Jan Potocki

Giambattista-Lampi-Jan-Potocki-with-the-pyramides-1804Jan Potocki (8 de marzo de 1761 – 23 de diciembre de 1815) fue un noble polaco, capitán de ingenieros del ejército polaco, etnólogo, egiptólogo, lingüista, viajero, aventurero y escritor. En Polonia es un personaje legendario, en Occidente es conocido principalmente por su novela El manuscrito encontrado en Zaragoza.
Fue educado en Ginebra y en Lausana, sirvió en el Ejército Polaco y en la Orden de los Caballeros de Malta. Viajó por Europa, Asia y el Norte de África. En 1870 fue el primer polaco en ascender en un globo aerostático con el aeronauta Jean-Pierre Blanchard. Vivió un tiempo en Francia, simpatizando con los jacobinos, regresó a Polonia y se dedicó a la política, publicando periódicos y panfletos proponiendo algunas reformas. Fue cortesano en Prusia y estadista en Rusia.
Su buena situación económica le permitió viajar por Europa, el Mediterráneo y Asia, visitando Italia, Malta, Holanda, Alemania, Francia, Inglaterra, Rusia, los Balcanes, el Cáucaso, España, Tunez, Marruecos, Egipto y Mongolia. El relato de sus viajes lo convirtieron en uno de los primeros autores de libros de viajes de la era moderna.
Entre sus obras de viajes se cuentan Viaje a las estepas de Astracán y el Cáucaso, Viaje a Turquía y Egipto y Viaje al Imperio de Marruecos.

zaragozaEl conde de Olavídez no había establecido aún colonias de extranjeros en Sierra Morena; esta elevada cadena que separa Andalucía de la Mancha no estaba entonces habitada sino por contrabandistas, por bandidos, y por algunos gitanos que tenían fama de comer a los viajeros que habían asesinado. De allí el refrán español: Devoran a los hombres las gitanas de Sierra Morena.
Yeso no es todo. Al viajero que se aventuraba en aquella salvaje comarca también lo asaltaban, se decía, infinidad de terrores muy capaces de helar la sangre en las venas del más esforzado. Oía voces plañideras mezclarse al ruido de los torrentes y a los silbidos de la tempestad; destellos
engañadores lo extraviaban, manos invisibles lo empujaban hacia abismos sin fondo.
A decir verdad, no faltaban algunas ventas o posadas dispersas en aquella ruta desastrosa, pero los aparecidos, más diablos que los venteros mismos, los habían forzado a cederles el lugar y a retirarse a comarcas donde no les fuera turbado el reposo sino por los reproches de su conciencia, fantasmas estos con los cuales los venteros suelen entrar en componendas; el del mesón de Andújar invocaba al apóstol Santiago de Compostela para atestiguar la verdad de sus relatos maravillosos; agregaba, por último, que los arqueros de la Santa Hermandad se habían negado a responsabilizarse de ninguna expedición por Sierra Morena, y que los viajeros tomaban la ruta de Jaén o la de Extremadura.
Le respondí que esa opción podía convenir a viajeros ordinarios, pero que habiéndome el rey, don Felipe Quinto, concedido la gracia de honrarme con una comisión de capitán en las guardias valonas, las leyes sagradas del honor me prescribían presentarme en Madrid por el camino más
corto, sin preguntarme si era el más peligroso.
(Jan Potocki, El manuscrito encontrado en Zaragoza)

astrakan15 de mayo de 1797.- Las torres doradas de Moscú se pierden en una lejanía azulada. ¡Adiós, Europa librada a las turbulencias! Me voy a descansar en la tranquila y apacible Asia. Hoy quiero imitar a los orientales, para los cuales la primera jornada de la caravana es siempre la más corta. Solo prometo una cosa al lector: no cerrar los ojos. Todo lo que tenga ocasión de ver, lo contaré. Añadiré a veces observaciones que, me gusta suponerlo, no serán mal recibidas, ni siquiera por los hombres instruidos; porque no las he hecho de paso, sino en un tiempo en que creía todavía que toda verdad sobre la historia del hombre o de la naturaleza era tan importante que había que sacrificarle de buen grado el propio reposo y el propio placer.
(Jan Potocki, Viaje a las estepas de Astracán y del Cáucaso)

tetuán

Tetuán

2 de julio.- Me desperté viendo Tetuán. Esta ciudad está situada a una legua del mar, en un paraje en el que la cadena del pequeño Atlas se abre y deja ver valles más pequeños y risueños. Aquella lejanía estaba iluminada mientras que las montañas que bordean la costa, aun en sombras, ofrecían un aspecto más sombrío y salvaje. ¿Es todavía una relación lo que escribo? No, pero cedo al sentimiento expansivo que experimentan los viajeros; y como escribiera un clásico: “no se querría ver el más bello paisaje del mundo si no hubiera nadie a quien decirle, mira que bello paisaje”. Si alguna vez publico este diario, será porque habré cedido a ese mismo sentimiento.
(Jan Potocki, Viaje al Imperio de Marruecos)

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