Manuel Magallanes Moure

Manuel Magallanes Moure. Poeta chileno. Nació en la Serena el 8 de noviembre de 1878. Realizó sus estudios humanísticos en Santiago. Vivió largos años en la ciudad de San Bernardo, en la calle Eyzaguirre donde realizaba tertulias literarias. Editó la revista Chile Ilustrado (1902). Participó en la Revista Cómica, colaboró en El Mercurio, Las Ultimas Noticias y la revista Zigzag. En 1904 recibió a la Colonia Tolstoyana. Se casa en 1903 con su prima Amalia Villa Magallanes. Se desempeñó como Secretario Municipal y Alcalde de San Bernardo. Funda en 1911 el periódico La Reforma que se mantuvo hasta 1916.  La poesía de Manuel Magallanes Moure se enmarca dentro del contexto del romanticismo, lejos del realismo criollo y del naturalismo crudo de los escritores de su época.
Y como todo romanticismo que se precie de tal, el trabajo del escritor rumba sus pasos hacia versos sencillos, simples, de mucho sentimiento, donde el paisaje, especialmente todo lo concerniente al mar (buques, playas, olas), cobra especial realce.En 1922 viajó en misión oficial a Europa. Falleció el 19 de enero de 1924 a los 45 años de edad. 

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¿Recuerdas? Una linda mañana de verano. 
La playa sola. El vuelo de alas grandes y lerdas. 
Sol y viento. Florida…el mar azul. ¿Recuerdas? 
Mi mano suavemente oprimía tu mano. 

Después, a un tiempo mismo, nuestras lentas miradas 
posáronse en la sombra de un barco que surgía 
sobre el cansado límite de la azul lejanía, 
recortando en el cielo sus velas desplegadas. 

Cierro ahora los ojos; la realidad se aleja, 
y la visión de aquella mañana luminosa 
en el cristal oscuro de mi alma se refleja. 

Veo la playa, el mar, el velero lejano, 
y es tan viva, tan viva la ilusión prodigiosa, 
que a tientas, como un ciego, vuelvo a buscar tu mano.

ventana

Aquella tarde única se ha quedado en mi alma.
Su luz flota en la sombra de mi noche interior.

Sólo una fugitiva vislumbre en la ventana,
sólo un azul reflejo, nada más que un vapor
de luz que se filtraba por las breves junturas,
sólo un vaho de cielo, no más que una ilusión
de claridad fluyendo por entre los postigos.
Nada más que el ensueño de aquel suave fulgor.

Sólo esa fugitiva vislumbre en la ventana.
No más. Y en la penumbra, libres al fin, tú y yo.
En silencio llegaba yo al fondo de la dicha;
con infantil dulzura, tú gemías de amor.

Sólo el azul reflejo de aquella tarde única…
¿No ves tú en la ventana? ¿No ves tú? Quizá no.
Acaso no lo viste, porque cuando yo inmóvil
me quedé contemplando aquel suave fulgor,
tú en aquellos momentos de lánguido reposo
dormías dulcemente sobre mi corazón.

Veo la fugitiva vislumbre en la ventana,
oigo el ritmo apacible de tu respiración.
Te siento. En la penumbra te siento. Eres tú misma
que te duermes, ya mía, sobre mi corazón.

Rural Love

Amor que vida pones en mi muerte
como una milagrosa primavera:
ido ya te creí, porque en la espera,
amor, desesperaba de tenerte.

era el sueño tan largo y tan inerte,
que si con vigor tanto no sintiera
tu renacer, dudara, y te creyera,
amor, sólo un engaño de la suerte.

Mas te conozco bien, y tan sabido
mi corazón, te tiene, que, dolido,
sonríe y quiere huirte y no halla modo.

Amor que tornas, entra. Te aguardaba.
Temía tu regreso, y lo deseaba.
Toma, no pidas, porque tuyo es todo.

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Me detuve en la entreabierta
puerta de mi oscuro hogar
y besó mi boca yerta
aquella bendita puerta
que me convidaba a entrar.

Mi corazón fatigado
de luchar y de sufrir,
cuando escuchó el sosegado
rumor del hogar amado
de nuevo empezó a latir.

Fue como el lento regreso
de la muerte hacia la vida,
como quien despierta ileso
tras fatal caída al beso
de alguna boca querida.

