Dominó

 

dominoEs una costumbre, una tradición, según el Pelao Silva. Claro que eso es una exageración, es verdad que la costumbre tiene ya dos años de antigüedad, pero adjudicarle categoría de tradición es demasiado, no para el Pelao, en todo caso, dada su tendencia a exagerar.
La cuestión es que en algún momento, yo todavía no entraba a la empresa, se generó entre los de la oficina la costumbre de concurrir, todos los viernes a la salida del trabajo, a Club de la esquina. Por supuesto que el Club tenía nombre, el que ya no recuerdo, pero como estaba en una esquina, así era llamado, hasta por los que trabajaban allí.
Bueno, así es que todos los viernes, sagradamente, nos vamos a la salida de la pega con rumbo al Club, donde los mozos, al vernos entrar, ponen sobre una mesa la caja del dominó y una botella de vino, para empezar, primero hay que limpiar las gargantas. Cualquiera sabe que para jugar dominó lo mejor es un vaso de vino, no creo que sea posible jugar mientras se toma refresco, nosotros nunca lo hemos intentado ni lo intentaremos jamás.
Pedimos siempre una parrillada, sin apuro, porque mientras llega jugamos algunas partidas de dominó, en invierno en el interior del recinto, cuando el clima mejora, en un patio interior, bajo una enramada de madreselvas, ya sea que estén o no en flor.
Una vez terminada la parrillada y vaciadas la botellas de rigor, pedimos la cuenta, dividimos por cuatro y cada uno para su casa. Hasta el lunes.
Como en ningún paraíso puede faltar una serpiente, un día sucedió que el Feo Astudillo nos salió con un chiste.
–¡No me lo van creer! –dijo, poniendo cara de consternación–. Se me quedó la billetera en la casa, cúbranme ustedes y el lunes les pago.
Bueno, a cualquiera le pasa, dividimos entre tres y pagamos.
El lunes le cobramos pero justo al venirse al trabajo la señora le había pedido plata para no se qué cosa y se había quedado sin ni uno.
Le echamos los garabatos correspondientes pero al final decidimos que por esa vez, lo dejábamos ahí no más, no íbamos a ser más pobres por un par de lucas, y total, amigos son amigos.
La cuestión se puso rara cuando al viernes siguiente, a la hora de pagar, el Feo nos salió con otro pretexto. Esta vez tenía la billetera, pero no tenía plata, la señora cargó de nuevo con la culpa, ya fuera cierto o no. Esta vez sí que lo subimos y lo bajamos, pero la cuenta había que pagarla, así es que de nuevo dividimos por tres.
La tercera vez nos sacó los choros del canasto y decidimos, después de pagar de nuevo dividido por tres, que había que eliminar al Feo del grupo, no podíamos seguir soportando su frescura, el sinvergüenza ya ni siquiera se molestó en poner cara de afligido.
El lunes se encontró con la ley del hielo, no le dimos ni los buenos días. Para todo lo que había que decirle, indispensablemente, sacábamos una hoja del taco y se lo dábamos anotado, y eso duró la semana.
Llegó el viernes y nos enfrentamos a la situación, ¿tendríamos que ir al Club sin el Feo, sabiendo que jugar dominó entre tres no funciona?
–Miren –dijo de pronto el Pato Rojas, con cara de iluminado–. Vamos los cuatro como siempre, los amigos son los amigos de todas maneras.
–¡No, no! –gritamos el Pelao y yo–. ¿Y hasta cuando vamos a seguir financiando a este bolsero?
–Tranquilos –nos respondió el Pato–. Confíen en el maestro.
Y confiando le dijimos al Feo: –ya, hombre, vamos al Club como siempre. Y con una sonrisa más falsa que billete de tres lucas, partimos como de costumbre.
Una vez en el Club, la verdad es que yo no estaba muy contento, y el Pelao se notaba que tampoco, pero el Pato nos dijo: –tranquilos, confíen, déjenme a mi.
Así, nos dedicamos a jugar con el entusiasmo de siempre. Lo que sí no pude dejar de notar es que el Pato estaba demasiado atento con el Feo, le llenaba el vaso a cada rato, y estimulaba al Feo a vaciarlo: –¡vamos hombre, toma nomás, no te preocupes, ¿no somos amigos?
Después de pagar la cuenta, dividida por tres, salimos del Club. Al Feo, cocido como guagua, lo tuvimos que sacar arrastrando.
Ante nuestra sorpresa, el Pato llamó un taxi y nos hizo subir a todos, y acallando nuestras protestas, le dijo al taxista que nos llevara a la Estación de trenes.
No sabemos qué irá a decirnos el Feo Astudillo cuando regrese a la pega, si seguiremos siendo amigos ni qué será de la costumbre del Club. Pero los otros tres compartimos un sentimiento, no haber podido verle la cara cuando despertara de la cura. Porque lo que hicimos en la Estación fue sentar al Feo en un vagón de tercera, en el tren que estaba saliendo, con un boleto a Copiapó prendido con un alfiler en la solapa.

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2 comentarios en “Dominó

  1. Muy bueno!!!!
    Con los tipos que así se portan hay que hacer eso.
    Un conocido que no era como el Feo (cuando había que pagar pagaba) pero que tenía un problemita con la bebida. Hasta no quedar reventado no paraba. Nos había cansado de no poder controlarse y obligar siempre a alguno a arrastrarlo hasta su casa. Recuerdo que al subirlo al tren que lo llevaba a su casa le pegamos un cartel en que decía “despiértenme en X estación”, que era la anteúltima de la línea.

    Abrazo!

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