Bicicleta

Draisine1817El 12 de junio de 1817, Karl von Dreis muestra su “Laufmaschine”, llamada también “Draisienne”. Era un vehículo de dos ruedas en línea, impulsado por las piernas de conductor mientras caminaba o corría. Se le considera el precursor de la bicicleta, que es en principio el mismo vehículo pero impulsado por pedales y después por un sistema de piñones y cadenas.
Se dice que von Drais tuvo su inspiración en la necesidad de un vehículo que no dependiera de los caballos, escasos debido a las guerras y al llamado “año sin verano” (1816).
Von Drais también llamó a su vehículo un “velocípedo”, término que posteriormente se aplicó también a las bicicletas aunque de algún modo este término incluye los monociclos, triciclos y cuadriciclos.

Al_polo_australe_in_velocipedeLa situación de los atrevidos exploradores comenzaba a ser muy crítica y las esperanzas optimistas estaban a punto de desaparecer. Detenidos a más de trescientas cincuenta millas del polo, faltos de provisiones, a mil millas de la cabaña, a partir de ahora solo podían que contar con su fuerza y sus piernas.
El polo estaba cerca y con bicicletas podían alcanzarlo; pero ¿podrían regresar a la costa antes de que el terrible invierno cayera sobre ellos y convirtieran esas llanuras en un vasto desierto de nieve, imposible de cruzar? ¿Y además, podrían resistir el frío sin una estufa o una máquina para calentarlos, teniendo solo una lámpara y doce litros de alcohol? ¿Y podrían durar los víveres que empezaban a agotarse? ¿Qué lucha suprema estaban a punto de emprender y qué sufrimientos crueles estaban a punto de enfrentar?
(Emilio Salgari, Al Polo en velocípedo)

 

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Blanche D’Antigny

 

Dos tardes anduve dando rodeos, hasta que la tercera volví por el camino de la Fábrica y apenas vi a la muchacha, la alcancé y desmonté a la americana, saltando del asiento hacia atrás.
Los muchachos de hoy hacen reír cuando van en bicicleta: guardabarros, campanillas, frenos, faroles eléctricos, cambios de velocidad, ¿y después? Yo tenía una Frera cubierta de herrumbre; pero para bajar los dieciséis peldaños de la plaza jamás desmontaba: tomaba el manubrio a lo Gerbi y volaba hacia abajo como un rayo.
(Giovanni Guareschi, Don Camilo)

 

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(James Coates)

Una de las desconocidas iba empujando una bicicleta; otras dos llevaban palos de golf, y por su modo de vestir se distinguían claramente de las demás muchachas de Balbec, pues aunque entre éstas hubiera algunas que se dedicaban a los deportes, no adoptaban un traje especial para ese objeto.
Era aquella la hora en que damas y caballeros veraneantes solían dar su paseo por allí, expuestos a los implacables rayos que sobre ellos lanzaba, como si todo el mundo tuviese alguna tacha particular que había que inspeccionar hasta en sus mínimos detalles, los impertinentes de la señora del presidente de sala, sentada muy tiesa delante del quiosco de la música.
(Marcel Proust, En busca del tiempo perdido)

 

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(Catherine Mirolubova)

– ¡Ya lo tengo! – exclamó Harris – Una excursión en bicicleta
George le miró poco convencido.
– En una excursión ciclista hay que subir muchas cuestas, y el viento sopla en contra…
– También hay bajadas y el viento sopla a favor de uno – dijo Harris.
– ¡Pues nunca me he dado cuenta de eso! – exclamó George.
– No se os podrá ocurrir nada mejor que una excursión en bicicleta… – añadió Harris.
Yo me sentía inclinado a darle la razón.
– Y os diré por donde – prosiguió –: por la Selva Negra.
– Si allí todo son cuestas… – protestó George.
– No, hombre; sólo unas dos terceras partes del recorrido. Además hay algo en que no has pensado…
(Jerome K. Jerome, Tres ingleses en Alemania)

 

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He viajado a pie, en auto, en bicicleta, en sexiciclo, en ferrocarril, en trasatlántico, en avión, en locomotora y en lancha. He cruzado túneles a oscuras andando, y he soportado veinte minutos de acrobacias aéreas en un aeroplano militar de caza, mientras el cinturón salvavidas se me desabrochaba y me obligaba a aferrarme con las dos manos al “baquet” para no dar un salto de 2.500 metros. En estas condiciones ejecutar volteretas en el aire, ver las nubes abajo y los campos, las casas y los árboles arriba, es bastante entretenido.)
(Enrique Jardiel Poncela, Amor se escribe sin hache)

 

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(James Crandall)

 

En un minuto otro esclavo forcejeaba en el aire. Era algo espantoso. Miré hacia otro lado unos segundos y cuando de nuevo me volví ya no encontré al rey. ¡Le estaban vendando los ojos! Me quedé paralizado; no conseguía moverme, me atragantaba, tenía la lengua como petrificada. Terminaron de vendarle y le condujeron debajo de la soga. No lograba liberarme de la sensación de impotencia. Pero, cuando le estaban colocando la soga alrededor del cuello, entonces explotó algo en mi interior y di un salto para acudir en su auxilio… y al hacerlo volví a mirar hacia el camino… y, irecontragaita!, he aquí que llegaban, a toda velocidad… ¡quinientos caballeros armados, con lanzas y espadas, en bicicletas!
Era el espectáculo más grandioso que jamás se hubiese visto. ¡Señor, cómo ondeaban los penachos, cómo brillaban al sol los manillares, cómo se filtraban sus rayos por entre las ruedas radiales!
(Mark Twain, Un yanqui en la corte del rey Arturo)

Imagen relacionadaSamuel Teece, el propietario de la ferretería, rió nerviosamente.
-Me pregunto qué le habrá pasado a Silly. Lo mandé con mi bicicleta hace ya una hora. Todavía no ha vuelto de casa de la señora Bordrnan. ¿Creen ustedes que ese negro tonto se habrá ido a Marte pedaleando?
Los otros gruñeron.
-Mejor será que me devuelva la bicicleta. No digo más, sí, señor. Por Dios, no permitiré que nadie me robe.
-¡Oigan!
Irritados, los hombres se volvieron, tropezando unos con otros.
(Ray Bradbury, Crónicas Marcianas)

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Al volver se quedó en el centro de la estancia, de espaldas a su mujer. Sacó el dinero del bolsillo. Y dijo a sus hijos:
—Podríamos ir al centro antes de que cerraran las tiendas, vosotros, yo y mamá, todos juntos, a comprar regalos para todos.
—¿Yo quiero una bicicleta! —exclamó Federico.
—Claro, tendrás una bicicleta.
Arturo no sabía lo que quería, ni August tampoco.
(John Fante, Espera la primavera Bandini)

 

Imagen relacionada
(Leon Francois Comerre)

Paréceme ahora casi increíblemente maravilloso que con ese peligro pendiente sobre nuestras cabezas pudiéramos ocuparnos de nuestras mezquinas cosillas como lo hacíamos. Recuerdo el júbilo de Markham cuando consiguió una nueva fotografía del planeta para el diario ilustrado que editaba en aquellos días. La gente de ahora no alcanza a darse cuenta de la abundancia y el empuje de nuestros diarios del siglo diecinueve. Por mi parte, yo estaba muy entretenido en aprender a andar en bicicleta y ocupado en una serie de escritos sobre el probable desarrollo de las ideas morales a medida que progresara la civilización.
(H. G. Wells, La guerra de los mundos)

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