Primeras palabras (2)

Si hay algo que propiamente pueda conocerse con el nombre de lectura, habría de ser una actividad voluptuosa y absorbente; debiéramos recrearnos en el libro, ensimismarnos, y emerger de la lectura con la mente colmada de la más viva y caleidoscópica danza de imágenes, incapaces de conciliar el sueño o de desarrollar un pensamiento continuado. Si el libro es expresivo, las palabras deberían desde ese momento sonar en nuestros oídos como ruido de rompientes, y el relato, si es un relato, reaparecer ante nuestros ojos en mil viñetas coloreadas.
(Robert Louis Stevenson, Charla sobre la novela)

¿Muchachas? No; nada de muchachas. Si se trata de hacer un poco de jarana en la hostería, de cantar un rato, siempre dispuesto. Pero nada más. Ya tengo mi novia que me esperguareschia todas las tardes junto al tercer poste del telégrafo en el camino de la Fábrica. Tenía yo catorce años y regresaba a casa en bicicleta por ese camino. Un ciruelo asomaba una rama por encima de un pequeño muro y cierta vez me detuve.
Una muchacha venía de los campos con una cesta en la mano y la llamé. Debía tener unos diecinueve años porque era mucho más alta que yo y bien formada.
–¿Quieres hacerme de escalera? –le dije.
La muchacha dejó la cesta y yo me trepé sobre sus hombros. La rama estaba cargada de ciruelas amarillas y llené de ellas la camisa.
–Extiende el delantal, que vamos a medias –dije a la muchacha.
Ella contestó que no valía la pena.
–¿No te agradan las ciruelas? –pregunté.
–Sí, pero yo puedo arrancarlas cuando quiero. El árbol es mio: yo vivo allí –me dijo.
(Giovanni Guareschi, Don Camilo)

sandokanLa noche del 20 de diciembre de 1849 un violento huracán descargaba su furia sobre la salvaje isla de Mompracem, cueva de piratas, de siniestra fama, situada en el mar de la Malasia a pocos centenares de millas de la costa occidental de Borneo.
En el cielo, a impulso de un viento irresistible, corrían negras masas de vapores, que al deshacerse arrojaban sobre la espesa floresta de la isla furioso aguacero; el mar, embravecido por el huracán, hervía en gigantescas olas y el infernal ruido de aquella masa de agua en conmoción, se confundía con el rugir siniestro del trueno.
Formaba en esa parte de la isla una estrecha bahía en cuyo fondo, a la vivísima luz de los relámpagos, se podía divisar una fortificación que la defendía, emplazada en una escollera donde aparecían numerosos navíos anclados, con su velamen amainado. Sobre la encrespada superficie del mar rielaba una luz que se escapaba de dos ventanas, vivamente iluminadas, de una gran cabaña construida en la alta cima de una roca que parecía tallada a pico y que caía sobre el mar.
(Emilio Salgari, Los tigres de la Malasia)

salomon

Es curioso que a mi edad -cumplí cincuenta y cinco en mi último cumpleaños- me sorprenda tomando una pluma para intentar escribir un relato. !Quién sabe qué tipo de relato resultará cuando lo haya escrito, si es que llego al final de la aventura! He hecho muchas cosas en mi vida, que se me antoja muy larga, debido quizá a que empecé muy joven. A una edad en que los otros chicos estaban en el colegio, yo me ganaba la vida como comerciante en la vieja colonia. Desde entonces, he sido comerciante, cazador, soldado y minero. Sin embargo, hace sólo ocho meses que me sonrió la fortuna. Es una fortuna cuantiosa -aún no sé a cuánto asciende-, pero no creo que quisiera volver a pasar por los últimos quince o dieciséis meses para obtenerla. No; no lo volvería a hacer aun sabiendo que iba a salir sano y salvo, con fortuna y todo. Pero resulta que soy un hombre tímido, enemigo de la violencia, y estoy verdaderamente harto de aventuras. 
(Henry R. Haggard, Las minas del rey Salomón)

stalingradLa nieve se arremolinaba en la estepa sin límites. Espesos torbellinos azotaban los tanques alineados en formación cerrada, los unos tras los otros, sobre lo que debía de ser una carretera. Las tripulaciones se habían arrastrado bajo los vehículos o se arrebujaban en el lado protegido del viento, para resguardar sus rostros helados de los mordiscos de la tempestad.
Hermanito estaba bajo nuestro Panzer IV. Porta se había confeccionado una especie de colchón entre las cadenas, y parecía una enorme lechuza de nieve, con la cabeza hundida entre los hombros; entre sus piernas se acurrucaba el legionario, aterido.
El absurdo avance había cesado por el momento, sin que nadie nos hubiese dicho el motivo; de cualquier manera, a todo el mundo le daba igual. Permanecer allí, a la espera, o hacer otra cosa, poco importaba. No dejaba de ser la guerra.
(Sven Hassel, Batallón de Castigo)

