Mijail Bulgakov

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Estatua de Bulgakov en Kiev

Mijail Afanasievich Bulgakov (15 de mayo de 1891 – 10 de marzo de 1940) fue un escritor ruso, dramaturgo y médico, activo durante la primera mitad del siglo XX. Es conocido especialmente por su novela El maestro y Margarita, considerada una obra maestra.
Entre sus obras de teatro se cuentan Los días de las turbinas, La cábala de los hipócritas y Batum.
Bulgakov comenzó a escribir prosa con La guardia Blanca (1924) acerca de la Guerra Civil, desde el punto de vista de la familia de un oficial del Ejército Blanco en Kiev. Admirador de H.G. Wells, incluyó elementos de ciencia ficción en Los huevos fatídicos y en Corazón de perro.
Su trabajo como médico rural entre los años 1916 y 1918 le sirvió de base para sus relatos reunidos en Apuntes de un joven médico.
En 1928 Bulgakov comenzó a escribir El maestro y Margarita, novela que se desarrolla en dos planos, uno describe las incidencias de una visita que hace Satanás a Moscú y otro sigue el juicio realizado a Jesucristo en Jerusalén, tema de la novela que escribe el Maestro.
Bulgakov quemó su manuscrito en 1930, pero comenzó a reescribirla de memoria en 1930. Censurada y expurgada, la novela salió publicada por primera vez en 1966 en Moscú. En 1973 se publicó la primera versión completa pero en 1989, basándose en todos los manuscritos disponibles, Lidia Yanovskaya preparó una edición definitiva.

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Personajes de El maestro y Margarita

A la hora de más calor de una puesta de sol primaveral en «Los Estanques del Patriarca» aparecieron dos ciudadanos. El primero, de unos cuarenta años, vestido con un traje gris de verano, era pequeño, moreno, bien alimentado y calvo. Tenía en la mano un sombrero aceptable en forma de bollo, y decoraban su cara, cuidadosamente afeitada, un par de gafas extraordinariamente grandes, de montura de concha negra. El otro, un joven ancho de hombros, algo pelirrojo y desgreñado, con una gorra de cuadros echada hacia atrás, vestía camisa de cow boy, un pantalón blanco arrugado como un higo y alpargatas negras. El primero era nada menos que Mijaíl Alexándrovich Berlioz , redactor de una voluminosa revista literaria y presidente de la dirección de una de las más importantes asociaciones moscovitas de literatos, que llevaba el nombre compuesto de MASSOLIT ; y el joven que le acompañaba era el poeta Iván Nikoláyevich Ponirev, que escribía con el seudónimo de Desamparado.
Al llegar a la sombra de unos tilos apenas verdes, los escritores se lanzaron hacia una caseta llamativamente pintada donde se leía: «Cervezas y refrescos».
Ah, sí, es preciso señalar la primera particularidad de esta siniestra tarde de mayo. No había un alma junto a la caseta, ni en todo el bulevar, paralelo a la Málaya Brónnaya. A esa hora, cuando parecía que no había fuerzas ni para respirar, cuando el sol, después de haber caldeado Moscú, se derrumbaba en un vaho seco detrás de la Sadóvaya, nadie pasaba bajo los tilos, nadie se sentaba en un banco: el bulevar estaba desierto.
(Mijail Bulgakov, El maestro y Margarita)

huevosVladimir Ipatievich Persikov, profesor de Zoología en la Universidad del Cuarto Estado y director del Instituto Zoológico de Moscú, entró en su oficina de este último, situado en la Gran Nikitskaya, la tarde del día 16 de abril de 1928. El profesor encendió la deslucida lámpara central y miró en torno suyo.
Tenía cincuenta y ocho años. Su cabeza, de respetable tamaño, era alargada y calva, aunque lucía algunos mechones de cabello amarillento a los lados. En su faz imberbe, destacaba un labio inferior protuberante que le daba una expresión de constante fastidio. Sobre su roja nariz cabalgaban anticuados anteojos de delgada montura de plata. Tenía los ojos pequeños y brillantes. Era alto, de espaldas algo encorvadas, y al hablar solía elevar su ronca voz. Entre sus otras características se encontraba su costumbre de, cada vez que hablaba de algo con mucho énfasis y convencimiento, levantar el dedo índice de la mano derecha doblado como un anzuelo, al tiempo que torcía los ojos ostensiblemente. Y dado que siempre hablaba con seguridad, por su fenomenal erudición en el campo de su especialidad, el anzuelo aparecía con frecuencia ante los ojos de sus oyentes. Pero a los asuntos que estaban fuera de su campo (o sea la zoología, la embriología, la anatomía, la botánica y la geografía), les dedicaba más bien escaso interés y rara vez se molestaba en hablar de ellos.
(Mijail Bulgakov, Los huevos fatídicos)

