Gulliver

El 30 de noviembre de 1667 nació el escritor, ensayista, poeta y clérigo irlandés Jonathan Swift. Su obra más conocida es “Los viajes de Gulliver”, libro incómodamente actual.

Los viajes de Gulliver, el libro escrito por Jonathan Swift, es considerado por la gran mayoría de las personas como un libro infantil, puesto que su mayor difusión ha sido a través de adaptaciones de dos de los viajes del protagonista, aquellos en que fue a parara a Lilliput primero y a Brobdingnag después, en ediciones muy expurgadas.
Sin embargo la obra de Swift es un libro para adultos, escrito en un lenguaje cáustico, que hace una sátira amarga de la sociedad europea del siglo XVII. Swift expone los problemas políticos y religiosos, la ciencia y las costumbres, de manera tan despiadada que su libro solo se publicó después de muchas dificultades.
Es fácil criticar la censura del siglo XVIII y la oposición que encontró Swift entre muchos de sus contemporáneos, pero ¿en que lugar se encuentra el libro de Swift, tres siglos más tarde?, ¿será acaso un libro anticuado, que ya no merece ser leído o tal vez sigue, de alguna manera, censurado?

Gulliver in Lilliput  mid res

La respuesta a la segunda pregunta es no, el libro es irremediablemente actual. La respuesta a la primera es que se encuentra en el mismo lugar de hace tres siglos, es decir, censurado, evitado. Censurado porque se le sigue recortando despiadadamente; evitado, porque su lectura no es considerada necesaria.
Las razones son claras, el libro es demasiado cáustico, dice demasiadas verdades ¿y a quién le gusta la cruel verdad? A muy pocos, y si de políticos y gobernantes se trata, a ninguno.

 

Cuando Gulliver explica algunos detalles del gobierno de su país al rey de Brobdingnag, el rey le responde:

Habéis probado claramente que la ignorancia, la pereza y el odio son los ingredientes apropiados para formar un legislador; que quienes mejor explican, interpretan y aplican las leyes son aquellos cuyos intereses y habilidades residen en pervertirlas, confundirlas y eludirlas.

¿Podrá aplicarse esta observación a nuestro mundo actual? Desgraciadamente sí. Vemos cada día como las leyes, que por principio debieran ser justas, son sistemáticamente eludidas, tergiversadas, anuladas, por aquellos que, por el contrario, debieran ser quienes primero las cumplieran.

De nada –dice el rey– de lo que habéis dicho resulta que entre vosotros sea precisa perfección alguna para aspirar a posición ninguna; ni mucho que los hombres sean ennoblecidos en atención a sus virtudes, ni que los sacerdotes asciendan por su piedad y sus estudios, ni los soldados por su comportamiento y su valor, ni los jueces por su integridad, ni los senadores por el amor a su patria, ni los consejeros por su sabiduría.

Si nosotros, como personas del siglo XXI, nos pusiéramos en el lugar de Gulliver y pretendiéramos defender nuestra sociedad actual, ¿estaríamos en condición de hacerlo?. Desgraciadamente, muy desgraciadamente y con muy pocas y honrosas excepciones que no hacen más que confirmar la regla, la respuesta es no. No vemos que nuestros legisladores se destaquen por sus virtudes, los sacerdotes por su piedad, los jueces por su integridad, ni nadie por su amor a la patria ni su sabiduría.

Oculté las flaquezas y deformidades de mi madre patria y coloqué sus virtudes y belleza a la luz más conveniente y ventajosa. –dice Gulliver, pero ni todo su empeño logró tapar la terrible realidad, como nosotros tampoco podríamos, por más que lo intentemos.

