El autor y el personaje

Un cuento de Nino Guareschi. 

dumas

Cuando uno se imagina las innumerables prepotencias que el autor puede concentrar, si así se le antoja, en el héroe de su novela, es como para asustarse.
El autor puede hacer con él todo lo que le dé la gana. Según su capricho, puede hacerlo morir lo mismo en el primer capítulo que en el último, puede prestarle sentimientos que no correspondan ni poco ni mucho con sus condiciones físicas — esto es, dar un carácter de hombre sanguíneo a un hombre de temperamento linfático o nervioso, y viceversa—, puede hacerle llorar, reir, ponerse enfermo, volverse loco o enamorarse a su gusto.
Él es, en resumen, como un pequeño Dios para su personaje.
Puede hacer que se enamore de la muchacha que a él le plazca como autor, aunque no le gusta al héroe. Si quiere puede incluso hacerlo enamorar de una vieja.
Nada más fácil, pues no tiene más que escribir: “Ramberto levantó los ojos lentamente y miró sonriendo a la vieja. De pronto tuvo la sensación de que un dulcísimo sentimiento nacía en él. Amaba…”
¿Qué cuesta escribir una cosa así? Y ya tenemos al pobre Ramberto enamorado locamente de una anciana. Ya lo tenemos suspirando por la vieja y soñando con la vieja. Y todo porque el autor, en un momento de maldad pura, lo ha escrito así.
No sé si he expresado claramente mi idea.
Yo, por ejemplo, conocía a un escritor que era, sin duda alguna, la maldad personificada. Él, en el fondo, odiaba a los héroes de sus novelas. Era un hombre pequeño y, por decirlo así, medio jorobado, y se divertía creando unos personajes hermosos, robustos, con unos hombros cuadrados, con un pecho fuerte y unas mandíbulas poderosas, para darse después el gusto de hundirles en el mayor de los desprestigios. Hacía que unos piratas chinos los ataran y los amordazaran o hacía que se enamorasen de mujeres bellas y fatales que se burlaban de ellos en sus propias barbas. Luego, como si no tuviera bastante con todo esto, los hacía morir miserablemente en el último capítulo.
Una vez creó un magnífico tipo de héroe, un hermoso joven que. después de haber hecho todos los oficios —marinero, contrabandista, jugador profesional, maestro de boxeo, profesor de baile, etc., etc. — se enamoraba perdidamente de una muchacha rubia con los ojos azules como el mar o cualquier cosa de este género y, después de muchos esfuerzos que se iban dilatando hasta el fin de la novela para conquistarla, no sólo no lo conseguía, sino que caía en las aguas profundas de un pequeño lago insignificante y se hundía como un plomo ahogándose miserablemente.
El héroe en cuestión se llamaba Carlos Pantera, si mal no recuerdo, y tenía apenas treinta años en el momento de su muerte.
Habían transcurrido unos seis meses desde la aparición de la novela y el autor ya no pensaba ni siquiera en ella cuando alguien llamó un día a su puerta.
El escritor fue a abrir y se encontró cara a cara con un joven alto y robusto, con la cara bronceada por el sol de los trópicos y de facciones enérgicas.
—Buenos días — dijo el joven entrando.
—Buenos días — contestó el escritor —. A ¿ qué debo el honor de esta visita ?
El joven sonrió malignamente.
—Yo — dijo — soy Carlos Pantera.
El escritor también sonrió.
—Comprendo — repuso—. Un caso curioso de homonimia. Usted se llama, por una rara casualidad, precisamente como uno de los héroes de mis novelas y ha venido a protestar… Son cosas que pueden ocurrir y que…,
—No — dijo el joven, resueltamente.
—¿ Cómo?
El extraño visitante miró a su alrededor con circunspección, después cerró la puerta detrás de sí, dió algunos pasos por la habitación y se sentó.
—Yo — afirmó — soy verdaderamente Carlos Pantera, el protagonista de su última novela.
Una pausa llena de signos interrogantes y de exclamación.
—Como puede usted ver — añadió después de un momento de silencio —, no estoy muerto.