--Sobache-serdtse---M.-Bulgakov-190x300¡WUU, WUHU, WUHUHUHU, HUUUU! Mírenme, me estoy muriendo. La tormenta llega hasta el portal, gritándome su plegaria de los agonizantes y yo grito al mismo tiempo. Se terminó. Estoy acabado. Un bribón con gorra mugrienta —el cocinero de la cantina de empleados del Consejo Central de Economía Nacional— me quemó el costado izquierdo. ¡Basura! ¡Y a eso lo llaman un proletario! ¡Dios mío, cuánto me duele! Me quemó hasta los huesos. Y ahora chillo, chillo. Pero, ¿qué gano con chillar?
¿Qué le había hecho yo? Por remover algunos desperdicios no se hubiera arruinado el Consejo de Economía Nacional. ¡Roñoso! ¿Le vieron la facha, a ese incorruptible? Es más ancho que alto. Ah, los hombres, los hombres… A mediodía tuve derecho a mi ración de agua hirviendo; ahora es casi de noche, deben ser las cuatro de la tarde, a juzgar por el olor a cebolla que viene del cuartel de bomberos de la Prechistienka. Como ustedes saben, en la cena los bomberos comen kacha; además es kacha de la peor especie, parece hongo. A propósito de hongos, unos perros amigos míos me dijeron que era el plato del día en el restaurant Bar, en la Neglinaia: hongos con salsa picante a 3 rublos 75 kopecks la porción. Bueno, para quienes les guste… Yo, todavía prefiero lamer un zapato viejo.
(Mijail Bulgakov, Corazón de perro)

doctor.Así pues, me quedé solo. Me rodeaban las tinieblas del mes de noviembre mezcladas con torbellinos de nieve que había cubierto la casa; la chimenea aullaba. Yo había pasado los veinticuatro años de mi vida en una gran ciudad y pensaba que la tormenta aulla solamente en las novelas. Pero resultó que también en la realidad aulla la tormenta. Aquí las veladas son extraordinariamente largas; la lámpara, bajo su pantalla verde, se reflejaba en la ventana negra y yo soñaba despierto, mientras miraba la mancha que brillaba a mi izquierda. Soñaba con la ciudad del distrito, que se encontraba a cuarenta verstas de distancia. Tenía grandes deseos de escaparme de mi hospital para ir allí. Allí había electricidad, cuatro médicos a quienes podía consultar, y en todo caso no era tan terrible. Pero no había posibilidad alguna de escapar y, por momentos, yo mismo comprendía que aquello no era más que cobardía. Después de todo, justamente para eso había estudiado en la facultad de medicina…
«… ¿Y si trajeran a una mujer con complicaciones de parto? ¿O, supongamos, a un enfermo con la hernia estrangulada? ¿Qué haría yo en ese caso? Aconsejadme, por favor. Hace cuarenta y ocho días que terminé la facultad con sobresaliente, pero el sobresaliente es una cosa y la hernia otra. En una ocasión vi cómo un profesor realizaba una operación de hernia estrangulada. El operaba y yo estaba sentado en el anfiteatro. Eso fue todo…»
Cada vez que pensaba en la hernia, un escalofrío me recorría la columna vertebral. Cada noche, después de tomar el té, me sentaba en una misma postura: bajo mi brazo izquierdo, estaban todos los manuales de cirugía obstétrica, y encima de ellos, el pequeño Doderlein. A la derecha, unos diez tomos diversos de cirugía práctica, ilustrados. Yo me lamentaba, fumaba, tomaba un té negro y frío…
(Mijail Bulgakov, Apuntes de un joven médico)

El maestro y Margarita ha sido llevada al cine, la televisión, el teatro, la animación y la novela gráfica, de manera que puede ser apreciada de la manera que cada uno encuentre de su gusto además de, por supuesto, la lectura de la novela.

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Master i Margarita (2005) — Obra teatral en Perm —  Novela gráfica de Tanaev

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