En otra oportunidad Gulliver explica al rey las bondades de los últimos adelantos tecnológicos unidos al uso de la pólvora:

Le añadgulliver-pindar-brobdingnag-kingí que una cantidad de este polvo, ajustada en el interior de un tubo de bronce o hierro proporcionada al tamaño, lanzaba una bola de hierro o plomo con tal violencia y velocidad, que nada podía oponerse a su fuerza; que las balas grandes así disparadas no sólo tenían poder para destruir de un golpe filas enteras de un ejército, sino también para demoler las murallas más sólidas y hundir barcos con mil hombres dentro al fondo del mar; y si se las unía con una cadena, dividían mástiles y aparejos, partían centenares de cuerpos por la mitad y dejaban la desolación tras ellas. Añadí que nosotros muchas veces llenábamos de este polvo largas bolas huecas de hierro y las lanzábamos por medio de una máquina dentro de una ciudad a la que tuviésemos puesto sitio, y al caer destrozaba los pavimentos, derribaba en ruinas las casas y estallaba, arrojando por todos lados fragmentos que saltaban los sesos a quienes estuvieran cerca.

El rey quedó horrorizado por la descripción que yo le había hecho de aquellas terribles máquinas y por la proposición que le sometía. Se asombró de que tan impotente y miserable insecto -son sus mismas palabras- pudiese sustentar ideas tan inhumanas y con la familiaridad suficiente para no conmoverse ante las escenas de sangre y desolación que yo había pintado como usuales efectos de aquellas máquinas destructoras, las cuales –dijo habría sido sin duda el primero en concebir algún genio maléfico enemigo de la Humanidad. Por lo que a él mismo tocaba, aseguró que, aun cuando pocas cosas le satisfacían tanto como los nuevos descubrimientos en las artes o en la Naturaleza, mejor querría perder la mitad de su reino que no ser consabidor de este secreto, que me ordenaba, si estimaba mi vida, no volver a mencionar nunca.

Pobre rey de Brobdingnag, en su ignorancia desconoce que nuestros gobernantes actuales son capaces de, por el contrario, entregar la mitad de su reino a cambio de disponer de más y mejores máquinas destructoras.

 
En los siguientes viajes Gulliver se encuentra con otras sociedades, como 126000-004-3410AF64la de la isla de Laputa, donde satiriza la situación del hombre frente a la ciencia, la teoría, la experimentación y la especulación de lo que queda fuera de su alcance.
Pero la parte más amarga del libro es el viaje al país de los Houyhnhnms, un ideal de existencia racional, gobernada por la moderación. Es notable que en el idioma de los Houyhnhnms no existe una palabra para la mentira, porque ellos no necesitan mentir.
 
El libro de Jonathan Swift es demasiado actual para que sea del gusto de todos, dice demasiadas verdades y las dice en tono tan ácido y despiadado que sería capaz de despertar en nosotros la conciencia de cual es el tipo de sociedad en la que actualmente vivimos, y eso ¿a quién le gusta?
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El origen de las especies

El 24 de noviembre de 1859, Charles Darwin publicó su teoría de la evolución en el libro Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural.

La obra de Darwin, a pesar de ser un libro que trata de un tema científico, está escrito en un lenguaje directo y simple, al alcance de cualquier lector, dentro de los debidos límites, por supuesto, puesto que necesita  además una especial concentración en la lectura.

El 27 de diciembre del año 1831 zarpó de Inglaterra el barco británico Beagle, al mando del capitán FitzRoy, en su segundo viaje con caracter científico, el que duraría cinco años. En esta expedición fue admitido en calidad de naturalista el joven Charles Darwin. La publicación de El viaje del Beagle, escrito en base a los apuntes tomados, le dieron cierta fama como escritor y notoriedad como naturalista.

Los datos y las observaciones efectuadas por Darwin durante el viaje, sobre todo algunos detalles importantes acerca de las aves de las islas Galápagos, sumadas a las teorías existentes, como las de Lamarck acerca de la trasmutación y las de Malthus relativas a la población, lo llevaron a desarrollar una teoría revolucionaria que reunía la transmutación, es decir la posibilidad de que una especie se transforme en otra y la selección natural, que hace que una característica biológica se haga más común o menos común en una población, a través de la herencia y a causa de la interacción de los organismos con el medio.

