Buganbilia

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La buganbilia es un enredadera ornamental espinosa, arbustiva. Es nativa de Sudamérica. Se aceptan unas 18 especies en el género.
La flor real de la planta es pequeña y generalmente blanca, pero cada grupo de tres flores está rodeado por tres o seis brácteas con los colores brillantes asociados con la planta, incluyendo rosa, magenta, púrpura, rojo, naranja, blanco o amarillo.
Las buganbilias también se conocen como buganvilla (España), bugambilia (México, Perú, Guatemala, Ecuador y Chile), bouganvilla (India), pokok bunga kertas (Indonesia, Malasia), bougenville (Pakistán), Napoleón (Honduras), jahanamiya (mundo árabe) , veranera (Colombia, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica y Panamá), trinitaria (Colombia, Panamá, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela), Santa Rita (Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay), papelillo (Norte de Perú), primavera (Brasil), Drillingsblume (Alemania) o vukamvilia (Grecia).
El nombre genérico de Bougainvillea se lo otorgó el botánico Philibert Commerçon, en honor de Louis de Bougainville, marino y explorador francés que introdujo la planta en Europa desde Brasil.

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Vladimir Volegov

 

 

Cae ya,
la flor de bugambilia
que ha vencido el viento,
pienso, digo y de verdad lo siento
que yo también caeré
un día,
vencida por el tiempo.
(Tizzia Holwin)

 

 

 

 

Imagen relacionada

SueEllen Cowan

Tarde de buganvilias. Hojeamos un álbum
como el viento hojea las encinas del parque.
Y aparece una niña que va hacia la glorieta
vestida como estampa haciendo rodar un aro.
Y tú no estás aquí. Ni en la destilería
donde ya nunca más gruñirán los toneles.
(Tú no sabes que aquí un día se jugó al diábolo
y relucía ufano el tren de trocha angosta).
La luna está en creciente. Otros irán a Marte.
Seremos pasajeros de un navío fantasma.
Un perro ciego viene a lamer tu mano.
Rieles, destilería, tarde de buganvilias.
(Jorge Teillier)

 

 

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Vitaly Makarov

 

 
Planta de la Bugambilia
que me cubres y me matas.
¿Porque con lianas me atas
si al fin tu amor no me auxilia?
¿Para que quieres crecer
sobre mi amor que te espera?
Si solamente por fuera
de él has de florecer.
Hoy, insensible al amor
sólo buscas ser amada
y en todos dejar grabada
la herida de tu color.
(Rodolfo Usigli)

 

 

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Mira la lluvia, Berenice
el roble
el encino
la rana
él, los perros
el alacrán
la ballena
el naranjo
el paraíso
el jaguar, el tigre y el venado
la bugambilia intensa
tú y yo, descendientes de la nada,
desprendidos de Dios,
elementalmente descendemos,
volvemos a ser agua.

 

Grande y espesa,Resultado de imagen para bouganville porch painting
ruidosa y encantadora
está en mi porche,
y extiende sus tentáculos,
armados de espinas,
que mi buganvilia usa
como garras para retener,
esos recuerdos indelebles
de veranos inolvidables
en mi mente.
(Sofia Kioroglou)

 

 

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La primavera ha llegado,
dice la buganvilla
Carmesí, naranja, crema
y amarillo.
Formando una pared de flores
a lo largo de la carretera,
trae la felicidad
a todos.
(Peterson Tumwebaze)

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Dostoievski

 

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El 11 de noviembre de 1821 nació Fiódor Mijailovich Dostoievski, uno de los más importantes escritores rusos y de la literatura universal. Novelista, ensayista, periodista y filósofo, Dostoievski exploró en su obra la sicología humana en lo político, lo social y lo espiritual. Entre sus obras se cuentan: Los hermanos Karamazov, El idiota, Crimen y Castigo, Humillados y ofendidos, La casa de los muertos y Demonios.

