La Reina de Saba

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James Watson Little, La Reina de Saba

La Reina de Saba es un personaje interesante. Interesante porque no sabiéndose casi nada de ella, es ampliamente famosa. Todo lo que se conoce está en un pasaje bíblico y, partiendo de ahí, la fantasía de los autores se encargó de crear toda una leyenda que se extendió a las tradiciones judía, islámica y etíope, pasando posteriormente al mundo europeo y occidental.
Históricamente hablando no hay registro alguno de la existencia de la reina, y su reino se le ubica hipotéticamente en lugares diferentes como son el Yemen y Etiopía.
Aunque la biblia no menciona su nombre, en las diferentes tradiciones se le llama Belkis,  Balkis, Nicaula o Makeda.

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Nicolás de Verdún (s.XII), Salomón y la Reina de Saba

La reina de Saba había tenido noticias de la fama de Salomón y vino a preguntarle sobre cuestiones muy difíciles.
Llegó, pues, a Jerusalén con un gran número de camellos cargados de perfumes y de gran cantidad de oro y joyas. Cuando estuvo en la presencia de Salomón; ella le expuso todas sus dudas,y Salomón aclaró todos sus problemas. No hubo misterio que el rey no pudiera aclarar.
(1 Reyes 10)

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Konrad Kyeser (1402), La Reina de Saba

En las representaciones artísticas, aunque todas coinciden en su belleza, cambian en cuanto al color de su piel. En principio y dado su origen, ya sea el Yemen o Etiopía, se considera que era de raza oscura, y así se le representó en un comienzo. Pero durante el Renacimiento comenzó a ser representada como una mujer blanca y de rasgos europeos. El cine, en sus comienzos, también la mostró así y no fue hasta fines del siglo XX cuando recuperó el color oscuro más de acuerdo con la ubicación geográfica de su reino.

 

 

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Mattia Pretti, Salomón y la Reina de Saba

Conocida la ciencia de Salomón, que florecía en su tiempo, y que tenía
fama en todo el mundo, quedó maravillada, no como los locos e ignorantes que
tienen por costumbre menospreciar y desechar tales cosas, y no admirarse de
ellas.
Lo que es más, no sólo Nicaula estaba llena de admiración, sino que
abandonó su ilustre reino, salió de Meroe, que está situada prácticamente al otro
lado del mundo, y por Etiopía, Egipto, las costas y puertos del mar Rojo y los
desiertos y yermos de Arabia, con tan noble compañía y magnífico gasto y con
mucha gente y compañía real llegó a Jerusalén para oírle.
(Boccaccio, De las mujeres ilustres)

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Nicolas Vleughels, Salomón recibe a la Reina de Saba (fragmento)

 

Balkis inclinó su hermosa cabeza hacia abajo y susurró: “Pequeña, ¿crees lo que acaba de decir tu marido?”
La Esposa de la Mariposa miró a Balkis, y vio que los ojos de la Reina más hermosa brillaban como profundas piscinas reflejando la luz de las estrellas, y juntó su coraje con ambas alas y dijo: ‘Oh Reina, sé hermosa para siempre. Ya sabes cómo son los hombres’.
Y la reina Balkis, la sabia Balkis de Saba, se llevó la mano a los labios para ocultar una sonrisa y dijo: ‘Hermanita, lo sé’.
(Rudyard Kipling, Precisamente así)

 

 

 

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Betty Blythe, La Reina de Saba (1921)

 

 

 

Amé a una joven hermosa 
como nadie recordaba:
en verdad maravillosa
era otra reina de Saba
(George Wither)

 

 

 

 

leonora ruffo la reina de saba 1952

Leonora Ruffo, La Reina de Saba (1952)

 

 

Y los Monarcas recurrirán a la tuya
Como la Reina de Saba a la corte de Judá;
Volviendo de allí más obligados
A maravillarse, envidiar y adorar
(Katherine Philips)

 

 

 

gina lollobrigida salomon y sheba 1959

Gina Lollobrigida, Salomón y Saba (1959)

 

 

 

Todas, excepto sus gloriosas capillas, esas que diseñamos
Las Arcas más sagradas. – Todas, unidas juntas, pueden
A los que se acercan, incluso la reina de Saba, sorprender
Con gran placer. y en ellas quedarse con gran asombro;
(Edward Benlowes)

 

