los rebaños caminan envueltos en nubes de polvo y sus balidos llegan hasta las mismas murallas. Nuestra defensa está preparada; cada hombre conoce su puesto y misión. El emperador Constantino ha recorrido durante todo el día los baluartes, hablando a los comandantes de los diferentes sectores, animando a los griegos y haciendo nuevas promesas a los latinos.
(Mika Waltari, El Ángel Sombrío)

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Después de la caída de Constantinopla, se escucharon algunas voces en Europa lamentando el hecho, y en 1459 el papa Pío II predicó una Cruzada para recapturarla. Pero si es que existió en algún momento un entusiasmo verdadero por esta empresa, no duró demasiado y la Cruzada nunca se llevó a cabo. Y lo que es peor aun, algunas potencias europeas, como Francia, establecieron una alianza con los otomanos.
A comienzos del siglo XX, los griegos pensaron aprovechar el debilitamiento del Imperio Otomano a consecuencias de su derrota en la I Guerra Mundial, y reconquistar Constantinopla durante la Guerra Greco-Turca de 1919-1922, pero Grecia fue derrotada en la guerra y la idea no pasó de ser un sueño perdido.

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Los defensores lucharon a la desesperada, con un valor digno de los mejores días del imperio. Luchaban durante el día y se reponían por la noche. El 18 de abril, rechazaron un asalto frontal de los turcos. Luego, el 22 de abril, el obstinado Mohammed hizo que arrastrasen sus naves a través de una estrecha lengua de tierra situada entre el mar y el Cuerno Dorado, y cuando los habitantes de Constantinopla se despertaron, descubrieron que estaban siendo bombardeados por los dos lados y que se encontraban aislados de cualquier posible salvación o abastecimiento por mar. Pero no se rindieron: esperaban un milagro que salvaría a su ciudad, tal como había ocurrido, una y otra vez en el pasado.
El bombardeo continuó, y el 29 de mayo Giustiniana fue herido en la mano. Aterrorizado, se retiró de la batalla, y sus genoveses con él, pese a las fervorosas súplicas de Constantino. El 29 de mayo de 1453, Mohammed ordenó un último asalto. Cayeron las murallas, y los turcos entraron en tropel. Constantino XI se despojó de su insignia imperial, tomó las armas y se metió entre la masa de combatientes más próxima. Cayó y nunca se encontró su cadáver.
De este modo murió el último emperador romano de una línea ininterrumpida que se remontaba a Augusto, casi quince siglos antes, y a la fundación de la ciudad de Roma, veintidós siglos antes. Así cayó Constantinopla, con su undécimo Constantino, más de once siglos después de su fundación por el primero. Y si la ciudad había sufrido más de dos siglos de degradación, recuperó el valor y el ánimo para morir de la manera apropiada para una capital imperial que había conocido la gloria.
(Isaac Asimov, Constantinopla, El Imperio Olvidado)

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