Medicina

La medicina es la ciencia dedicada al estudio de la salud, de las enfermedades y la forma de curarlas. Los personajes que inmediatamente se asocian con esta ciencia son los médicos y las enfermeras.

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Robert Thom. La medicina en el Antiguo Egipto

–Te he observado, mientras he podido, cuando sacabas la flecha y curabas la herida. Tus manos  son más diestras que las de un guerrero, y yo creo que más importantes.
–Los médicos, no lo olvides, nunca son héroes.
–¿Por qué has elegido ser uno de ellos?
–Quizá porque era un destino más agradable que el de un cargador de piedras sobre cuya espalda cae durante el día el látigo del vigilante. Yo era esclavo en Egipto, no hace de esto más de tres años. Como parecía poseer un don innato para cuidar enfermos, mi amo me mandó a Tebas, a la escuela del Templo, pues sabía que un esclavo formado en las artes de sanar se vendía mucho más caro que el que valía solo para transportar piedras. Para lo cual yo no era muy a propósito, puesto que no soy robusto ni fuerte. Cuando terminé mis estudios, me compró un maestro de obras: él me hacía trabajar en las tumbas de los faraones. Un día, maté a un vigilante que estaba matando, bajo su látigo, a un esclavo. Por milagro pude escapar al desierto. El propietario de un barco que zarpaba hasta Esión Gaber me escondió con la intención de cederme a un caravanero de Babilonia. En aquél país se aprecia mucho a los médicos formados en Egipto.
(Frank Slaughter, La rosa de Jericó)

The Doctor exhibited 1891 by Sir Luke Fildes 1843-1927

Sir Lucas Filder, El doctor

En mis ojos apareció una oscura humedad y sobre el entrecejo pendía una arruga vertical, parecida a un gusano. Por las noches veía, en mis sueños, operaciones sin éxito, costillas desnudas y mis propias manos empapadas en sangre humana; me despertaba pegajoso y frío a pesar de la caliente estufa holandesa.
Visitaba a los pacientes del hospital con paso rápido. Me seguían el enfermero y tres enfermeras. Cada vez que me detenía junto a una cama en la cual, derritiéndose por la fiebre y respirando lastimeramente, yacía enfermo un ser humano, yo exprimía mi cerebro para sacar todo lo que había en él. Mis dedos tanteaban la piel seca y ardiente, examinaba las pupilas, daba golpecitos en las costillas, escuchaba cuán misteriosamente latía el corazón en lo profundo, y tenía un solo pensamiento: ¿cómo salvarle? Y a éste también. ¡Y a éste! ¡A todos!
Era un combate que comenzaba cada día por la mañana, a la pálida luz de la nieve, y terminaba bajo el parpadeo amarillento de una ardiente lámpara de petróleo.
(Mijail Bulgakov, La tormenta de nieve)

 

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Autor desconocido, Enfermera

 Las enfermeras somos especiales, hay que reconocerlo. Y digo especiales por no decir raras. Sí chicos, vosotros enfermeros también.
Tenemos una de las profesiones más bellas del mundo, la cual nos permite ser espectadoras privilegiadas de la vida humana. Pero todo el día entre gente enferma, descifrando escrituras de médicos que pautan tratamientos escribiendo captchas aleatoriamente, trabajando a turnos y en fin de semana, cambiándonos de ropa más veces al día que una vedette y hablando de úlceras necróticas mientras desayunamos, tenía que pasar factura.
Llevamos tantos años en este mundo paranormal que ya no nos afecta sólo en el trabajo, empieza cuando subes al metro para ir a trabajar. Cada uno a su aire, unos leen, otros duermen, otros roban… ¿qué hace una enfermera? pues fijarse en los brazos de la gente para ver el calibre de las venas: «Uhmm… vaya vena, ahí entraba yo con un 18G sin problema. Y mira aquel otro, que pálido, le pinchas un hemograma y queda a deber. Y esa otra, a esa no hay quien le encuentre nada… y encima seguro que son de las que bailan!».
(Enfermera saturada, La vida es suero)

 

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Karl Blossfeldt, En el puesto de auxilio