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La Ley, como dice la cita, establece una justa norma de vida que no es fácil de seguir. He sido muchas veces amigo de un mendigo, en circunstancias que a ambos nos impedían descubrir si el otro era digno. Todavía me falta ser hermano de un príncipe, aunque en una ocasión conocí de cerca a quien pudo haber sido un verdadero rey, y me prometieron la posesión de un reino: un ejército, un tribunal de justicia, rentas y principios políticos, todo de una vez. Pero ahora mucho me temo que mi rey esté muerto, y si quiero una corona tengo que buscarla por mi cuenta.
Todo empezó en un tren que hacía el camino entre Ajmir y Mhow. Un déficit de presupuesto me obligaba a viajar no ya en segunda clase, que sólo cuesta la mitad que la primera, sino en intermedia, que es realmente espantosa. En clase intermedia no hay cojines y, o bien la población es intermedia, es decir, eurasiática o nativa, lo cual resulta horrible durante un largo viaje nocturno, o bien se trata de una población de vagos, que es divertida pero que siempre anda ebria. Los de intermedia no compran nada en la cantina del tren. Llevan su propia comida en hatillos y tarros, y les compran dulces a los vendedores nativos, y beben agua en los charcos del camino. Éste es el motivo de que cuando llega el calor saquen a los de intermedia muertos de los vagones, y de que en cualquier estación la gente los mire por encima del hombro.
Rudyard Kipling, El hombre que sería rey)

vlcsnap-2012-07-17-14h12m08s68“Hablando del rey de Roma”, susurró La Fosse en mi oído, y, movido por las palabras y lo significativo de su mirada, me volví en la silla.
La puerta se abrió, y bajo el dintel se destacó la corpulenta figura del conde de Chatellerault. Ante él un lacayo en mi librea blasonada de rojo y dorado estaba recibiendo, con la espalda doblada obsequiosamente, su sombrero y su capa.
Un repentino silencio cayó sobre la asamblea, donde hace un momento este mismo hombre había sido el tema de nuestra conversación, y quedaron en silencio los ingenios que hacía un instante, habían convertido su nombre y el cortejo en el Languedoc –del que había regresado recientemente con la vergüenza de la derrota– en objeto de risa y burla despiadada. El suspenso se respiró en el aire, ya que habíamos oído decir que Chatellerault tuvo la mala fortuna de ser eliminado de las listas de Cupido, y no esperábamos verlo unirse tan pronto a una mesa en la que, –o al menos de eso me jactaba yo– reinaba el regocijo.
(Rafael Sabatini, Bardelys el magnífico)

El ardiente sol de Siria no había alcanzado aún su punto de mayor elevación en el cruzadohorizonte, cuando un caballero cruzado que había abandonado su lejano hogar, en el Norte, para unirse a la hueste de los Cruzados en Palestina, atravesaba lentamente los arenosos desiertos que rodean al Mar Muerto, llamado también lago Asfaltites, donde las aguas del Jordán se reúnen en un mar interior, que no envía a otro alguno el tributo de sus olas.
El peregrino guerrero había caminado entre rocas y precipicios durante la primera parte de la mañana. Más tarde, saliendo de aquellos roqueños y peligrosos desfiladeros, había salido a la gran llanura en que las ciudades malditas provocaron, en tiempos lejanos, la directa y terrible venganza del Omnipotente.
El viajero olvidó las fatigas, la sed y los peligros de la jornada, al recordar la espantosa catástrofe que había convertido en árido y triste desierto el encantador y fértil valle de Siddim, antes regado y bello como el Paraíso, y reducido hoy a una soledad requemada por los rayos del sol y condenada a eterna esterilidad.
(Walter Scott, El Talismán)

 

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