Las botas viejas

boots—¡Bravo, D’Hevrais!, su oratoria es tan fluida como su prosa —alabó Petia—. El hecho es que no existe ningún Dios, sino la materia y unos principios básicos de moralidad. Le aconsejo que desarrolle sus ideas y escriba un artículo para la Revue Parisienne: es un tema excelente.

—Para escribir un buen artículo no hace falta ningún tema —afirmó el francés—. Basta con escribir bien.
—Eso es un absurdo —se indignó McLoughlin—. Sin un tema, ni un equilibrista de la palabra como usted podría hacer algo bueno.
—Señáleme cualquier tema que se le ocurra, el más trivial, y yo escribiré un artículo que mi periódico estará encantado de publicar. —D’Hevrais alargó la mano—. ¿Se apuesta usted algo? Mi silla de montar española contra sus gemelos Zeig.
Estalló una excitación general.
—¡Apuesto doscientos rublos por D’Hevrais! —anunció Soboliev.
—¿Cualquier tema que se me ocurra? —repitió lentamente el irlandés—. Cualquiera, ¿no es eso?
—Sí, señor, cualquiera. Incluso sobre la mosca que acaba de posarse en el bigote del coronel Lukan.

El rumano se sacudió apresuradamente el bigote y anunció: —Apuesto trescientos rublos por monsieur McLoughlin. ¿Qué tema señala?
—De acuerdo, pues escriba sobre sus botas viejas. —McLoughlin apuntó con el dedo las polvorientas botas de lona del francés—. Intente escribir un artículo que los lectores parisinos lean y que los haga entusiasmarse.
Soboliev levantó rápidamente las manos.
—Antes de que cierren la apuesta yo retiro la mía. ¡Unas botas viejas no, es demasiado!
Finalmente, las apuestas en favor del irlandés sumaron mil rublos, mientras que nadie quiso arriesgar su dinero por el francés.

. . .

Revue Parisienne (París)
18 (6) de julio de 1877 Charles D’Hevrais

LAS BOTAS VIEJAS. APUNTES DESDE EL FRENTE
Su piel se ha cuarteado y ahora está tan tierna como los labios de un caballo. No se puede aparecer en sociedad con botas como éstas. Pero yo no lo hago: las botas tienen otro uso.Me las cosió hace diez años un viejo judío de Sofía. Las cobró caras, diez rublos, pero me dijo: «Señor, yo llevaré mucho tiempo en tierra, bajo las malvas, y usted seguirá calzando estas botas y recordando a Isaac con buenas palabras.»No había pasado un año cuando, durante las excavaciones de una ciudad asiría en Mesopotamia, se rompió el tacón de la bota izquierda. Tuve que regresar solo al campamento. Caminé cojeando por la arena abrasadora, maldiciendo al viejo estafador de Sofía con las palabras más groseras y jurando que quemaría las botas en una hoguera.Mis colegas, unos arqueólogos británicos, no pudieron llegar al lugar de las excavaciones: fueron atacados por los jinetes del bey Rifat, al que los cristianos tienen por el mismo hijo de Satanás, y fueron degollados sin excepción. Yo no quemé las botas; puse un tacón nuevo y encargué unas pequeñas herraduras de plata.En 1873, en el mes de mayo, camino de Jiva, mi guía Asaf decidió apoderarse de mi reloj, mi fusil y mi caballo negro, Alfanje. Por la noche, cuando dormía en mi tienda de campaña, el guía introdujo en mi bota izquierda una víbora venenosa de mordedura letal. Pero la bota en ese momento pedía a gritos un remiendo y la víbora escapó por un agujero y volvió al desierto. Por la mañana, el mismo Asaf me confesó lo que había hecho porque veía en lo ocurrido la intervención de Alá.Medio año más tarde, el barco Adrianópolis encalló en un bajío del golfo Termaico. Yo logré alcanzar a nado la orilla, que estaba a dos leguas y media de distancia. Las botas me arrastraban hacia el fondo del mar, pero no me las quité. Me dije que, si lo hacía, sería como una capitulación y no lograría llegar a tierra. Las botas me ayudaron a no rendirme. Fui el único en alcanzar la orilla. Los demás pasajeros se ahogaron.Ahora estoy en el frente de batalla. La muerte nos acecha cada día. Pero estoy tranquilo. Me calzo mis botas, que en estos diez años han cambiado del color negro al pardo, y me siento bajo los disparos como si calzara unas zapatillas de baile encima de un parquet resplandeciente.Nunca dejo que mi caballo pise las malvas del suelo: ¿y si hubieran crecido sobre la tumba de Isaac?
(Boris Akunin, Gambito turco)