 

 

dosto1—Mi encanto… —empezó dulcemente Koróviev.
—No soy ningún encanto —le interrumpió la ciudadana.
—¡Ah! ¡Qué pena! —dijo Koróviev con desilusión y continuó—: Bien, si usted no desea ser encanto, lo que hubiera sido muy agradable, puede no serlo. Dígame, ¿es que para convencerse de que Dostoievski es un escritor, es necesario pedirle su carnet? Coja cinco páginas cualesquiera de alguna de sus novelas y se convencerá sin necesidad de carnet de que es escritor. ¡Y me sospecho que nunca tuvo carnet! ¿Qué crees? —Koróviev se dirigió a Popota.
—Apuesto a que no lo tenía —contestó Popota
(Mijail Bulgákov, El maestro y Margarita)

 

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En alguna parte entre las soledades secretas, entre los millones de libros inmóviles y sin embargo hormigueantes de vida, perdidos más allá de dos docenas de vueltas a la derecha/tres docenas de vueltas a la izquierda, pasillos, corredores, vestíbulos sin salida, puertas cerradas, estanterías medio vacías, en alguna parte entre el hollín literario del Londres de Dickens o el Moscú de Dostoievski o las lejanas estepas, en alguna parte en el polvo de los atlas o la Geographic, apretados, con ganas de estornudar, Will y Jim se acurrucaban sudando frío.
(Ray Bradbury, La feria de las tinieblas)

 

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Pasando por la hiedra, por el césped, por el pequeño abeto, alcancé la puerta de mi casa, di con la cerradura, hallé la llave de la luz, me deslicé junto a las puertas de cristales, pasé por los armarios barnizados y junto a las macetas, abrí mi cuarto, mi pequeña apariencia de hogar, donde me esperan el sillón y la estufa, el tintero y la caja de pinturas, Novalis y Dostoievski, igual que los otros, a los hombres verdaderos, cuando vuelven a sus casas, los esperan la madre o la mujer, los hijos, las criadas, los perros y los gatos.
(Hermann Hesse, El lobo estepario)

 

 

 

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Hablando del jefe del Departamento de Ruso, el Profesor Pnin, un verdadero tirano con sus subordinados (afortunadamente, el Profesor Botkin, que enseñaba en otro departamento, no dependía de ese “perfeccionista” grotesco) : “Qué extraño que los intelectuales rusos no tengan ningún sentido del humor cuando cuentan con humoristas tan maravillosos como Gogol, Dostoievski, Chejov, Zoshchenko y esa pareja de autores de genio, Ilf y Petrov”.
(Vladimir Nabokov, Pálido fuego)

 

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Acaso no lo sabían ni ellos mismos, acaso fue el hecho, su avance en el Oeste hacia Amiens, lo que determinó su proyecto. Aun suponiendo que la guerra sea científica, habría que pintarla como Elstir pintaba el mar, por el otro sentido, y partir de las ilusiones, de las creencias que se van rectificando poco a poco, como Dostoievski contaba una vida.
(Marcel Proust, En busca del tiempo perdido)

 

 

 

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Los norteamericanos nos temen; los chinos nos miran con resentimiento y quieren hacernos retroceder cincuenta años en nuestra historia. Dentro de nuestras fronteras tenemos fanáticos que no se satisfacen con pan, paz y trabajo para todos, sino que quieren convertimos otra vez en místicos barbudos salidos de las páginas de Dostoievski.
(Morris West, Las sandalias del pescador)

 

 

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La insolencia de mi doble me quitó el habla. Era una escena de Dostoievski: El señor Goliadkin entumecido y su espabilado doble. Antes de que pudiera replicarle, cuatro pares de ojos, que antes eran amistosos, me observaron con hostilidad. En ellos no existía el asombro de los ojos que ven un milagro, sino la enemistad de los que observan a un bandido.
(Alexander Abramov, Jinetes del mundo incógnito)

 

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Si este tumor no se extirpa ahora, en sus albores, dentro de unos treinta años, si no antes, esos románticos que ahora nos dan trabajo nos organizarán una revolución de tal magnitud que la guillotina francesa no parecerá en comparación más que una broma de niños. No nos permitirán envejecer tranquilamente, acuérdese de mis palabras. ¿Ha leído usted la novela Los demonios, del señor Dostoievski?
¿No? ¡Una pena! En ella hace un pronóstico calcado de lo que le digo.
(Boris Akunin, El Ángel caído)

Leche Condensada

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El 9 de noviembre de 1801 nació Gail Borden Jr., cartógrafo, profesor, soldado, político, inventor y hombre de negocios estadounidense. Su fama se debe principalmente a que inventó la leche condensada azucarada.

