Desconocida

desconocidaIvan Nikolajewitsch Kramskoi (8 de junio de 1837 – 6 de abril de 1887) fue un pintor y crítico de arte ruso. Fue un intelectual y lider del movimiento del arte democrático ruso. Defendió la idea de que el artista tiene un deber público y el arte un sentido moral. Su estilo era realista.
En 1883 pintó un Retrato de una mujer desconocida, representando a una dama que va sentada en un coche. Transita por la Nevsky Prospect, cerca de los pabellones del palacio Anichkov. Está vestida a la última moda de los años 1880. Lleva un sombrero de terciopelo con plumas decorado con cintas y guantes finos. Su mirada es majestuosa, misteriosa y algo melancólica.  Una leyenda dice que se trataría de una joven de Kursk, Matryona Savvishna, casada con un noble llamado Bestuzhev. Pero el autor no dejó dato alguno que permita establecer la identidad de la mujer, por lo cual esta sigue siendo un misterio.

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El escultor ruso Alexander Taratinov concibió un grupo escultórico monumental representando la escena imaginada de la dama en el coche y a Kramskoi pintándola.
Esta escultura se encuentra en San Petersburgo, Distrito Pushkin, Calle Sadovaya 8.

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Esculturas y letras

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Don Quijote y Sancho en la Calle Mayor de Alcalá

-Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse. Yo soy aquél para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien ha de resucitar los de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la Fama, y el que ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantes y Tirantes, los Febos y Belianises, con toda la caterva de los famosos caballeros andantes del pasado tiempo, haciendo en este en que me hallo tales grandezas, estrañezas y fechos de armas, que escurezcan las más claras que ellos ficieron.
(Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha)

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El capitán Nemo en la ciudad de Nantes.

No puedo negar que las palabras del comandante me cau­saron una gran impresión. Habían llegado a lo más vulnera­ble de mi persona, y así pude olvidar, por un instante, que la contemplación de esas cosas sublimes no podía valer la li­bertad perdida. Pero tan grave cuestión quedaba confiada al futuro, y me limité a responder:
‑Señor, aunque haya roto usted con la humanidad, quiero creer que no ha renegado de todo sentimiento humano. So­mos náufragos, caritativamente recogidos a bordo de su barco, no lo olvidaremos. En cuanto a mí, me doy cuenta de que si el interés de la ciencia pudiera absorber hasta la nece­sidad de la libertad, lo que me promete nuestro encuentro me ofrecería grandes compensaciones.  Pensaba yo que el comandante iba a tenderme la mano para sellar nuestro tratado, pero no lo hizo y lo sentí por él. ‑Una última pregunta ‑dije en el momento en que ese ser inexplicable parecía querer retirarse. ‑Dígame, señor  profesor.‑¿Con qué nombre debo llamarle?  ‑Señor ‑respondió el comandante‑, yo no soy para uste­des más que el capitán Nemo, y sus compañeros y usted no son para mí más que los pasajeros del Nautilus. 
(Julio Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino)

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Robinson Crusoe en Lower Largo, East Neuk of Fife.

30 de septiembre de 1659. Yo, pobre y miserable Robinson Crusoe, habiendo naufragado durante una terri­ble tempestad, llegué más muerto que vivo a esta desdicha da isla a la que llamé la Isla de la Desesperación, mientras que el resto de la tripulación del barco murió ahogada.
Pasé el resto del día lamentándome de la triste condi­ción en la que me hallaba, pues no tenía comida, ni casa, ni ropa, ni armas, ni un lugar a donde huir, ni la más mínima esperanza de alivio y no veía otra cosa que la muerte, ya fuera devorado por las bestias, asesinado por los salvajes o asediado por el hambre. Al llegar la noche, dormí sobre un árbol, al que subí por miedo a las criaturas salvajes, y logré dormir profundamente a pesar de que llovió toda la noche.
(Daniel Defoe, Robinson Crusoe)

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d’Artagnan en Maastricht

D’Artagnan se encontró, moral y físicamente, copia exacta del héroe de Cervantes, con quien tan felizmente le hemos comparado cuando nuestros deberes de historiador nos han obligado a trazar su retrato. Don Quijote tomaba los molinos de viento por gigantes y los carneros por ejércitos: D’Artagnan tomó cada sonrisa por un insulto y cada mirada por una provocación. De ello resultó que tuvo siempre el puño apretado desde Tarbes hasta Meung y que, un día con otro, llevó la mano a la empuñadura de su espada diez veces diarias; sin embargo, el puño no descendió sobre ninguna mandíbula, ni la espada salió de su vaina.
(Alejandro Dumas, Los tres mosqueteros)

 

 

 

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Sherlock Holmes en Edinburgo

