Kiyoshi Nakajima

Kiyoshi Nakajima  es un pintor e ilustrador japonés nacido en Manchuria en 1943. Estudió arte en Paris. El critico de arte Susumo Abe lo apodó “el pintor del viento”. En 1987 ganó el Premio de la International Children’s Book Exhibition, también es famoso por su ilustración de La Historia de Genji. Entre sus obras se cuenta una serie limitada de xilografías mostrando jovencitas con aire melancólico.

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Dominó

 

dominoEs una costumbre, una tradición, según el Pelao Silva. Claro que eso es una exageración, es verdad que la costumbre tiene ya dos años de antigüedad, pero adjudicarle categoría de tradición es demasiado, no para el Pelao, en todo caso, dada su tendencia a exagerar.
La cuestión es que en algún momento, yo todavía no entraba a la empresa, se generó entre los de la oficina la costumbre de concurrir, todos los viernes a la salida del trabajo, a Club de la esquina. Por supuesto que el Club tenía nombre, el que ya no recuerdo, pero como estaba en una esquina, así era llamado, hasta por los que trabajaban allí.
Bueno, así es que todos los viernes, sagradamente, nos vamos a la salida de la pega con rumbo al Club, donde los mozos, al vernos entrar, ponen sobre una mesa la caja del dominó y una botella de vino, para empezar, primero hay que limpiar las gargantas. Cualquiera sabe que para jugar dominó lo mejor es un vaso de vino, no creo que sea posible jugar mientras se toma refresco, nosotros nunca lo hemos intentado ni lo intentaremos jamás.
Pedimos siempre una parrillada, sin apuro, porque mientras llega jugamos algunas partidas de dominó, en invierno en el interior del recinto, cuando el clima mejora, en un patio interior, bajo una enramada de madreselvas, ya sea que estén o no en flor.
Una vez terminada la parrillada y vaciadas la botellas de rigor, pedimos la cuenta, dividimos por cuatro y cada uno para su casa. Hasta el lunes.
Como en ningún paraíso puede faltar una serpiente, un día sucedió que el Feo Astudillo nos salió con un chiste.
–¡No me lo van creer! –dijo, poniendo cara de consternación–. Se me quedó la billetera en la casa, cúbranme ustedes y el lunes les pago.
Bueno, a cualquiera le pasa, dividimos entre tres y pagamos.
El lunes le cobramos pero justo al venirse al trabajo la señora le había pedido plata para no se qué cosa y se había quedado sin ni uno.
Le echamos los garabatos correspondientes pero al final decidimos que por esa vez, lo dejábamos ahí no más, no íbamos a ser más pobres por un par de lucas, y total, amigos son amigos.
La cuestión se puso rara cuando al viernes siguiente, a la hora de pagar, el Feo nos salió con otro pretexto. Esta vez tenía la billetera, pero no tenía plata, la señora cargó de nuevo con la culpa, ya fuera cierto o no. Esta vez sí que lo subimos y lo bajamos, pero la cuenta había que pagarla, así es que de nuevo dividimos por tres.
La tercera vez nos sacó los choros del canasto y decidimos, después de pagar de nuevo dividido por tres, que había que eliminar al Feo del grupo, no podíamos seguir soportando su frescura, el sinvergüenza ya ni siquiera se molestó en poner cara de afligido.
El lunes se encontró con la ley del hielo, no le dimos ni los buenos días. Para todo lo que había que decirle, indispensablemente, sacábamos una hoja del taco y se lo dábamos anotado, y eso duró la semana.
Llegó el viernes y nos enfrentamos a la situación, ¿tendríamos que ir al Club sin el Feo, sabiendo que jugar dominó entre tres no funciona?
–Miren –dijo de pronto el Pato Rojas, con cara de iluminado–. Vamos los cuatro como siempre, los amigos son los amigos de todas maneras.
–¡No, no! –gritamos el Pelao y yo–. ¿Y hasta cuando vamos a seguir financiando a este bolsero?
–Tranquilos –nos respondió el Pato–. Confíen en el maestro.
Y confiando le dijimos al Feo: –ya, hombre, vamos al Club como siempre. Y con una sonrisa más falsa que billete de tres lucas, partimos como de costumbre.
Una vez en el Club, la verdad es que yo no estaba muy contento, y el Pelao se notaba que tampoco, pero el Pato nos dijo: –tranquilos, confíen, déjenme a mi.
Así, nos dedicamos a jugar con el entusiasmo de siempre. Lo que sí no pude dejar de notar es que el Pato estaba demasiado atento con el Feo, le llenaba el vaso a cada rato, y estimulaba al Feo a vaciarlo: –¡vamos hombre, toma nomás, no te preocupes, ¿no somos amigos?
Después de pagar la cuenta, dividida por tres, salimos del Club. Al Feo, cocido como guagua, lo tuvimos que sacar arrastrando.
Ante nuestra sorpresa, el Pato llamó un taxi y nos hizo subir a todos, y acallando nuestras protestas, le dijo al taxista que nos llevara a la Estación de trenes.
No sabemos qué irá a decirnos el Feo Astudillo cuando regrese a la pega, si seguiremos siendo amigos ni qué será de la costumbre del Club. Pero los otros tres compartimos un sentimiento, no haber podido verle la cara cuando despertara de la cura. Porque lo que hicimos en la Estación fue sentar al Feo en un vagón de tercera, en el tren que estaba saliendo, con un boleto a Copiapó prendido con un alfiler en la solapa.