A comienzos del siglo XIX ya se hizo evidente que se necesitaba encontrar métodos para conservar los alimentos, de manera que aumentar su durabilidad y facilitar su almacenaje, transporte y distribución. Uno de los alimentos más complicados, por su poca duración, su difícil manejo y su vulnerabilidad sanitaria, era la leche.
Nicolas Appert logró producir, en 1820, una leche concentrada y una pasteurizada que podía durar hasta tres semanas.
Pero sería el estadounidense Gail Borden Jr. quién, en 1853 y tras varios intentos fallidos, lograría un producto que podía durar hasta diez años, la leche condensada azucarada envasada en latas.
Imagen relacionadaDurante la Guerra Civil, el gobierno de los EE.UU. encargó grandes cantidades de leche condensada para usarla como raciones de campaña, una excelente solución ya que una lata de 300 gramos proporcionaba 1.300 calorías. Terminada la guerra, los soldados popularizaron su consumo. Luego, la Primera Guerra Mundial reactivó de nuevo el interés por la leche condensada por su facilidad de manejo.

Aunque actualmente la leche condensada ya no tiene el mismo interés como producto alimenticio, es interesante notar que este producto es uno de los componentes principales de la Reserva de Alimentos del Estado en la Federación Rusa.

En el Estado de Texas, el Condado de Borden lleva su nombre en honor al inventor.

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El día 23 de mayo al amanecer, unos discretos y misteriosos golpecitos en el zinc de  uno de los costados de nuestra prisión, nos llama la atención. Por un pequeño espacio abierto se nos introdujo, con mucho sigilo, unos cuantos panes y un tarro de leche condensada. Mas tarde supimos que la mano generosa que nos llevaba este primer alimento, ya que nada habíamos comido, era una señora chilena.
(Cornelio Guzmán, Relato del Combate Naval de Iquique)

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En las tiendas había ropa y muebles, botas y vasos, libros y monturas, armas y cortinas, brochas y escobas, frazadas y cigarros, verduras y medicinas, arados y jabones, cepillos y leche condensada, sartenes y litografías baratas — de todo, se puede decir, excepto clientes.
(Julio Verne, La estrella del Sur)

 

 

 

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No estaría bien hacer ruido, en esa primera noche de Marte, introducir un aparato extraño, brillante y tonto como una estufa. Sería una suerte de blasfemia importada. Ya habría tiempo para eso; ya habría tiempo para tirar latas de leche condensada a los nobles canales marcianos; ya habría tiempo para que las hojas del New York Times volaran arrastrándose por los solitarios y grises fondos de los mares de Marte.
(Ray Bradbury, Aunque siga brillando la

 

 

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Jim pasó por el comedor a la cocina. Evitó la charca de agua debajo de la nevera y examinó con ojos expertos los estantes e la alacena. Descubrió con disgusto que el dentista y su hermosa acompañante eran aficionados a la comida china —que sus padres rara vez probaban— y los armarios parecían un almacén chino, con frutas secas y largas tiras de tripas desecadas. Pero había una lata, una sola, de leche condensada, de una deliciosa dulzura que Jim ya había olvidado.
(James G. Ballard, Lágrimas del Sol)

 

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Asió luego la lata de conserva, levantándose, descendió por el sendero estrecho hacia la margen del río, y regresó, en fin, con la lata rebosante de agua, ni muy transparente ni muy limpia. Después mezcló en el bote de leche condensada una parte de agua con dos del fluido incoloro de la botella. Así formó aquella droga alcohólica que entre los vagabundos es conocida con el nombre de alki.
(Jack London, Los vagabundos)

 

 

Resultado de imagen para "leche condensada" vintage nestleAl entrar en el avión vio que la mujer seguía en la misma posición. Estaba profundamente dormida. Empezó a investigar el interior del aparato; abrió un armario, que ostentaba una cruz roja, y encontró su contenido todo revuelto. Entró después en el departamento de la cocina. Todas las botellas estaban hechas añicos y un penetrante olor a alcohol llenaba el recinto. Encontró café molido, azúcar y un tarro, algo abollado, de leche condensada.
(Mika Waltari, Estas cosas no suceden)

Biblioteca

 

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Visión artística de la Biblioteca de Alejandría

Una biblioteca es, básicamente, el lugar donde se guardan libros. Las bibliotecas existen desde hace 4 mil años, es decir, desde la invención de la escritura y del libro. 

