Puertas

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David Lloyd Glover, La puerta azul

Cabalgaba un día por las afueras y llegó a un camino borrado que se perdía en los pentanos que circundaban a Roma. A la derecha había una antigua tumba romana; a la izquierda, una casa abandonada entre un jardín de siemprevivas. Ese camino lo condujo a un campo de ruinas, en cuyo centro, en el declive de una colina, vio una puerta abierta y, no lejos, un solitario pino atrofiado, no mayor que un arbusto. El sitio era desierto y secreto; el conde presintió que algo favorable acechaba en la soledad; ató el caballo al pino, encendió la luz con el yesquero y penetró en la colina. La puerta daba a un corredor de construcción romana; este corredor, a unos veinte pasos, se bifurcaba. El conde tomó por la derecha y llegó tanteando en la oscuridad a una especie de barrera, que iba de un muro a otro.
(Robert Louis Stevenson, La puerta y el pino)

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John Howe, Las puertas del Valhalla

“De cualquier modo, has de permanecer aquí hasta que el Guardián de las Puertas del Valhalla te diga cómo debes proceder. ¡Adiós, guerrero, y que el Triunfo te acompañe adonde quiera que vayas! Nunca dejes huír al valor, porque ése ha sido y será el corcel que más rápido y lejos te conducirá” Koll se despidió de la bella dama. La valkiria espoleó a su montura y cabalgó hasta convertirse en un punto lejano y por último desaparecer, quizá en busca de otros guerreros valientes a punto de abandonar la vida terrenal.
El vikingo quedóse mirando el muro infinito, hipnotizado por los detallados y hermosos relieves que lo adornaban.
De pronto, aquellos dibujos se movieron, culebreando como con vida propia. El metal se deshizo y fluyó tal que un líquido, dibujando frente a Koll un portal gigantesco cuyos lados medirían, tal vez, más de trescientos pies. Dos puertas de un extraño metal plateado cerraban la entrada.
Una de las hojas se abrió, sin producir sonido alguno, y Koll atisbó por la estrecha abertura el interior del Valhalla…
(Andrés Díaz Sánchez, Las puertas del Valhalla)

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Thomas Kinkade, La puerta del verano

Los inviernos de Connecticut sólo son adecuados para las tarjetas de Navidad; aquel invierno, Pet observaba regularmente su propia puerta, negándose a salir debido a aquella desagradable sustancia blanca que había en el exterior (no era ningún tonto), y luego me hostigaba para que abriese una de las puertas para personas. Estaba convencido de que al menos una debía conducir a un tiempo de verano. Eso significaba que en cada ocasión tenía que ir con él a cada una de las once puertas, mantenerla abierta hasta que sé convenciera de que también allí era invierno, y luego pasar a la puerta siguiente mientras sus críticas a mi mala administración crecían en acritud con cada decepción.
Luego permanecía en el interior hasta que la presión hidráulica materialmente le obligaba a salir. Cuando regresaba, el hielo de sus patas resonaba como zuecos sobre el suelo de madera, y me miraba y se negaba a ronronear hasta que se lo había arrancado todo…, después de lo cual me perdonaba hasta la próxima ocasión.
Pero nunca abandonó su búsqueda de la Puerta al Verano.
(Robert A. Heinlein, Puerta al verano)

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Veronica Surovtseva

Para él, esa puerta era una puerta verdadera que se abría en una pared real hacia tangibles maravillas. Apareció en su vida tempranamente, cuando era un chicuelo de cinco o seis años. Nunca olvidaré el tono lento y grave con que me describió esta aparición:
-Una enredadera de flores rojizas recubría el muros y la nota carmesí de las flores que dominaba la caliza blancura domina también en mi recuerdo, donde queda la certidumbre de que la puerta era de color verde y de que había ante ella una acera salpicada de anchas hojas de castaño recién caídas y amarilleadas ya por el otoño. Este pormenor me indica que mi primera visión fue en octubre: todos los años observo los castaños y no hay error posible. Debía tener entonces cinco anos y cuatro meses … También estoy seguro.
(H. G. Wells, La puerta en el muro)

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RogierB, La puerta oculta

–Sí, era muy ambicioso. Quería que la magia recuperara su antiguo esplendor y para ello buscaba que los magos transitaran de un mundo a otro, pues esa transición no sólo cura cualquier enfermedad del cuerpo, excepto el desgaste propio de la edad, sino que multiplica por diez el poder de cualquier mago. O por cien. Con esa idea en la mente, mi abuelo reunió a doce de los magos que más respeto le habían demostrado y les contó cuál era su propósito. Añadió que era muy posible que fracasara en su empeño y que todo quedara en nada. Sin embargo, ¿y si conseguía abrir la Gran Puerta y moría tras conseguirlo? ¿O conseguía abrir el camino de ida pero no lograba volver? Necesitaba testigos, alguien que supiera dónde estaba la puerta. Y si tenía éxito, otros podrían seguir sus pasos.
(Orson Scott Card, La puerta oculta)

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Felix Valloton, La puerta

A la caída de la tarde llegó al final de su viaje. Se detuvo delante de un muro resquebrajado, roto por algunos sitios, en el que parecía colgada la puerta de la casa del doctor Stalletti. Un sendero cubierto de hierba conducía a la miserable vivienda, que parecía glorificar el título del cottage. Dick, recordando que algunos de sus amigos poseían cottages que eran verdaderas mansiones, creyó que éste del doctor Stalletti sería igualmente un verdadero palacio.
No había timbre ni llamador en la puerta. Después de golpear en ella repetidas veces, y al cabo de cinco minutos, oyó los pasos confusos de unos pies calzados con zapatillas y el chirrido de una cadena de seguridad. Al fin, la puerta se abrió solamente unos milímetros.
Acostumbrado a los espectáculos más inverosímiles, Dick examinó la cara del hombre que asomaba por tan limitado espacio. Un rostro largo, amarillento, cruzado por innumerables arrugas, como una manzana vieja; una barba negra que medio cubría el chaleco de su propietario; una gorra grasienta; unos ojos negros de maligna mirada… Estas fueron las primeras impresiones obtenidas por Dick.
(Edgar Wallace, La puerta de las siete cerraduras)

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Sam Sidders, La puerta abierta

Prácticamente no existía ningún sitio en donde no hubiera algo de madera, que además en
Misiones es uno de los principales elementos empleados en la construcción. Por eso tampoco en la calle se salvaba: los golpecitos se repetían a su paso en las paredes de las casas de madera, en los cercos de madera de las casas de ladrillos, en las puertas de madera de los galpones de chapa. Madera. Había demasiada madera en el mundo.

(Claudia De Bella, La puerta abierta)

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Los embajadores venecianos en la Puerta de Damasco

Cuatro grandes puertas tiene la ciudad de Damasco… Mister Parker Pyne repitió en voz baja los versos de Flecker:
«Puerta del destino, puerta del desierto, caverna del desastre, fuerte del temor.
Portal de Bagdad soy, la entrada de Diar-bekir.»
Se encontraba en las calles de Damasco y, arrimado al Hotel Oriental, vio uno de los grandes autocares de seis ruedas que, a la mañana siguiente, saldría para llevarle con otras once personas hasta Bagdad, a través del desierto.
(Agatha Christie, La puerta de Bagdad)

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