Cuando estaba como naturalista a bordo del Beagle, buque de la marina real, me impresionaron mucho ciertos hechos que se presentan en la distribución geográfica de los seres orgánicos que viven en América del Sur y en las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y los pasados de aquel continente. Estos hechos, como se verá en los últimos capítulos de este libro, parecían dar alguna luz sobre el origen de las especies, este misterio de los misterios, como lo ha llamado uno de nuestros mayores filósofos. A mi regreso al hogar ocurrióseme en 1837 que acaso se podría llegar a descifrar algo de esta cuestión acumulando pacientemente y reflexionando sobre toda clase de hechos que pudiesen tener quizá alguna relación con ella. Después de cinco años de trabajo me permití discurrir especulativamente sobre esta materia y redacté unas breves notas; éstas las amplié en 1844, formando un bosquejo de las conclusiones que entonces me parecían probables.         (Charles Darwin, El origen de la especies)

La idea de que una especie, el hombre incluído, sea el resultado de la evolución de otra anterior, no era nueva. El filósofo presocrático Anaximandro de Mileto, quién vivió en el siglo VI a de C. y fue discípulo de Tales y maestro de Anaxímenes, llegó a pensar, en base al razonamiento puro y la observación de los fósiles marinos en las montañas y del comportamiento de ciertos animales, que los animales terrestres tenían su origen en el mar y que, en consecuencia, el hombre debió haber sido en un principio, un pez.

Aunque los escritos de Anaximandro no sobreviven, sus ideas fueron citadas por filósofos y escritores posteriores.

Anaximandro de Mileto considera que a partir del agua y de la tierra surgieron peces o animales similares a los peces. Dentro de estos animales, los hombres tomaron forma y los embriones se mantuvieron prisioneros hasta la pubertad; sólo entonces, después de que estos animales se abrieron de golpe, pudieron salir los hombres y las mujeres, ahora capaces de alimentarse por sí mismos.(Censorino, escritor romano del siglo III)

Aunque Anaximandro no pensó en algo parecido a la selección natural, su idea de la evolución es un intento, bastante logrado, de comprender los hechos de la naturaleza mediante explicaciones racionales, es decir no mitológicos.

Como es normal que suceda cuando se expone una nueva teoría científica, El Origen de las Especies de Darwin adquirió muy pronto entusiastas partidarios y detractores entusiastas también. Pero donde encontró la más feroz oposición fue en los círculos religiosos fundamentalistas, que llevaron a la formación de la gran controversia Creación versus Evolución, en la que los argumentos científicos debieron enfrentarse a la lectura literal del libro del Génesis. Controversia, además, que sigue vigente y que ha determinado que en ciertos sectores de la sociedad y más de algún lugar del mundo, la obra del eminente naturalista sea de lectura prohibida.

No veo ninguna razón válida para que las opiniones expuestas en este libro ofendan los sentimientos religiosos de nadie. Es suficiente, como demostración de lo pasajeras que son estas impresiones, recordar que el mayor descubrimiento que jamás ha hecho el hombre, o sea la ley de la atracción de la gravedad, fue también atacado por Leibnitz «como subversiva de la religión natural y, por consiguiente, de la revelada». Un famoso autor y teólogo me ha escrito que «gradualmente ha ido viendo que es una concepción igualmente noble de la Divinidad creer que Ella ha creado un corto número de formas primitivas capaces de transformarse por sí mismas en otras formas necesarias, como creer que ha necesitado un acto nuevo de creación para llenar los huecos producidos por la acción de sus leyes.
 (Charles Darwin, El origen de las especies)

Las teorías de Darwin tienen evidentes problemas, después de todo fueron formuladas en el siglo XIX. El mismo detalla una serie de puntos para los que no tenía una explicación y algunos de los mecanismos propuestos han mostrado ser insostenibles, pero lo importante es que las teorías siguen siendo la base sobre la que se funda la Teoría Moderna de la Evolución, la que además está en continuo desarrollo.

El libro de Darwin sigue siendo objeto de estudio, porque revolucionó la manera de entender la naturaleza y el lugar que el hombre tiene en ella.