Jack London

jack-londonJohn Griffith “Jack” London (12 de enero de 1876 – 22 de noviembre de 1916) fue un novelista, periodista y activista social estadounidense. Fue uno de los primeros escritores de ficción en conseguir celebridad y fortuna con sus obras de ficción.
Sus obras más famosas incluyen El llamado de la selva, Una odisea del norte y Amor a la vida. También escribió acerca del Pacífico del Sur en historias como The Perls of Parlay y The Heathen, y acerca de la Bahía de San Francisco en Cuentos de la patrulla pesquera y El lobo del mar.
London formó parte del grupo literario radical llamado “The Crowd” en San Francisco y un apasionado defensor de la sindicalización, el socialismo y los derechos de los trabajadores. Escribió varias obras tratando de esos temas, tal como la novela distópica El talón de hierro.

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James E. Buttersworth, Goleta en mar gruesa

En aquel momento, uno de los cazadores, un muchacho alto y espigado, llamado Henderson, se dirigía a popa, yendo desde la bodega (nombre con que jocosamente designan los cazadores la parte central del barco donde duermen) a la cabina. Wolf Larsen estaba en la toldilla fumando el sempiterno cigarro.
-¡Ahí viene! ¡Agárrate bien! -gritó el cocinero.
Me detuve, porque no sabía qué era lo que venía, y vi la puerta de la cocina cerrarse con estrépito. Después vi a Henderson saltar como un loco hacía el aparejo mayor subiendo por la parte interior, hasta que estuvo unos cuantos pies más alto que mi cabeza. Vi también una ola enorme retorcida y cubierta de espuma suspendida por encima de la barandilla. Me hallaba directamente bajo ella. Todo era tan nuevo y extraño que mirando no lo advertía con rapidez. Comprendí que me encontraba en peligro, y eso fue todo. Estaba sin movimiento, atemorizado. Entonces, Wolf Larsen gritó desde la toldilla:
-¡Agárrate, tú! ¡Tú, Hump! (El lobo del mar)

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Robert Koehler, La huelga

-¿Y el periódico?
-Sí, señor, lo trajeron; pero es lo único, y es la última vez también. Mañana no habrá periódicos. Lo dice el periódico. ¿Quiere que mande a por leche condensada?
Moví la cabeza negativamente, acepté el café solo y abrí el periódico. Los titulares lo explicaban todo…, demasiado incluso, porque los extremos de pesimismo a que llegaba el periódico resultaban ridículos. Una huelga general, decía, había sido convocada a lo largo y ancho de los Estados Unidos, manifestando a la vez los presagios más alarmistas en cuanto al aprovisionamiento de las grandes ciudades.
Leí rápidamente y por encima mientras recordaba muchos de los problemas laborales del pasado. Durante una generación, la huelga general había sido el sueño de las organizaciones laborales, un sueño que había surgido originariamente de la mente de Debs, uno de los grandes líderes sindicales de hacía treinta años. Recordé cómo en mis años jóvenes había escrito un artículo sobre el tema para una revista de la Universidad y que titulé «El sueño de Debs». Pero debo aclarar que traté la idea con precaución y de manera académica, como un sueño nada más. El tiempo y el mundo había seguido su curso. Gompers y la American Federation of Labor habían desaparecido, y lo mismo había ocurrido con Debs y todas sus descabelladas ideas revolucionarias; sin embargo, el sueño había persistido, y aquí estaba al fin convertido en realidad. Pero, conforme leía, no pude menos de reírme de la visión pesimista del periódico. Mi opinión era otra. Había visto derrotadas a las organizaciones sindicales en demasiados conflictos. El asunto se solucionaría en pocos días. Esto era una huelga nacional, y el Gobierno no tardaría mucho en acabar con ella. (La huelga general)

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Robert Thingan, Goleta en la Bahía de San Francisco