 

 

 

 

halle berry salomon & sheba 1995

Halle Berry, Salomón y Saba (1995)

 

Cuenta también la Escritura que cuando la reina de Saba, mujer de gran inteligencia, oyó hablar de la sabiduría de Salomón, cuya fama se había extendido por todo el mundo, quiso ir a verle. Viajó entonces desde la tierra más lejana del mundo, cabalgando desde los confines de Oriente, atravesó Etiopía y Egipto y cruzó el mar Rojo y los inmensos desiertos de Arabia.
Acompañada por un gran séquito de príncipes, señores, caballeros y nobles damas, llegó cargada de tesoros a la ciudad de Jerusalén para visitar al rey y comprobar si era merecida su fama.
Cristina de Pizan (La Ciudad de las mujeres)

 

vivica a fox salomon 1997

Vivica A. Fox, Salomón (1997)

De este, pues, lunar del orbe,
si bien lunar con belleza;
de ésta, pues, mancha con arte,
es emperatriz y reina Sabá,
que aunque no es su nombre,
sino Nicaula Maqueda,
por sus imperios así la suelen llamar,
y ella lo permite,
porque tanto de sus imperios se precia.
No te quiero numerar su majestad y grandeza,
su poder y su valor,
(Calderón de la Barca, La Sibila del Oriente y gran reina de Sabá)

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Los personajes del relato

LOS PERSONAJES DEL RELATOisla4
(Robert Louis Stevenson, Fábulas)

