Tempestad

Tempestad es una tormenta grande, especialmente marina, con vientos de extraordinaria fuerza. Se caracteriza por la lluvia, los relámpagos, truenos y rayos que se producen.

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Albert Marquet, Tempestad en el mar


PRÓSPERO
Mi plan ya se acerca a su culminación.
Mis hechizos no fallan, obedecen mis espíritus y el tiempo avanza derecho con su carga. ¿Qué hora es?
ARIEL
Las seis; la hora, señor, en que dijiste
que cesaría nuestra labor.
PRÓSPERO
Eso dije cuando desaté la tempestad.
Dime, espíritu, ¿cómo están el rey y su séquito?
ARIEL
Agrupados del modo que ordenaras,
tal como los dejaste; todos prisioneros
en el bosque de tilos que resguarda tu celda.
(William Shakespeare, La tempestad)

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Ivan Aivazovsky, Tempestad en la costa rocosa

Extraño es el destino. Y nosotros también somos extraños.
El destino cambió. Y cambiamos con él.
Fue hacia adelante e hicimos lo mismo.
Y develó su rostro y nos sentimos sorprendidos y felices.
Ayer, temíamos al destino y nos quejábamos de él. Hoy, lo amamos y confiamos en él. Y comprendemos sus intenciones y sus secretos y sus misterios.
Ayer, caminábamos, desconfiados, como sombras trémulas en medio de los temores del día y de la noche. Hoy, caminamos con entusiasmo hacia las cumbres de las montañas, donde mora la tempestad y hacen sus nidos el relámpago y el trueno.
(Khalil Gibran, La tempestad)

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George Austustus Williams, Tempestad de nieve

—A principios de 1812—contó Burmín—, me dirigía a toda prisa a Vilna, donde se encontraba nuestro regimiento. Al llegar ya entrada la noche a una estación de postas, mandé enganchar cuanto antes los caballos, cuando de pronto se levantó una terrible ventisca, y el jefe de postas y los cocheros me aconsejaron esperar.
Les hice caso, pero un inexplicable desasosiego se apoderó de mí; parecía como si alguien no parara de empujarme. Mientras tanto la tempestad no amainaba, no pude aguantar más y mandé enganchar de nuevo y me puse en camino en medio de la tormenta. Al cochero se le ocurrió seguir el río, lo que debía acortarnos el viaje en tres verstas. Las orillas estaban cubiertas de nieve: el cochero pasó de largo el lugar donde debíamos retomar el camino, y de este modo nos encontramos en un paraje desconocido. La tormenta no amainaba; vi una lucecita y mandé que nos dirigiéramos hacia ella. Llegamos a una aldea: en la iglesia de
madera había luz. La iglesia estaba abierta, tras la valla se veían varios trineos: por el atrio iba y venía gente.
(Alexandr Pushkin, La tempestad de nieve)

 

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Thomas Cole, La tempestad

¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno,
De tu solemne inspiración henchido,
Al mundo vil y miserable olvido,
Y alzo la frente, de delicia lleno!
¿Dó está el alma cobarde
Que teme tu rugir…? Yo en ti me elevo
Al trono del Señor: oigo en las nubes
El eco de su voz; siento a la tierra
Escucharle y temblar. Ferviente lloro
Desciende por mis pálidas mejillas,
Y su alta majestad trémulo adoro.
(José María Heredia, En una tempestad -fragmento-)

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Giorgione, La tempestad

Había viajado a Venecia en busca de un cuadro que conocía a través de reproducciones
fotográficas y de la profusa bibliografía de los especialistas, que durante décadas o quizá siglos habían aventurado hipótesis sobre su significado. Yo mismo había dilapidado mi juventud en la exégesis de ese cuadro, me había abismado durante años en el enigma de sus figuras y, después de arduas investigaciones y pesquisas, había asestado a la posteridad una especie de mamotreto o tesis doctoral, en el que incorporaba otra interpretación más a las ya existentes. Ese cuadro en el que había depositado mis desvelos se titulaba La tempestad, y lo había pintado Giorgione (si es que Giorgione existió, y no fue un mero aglutinador de espectros, como Homero), en las postrimerías de su existencia, allá por 1505. Quizá resulte superfluo describir la composición de La tempestad, pues  la tradición iconográfica ya se ha encargado de reiterarla hasta el cansancio.
(Juan Manuel de Prada, La tempestad)

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Jeremy Mann, Tempestad en la ciudad

En la dulce magnolia cotidiana
y en el candor de su simplicidad,
han tocado mis dedos muchas veces
la tempestad.

En el agua de espíritus serenos
y piedras en su limpia oscuridad,
he escuchado en las tardes más hermosas
la tempestad.

En el fresno que me abre sus maderas
como un hombre que brinda su bondad,
al ir a reclinarse he presentido
la tempestad.

En los ojos de todas las criaturas;
en toda pequeñez o inmensidad,
ha encontrado mi alma frente a frente
la tempestad.

Vendrá el silencio de absolutas formas;
descenderé a la múltiple unidad,
y todavía escucharé en el polvo
la tempestad.
(Germán Pardo García, Tempestad)

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Claude Joseph Vernet, La tempestad

Recorrí la habitación con la mirada, pero se encontraba vacía. Quizá el hombre de verde había desaparecido aprovechando mi desconcierto. De hecho, ante mis ojos tan sólo aparecían los dos taburetes pequeños y la mesa oscura. Mientras miraba las paredes con la esperanza de ver su silueta recortada contra ellas, recorrí el pedazo de madera basta con las yemas de los dedos y entonces mis dedos chocaron con un objeto. Bajé la vista y descubrí que se trataba de un libro.
—La tempestad —leí en voz alta—. Por William Shakespeare.
Me aferré al volumen con las dos manos, me lo coloqué bajo el brazo y abandoné la estancia con paso apresurado.
(Cesar Vidal, La noche de la tempestad)

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