Primeras palabras

Por lo que a mí respecta, me gustaba que el relato empezase en una vieja posada al borde del camino, donde, «hacia el final del año 17…», unos caballeros con sombreros de tres picos jugaban a los bolos. Un amigo mío prefería las costas de Malabar bajo la tormenta, un barco que daba tumbos hacia Barlovento, y un individuo ceñudo de proporciones hercúleas que recorría la playa a grandes zancadas; a buen seguro que era un pirata.
(Robert Louis Stevenson, Ensayos literarios)

Cuéntame, Musa, laodyssey-illustration historia del hombre de muchos senderos, que anduvo errante mucho después de asolar la sagrada Troya; vió muchas ciudades de hombres y conoció su talante, y dolores sufrió sin cuento en el mar tratando de asegurar la vida y el retorno de sus compañeros. Mas no consiguió salvarlos, con mucho quererlo, pues de su propia insensatez sucumbieron víctimas, ¡locas! de Hiperión Helios las vacas comieron, y en tal punto acabó para ellos el día del retorno. Diosa, hija de Zeus, también a nosotros, cuéntanos algún pasaje de estos sucesos.
Ello es que todos los demás, cuantos habían escapado a la amarga muerte, estaban en casa, dejando atrás la guerra y el mar. Sólo él estaba privado de regreso y esposa, y lo retenía en su cóncava cueva la ninfa Calipso, divina entre las diosas, deseando que fuera su esposo.
(Homero, La Odisea)

bennetEs una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.
Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos u opiniones de un hombre de tales condiciones cuando entra a formar parte de un vecindario. Esta verdad está tan arraigada en las mentes de algunas de las familias que lo rodean, que algunas le consideran de su legítima propiedad y otras de la de sus hijas.
––Mi querido señor Bennet ––le dijo un día su esposa––, ¿sabías que, por fin, se ha alquilado Netherfield Park?
El señor Bennet respondió que no.
––Pues así es ––insistió ella––; la señora Long ha estado aquí hace un momento y me lo ha contado todo. El señor Bennet no hizo ademán de contestar.
––¿No quieres saber quién lo ha alquilado? ––se impacientó su esposa.
––Eres tú la que quieres contármelo, y yo no tengo inconveniente en oírlo.
Esta sugerencia le fue suficiente.
(Jane Austen, Orgullo y prejuicio)

corazon

Hoy hemos empezado el nuevo curso. Han pasado como un sueño los tres meses de vacaciones transcurridos en el campo. Mi madre me llevó esta mañana al grupo escolar «Baretti» para matricularme como alumno de quinto. Mientras tanto pensaba en el campo e iba de bastante mala gana. Las calles adyacentes eran un hervidero de chiquillos, y las dos librerías próximas al grupo estaban llenas de padres y de madres que compraban carteras, cartillas, libros, estuches o plumieres con útiles de trabajo y cuadernos. Delante de la escuela se agolpaba tanta gente, que el bedel hubo de pedir la presencia de guardias muni-cipales para que mantuviesen orden y quedase expedita la entrada.
Cerca de la puerta sentí unos golpecitos en el hombro. Me los dio mi anterior maestro de cuarto, alegre, jovial, de pelo rubio, rizoso y encrespado, que me dijo:
-¿Qué, Enrique? ¿Nos separamos para siempre?
(Edmundo de Amicis, Corazón)

patriarch pondA la hora de más calor de una puesta de sol primaveral en «Los Estanques del Patriarca» aparecieron dos ciudadanos. El primero, de unos cuarenta años, vestido con un traje gris de verano, era pequeño, moreno, bien alimentado y calvo. Tenía en la mano un sombrero aceptable en forma de bollo, y decoraban su cara, cuidadosamente afeitada, un par de gafas extraordinariamente grandes, de montura de concha negra. El otro, un joven ancho de hombros, algo pelirrojo y desgreñado, con una gorra de cuadros echada hacia atrás, vestía camisa de cow boy, un pantalón blanco arrugado como un higo y alpargatas negras. El primero era nada menos que Mijaíl Alexándrovich Berlioz , redactor de una voluminosa revista literaria y presidente de la dirección de una de las más importantes asociaciones moscovitas de literatos, que llevaba el nombre compuesto de MASSOLIT ; y el joven que le acompañaba era el poeta Iván Nikoláyevich Ponirev, que escribía con el seudónimo de Desamparado.
(Mijail Bulgakov, El maestro y Margarita)

alice

Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener  nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.
Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas la compensaría del trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados.
No había nada muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!» (Cuando pensó en ello después, decidió que, desde luego, hubiera debido sorprenderla mucho, pero en aquel momento le pareció lo más natural del mundo). Pero cuando el conejo se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a correr, Alicia se levantó de un salto, porque comprendió de golpe que ella nunca había visto un conejo con chaleco, ni con reloj que sacarse de él, y, ardiendo de curiosidad, se puso a correr tras el conejo por la pradera, y llegó justo a tiempo para ver cómo se precipitaba en una madriguera que se abría al pie del seto.
(Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas)