Concluido el Capítulo 32 de La isla del tesoro, dos de los títeres se fueron a pasear y a fumar una pipa antes de reanudar su trabajo. Se encontraron en un campo, no lejos de donde transcurría la narración.
—Buenos días, Capitán —saludó el primer oficial, con gesto soldadesco y expresión radiante.
—¡Ah, Silver! —masculló el otro—. Ésas no son maneras, Silver.
—Verá usted, capitán Smollet —protestó Silver—, el deber es el deber, y yo lo sé mejor que nadie. Pero ahora estamos de descanso, y no veo ninguna razón para guardar las formas morales.
—Es usted un granuja de cuidado, amigo mío —respondió el Capitán.
—Vamos, vamos, Capitán, seamos justos —dijo el otro—. No hay razón para enfadarse conmigo en serio. No soy más que el personaje de un cuento de marinos. En realidad no existo.
isla1—Tampoco yo existo en realidad, o eso se me figura —asintió el Capitán.
—Yo no pondría límites a lo que un personaje virtuoso pudiera tomar por disputa —contestó Silver—. Pero soy el villano de esta historia. Y, de marino a marino, me gustaría saber cuáles son las posibilidades.
—¿Es que no le enseñaron el catecismo? —preguntó el Capitán—. ¿No sabe usted que existe una cosa llamada autor?
—¿Una cosa llamada autor? —repitió John, con sorna— ¿Quién mejor que yo? La cuestión es si el autor lo creó a usted, y si creó a John el Largo y si creó a Hands y a Pew, y a George Merry, aunque tampoco es que George pinte gran cosa, porque es poco más que un nombre; y si creó a Flint, o lo que queda de él. Y si creó este motín, que le ha causado a usted tantas fatigas. Y si mató a Tom Redruth. Y, bueno… si eso es un autor, ¡que me ahorquen!
—¿No cree usted en un estado futuro? —le interpeló Smollet—. ¿Cree que no hay nada más que esta historia en un papel?
—No sabría qué decirle a eso —respondió Silver— y la verdad es que tampoco veo qué relación puede tener. Lo que sí sé es que, si de verdad existe esa cosa llamada autor, yo soy su personaje favorito. Me entiende mejor que a usted; ya lo creo que me entiende. Y le gusta darme vida. Me hace pasar la mayor parte del tiempo en cubierta, con muleta y todo, mientras que a usted lo encierra en la bodega a pasar el sarampión, donde nadie lo ve, ni ganas de verlo que tiene, ¡por eso sí que puede usted apostar! Si ese autor existe, ¡qué diantres!, lo que es seguro es que está de mi parte, ¡por eso sí que puede apostar!
—Ya veo que el autor le está dando mucha cuerda —señaló el Capitán—. Pero eso no puede cambiar las convicciones de un hombre. Sé que el autor me respeta: lo noto en los huesos. Cuando usted y yo tuvimos esa conversación en la puerta del fortín, ¿de qué lado cree que se puso el autor, amigo mío?
isla3.png—¿Y a mí no me respeta? —protestó Silver—. ¡Tendría que haberme oído sofocando el motín: a George Merry y a Morgan y a todos los demás! ¡Y hace sólo un momento, en el capítulo anterior! ¡Se habría enterado de lo que es bueno! ¡Habría visto lo que el autor piensa de mí! Pero, dígame una cosa, ¿de verdad se tiene usted por un personaje virtuoso de la cabeza a los pies?
—¡Dios no lo quiera! —exclamó el Capitán solemnemente—. Soy un hombre que procura cumplir con su deber y a veces lo enreda todo. Me temo que en casa no soy muy popular, Silver —suspiró el Capitán.
—Ya —dijo Silver—. ¿Y qué me dice de esta segunda parte de la historia? ¿Seguirá siendo usted el capitán Smollet, como siempre, y no muy popular en casa, como bien dice? En tal caso, ¿por qué truenos repite La isla del tesoro? Yo seguiré siendo John el Largo, y Pew seguirá siendo Pew. Y ya verá como tenemos otro motín. ¿O será usted un personaje distinto en esta ocasión? Y en tal caso, ¿por qué? ¿Acaso es usted mejor por eso? ¿Y soy yo peor?
—Verá, amigo mío, la verdad es que no entiendo cómo está ocurriendo todo esto. No veo cómo es posible que usted y yo, que no existimos, estemos aquí conversando y fumando una pipa ante el mundo entero, como si fuésemos de carne y hueso. Pues bien, de ser así: ¿quién soy yo para soltar mis opiniones? Sé que el autor está de parte del bien. Me lo cuenta cuando se le acaba la tinta mientras está escribiendo. Y eso es todo cuanto yo necesito saber. Por lo demás, afrontaré los riesgos.
isla2—Es evidente que parecía estar en contra de George Merry —concedió Silver, en tono pensativo—. Claro que George es poco más que un nombre, en el mejor de los casos —añadió, animándose un poco—. Pero, vayamos por una vez a lo esencial. ¿Qué es el bien? Yo organicé un motín, y soy un caballero de fortuna. Usted, a juzgar por lo que se dice, no es ningún santo. Yo soy un hombre de trato fácil. No es su caso: hasta usted mismo lo reconoce. Y a mí no se me escapa que es usted un diablo de cuidado. ¿Qué es qué? ¿Qué es el bien y qué es el mal? ¡Dígamelo usted! Estamos aquí a la espera, ¡por eso sí que puede apostar!
—Ninguno de los dos somos perfectos —respondió el Capitán—. Eso es una verdad incontestable, amigo mío. Yo sólo digo que trato de cumplir con mi deber, y lo cierto es que no puedo felicitarle por sus éxitos, si es que usted también procura cumplir con el suyo.
—Con que ¿era usted el juez? —contestó Silver, con gesto socarrón.
—Para usted, amigo mío, seré el juez y el ahorcado, y sin pestañear —dijo el Capitán—. Incluso voy más allá. Quizá no suene a teología de la buena, pero el sentido común nos dice que lo bueno es además útil, o algo así, más o menos, que tampoco quiero yo pasar por un filósofo. Ahora bien, ¿a dónde iría a parar una buena narración si no hubiera personajes virtuosos?
—Si vamos a eso —replicó Silver—, ¿cómo empezaría una buena narración si no hubiera villanos?
—Eso mismo digo yo —asintió el capitán Smollet—. El autor necesita una historia. Eso es lo que quiere. Y para conseguirla, y ofrecer una oportunidad como es debido a un hombre como el doctor, pongamos por caso, necesita contar con hombres como usted y como Hands. ¡Pero él está del lado del bien! ¡Ándese con mucho ojo! Usted todavía no ha entrado en esta historia. Se le avecinan problemas.
—¿Cuánto quiere apostar? —le retó John.
—Eso me trae sin cuidado —contestó el Capitán—. Me contento con ser Alexander Smollet, aunque sea un mal hombre. Y de rodillas doy gracias a mis astros por no ser Silver. Pero se está destapando el tintero. ¡A nuestros puestos!
Y, efectivamente, el autor ya había empezado a escribir estas palabras:
Capítulo XXXIII