–Tal como me ha relatado el lance, parece cosa de nada ––dije sonriendo––. Me recuerda usted al Du-pin de Allan Poe. Nunca imaginé que tales individuos pudieran existir en realidad.
Sherlock Holmes se puso en pie y encendió la pipa.
––Sin duda cree usted halagarme estableciendo un paralelo con Dupin ––apuntó––. Ahora bien, en mi opinión, Dupin era un tipo de poca monta. Ese expediente suyo de irrumpir en los penXuna, tras un cuarto de hora de silencio, tiene mucho de histriónico y superficial. No le niego, desde luego, talento analítico, pero dista infinitamente de ser el fenómeno que Poe parece haber supuesto.
––¿Ha leído usted las obras de Gaboriau? ––pregunté––. ¿Responde Lecoq a su ideal detectivesco?
Sherlock Holmes arrugó sarcástico la nariz.
(Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata)

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Lemuel Gulliver en la Estación de Takashima

El autor de estos Viajes, el Sr. Lemuel Gulliver, es mi antiguo e íntimo amigo; también hay alguna relación entre nosotros por parte de la madre. Hace unos tres años, el Sr. Gulliver, cada vez más cansado de la concurrencia de curiosos que venían a verlo a su casa en Redriff, hizo una pequeña compra de terreno, con una casa conveniente, cerca de Newark, en Nottinghamshire, su país natal; donde ahora vive retirado, pero en buena estima entre sus vecinos.
Aunque el Sr. Gulliver nació en Nottinghamshire, donde vivía su padre, le he oído decir que su familia vino de Oxfordshire; para confirmar cuál, he observado en el cementerio de Banbury en ese condado, varias tumbas y monumentos de los Gullivers.
(Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver)

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Hamlet en Gramercy Park, Nueva York

 

HORACIO
Yo puedo. Al menos, el rumor
que corre es este: nuestro difunto rey, cuya imagen se nos ha aparecido ahora, sabéis que fue retado por Fortinbrás de Noruega, que se crecía en su afán de emulación. Nuestro valiente Hamlet, pues tal era su fama en el mundo conocido, mató a Fortinbrás, quien, según pacto sellado, con refrendo de las leyes de la caballería, con su vida entregó a su vencedor todas las tierras de que era propietario: nuestro rey había puesto en juego una parte equivalente, que habría recaído en Fortinbrás, de haber triunfado éste; de igual modo que la suya, según lo previsto y pactado en el acuerdo, pasó a Hamlet.
(William Shakespeare, Hamlet)

 

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David Balfour y Alan Breck en Edinburgo

 

“¿Quieres que te maten?”, Dije. Se puso en pie de un salto y me dirigió una pregunta tan clara como si hubiera hablado.
“¡O!”, Exclamé, “todos son asesinos aquí; es un barco lleno de ellos! Ya han matado a un chico. Ahora eres tú “.
“Ay, ay”, dijo él; “Pero aún no me han agarrado”. Y luego, mirándome con curiosidad, “¿Podrán estar conmigo?”
“¡Eso haré!”, Respondí. “No soy un ladrón, ni un asesino. Estaré a tu lado.”
“¿Por qué, entonces”, dijo él, “¿cuál es su nombre?”
“David Balfour”, dije; y luego, pensando que a un hombre con un abrigo tan fino debe gustarle la gente buena, agregué por primera vez, “de Shaws”.
Nunca se le ocurrió dudar de mí, porque un Highlander está acostumbrado a ver a grandes hombres en una gran pobreza; pero como él no tenía un patrimonio propio, mis palabras se convirtieron en una vanidad muy infantil que él tenía.
“Mi nombre es Stewart”, dijo, levantándose. “Alan Breck, me llaman.
(Robert Louis Stevenson, Secuestrado)

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El barón Munchhausen

Confiado, en demasía acaso, en mi valor, y llevado de mi celo, fui a colocarme al lado de un enorme cañón, y en el momento de salir el tiro, me lancé sobre la bala con el fin de penetrar en la plaza, cabalgando sobre ella; pero cuando estuve a la mitad del camino, se me ocurrió una reflexión.
—Entrar… bien —me dije—; pero ¿y salir? ¿Qué va a suceder una vez dentro de la plaza?… Se me tendrá por espía y se me ahorcará en el árbol más inmediato… Esto no es un fin digno de Münchhausen.
Habiendo hecho esta reflexión, seguida de muchas otras del mismo género, vi otra bala dirigida desde la fortaleza contra nuestro campo, la cual bala pasaba a poca distancia de mí. Salté, pues, sobre ella y volví adonde estaban los míos, sin haber realizado mi proyecto, ciertamente; pero, al menos, sano y salvo.
(Gottfried A. Burger, La aventuras del barón Munchhausen)