Adentro una voz serena
decía cosas triviales
y había un dejo de pena
en esa voz suave y llena
de cadencias musicales.

La voz suave de la esposa
despertó mi corazón,
aquella voz amorosa
que en otra edad venturosa
me arrulló con su canción.

Desfallecido de tanto
batallar y padecer,
llevando en los ojos llanto
y en el alma desencanto
llegué ante aquella mujer.

Caí junto a su regazo
y en él mi cabeza hundí,
y unidos en mudo abrazo
de nuevo atamos el lazo
que en mi locura rompí.

Ni reproches ni gemidos…
sólo frases de perdón
brotaron de esos queridos
labios empalidecidos
por tanta y tanta aflicción.

«Llora, llora -me decía-.
Yo sé que llorar es bueno»…
Mudo mi llanto caía
y ella mi llanto bebía
y me estrechaba a su seno.

Nunca, nunca he de olvidar
sus palabras de cariño
ni el amoroso cantar
con que tras lento llorar
me hizo dormir como a un niño.

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Bicicleta

Draisine1817El 12 de junio de 1817, Karl von Dreis muestra su “Laufmaschine”, llamada también “Draisienne”. Era un vehículo de dos ruedas en línea, impulsado por las piernas de conductor mientras caminaba o corría. Se le considera el precursor de la bicicleta, que es en principio el mismo vehículo pero impulsado por pedales y después por un sistema de piñones y cadenas.
Se dice que von Drais tuvo su inspiración en la necesidad de un vehículo que no dependiera de los caballos, escasos debido a las guerras y al llamado “año sin verano” (1816).
Von Drais también llamó a su vehículo un “velocípedo”, término que posteriormente se aplicó también a las bicicletas aunque de algún modo este término incluye los monociclos, triciclos y cuadriciclos.

Al_polo_australe_in_velocipedeLa situación de los atrevidos exploradores comenzaba a ser muy crítica y las esperanzas optimistas estaban a punto de desaparecer. Detenidos a más de trescientas cincuenta millas del polo, faltos de provisiones, a mil millas de la cabaña, a partir de ahora solo podían que contar con su fuerza y sus piernas.
El polo estaba cerca y con bicicletas podían alcanzarlo; pero ¿podrían regresar a la costa antes de que el terrible invierno cayera sobre ellos y convirtieran esas llanuras en un vasto desierto de nieve, imposible de cruzar? ¿Y además, podrían resistir el frío sin una estufa o una máquina para calentarlos, teniendo solo una lámpara y doce litros de alcohol? ¿Y podrían durar los víveres que empezaban a agotarse? ¿Qué lucha suprema estaban a punto de emprender y qué sufrimientos crueles estaban a punto de enfrentar?
(Emilio Salgari, Al Polo en velocípedo)

 

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Blanche D’Antigny

 

Dos tardes anduve dando rodeos, hasta que la tercera volví por el camino de la Fábrica y apenas vi a la muchacha, la alcancé y desmonté a la americana, saltando del asiento hacia atrás.
Los muchachos de hoy hacen reír cuando van en bicicleta: guardabarros, campanillas, frenos, faroles eléctricos, cambios de velocidad, ¿y después? Yo tenía una Frera cubierta de herrumbre; pero para bajar los dieciséis peldaños de la plaza jamás desmontaba: tomaba el manubrio a lo Gerbi y volaba hacia abajo como un rayo.
(Giovanni Guareschi, Don Camilo)

 

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(James Coates)

Una de las desconocidas iba empujando una bicicleta; otras dos llevaban palos de golf, y por su modo de vestir se distinguían claramente de las demás muchachas de Balbec, pues aunque entre éstas hubiera algunas que se dedicaban a los deportes, no adoptaban un traje especial para ese objeto.
Era aquella la hora en que damas y caballeros veraneantes solían dar su paseo por allí, expuestos a los implacables rayos que sobre ellos lanzaba, como si todo el mundo tuviese alguna tacha particular que había que inspeccionar hasta en sus mínimos detalles, los impertinentes de la señora del presidente de sala, sentada muy tiesa delante del quiosco de la música.
(Marcel Proust, En busca del tiempo perdido)

 

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(Catherine Mirolubova)