La carta

Man_with_wax_tabletLa carta es un mensaje escrito dirigido por una persona, llamada emisor, a otra, llamada receptor, referente a un tema que concierne a ambos. La cartas tienen como objeto mantener una comunicación en cualquiera de las relaciones que los humanos sostienen entre sí, ya sean sentimentales, literarias, comerciales, intelectuales, científicas, gubernamentales, militares, etc. Las cartas se conocen desde la antigüedad en la India, Egipto, Sumeria, China, Grecia y Roma. El material en que han sido escritas es muy diverso, incluyendo tabletas de arcilla, tablillas de madera encerada, papiro, pergamino, láminas de plomo y papel. Las cartas ya son mencionadas por Homero y por Heródoto.

Pero, al aparecer por décima vez la Aurora, la de rosáceos dedos, lo interrogó y quiso ver las tablillas que de su yerno Preto le traía. Y una vez leída la funesta carta, ordenó a Belerofonte que primero que todo matara a la ineluctable Quimera.
(Homero, La Ilíada)

Entonces Darío escribió una carta a Megabazos, a quién había dejado al mando de su ejército en Tracia
(Heródoto, Historia)

mail-boxesEn tiempos pasados existieron manuales que enseñaban a escribir cartas, convirtiéndolas a veces en un verdadero arte que involucraba la gramática y la retórica.
Siendo la carta un medio físico, el tiempo necesario para que la carta llegue a su destinatario estaba condicionado por la velocidad del medio de transporte utilizado, un mensajero a pie, un jinete, un medio terrestre, o uno marítimo o aéreo.
Los avances tecnológicos ha cambiado la importancia de la carta como medio de comunicación. El desarrollo del telégrafo redujo el tiempo y al mismo tiempo ajustó al mínimo el número de palabras necesarias para expresar el mensaje. Posteriormente el email cambió radicalmente la forma y el tiempo necesarios para comunicar y responder a una comunicación.

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Gianni Strino

 

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Vladimir Volegov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

The Letter

Laura Knight

 

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Nakajima Kiyoshi

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George Goodwin Kilburne

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Domenico Induno

Piano

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Vladimir Volegov, Piano

El 4 de mayo de 1655 nació Bartolomeo Cristofori di Francesco, un fabricante italiano de  instrumentos musicales. Trabajó para Fernando de Medici, amante y benefactor de la música en el ducado de Toscana.
Cristofori es considerado el inventor del piano. A fines del siglo XVII Cristofori había inventado dos instrumentos de teclado, un “spinettone” (gran espineta) y un “claviciterio” (clavicordio vertical).
Por 1698 Cristofori ya estaba trabajando en un piano. En un inventario de los Medici de 1700 aparece una entrada referente a un instrumento de Cristofori: “Un Arpicembalo de Bartolomeo Cristofori, de nueva invención, que produce el tono suave (piano) y el fuerte (forte) con un par de cuerdas que suenan al unísono”.
El nombre de “Arpicembalo” no prosperó y el instrumento se hizo conocido como “pianoforte” o “piano”.
Se desconoce el número de pianos que fabricó Cristofori, pero sobreviven tres. Los pianos de Cristofori eran de estructura liviana, carecían de un marco de metal y su sonido no era especialmente fuerte. No fue hasta 1820 cuando se introdujo el hierro en la construcción. En un principio la construcción de un piano era tan costosa que solo eran accesibles a las clases altas. Cuando se pudieron construir pianos mas baratos se popularizaron rapidamente.