 

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Carl Spitzweg, The Bookworm

 

 

 

Pilatos enrolló el pergamino y con un gesto brusco se lo dio a Leví. —Toma —dijo, y después de un silencio añadió—: Veo que eres un hombre letrado y no tienes por qué andar solo, vestido como un mendigo, sin casa. En Cesarea tengo una gran biblioteca, soy muy rico y quiero que trabajes para mí. Tu trabajo sería examinar y guardar los papiros y tendrías suficiente para comer y vestir.
(Mujail Bulgakov, El maestro y Margarita)

 

 

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Rudolf von Alt, Biblioteca del palacio Lanckoroski

El primero, a la derecha, era el pórtico de Octavia, que mandó construir Augusto en honor de su hermana; en el espacio señalado por las columnas corintias estaba depositada la mitad de la producción de los talleres de los escultores Praxiteles y Dionisio, además de algunas de las más finas antigüedades que un coleccionista civilizado hubiese podido robar, incluidas una Venus y un Cupido de Praxiteles. También albergaba los templos de Júpiter y de Juno, y varias escuelas. Este pórtico presumía además de tener una biblioteca pública soberbiamente dotada.
(Lindsey Davis, La carrera del honor)

 

 

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John Arthur Lomax, En la biblioteca

Conocen el arte de la imprenta, como los chinos, desde tiempo inmemorial; pero sus bibliotecas no son muy grandes. La del rey, considerada como la mayor, no excede de mil volúmenes, colocados en una galería de doce mil pies de longitud, de la cual yo tenía licencia para sacar los libros que deseara.
(Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver)

 

 

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Elizabeth Shippen Green, La biblioteca

 

 

 

 

—Sin embargo, empezaré hoy, antes de que los monjes sepan que me habéis confiado esta investigación. Además, una de las razones de peso que yo tenía para venir aquí era el gran deseo de conocer vuestra biblioteca, famosa en todas las abadías de la cristiandad.
(Umberto Eco, El nombre de la rosa)

 

 

 

 

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Kopilka Vladiola, La biblioteca

 

-Usted nos dio mucho que hacer, señor Stendahl. Consta en nuestros registros.Hace veinte años. En la Tierra. Usted y su biblioteca.
-Sí, yo y mi biblioteca. Y unos pocos más como yo. Oh, ya nadie se acordaba de Poe, de Oz y de los otros. Pero yo tenía mi pequeño refugio.
(Ray Bradbury, Crónicas Marcianas)

 

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Louis Edouard Mentha, Doncella leyendo en la biblioteca

 

 

Era una biblioteca. Altas estanterías de palisandro negro, con adornos de cobre, soportaban en sus largos anaqueles gran número de libros encuadernados en forma uniforme. Seguían el contorno de la sala y terminaban en la parte inferior en amplios divanes, acolchados, de cuero color pardo, que ofrecían las más cómodas curvas para el reposo del cuerpo. Livianos pupitres móviles que podían acercarse o alejarse a voluntad, permitían apoyar en ellos el libro durante la lectura.
(Julio Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino)

 

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Harriet Backer, La biblioteca de Thorvald Boeck

Lo más notable del regio edificio era su biblioteca, amplia y cuadrada habitación, en una de las torres rectangulares, situadas en los cuatro ángulos del castillo. Entre un suelo de mosaico y un techo pintado al fresco, alineábanse los estantes, conteniendo unos 900 volúmenes de pergamino manuscrito, que merecían calificarse de compendio de la sabiduría humana.
Este aposento era el favorito del hijo menor del gran Gian Galeazzo, de Filippo María, conde de Pavía.
(Rafael Sabatini, Bellarión)

 

 

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Paul Brown, Biblioteca

El estadista se hallaba, sentado, en una espaciosa biblioteca que había sido salón de banquetes en el viejo castillo de Ravenswood, como podía deducirse claramente de la insignia heráldica que aún figuraba en el techo artesonado con madera española de castaño, y de vidrieras policromadas, a través de las cuales pasaba una luz deslumbradora que venía a caer sobre las largas estanterías abarrotadas de comentaristas legales y de historiadores monásticos.
(Walter Scott, La novia de Lamermoor)

 

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PRÓSPERO
Por divina voluntad. Llevábamos
algo de comida y un poco de agua dulce
que nos dio por caridad Gonzalo,
un noble de Nápoles encargado del proyecto,
y también ricos trajes, ropa blanca,
telas y efectos varios que nos han
servido mucho. En su bondad, sabiendo
cuánto amaba yo mis libros, me surtió
de volúmenes de mi propia biblioteca
que yo estimaba en más que mi ducado.
(William Shakespeare, La Tempestad)

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Georg Reimer, En la biblioteca

 

