El antifaz veneciano

venetian masqueVendramin venía acompañado de un joven caballero llamado Nani, sobrino del Proveditor de las Lagunas, y se abrió camino sin ceremonia en el pequeño grupo des cuale Marc-Antoine formaba parte. De este grupo uno o dos lo evitaron inmediatamente en cuanto se acercó. Vendramin no era una persona  buscada especialmente por todos los caballeros venecianos. El joven Balbi y el mayor Andrea Sanfermo, con los cuales había Marc-Antoine había desarrollado en los últimos meses una cierta amistad, si no es que una amistad real, se mantuvieron en su sitio, pero con aire reticente.
Vendramin lanzó un cordial saludo a todos, y se inclinó para besar la mano de la Vicomtesse, que continuaba sentada.
Mientras se enderezaba, sus ojos sonrientes se encontraron con los de Marc-Antoine.
-¡Ah, monsieur l’Anglais! Usted también está aquí. Todavía permanece en Venecia. Amenaza con una residencia permanente.
El encanto de Venecia es una buena justificación. Pero no me gusta la palabra “amenaza”, yo no soy una amenaza, Ser Leonardo.
No una grave. -No -dijo Vendramin, en un tono que llamó la atención-. ‘Y puedo comprender que dichos encantos deben ser un hechizo potente para una persona acostumbrada a un bárbaro país del norte.
Se produjo un pequeño revuelo. Pero Marc-Antoine, aunque desconcertado, siguió sonriendo.
¡Ay, sí! Somos bárbaros allá arriba. Así es que venimos a Venecia para mejorar nuestros modales; para estudiar la elegancia en el comportamiento y las cortesías del lenguaje.
El mayor Sanfermo se echó a reír ante el astuto golpe, y algunos rieron con él, esperando que así terminaría el asunto.
‘Entonces viene a buscar lo imposible; a pedir higos a los cardos.
Marc-Antoine ya no podía tener dudas acerca del propósito de Vendramin, por poco que entendiera sus razones. Pero, imperturbable, soslayó la inquieta mirada de advertencia de Sanfermo,
-Nos juzga con severidad, Ser Leonardo. Posiblemente no habrá conocido muchos ingleses.’
-Más de los deseables. Lo he conocido a usted.
‘Ya veo. Como se dice ex uno omnes’. Ningún tono o manera podría haber sido más amable. “Pero es un mal razonamiento suponer que los defectos encontrados en un pobre inglés, son comunes a todos sus compatriotas. Incluso si usted hubiera sido el único veneciano que he conocido, dudaría en creer que todos los venecianos son groseros, mal educados, estúpidos y vulgares”.
Se hizo un súbito silencio. Vendramin palideció.
Bruscamente se sacudió de la mano de la Vicomtesse, que se había levantado alarmada.
-Eso es suficiente, creo yo. Nadie puede esperar que soporte tanto. Mi amigo aquí, Messer Nani, tendrá el honor de encontrarlo en su alojamiento.
Marc-Antoine mostró una inocente sorpresa. ‘¿Con qué propósito?’
Se produjo un bullicio, ya que la mayoría de los ocupantes de la antesala habían sido atraídos al lugar. La Vicomtesse rogaba a Sanfermo que interviniera, implorando a Nani que no hiciera caso a su amigo.
Vendramin, empujando a los que le rodeaban, se hizo escuchar. ‘¿Me pregunta con qué propósito? Usted sabrá, supongo, incluso en Inglaterra, lo que significa una satisfacción entre caballeros “.
‘Ya veo. -Ya veo -dijo Marc-Antoine, con el aire de alguien que por fin ha comprendido.
Perdone mi estupidez. El problema son nuestros diferentes códigos. No sé lo que puedo haber hecho para buscar esta provocación. Pero sé que hay ciertas circunstancias que me parece harían imposible honrar un encuentro entre nosotros. Eso sería ciertamente imposible en la Inglaterra bárbara. Y aún ahora apenas puedo creer que así es como se pagan las deudas en Venecia.
¿Pagar nuestras deudas? ¿Qué demonios quiere decir?
-Oh, ¿pero es posible que no haya sido claro?
Seguía siendo la esencia de la urbanidad, y parecía absolutamente tranquilo. Cuidadosamente sacudió una mota de sus lazos mientras hablaba. Pero bajo esa serenidad se agitaba la crueldad.
Había demasiadas razones por las que él mismo no pudo tomar el camino fácil de provocar a Vendramin. Pero puesto que el tonto se entregaba así a las manos de Marc-Antoine, tendría una completa satisfacción. Marc-Antoine no le perdonaría nada. Lo humillaría hasta el polvo, quitaría la elegante capa de los hombros de ese detestable individuo y dejaría al descubierto las úlceras que cubría.
-Debo ser más claro, entonces. En los últimos tres meses, Vendramin, me ha pedido prestadas varias sumas que ascienden a unos mil ducados. No me conviene entonces que cancele la deuda matándome. Tampoco me conviene perder mi dinero matándole. Ningún hombre de honor me obligaría a exponer el asunto con tanta claridad.
El rostro de Vendramin se volvió plomizo. Fue un golpe cobarde y despreciable que no esperaba.
Se sacudió de Nani y la Vicomtesse, que lo sostenían, pero se inmovilizó al oír la vibrante exclamación del Mayor Sanfermo.
¡Tiene razón, por Dios! Ningún hombre de honor lo haría.
-Mi asunto es con este inglés, mayor Sanfermo; Este cobarde que esconde detrás de sus ducados.
Pero Marc-Antoine ya no disimuló más. Su malvado propósito se había logrado.  Para Vendramin ahora sólo había ojos despreciativos y murmullos hostiles.
‘¡Oh! Si se trata de mi valor,  eso es otro asunto, con ducados o sin ducados.
Se inclinó ante Nani. -Tendré el honor de recibirlo, señor.
Pero el brillo de satisfacción que apareció en los ojos de Vendramin, se apagó al escuchar la inesperada respuesta de Nani.
No llevaré mensajes para Messer Vendramin.
-Tampoco lo hará ningún otro caballero veneciano -añadió el mayor Sanfermo-.

(Rafael Sabatini, El antifaz veneciano)

Rafael Sabatini (29 de abril de 1875 – 13 de febrero de 1950) fue un escritor inglés de origen italiano. Conocido mundialmente por sus aclamadas novelas de aventuras, entre las cuales destacan Scaramouche, El capitán Blood, Bardelys el magnífico, Bellarión y El antifaz veneciano.

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