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Idus de marzo

El día de los Idus de marzo del año 44 a.C. muere asesinado por sus enemigos políticos, Cayo Julio César, político y militar romano que jugó un papel fundamental en los hechos que condujeron finalmente al término de la República Romana y la formación del Imperio Romano.

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John Gilbert, ilustración para “Julio César”

ADIVINO. — ¡César! 
CÉSAR. — ¡Eh! ¿Quién llama?
CASCA. — ¡Que cese todo ruido! ¡Silencio de nuevo!
CÉSAR. — ¿Quién de entre la muchedumbre me ha llamado? Oigo una voz, más vibrante que toda la música, gritar: «¡César!» Habla; César te escucha.
ADIVINO, — ¡Cuídate de los idus de marzo!
CÉSAR. — ¿Quién es ese hombre?
BRUTO. — Un adivino, que dice que te cuides de los idus de marzo.
CÉSAR. — Tráiganle ante mí, quiero verle.
CASIO. — Amigo, sal de entre la muchedumbre; mira a César.
CÉSAR. — ¿Qué quieres decirme? Habla.
ADIVINO. — ¡cuídate de los idus de marzo!
(William Shakespeare, Julio César)

la muerte de cesar vincenzo camuccini

Vincenzo Camuccini, La muerte de César

Casca fue el primero que le hirió con un puñal junto al cuello; pero la herida que le hizo no fue mortal ni profunda, turbado, como era natural, en el principio de un empeño como era aquél; de manera que, volviéndose César, le cogió y detuvo el puñal, y a un mismo tiempo exclamaron ambos: el ofendido, en latín: “Malvado Casca, ¿qué haces?” y el ofensor, en griego, a su hermano: “Hermano, auxilio”. Como éste fuese el principio, a los que ningún antecedente tenían les causó gran sorpresa y pasmo lo que estaba pasando, sin atreverse ni a huir ni a defenderlo, ni siquiera a articular palabra.
(Plutarco, Vidas paralelas)

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C.L. Doughty, La muerte de Julio César

Mientras tomaba asiento, los conspiradores se congregaron a su alrededor como para presentar sus respetos, y acto seguido, Tillius Cimber, que había asumido el mando, se acercó como para preguntar algo; y cuando César, con un gesto, lo apartó para otro momento, Cimber tomó su toga por ambos hombros; entonces, cuando César gritó: “¡Vaya, esto es violencia!” uno de los Cascas lo apuñaló por un lado justo debajo de la garganta. César tomó el brazo de Casca y lo atravesó con su stilus, pero cuando trató de levantarse, fue detenido por otra herida. Cuando vio que estaba rodeado de dagas por todos lados, se tapó la cabeza con la toga y al mismo tiempo se inclinó sobre la mano izquierda para caer más decentemente, quedando la parte inferior de su cuerpo así cubierta.
(Suetonio, Vida de Julio César)

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Escuela española, siglo XIX, El asesinato de Julio César

Así murió Cayo César en los idus de marzo, que coinciden casi con la mitad del mes griego Antesterion, a cuyo día el adivino predijo que no debería sobrevivir. César, bromeando, le dijo a primera hora de la mañana: “Bueno, los Idus han llegado”, y el último, nada intimidado, respondió: “Pero no se han ido”. Despreciando tales profecías, pronunciadas con tanta confianza por el adivino y otros prodigios que he mencionado anteriormente, César siguió su camino y encontró su muerte, teniendo cincuenta y seis años de edad, un hombre muy afortunado en todas las cosas, sobrehumano, de grandes destinos, y que podría ser comparado con Alejandro.
(Apiano, Las guerras civiles)

 

Otoño

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Alezander Volkov, Otoño

Otoño. Día a día el jardín se marchita.
Y las hojas amarillas son juguete del viento.
Solo a lo lejos brillan, en el fondo del valle,
los racimos rojizos, marchitos, del serbal.

