Ivan Aivazovsky

Ivan Konstantinovich Aivazovsky (29 de julio de 1817 – 2 de mayo de 1900) fue un pintor ruso de estilo romántico. Es considerado el mayor pintor de marinas de la historia.
Estudió en la Academia Imperial de Artes. Viajó por Europa y vivió un tiempo en Italia. A su regreso a Rusia fue nombrado Pintor Mayor de la Marina Rusa. Durante su vida fue auspiciado por el Estado Ruso y tuvo el rango de Consejero Privado (equivalente al de almirante). Anton Chejov popularizó el dicho “valioso como el pincel de Aivazovsky”. Fue famoso también fuera de Rusia y realizó exposiciones exclusivas en Europa y los EE.UU. Durante su carrera que duró 60 años Aivazovsky pintó unos 6.000 cuadros. La gran mayoría de sus obras son marinas, pero también pintó escenas de batallas, temas armenios y retratos.
Entre 1856 y 1857, Aivazovsky trabajó en Paris y fue el primer ruso y el primer no francés en recibir la Legión de Honor. En 1857 viajó a Constantinopla donde recibió la Orden de Medjidie. También se hizo acreedor a la Orden del Redentor griega y la Orden de San Vladimir rusa. 

Ivan_Aivazovsky_-_Storm

Tormenta

Próspero: Espíritu, ¿llevaste a cabo fielmente la tempestad que te mandé?
Ariel: A la letra. A bordo
del navío real, llameaba espanto por la proa, por el puente, por la popa, por todos los camarotes. A veces me dividía, ardiendo por muchos sitios: flameaba en las vergas, el bauprés, el mastelero, y después me unía. El relámpago de Júpiter, heraldo del temible trueno, nunca fue tan raudo e instantáneo. Fuegos y estallidos
del sulfúreo alboroto parecían asediar
al poderoso Neptuno y hacer que temblasen
sus olas altivas, y aun su fiero tridente.
(William Shakespeare, La Tempestad)

Hovhannes_Aivazovsky_-_The_Ninth_Wave_-_Google_Art_Project

La novena ola

Este es el mar
El mar con sus olas propias
Con sus propios sentidos
El mar tratando de romper sus cadenas
Queriendo imitar la eternidad
Queriendo ser pulmón o neblina de pájaros en pena
O el jardín de los astros que pesan en el cielo
Sobre las tinieblas que arrastramos
O que acaso nos arrastran
Cuando vuelan de repente todas las palomas de la luna
Y se hace más oscuro que las encrucijadas de la muerte
(Vicente Huidobro)

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Ola

Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!
Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!
Llevadme por piedad a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!
(Gustavo Adolfo Becquer)

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Tempestad

Huracán, huracán, venir te siento,
Y en tu soplo abrasado
Respiro entusiasmado
Del señor de los aires el aliento.
En las alas del viento suspendido
Vedle rodar por el espacio inmenso,
Silencioso, tremendo, irresistible
En su curso veloz. La tierra en calma
Siniestra; misteriosa,
Contempla con pavor su faz terrible.
¿Al toro no miráis? El suelo escarban,
De insoportable ardor sus pies heridos:
La frente poderosa levantando,
Y en la hinchada nariz fuego aspirando,
Llama la tempestad con sus bramidos.
(José Maria Heredia)

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Arcoiris

No acierto a comprender qué afinidades
hay entre el mar y el pensamiento humano,
entre esas dos augustas majestades
que el abismo contienen y el arcano.
Hondas borrascas, sordas tempestades
conmueven la razón y el océano:
sólo que ruje el mar cuando batalla
y el pensamiento en sus tormentas calla.

¡Venga la tempestad! Cuando resuena
su fragorosa voz, y estalla el rayo,
y el huracán encrespa su melena,
sacude el alma su mortal desmayo.
Entre el horror de la sublime escena
aliento, gozo, a mi placer me explayo.
Después… vuelve la calma abrumadora
y el tedio de la vida me devora.
(Gaspar Núñez de Arce)

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Entre las olas

Oh mar, enorme mar, corazón fiero
De ritmo desigual, corazón malo,
Yo soy mas blanda que ese pobre palo,
Que se pudre en tus ondas prisionero.
Oh mar, dame tu cólera tremenda,
Yo me pasé la vida perdonando,
Porque entendía, mar, yo me fui dando:
(Alfonsina Storni)

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