La rosa

–¿Querrían hacer el favor de decirme –empezó Alicia con cierta timidez– por qué están pintando estas rosas?
(Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas)

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Rosa de cristal

Pero un día ya no hubieron más paseos misteriosos, ni se oyó más el tro ni la voz de la Rosa del Dong-Giang. Había contraído una cruel enfermedad, extraña enfermedad inexplicable para todos los médicos del valle. Sus ojos, tan belfos y brillantes, perdieron su esplendor y su delicado organismo parecía haberse roto bajo los efectos de un rudo golpe. La flor se iba marchitando a ojos vista como si hubiese sido trasplantada a otra tierra y a otro clima, o como si un viento gélido le hubiese helado el tallo. Nunca más se la vio salir de su casa; a veces, se la oía sollozar por largo rato. Sin embargo, se sabía que Tay-Shung la adoraba y que no ahorraba esfuerzos para hacerla feliz.
Dos veces llegó la estación de las lluvias a inundar las campiñas; dos veces florecieron las rosas, pero la Rosa del Dong-Giang estaba cada vez más marchita y parecía ya próxima a la muerte irremediable.
(Emilio Salgari, La rosa de Dong Giang)

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Rosa de metal

–En todo Jericó ¡qué digo!, en todo el mundo no existe mujer ni rosa que se pueda comparar contigo, mi bella y dulce –dijo Jasor tomándola en sus brazos –Aunque no fuera rey, me consideraría el hombre más rico del mundo.
. . .
–No quiero luchar contra el mal, Myrnah. Mañana seré coronado rey de Jericó. Entonces veremos exactamente de qué fuerza disponen los que se unen contra mí. –Le tendió a Rajab un pequeño rollo de papiro que traía bajo el brazo–. Tengo aquí algunos poemas de Egipto, mi rosa. Cuando estés lista, podrás leerme alguno minetras yo me preparo para la fiesta.
(Frank Slaughter, La rosa de Jericó)

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Rosas de papel

––“Ha dicho que bailaría conmigo si le llevo rosas rojas” ––exclamaba desolado el joven
estudiante––. “Pero no hay ni una sola rosa roja en todo mi jardín.”

En el encino, desde su nido, oyóle el ruiseñor, y le miró a través del follaje.
“¡Ni una sola rosa roja en todo mi jardín!” ––seguía lamentándose, y sus bellos ojos se llenaron de lágrimas–– “¡Ah!, ¡de qué., cosas tan pequeñas depende la felicidad! Yo he leído todo lo escrito por los sabios, conozco todos los secretos de la filosofía. Y ahora, por la posesión de una rosa roja, siento mi vida destrozada.”
“He aquí, al fin, un verdadero enamorado” ––dijo el ruiseñor––. “Noche tras noche he cantado para él, a pesar de no conocerle: Noche trás noche lo he descrito a las estrellas, y ahora le contemplo. Su cabello es oscuro como la flor del jacinto, y sus labios rojos como la rosa que desea encontrar; pero su ansiedad ha tornado su faz tan pálida como el marfil; y la tristeza le ha dejado su sello en la frente.”
(Oscar Wilde, El ruiseñor y la rosa)

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Rosa de alambre

Al comenzar el año, enviaba a los altos dignatarios, a los príncipes ilustres, sombreros y capas de honor; cuando nombraba un cardenal, le regalaba el correspondiente anillo de oro puro y bien macizo; mas su mayor delicia, en punto a esta liberalidad, consistía en bendecir, antes de las Pascuas, el domingo de Laetare, el domingo de las Rosas, las de oro, cuajadas de piedras ricas, que, montadas en tallos de oro, también, dirigía, con sendas embajadas, a las reinas y otras damas ilustres; a las iglesias predilectas y a las ciudades amigas. Tampoco de los guerreros cristianos se olvidaba, y el buen pastor enviaba a los ilustres caudillos de la fe, estandartes bordados, que ostentaban, con riquísimos destellos de oro, las armas de la Iglesia y las del Papa, la efigie de algún santo.
La única pena que tenía el Papa, a veces, al desprenderse de estas riquezas, de tantas joyas, era el considerar que acaso, acaso, iban a parar a manos indignas, a hombres y mujeres cuyo contacto mancharía la pureza del oro.
¡Las rosas de oro, sobre todo! Cada vez que se separaba de una de estas maravillas del arte florentino, suspiraba pensando que las grandezas de la cuna, el oro de la cuna, no siempre servían para inspirar a los corazones femeniles la pureza del oro.
(Leopoldo Alas, La rosa de oro)

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Rosa transparente

Don Dionís abrió el primer cofrecillo, que apareció atestado de monedas de oro, sartas de perlas, joyeles de diamantes: un tesoro.
– Será custodiado, y lo encontrarás a tu vuelta intacto, ¡oh príncipe! – declaró el ermitaño, apresurándose a ocultar el cofrecillo entre los rudos pliegues de su sayal -. ¿Ves aquella encina? Al pie de ella, donde cae al punto de mediodía la sombra de la rama mayor, enterraré tus riquezas, y como nadie puede sospechar que yo poseo nada, libre estoy de temer a bandidos… Veamos el contenido del segundo cofre.
Resistíase el príncipe a abrirlo; al cabo, pálido, tembloroso, con emoción misteriosa y profunda, hizo jugar una llavecita de oro, y en el fondo de la caja apareció una rosa bermeja, fresca y fragantísima.
– Ella misma – dijo el enamorado, cuyos ojos se humedecieron y cuyo corazón saltó en el pecho con ímpetu mortal -, ella misma, con la divina sangre de sus venas, ha teñido esa rosa, que fue blanca, y me la ha dado en señal de inextinguible cariño.
(Emilia Pardo Bazán, La rosa)

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Rosa tejida

En todo el llano de Hortobágy no había más que un rosal parecido, y este rosal se encontraba en el jardincillo del arrendador de la taberna. Según dicen, un forastero lo trajo en otro tiempo de Bélgica, y aquel rosal era maravilloso, pues florecía durante todo el verano; en pascua de Pentecostés se abrían las primeras rosas, y todavía tarde, en el adviento, continuaban brotando los olorosos capullos. Sus flores eran amarillas, como el oro puro; su perfume se asemejaba más al del noble vino moscatel que al de una rosa, y a muchas personas que lo olieron —¡oh, a muchas!— se les había subido a la cabeza, engatusándoles los sentidos.
Llamaban también “la rosa amarilla” a la muchacha que acostumbraba a coger aquellas rosas, la mayor parte de las veces no para ella.
Tampoco de ella se sabía nada de cómo había venido a la casa del viejo tabernero. Era como algo que hubiese quedado allí olvidado. De este modo permaneció en aquella casa y fue educada, hasta quedar convertida en una linda desenvuelta flor de la llanura.
(Mor Jokai, La rosa amarilla)

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11 comentarios en “La rosa

  1. Muy buenos fragmentos, el de “El ruiseñor y la rosa” me ha llenado de recuerdos, lo tuve que leer en inglés para poder aprobar el cuarto año de idiomas.
    Hermosas esas rosas que elegiste, la de alambre me parece muy original.
    Un abrazo.

  2. Sí, me he percatado de lo que dice Ester, pero si no es mucho preguntar me gustaría saber porqué la obviaste.

  3. Bellísimos trocitos de tu obra, Jeno. Deleitarse en ellos como cuando se acarician los pétalos de una rosa y unos son más suaves que otros, según estén más cerca del corazón.
    Un beso enorme.

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