En mi corazón hay dicha y tormento
acaricio tus manos, sin decir palabra,
y en silencio te miro, mientras corren mis lágrimas,
sin poder decir cuánto te quiero.
(Alexei Tolstoi)

leonid afremov otoño

Leonid Afremov, Niebla de otoño

En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta,
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

Busco unas manos,
una presencia, un cuerpo,
lo que rompe los muros
y hace nacer las formas embriagadas,
un roce, un son, un giro, un ala apenas;
busco dentro mí,
huesos, violines intocados,
vértebras delicadas y sombrías,
labios que sueñan labios,
manos que sueñan pájaros…

Y algo que no se sabe y dice «nunca»
cae del cielo,
de ti, mi Dios y mi adversario.
(Octavio Paz)

otoño pablo burchard

Pablo Burchard, Otoño

Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran

ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda

aprovechemos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza
porque el futuro se nos vuelve escarcha
(Mario Benedetti)

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Marc Barrie, Otoño dorado

Las hojas del otoño flotan sobre tu brisa
y caen en el estanque solitario del alma.
Un dolor de ser otros parece que nos pesa
como unas rotas alas.
(Acaso nunca el hombre es él mismo.) Escuchamos
la voz honda del tiempo, la palabra
del tiempo que en los labios cobrizos del otoño
pone su dejo antiguo, su amarillez, y pasa.

Escuchamos el tiempo pasar: es un rebaño
invisible que pisa por la hierba mojada;
es una larga ronda de vientos tañedores
entre las flautas rojas de las ramas;

es una herida queja de líquidos metales
por fugitivos corazones de agua.
Escuchamos el tiempo y apretamos los párpados
y sentimos el tiempo en nuestras lágrimas.

El otoño que arde con su lumbre de gloria
presta a las cosas luz misteriosa y dorada;
toda la tierra tiene una triste hermosura
como una dulce evocación de infancia.

También otoño el corazón nos dora
y sus hondos paisajes nos enciende en el alma
y nos sentimos tiempo transitando, fundida
nuestra amarilla cera en las hermosas brasas.

Caminamos pisando un corazón de hojas.
Pisando lentamente una esperanza.
Y miramos al cielo. Y abatimos la frente.
Y decimos: -Mañana.
(Leopoldo de Luis)

 

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Keishu Takeuchi, Brocado de otoño

Lluvias frías
hasta el mono quisiera
un abrigo de paja

¿Con qué voz cantarás
y qué canto araña
en la brisa del otoño?

El sonido de la campana
se expande en la bruma
del alba

Dios está ausente
las hojas muertas se amontonan
todo está desierto

Nada dice
en el canto de la cigarra
que su fin está cerca
(Bashö)

jiang zhong el rio lijiang en otoño

Jiang Zhong, El rio Lijiang en otoño

Pocos visitantes atraviesan esta puerta.
Frente a las gradas crecen numerosos
pinos y bambúes,
la pared oriental resguarda del aire del otoño.
Por el patio occidental sopla la brisa fresca.
Aunque tengo un arpa
no tengo ganas de tañerla.
Tengo libros, pero
me falta tiempo para leer.
Todo el santo día, en esta región
de una pulgada cuadrada [el corazón],
solo existe la tranquilidad
y la ausencia de pasión.
¿Por qué habría de agrandar
mi casa?
No tiene sentido hablar mucho.
Una habitación mediana
es suficiente para el cuerpo;
dos tazones de arroz
bastan para el estómago.
¿Por qué habría de estar descontento?
(Bai Juyi)

john atkinson grimshaw

John Atkinson Grimshaw, Sentimientos de otoño

El otoño incipiente del amor agonizante
En secreto admiro los matices dorados
Del otoño incipiente, del amor en agonía.
Las ramas diáfanas, la alameda vacía,
En la oscuridad palideciente, flameante, derretiente
Se oculta la calma, la belleza, la pureza.