– ¡Ya lo tengo! – exclamó Harris – Una excursión en bicicleta
George le miró poco convencido.
– En una excursión ciclista hay que subir muchas cuestas, y el viento sopla en contra…
– También hay bajadas y el viento sopla a favor de uno – dijo Harris.
– ¡Pues nunca me he dado cuenta de eso! – exclamó George.
– No se os podrá ocurrir nada mejor que una excursión en bicicleta… – añadió Harris.
Yo me sentía inclinado a darle la razón.
– Y os diré por donde – prosiguió –: por la Selva Negra.
– Si allí todo son cuestas… – protestó George.
– No, hombre; sólo unas dos terceras partes del recorrido. Además hay algo en que no has pensado…
(Jerome K. Jerome, Tres ingleses en Alemania)

 

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He viajado a pie, en auto, en bicicleta, en sexiciclo, en ferrocarril, en trasatlántico, en avión, en locomotora y en lancha. He cruzado túneles a oscuras andando, y he soportado veinte minutos de acrobacias aéreas en un aeroplano militar de caza, mientras el cinturón salvavidas se me desabrochaba y me obligaba a aferrarme con las dos manos al “baquet” para no dar un salto de 2.500 metros. En estas condiciones ejecutar volteretas en el aire, ver las nubes abajo y los campos, las casas y los árboles arriba, es bastante entretenido.)
(Enrique Jardiel Poncela, Amor se escribe sin hache)

 

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(James Crandall)

 

En un minuto otro esclavo forcejeaba en el aire. Era algo espantoso. Miré hacia otro lado unos segundos y cuando de nuevo me volví ya no encontré al rey. ¡Le estaban vendando los ojos! Me quedé paralizado; no conseguía moverme, me atragantaba, tenía la lengua como petrificada. Terminaron de vendarle y le condujeron debajo de la soga. No lograba liberarme de la sensación de impotencia. Pero, cuando le estaban colocando la soga alrededor del cuello, entonces explotó algo en mi interior y di un salto para acudir en su auxilio… y al hacerlo volví a mirar hacia el camino… y, irecontragaita!, he aquí que llegaban, a toda velocidad… ¡quinientos caballeros armados, con lanzas y espadas, en bicicletas!
Era el espectáculo más grandioso que jamás se hubiese visto. ¡Señor, cómo ondeaban los penachos, cómo brillaban al sol los manillares, cómo se filtraban sus rayos por entre las ruedas radiales!
(Mark Twain, Un yanqui en la corte del rey Arturo)

Imagen relacionadaSamuel Teece, el propietario de la ferretería, rió nerviosamente.
-Me pregunto qué le habrá pasado a Silly. Lo mandé con mi bicicleta hace ya una hora. Todavía no ha vuelto de casa de la señora Bordrnan. ¿Creen ustedes que ese negro tonto se habrá ido a Marte pedaleando?
Los otros gruñeron.
-Mejor será que me devuelva la bicicleta. No digo más, sí, señor. Por Dios, no permitiré que nadie me robe.
-¡Oigan!
Irritados, los hombres se volvieron, tropezando unos con otros.
(Ray Bradbury, Crónicas Marcianas)

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Al volver se quedó en el centro de la estancia, de espaldas a su mujer. Sacó el dinero del bolsillo. Y dijo a sus hijos:
—Podríamos ir al centro antes de que cerraran las tiendas, vosotros, yo y mamá, todos juntos, a comprar regalos para todos.
—¿Yo quiero una bicicleta! —exclamó Federico.
—Claro, tendrás una bicicleta.
Arturo no sabía lo que quería, ni August tampoco.
(John Fante, Espera la primavera Bandini)

 

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(Leon Francois Comerre)

Paréceme ahora casi increíblemente maravilloso que con ese peligro pendiente sobre nuestras cabezas pudiéramos ocuparnos de nuestras mezquinas cosillas como lo hacíamos. Recuerdo el júbilo de Markham cuando consiguió una nueva fotografía del planeta para el diario ilustrado que editaba en aquellos días. La gente de ahora no alcanza a darse cuenta de la abundancia y el empuje de nuestros diarios del siglo diecinueve. Por mi parte, yo estaba muy entretenido en aprender a andar en bicicleta y ocupado en una serie de escritos sobre el probable desarrollo de las ideas morales a medida que progresara la civilización.
(H. G. Wells, La guerra de los mundos)