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Theodore Clement Steele, Joven al piano

-Y ahora, querida, tócanos algo -dijo Iván Petróvich a su hija.
Levantaron la tapa del piano de cola, abrieron el libro de notas que ya estaba preparado para el caso. Ekaterina Ivánovna se sentó y con ambas manos golpeó las teclas y seguidamente dio otro golpe con todas sus fuerzas. Los golpes se sucedieron uno tras otro, los hombros y los pechos de la muchacha se estremecían, golpeaba con obstinación siempre en las mismas teclas y parecía que no iba a parar hasta que estas no se hundieran en el piano.
(Anton Chejov, Iónich)

 

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Theodore Robinson, Joven al piano

–Tenemos piano, Kitty lo toca. Cierto que no es muy bueno, pero nos complacerá mucho oírla a usted –dijo la Princesa con una sonrisa forzada, tanto más desagradable a Kitty cuanto que advirtió que Vareñka no tenía ganas de cantar.
No obstante, la joven acudió por la tarde llevando algunas piezas de música. La Princesa invitó también a María Evgenievna y su hija y al coronel.
Vareñka, indiferente por completo a que hubiese gente que no conocía, se acercó al piano. No sabía acompañarse, pero leía las notas muy bien. Kitty, que tocaba el piano a la perfección, la acompañaba.
–Tiene usted un talento extraordinario de cantante –afirmó la Princesa, después que la muchacha hubo cantado de un modo admirable la primera pieza.
(Lev Tolstoi, Ana Karenina)

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Childe Hassam, Preludio

Pero Fanny se incorporó a medias en su silla y dijo, con voz débil y ahogada:
—¡Canta otra cosa!
El piano enmudeció súbitamente porque Scarlett había quedado abrumada de sorpresa y turbación. Luego, apresuradamente, entonó los primeros acordes de Guerrera gris; pero se interrumpió, emitiendo una nota falsa, al recordar que también aquella canción era muy dolorosa. El piano volvió a guardar silencio y Scarlett quedó desconcertada. No recordaba aire alguno que no hablase de muerte, despedida y tristeza.
Rhett se levantó ágilmente, depositó a Wade en el regazo de Fanny y entró en el salón. —Toque Mi viejo Kentucky —sugirió en voz baja.
(Margaret Mitchell, Lo que el viento se llevó)

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Pierre Renoir, Joven al piano

El Coronel seguía absorto en su periódico. Mrs. Devine seguía sentada con sus regordetas manos sobre su regazo, y si estaba despierta o dormida, nadie habría podido decirlo. La dama que era prima de un baronet, había corrido su silla junto a la estufa, los ojos fijos en su sempiterno ganchillo. La lánguida Miss Devine se había acercado al piano y allí se sentó pulsando débilmente las desafinadas teclas, dando la espalda a la apenas amueblada habitación.
(Jerome K. Jerome, Contado después de la cena)

 

 

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William Merritt Chase, Lección de piano

 

Mercy estaba sentada al lado de su alumna, escuchando la titubeante música que la jovencita intentaba extraer del viejo piano, en el aula de la escuela de música. Escuchaba, mientras su oído preparado y agudo notaba cada discordancia, pero con sus pensamientos llevando un rumbo distinto.
(Pearl S. Buck, Las tres hijas de madame Liang)

 

 

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Childe Hassam, Al piano

Encima del piano estaban abiertas algunas de las obras musicales favoritas de Odette: el Vals de las Rosas y Pobre loco, de Tagliafico (obra que debía tocarse en su entierro, según decía en su testamento); pero Swann le pedía que tocara, en vez de estas cosas, la frase de la sonata de Vinteuil, aunque Odette tocaba muy mal; pero muchas veces la visión más hermosa que nos queda de una obra es la que se alzó por encima de unos sonidos falsos que unos torpes dedos iban arrancando a un piano desafinado.
(Marcel Proust, En busca del tiempo perdido)