Las hojas, suspirando, bajo el viento que les acaricia,
Se van rodando serenamente y se alejan
(Los pensamientos sobre el pasado en la visión adulante).
Vivir y no vivir: está bien y no se siente ninguna pena.
La hoz afilada, cortando indolorosamente,
Oprime en el alma la exaltación y la tristeza.

El sol brillante sin la rebeldía de antes,
La lluvia como las gotas del rocío que fluyen
(Lánguidas caricias sin la rebeldía de antes),
El olor de las rosas en los jardines, terminando de florecer.
En el corazón: el manantial de la ternura calmada,
La felicidad sin celos, la pasión sin amenazas.

¡Bienvenidos los días celestes, otoñales,
El dorado de los tilos y de los álamos púrpura!
¡Bienvenidos los días, anteriores a la despedida, otoñales!
¡La aureola, que corona los días luminosos, pálida!
¡Los días de las palabras sin expresar y los instantes
De la apacible docilidad de los corazones fundidos!
(Valery Briúsov)

Tiempo de Arena

arenaDesde el infierno llega al Seminario, en un avernolito, la princesa rusa. Todos leen el libro a hurtadillas en las horas de estudio, bajo la tapa de los bancos. La perversa mujer se adueña del patio de los filósofos y viola a los mozalbetes conciliares, dejándolos exhaustos, inflamados los ojos y los órganos genitales. Las violentas sesiones de la orgásmica princesa, introduciéndose archiduques, capitanes de la guardia, mujiks, popes de barba hirsuta, prodúcenle a Emilio tan violenta conmoción que rompe todos los diques y se masturba tantas veces como coitos ocurren en el antológico libro. Cómo le remuerde la conciencia después de aquellas vivencias solitarias y colectivas, se halla a merced de un huracán que no puede resistir. El terrible mal que invade el Seminario termina por ser detectado, el confesionario descubre con rapidez las orgiásticas sesiones de los evolutivos sátiros y el Rector inicia, sin piedad, un violento operativo sobre bancos, baúles y colchones con el ávido concurso de policiales teólogos y presbíteros. Hay que erradicar para siempre a la satánica mujer. Los textos y sus copias manuscritas son quemados simbólicamente en el Patio de los Filósofos. Cada padre es advertido acerca de la ruina moral que amenaza al hijo acusado de tener relaciones con la princesa.
Haciendo pucheros, desconsolada, doña Lucía no puede creer en la degeneración del inocente hijo, tanta santidad, tantas misas con la toalla como casulla, tanta piedad cuando reza sus oraciones, “¿se lo contará al capitán?. Siente la obligación de hacerlo cuando descubre una pequeña libreta negra-diccionario erótico en la que Emilio describe con lujo de detalles el significado de una serie de ideas y actos fundamentales aprendidos de la perversa rusa. El capitán lo abofetea. En Alemania, jamás un muchacho de doce años ha penetrado tan doctamente en el campo de la semántica erótica. Al severo marino le pasa fugazmente por la cabeza la idea de que el mestizaje sajón latino ha resultado fatal, es solamente una idea que tortura durante algún tiempo. Cuando Emilio abandona el Seminario para ingresar a la Escuela Naval, deja su ejemplar de la princesa rusa escondido bajo una baldosa del Patio de los Filósofos. La fabulosa hembra sigue apareciéndose en las noches de insomnio a los muchachos púberes que continúan jugando al pecado y a la confesión. Los santos présbíteros terminan integrándola a la liturgia, en los confesionarios oyen el sabroso relato cada mañana antes de la comunión.
El terremoto de enero de 1939 destruye el Seminario de Concepción, la capilla gótica francesa y el Patio de los Filósofos. Uno de los tonsurados confidenció al Prebendado Rector, que en medio del terrible fragor del bamboleo y posterior derrumbe se oyó la voz de una mujer que gritaba, poseída del demonio. “Eso es absolutamente falso –intervino el inocente maestro de capilla— jamás mujer alguna entró al “Patio de los Filósofos”.
(Julio Aldebarán, Tiempo de arena)