—Prepara al paciente para la operación, Pelz —dice, dulcemente.
El enfermero le mira, asombrado, sin pronunciar palabra. —¿Con qué piensa operar, señor comandante médico? —pregunta Sellnow, sin ni siquiera tratar de disimular la ironía de su voz.
—Con un cuchillo, naturalmente, Herr Von Sellnow —contesta Böhler, sin desconcertarse.
Sellnow hace un gesto que debe significar: “Está completamente loco.” Después se calma, se acerca al jefe y le pregunta animadamente:
—¿Con qué cuchillo?
Böhler se llevó la mano al bolsillo y saca de él una navaja corriente, de dos hojas, como todos hemos tenido en nuestra juventud.
—Uno de nuestros hombres me lo ha dado —explica, riendo—. Logró sustraerlo a todos los registros de los rusos.
(Heinz Konsalik, El médico de Stalingrado)

 

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Robert Thom, Galeno

Tal vez tú recuerdas todos los argumentos de Denny, y también los míos, sobre
nuestro mísero sistema del médico universal, cómo éste se ve obligado a hacerla todo, es decir, also imposible. La medicina por grupos es la solución, la perfecta solución. Se sitúa entre la medicina del Estado y el esfuerzo individual, aislado. La única razón de que no lo hayamos tenido aquí es que los grandes hombres gustan de tenerlo todo en sus manos. Pero, ¿no sería maravilloso, querida, si nosotros pudiéramos
formar una pequeÍla unidad de acción, cient íficamente y … sí, déjame decirlo, espiritualmente intacta, una especie de fuerza de avanzada que combatiera el prejuicio, derribara los viejos fetiches, iniciara acaso una revolución completa en todo nuestro sistema médico?
(A. J. Cronin, La ciudadela)

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Thomas Eakins, La Clínica Agnew

Bálsamo sacó del bolsillo un frasquito, empapó algunas hilas en el agua que contenía, y rogó al cirujano mayor que aplícase aquello a las arterias.
Este lo verificó con alguna curiosidad, porque era uno de los practicantes más célebres de aquel tiempo, apasionado amante de la ciencia, y no despreciaba ninguno de sus misterios, siendo para él la duda por lo menos peor que la casualidad.
Puso, pues, las hilas sobre la arteria, que se estremeció, empezando a hacer borbotones e impidiendo que pasara la sangre sino gota a gota.
Entonces ató la arteria fácilmente.
Bálsamo alcanzó con aquello un verdadero triunfo, y todos le interrogaron dónde había estudiado y a qué escuela pertenecía.
—Soy un médico alemán de la escuela de Gottinga —dijo—, y soy autor del medicamento cuyos resultados habéis observado. Deseo, no obstante, queridos colegas, que este invento siga oculto algún tiempo, porque temo a la hoguera, y quizá se decidirá el parlamento de París a actuar una vez siquiera por sentir el placer de quemar vivo a un hechicero.
(Alejandro Dumas, Memorias de un médico José Balsamo)

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Autor desconocido, Enfermera cansada

A mí me gustaría que se escribiera sobre la labor de la enfermería, porque la enfermera de hospital
es muy conocida pero a la de atención primaria se le quita toda la importancia, los pacientes conocen muy poco nuestras funciones, muy relevantes en cuanto a prevención y curación. Les pregunto a mis enfermos para qué creen que sirvo y me responden que para ponerles un inyectable, o vacunas, o para curar heridas o hacer extracciones. Sin embargo, yo les informo de que les puedo ayudar si les preocupa cualquier tipo de problemas de pareja, o están pasando un duelo, o quieren dejar de fumar. De normal, puedo ocuparme de estos problemas y, si no encuentro la solución, puedo orientarles y dirigirles hacia el profesional adecuado.

De mis sondeos, sólo un paciente me dijo que los enfermeros de primaria le ofrecíamos más confianza para contar sus problemas porque somos las personas más cercanas, y me sorprendió mucho.
Ésta es una profesión apasionante pero desconocida. Yo siempre he luchado mucho por defenderla pero, no sé por qué, creo que no se quiere potenciar tanto como el estamento médico, donde no paran de crearse puestos de trabajo a pesar de resultar mucho más caros.
(Elizabeth Iborra, Anécdotas de enfermeras)

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