Las aguas de la Bahía de San Francisco contienen todo género de peces; por eso surcan su superficie las quillas de todo género de pesqueros, tripulados por todo género de pescadores. Para proteger a los peces contra esta abigarrada población flotante se han promulgado muchas leyes acertadas y existe una patrulla pesquera que se encarga de que esas leyes se cumplan.
Entre los más atrevidos de esos pescadores cabe incluir a los camaroneros chinos. Los camarones tienen la costumbre de deslizarse por el fondo en grandes ejércitos hasta llegar al agua dulce, donde se dan la vuelta y regresan deslizándose a la salada. Y cuando la marea se vacía y refluye, los chinos echan al fondo grandes redes con la boca abierta en las que van metiéndose los camarones y de las cuales pasan a la olla.
Esto no tendría nada de malo en sí de no ser por lo tupida que es la malla de las redes, tan tupida que por ella no pueden salirse los pececitos más pequeños, los recién nacidos que no miden ni medio centímetro de largo. las preciosas playas de las Puntas de San Pedro y San Pablo, donde están las aldeas de los camaroneros, se convierten en algo terrible debido a la peste de miríadas de pescaditos en putrefacción, y desde siempre la patrulla pesquera tiene por función actuar contra esta destrucción inútil.
Cuando yo era un muchacho de 18 años, buen tripulante de balandra y buen conocedor de las aguas de la bahía, la Comisión de Pesca contrató mi balandra el Reno, y a mí me hicieron patrullero adjunto. Después de mucho trabajo con los pescadores griegos de la Bahía Alta y de los ríos, donde salían a relucir los cuchillos en cuanto había un problema, y donde los hombres no se dejaban llevar presos hasta que se les metía el revólver en la cabeza, nos sentimos encantados de que nos enviaran de expedición contra los camaroneros chinos. (Cuentos de la patrulla pesquera)

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William Brassey Hole, Pilatos interrogando a Jesús

-Oh, Lodbrog, Él está por encima todo, más allá de toda descripción. Al mirarle uno ve en Él la bondad y la compasión. Le he visto. Le he escuchado. Daré todo lo que poseo a los pobres y le seguiré.
Estaba tan convencida que tuve que aceptarlo, como había aceptado la fe de los leprosos de Samaria cuando se miraban la piel libre de llagas; pero me dolía ver cómo ese vagabundo milagrero había logrado engañar a una mujer como Miriam.
-Síguele -añadí con sorna-. Sin duda portarás una corona cuando llegue su reino.
Asintió sonriendo; en ese mismo instante le habría abofeteado. Me hice a un lado, y mientras avanzaba murmuró:
-Su reino no está aquí. Es el Hijo de David. Es el Hijo de Dios. Es todo lo que Él ha dicho ser, y todo lo que se ha dicho sobre Él.
-Un sabio de oriente -rió Pilatos entre dientes-. Es todo un pensador, este pesca-dor analfabeto. He averiguado más sobre él, tengo noticias frescas. N siquiera necesita hacer milagros, es más sofisticado que todo eso. Le han puesto todo tipo de trampas y él se ha reído de ellas. Escucha esto.
Y me contó cómo Jesús había confundido a los que intentaban ponerle en evidencia cuando le llevaron a una mujer culpable de adulterio para que la juzgara.
-Y en cuanto a los impuestos -se regocijó Pilatos-, “al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios”, les res¬pondió. Ésa era la trampa de Anás, y Anás se quedó sin palabras. Por fin ha aparecido un judío que comprende la concepción romana del Estado. (El vagabundo de las estrellas)

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Alfredo Rodríguez, Oro

-Iván, te prohíbo que sigas adelante con esta empresa. Ni una palabra de esto o estamos perdidos. Si se enteran los americanos o los ingleses de que tenemos oro en estas montañas, nos arruinarán. Nos invadirán a miles y nos acorralarán contra la pared hasta la muerte.
Así hablaba el viejo gobernador ruso de Sitka, Baranov, en 1804 a uno de sus cazadores eslavos que acababa de sacar de su bolsillo un puñado de pepitas de oro. Baranov, comerciante de pieles y autócrata, comprendía demasiado bien y temía la llegada de los recios e indomables buscadores de oro de estirpe anglosajona. Por tanto, se calló la noticia, igual que los gobernadores que le sucedieron, de manera que cuando los Estados Unidos compraron Alaska en 1867, la compraron por sus pieles y pescado, sin pensar en los tesoros que ocultaba. (La quimera del oro)

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