Baile

 

Preparing For The Ball alfres stevens

Alfred Stevens

La princesa Elena sonrió y se levantó con la misma invariable sonrisa de mujer absolutamente hermosa con que había entrado en el salón. Con el ligero rumor de su leve vestido de baile con adornos de felpa, deslumbradora por la blancura de sus hombros y el esplendor de sus cabellos y de sus diamantes, cruzó entre los hombres, que le abrieron paso, rígida, sin ver a nadie, pero sonriendo a todos como si concediese a cada uno el derecho de admirar la belleza de su aspecto, de sus redondeados hombros, de su espalda, de su pecho, muy escotado, según la moda de la época.
(Lev Tolstoi, La guerra y la paz)

 

 

 

 

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Viktor Schramm

 

Catherine apartó la vista; no sabía si echarse a reír o no.
—Ya veo cuan mala es la opinión que se ha formado usted de mí —díjole el joven seriamente—. Imagino lo que escribirá mañana en su diario.
—¿Mi diario?
—Sí. Me figuro que escribirá usted lo siguiente: «Viernes: estuve en un salón de baile, vistiendo mi traje de muselina azul y zapatos negros; provoqué bastante admiración, pero me vi acosada por un hombre extraño, que insistió en bailar conmigo y en molestarme con sus necedades.»
(Jane Austen, La Abadia de Northanger)

 

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Ladislas Wadislaw Czachorski

Tenéis ahí una hermosa querida, vizconde dijo Montecristo con una voz perfectamente segura . Y ese traje de baile sin duda le sienta a las mil maravillas.
¡Ah!, señor dijo Alberto , he aquí un error que no me perdonaría si al lado de este retrato hubieseis visto algún otro. Vos no conocéis a mi madre, caballero. Es a ella a quien veis en ese lienzo; se hizo retratar así hace seis a ocho años. Ese traje es de capricho, a lo que parece. La condesa mandó hacer este retrato durante una ausencia del conde. Sin duda quería prepararle para su vuelta una agradable sorpresa.
(Alexandre Dumas, El conde de Montecristo)

 

 

 

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Alfred Stevens

La segunda persona que parecía ocupar un lugar distinguido en el baile del claro era una dama.
A Bishopriggs le pareció un milagro de belleza, que llevaba sobre sí una pequeña fortuna para un hombre pobre, en sedas, encajes y joyas. Ninguna de las demás mujeres presentes era objeto de tanta atención entre los hombres como aquella criatura fascinante e inestimable. Estaba sentada abanicándose con una incomparable obra de arte (supuestamente un pañuelo) que representaba una isla de batista en medio de un océano de encaje. 
(Wilkie Collins, Marido y mujer)

 

 

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John Simmons

Hablaba sin cesar y con interés extremado, aunque siempre de cosas muy inocentes. Aquella existencia activa, atareada y alegre, era del gusto de todos, excepto de Elisa, que se veía  abrumada por el trabajo. Decía ella que nunca, ni en los días de Carnaval, cuando se celebraban bailes en Verrières, había extremado tanto su señora el atavío de su persona. En su exageración, llegaba si hemos de dar crédito a su doncella, a cambiar de vestido dos y tres veces al día.
Como no entra en nuestros propósitos adular a nadie, nos guardaremos muy mucho de negar que la señora de Rênal, que tenía un cutis satinado y un descote encantador, se hizo arreglar algunos vestidos en forma que dejasen al descubierto sus brazos y una buena parte de su pecho.
(Stendahl, El rojo y el negro)

 

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Frédéric Soulacroix

MISTRESS ERLYNNE.- ¡Ha sido un baile encantador! Me recordaba por completo mi antigua época. (Se sienta en el sofá.) Y he visto que sigue habiendo en sociedad tantos majaderos como de costumbre. ¡Qué grato comprobar que nada ha cambiado! Excepto Margarita. Se ha puesto preciosa. La última vez que la vi, hace veinte años, era un espanto vestido de franela. Un verdadero espanto, se lo aseguro. ¡Y la querida duquesa! ¡Y la amable lady Agata! Precisamente el tipo de muchacha que me gusta. Bueno, realmente, Windermere, voy a ser cuñada de la duquesa…
(Oscar Wilde, El abanico de lady Windermere)

 

 

 

 

 

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Emma Sandys

Quedaban otros vestidos de algodón. Y, además, los vestidos de baile y el verde que había llevado el día anterior. Pero éste era un vestido de tarde, inadecuado para una barbacoa, pues tenía cortas manguitas abullonadas y un escote demasiado exagerado. Tendría, sin embargo, que ponerse aquél. Después de todo no se avergonzaba de su cuello, de sus brazos y de su pecho, aunque no era correcto exhibirlos por la mañana. Mirándose en el espejo y girando para verse de perfil, se dijo que en su figura no había nada de que pudiera avergonzarse. Su cuello era corto pero bien formado, sus brazos redondos y seductores; su seno, levantado por el corsé, era verdaderamente hermoso. Nunca había tenido necesidad de coser nada en el forro de sus corsés, como otras muchachas de dieciséis años, para dar a su figura las deseadas curvas. Le satisfacía haber heredado las blancas manos y los piececitos de Ellen, y hubiera querido tener también su estatura. Sin embargo, su altura no le desagradaba.
(Margaret Mitchell, Lo que el viento se llevó)

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