El escritor se sobresaltó.
—Sin embargo — exclamó —, yo le he hecho ahogar en el lago de Thub. ¡Lo recuerdo muy bien!…
¡Ah, ah! repuso el joven. Se lo ha creído, ¿eh? Usted es un cretino.
—¡Caballero! intentó protestar el escritor.
—¡ Es usted un cretino y un bandido! Se ha olvidado usted de que en mi juventud me hizo ser marinero del “María Adelaida”, y se ha olvidado sencillamente de que los marineros, por regla general, saben nadar como peces. Y yo, efectivamente, me he salvado nadando.
Se frotó enérgicamente las manos y prosiguió:
—No sólo nado y he logrado salvarme, sino que después de haberme librado de su influencia, porque usted me creía muerto y ya no se ocupaba de mí, he ido a buscar a la muchacha rubia de los ojos azules como el mar, y ella, libre también de la influencia de usted, me ha dado el sí. Y hace quince días que nos hemos casado.
– Pero en este caso — quiso protestar el novelista— mi libro acaba estúpidamente.
—Para usted tal vez, pero no para mí. Y además, no me importa nada que su novela acabe o no estúpidamente. Lo importante es que yo estoy vivo y soy feliz.
—¿Y ahora qué piensa usted hacer?
—Por el momento he venido a decirle a usted cuatro palabritas.
Se frotó otra vez las manos, se puso de pie y se acercó a la puerta.
—¿ Qué va usted a hacer ? — gritó el escritor, asustado.
—Le voy a enseñar de una vez para siempre a hacer que se ahoguen las personas decentes —dijo tranquilamente el joven, cerrando la puerta con llave y guardándose la llave en el bolsillo.
Lo que sucedió en la estancia del escritor yo no lo sé. Sé únicamente que desde aquel día no describió más héroes altos y robustos. Sus personajes fueron en lo sucesivo siempre pequeños y con los hombros más bien estrechos.
Yo, en cambio, soy bueno. Hubiera podido hacer acabar mal a mi héroe, pero no he querido. Hubiera podido, ¿qué sé yo?, hacerlo asesinar, convirtiendo así mi libro en una novela policíaca. Hubiera podido hacer que se casara con Cecilia en vez de casarlo con Isabel. No he querido hacerlo. Me he puesto en su lugar y he obrado en consecuencia. No he querido abusar de mi poder.
Se cuenta una célebre anécdota de Alejandro Dumas, según la cual un día fue sorprendido por su hijo mientras estaba sollozando desesperadamente.
—¿Qué te ocurre, papá ?
—Cállate. Piensa que acabo de cometer un gran delito.
—Pero ¿qué ha hecho?
—He hecho morir al grande, al noble, al valeroso Porthos.
Y no podía calmarse.
Y ahora digo yo, ¿era verdaderamente necesario hacer morir a Porthos? Porthos era bueno, creía todas las historias que le contaban D’Artagnan y Aramis y quería bien a todos. ¿Por qué, pues, hacerlo morir? ¿Y por qué dejar vivir, en cambio, a Aramis que era malo? Yo, si hubiera sido Dumas, habría salvado de la muerte al buen gigante y lo habría hecho retirarse a la vida privada en sus posesiones de Pierrefond, le habría hecho obtener el título de duque que él deseaba tanto y lo habría hecho vivir hasta los cien años, feliz y contento.
¡Abajo Dumas!

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3 comentarios en “El autor y el personaje

  1. Muy buen cuento.
    Entra el tema de la autonomía de los personajes. En ´principio, se puede hacer que cualquier cosa con los personajes, o casi cualquier cosa. Luego esa capacidad se va reduciendo. Un personaje que sabe nada no se ahogará tan fácilmente. Y una mujer rubia puede ser que esté dispuesta a dar el sí a otro personaje.
    Claro que el escritor puede escribir lo que se encapriche, pero lo que escriba puede ser fallido, inverosimil.
    Saludos

  2. Hay casos en que el personaje se convierte en un problema para el autor. Ahí tenemos el caso de Sherlock Holmes, por ejemplo, Conan Doyle lo mató, pero posteriormente debió “resucitarlo” a pesar suyo.

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