richEn un cuarto del palacio del cardenal, palacio que ya conocemos, y junto a una mesa llena de libros y papeles, permanecía sentado un hombre con la cabeza apoyada en las manos.
A sus espaldas había una chimenea con abundante lumbre, cuyas ascuas se apilaban sobre dorados morillos. El resplandor de aquel fuego iluminaba por detrás el traje de aquel hombre meditabundo, a quien la luz de un candelabro con muchas bujías permitía examinar muy bien de frente.
Al ver aquel traje talar encarnado y aquellos valiosos encajes; al contemplar aquella frente descolorida e inclinada en señal de meditación, la soledad del gabinete, el silencio que reinaba en las antecámaras, como también el paso mesurado de los guardias en la meseta de la escalera, podía imaginarse que la sombra del cardenal de Richelieu habitaba aún aquel palacio.
(Alejandro Dumas, Veinte años después)

war and peace

Bien. Desde ahora, Génova y Lucca no son más que haciendas, dominios de la familia Bonaparte. No. Le garantizo a usted que si no me dice que estamos en guerra, si quiere atenuar aún todas las infamias, todas las atrocidades de este Anticristo (de buena fe, creo que lo es), no querré saber nada de usted, no le consideraré amigo mío ni será nunca más el esclavo fiel que usted dice. Bien, buenos días, buenos días. Veo que le atemorizo. Siéntese y hablemos.
Así hablaba, en julio de 1805, Ana Pavlovna Scherer, dama de honor y parienta próxima de la emperatriz María Fedorovna, saliendo a recibir a un personaje muy grave, lleno de títulos: el príncipe Basilio, primero en llegar a la velada. Ana Pavlovna tosía hacía ya algunos días. Una gripe, como decía ella gripe, entonces, era una palabra nueva y muy poco usada . Todas las cartas que por la mañana había enviado por medio de un lacayo de roja librea decían, sin distinción: «Si no tiene usted nada mejor que hacer, señor conde o príncipe , y si la perspectiva de pasar las primeras horas de la noche en casa de una pobre enferma no le aterroriza demasiado, me consideraré encantada recibiéndole en mi palacio entre siete y diez. Ana Scherer.»
(León Tolstoi, La guerra y la paz)

Dacirorío y Parisátile tuvieron dos hijos: el mayor, Artajerjes; el menor, Ciro. Enfermó Darío, y sospechando que se acercaba el fin de su vida quiso que los dos hijos estuviesen a su lado. El mayor se encontraba ya presente, y a Ciro lo mandó a llamar del gobierno de que le había hecho sátrapa, nombrándole al mismo tiempo general de las tropas que se estaban reuniendo en la llanura de Castolo. Acudió, pues, Ciro, llevando consigo a Tisafernes, a quien tenía por amigo, y escoltado por trescientos hoplitas griegos a las órdenes de Jenias de Parrasia. Muerto Darío y proclamado rey Artajerjes, Tisafernes acusa a Ciro ante su hermano diciéndole que conspiraba contra él. Créelo el rey y prende a Ciro con intención de darle muerte. Pero la madre consiguió con súplicas que lo enviase de nuevo al gobierno. Y Ciro, de vuelta, después de haber corrido tal peligro y con el dolor de la afrenta, se puso a pensar en la manera de no hallarse en adelante a merced de su hermano y aun, si fuese posible, ser rey en su lugar.
(Jenofonte, Anabasis)

Anuncios

6 comentarios en “Primeras palabras

  1. Me has dado una idea, y voy a tratar de hacer el experimento con los alumnos de Castellano: ¿Qué pasaría si damos a leer párrafos de comienzo de libros a ver si se entusiasman y con qué se entusiasman?
    Así como estamos, nada se pierde con tratar…

  2. Recuerdo ese libro Corazón. Me llegó a fastidiar lo sentencioso que era el padre del protagonista. Siempre encontrando algo que reprocharle al hijo. Tal vez lo dejaron más de una vez hablando solo. Y no se dio cuenta.

    La Odisea es un clásico, de Homero, de los anónimos que terminaron siendo colectivamente como Homero. O según alguna teoría, de una mujer que pudo haberse llamado Nausicaa.
    Muy efectiva la invocación a las musas. Además de parecer escrita bajo su influjo, se nota que acudieron a inspirar, dejando una de las más grandes obras de la humanidad.

    • Es verdad que el estilo moralista del autor se hace pesado a veces, lo mismo que el exceso de patrioterismo. Pero hay que entenderlo en el contexto. En todo caso, lo que es rescatable para mi son los personajes, creo que ellos siguen existiendo en cualquier escuela, el estudioso, el desordenado, el comerciante, el humilde y el pesado, son universales.

  3. Muchas veces se cita el comienzo de Historia de Dos Ciudades:
    “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación…”

    • Bueno, hay tantos comienzos como libros, yo he puesto aquí algunos solamente para no hacer demasiado extenso el post, pero después pondré otros, a medida que vaya recordándolos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s