Todo mi proyecto; mis treinta mil hombres con sus esposas e hijos, se dedican a la preparación de un Enciclopedia Galáctica. No la terminarán durante su vida. Yo ni siquiera viviré para ver cómo la empiezan. Pero cuando Trántor caiga, estará concluida y habrá ejemplares en todas las bibliotecas importantes de la Galaxia.
(Isaac Asimov, Fundación)

 

Paraguas

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(Fabian Perez)

El paraguas es un artefacto destinado a proteger a las personas de la lluvia. Tiene forma cóncava y está sostenido por un sistema de varillas sujetas a un eje central provisto de un mango.
El predecesor directo del actual paraguas proviene de China, pero era conocido en la antigüedad también en la India, Mesopotamia, Persia, Egipto, Grecia y Roma.

Un rinconcito bajo el paraguas 
a cambio de un rincón de paraíso
ella tenía algo de angel
Un rinconcito de paraíso
a cambio de un rincón en el paraguas
y yo no perdía en el cambio.
(Georges Brassens)

Sunil Linus De

Sunil Linus De

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A mitad de mi fausto galanteo, 
su paraguas de sedas cautelosas
la noche desplegó, y un lagrimeo
de estrellas, hizo hablar todas las cosas…
(Julio Herrera Reissig)

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Me gustan los paraguas,
mamotretos punzantes
nacidos para extraviarse.
Me gustan los paraguas;
hongos con piernas,
barcas para un apuro,
juguetes del viento enojado
Yolanda Gracia)

paraguas

 

 

 

 

 

¿Tiene usted el paraguas?
Avez-vous le parapluie?
No, señor, no tengo el paraguas.
Non, monsieur, je n’ai pas le parapluie.
(Rafael Alberti)

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(Louis Anquetin)

 
Casi techo
apenas nido
el paraguas abierto
crea un espacio
donde el cuerpo
se alegra con la lluvia

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(Renoir)

(Margarita Schultz)

 

 

 

 

 

 

 

Paraguas en una tarde,  
de lluvia algo triste…
color de charol brillante.
El pavimento reluce.
Una lluvia tenaz y fina,
que lenta va empapando,
las calles y avenidas.
(María Luisa Heras Vásquez)

Gorrión

El gorrión es un ave pequeña, de color café-gris, y cola corta. El gorrión es natural de Europa, África y Asia. Al continente americano y a Australia fue llevado por los colonizadores. Es principalmente granívoro, pero también se alimenta de pequeños insectos.
Los primeros registros de gorriones como mascotas son romanos, pero hay un jeroglífico egipcio representado por un gorrión, como un determinativo de “pequeño”.

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Edward John Poynter, Lesbia y su gorrión

¡Oh tú, mi gorrión! que haces las delicias de mi amada; contigo ella acostumbra a juguetear teniéndote en su regazo; a ti, incitándote a una amorosa pelea, te suele ofrecer la punta de su dedo, provocando tus enrabietados, pero cariñosos, picotazos; y lo hace, sobre todo, cuando a esa magnífica mujer que es mi amada le place entregarse contigo a ese, no sé por qué, dulce pasatiempo y suave alivio para sus pesares.
(Cátulo)

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Stepanovich, Joven y gorrión

 

 

 

Su corazón es propicio para un hogar— 
Yo —un Gorrión —construyo ahí—
Con la dulzura de las ramas
Mi perenne nido.
(Emily Dickinson)

 

 

 

 

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Eva Gonzales, El gorrión

 

 

 

“Pulsan las penas en la ventana.
Vienen de noche con su oración,
mas aún alegran en la mañana
los gorriones de mi balcón.
Canta mi pecho: ¡mañana es hoy!
(Ramón María del Valle Inclán)

 

 

 

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Fuera, volaban gorriones
sobre las rosas abiertas.
(Rubén Darío)

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George William Joy, El gorrión de Lesbia

Los gorriones 
dentro todo es silencio y sombra todavía;
afuera entre las rejas de los amplios balcones
que doran las primeras claridades del día
revuelan bulliciosos y a solas los gorriones.
(Marilina Rébora)

 

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John William Godward, Lesbia y su gorrión

 

 

Rudamente te hablo con libertad de amigo, 
y sé que sin embargo 
yo te amo, gorrión, y son tus voces
para mí que he vivido en tierras del verano,
sensibles portadoras de alegría,
como aquel que pasea solitario

 

 

 

 

 

 

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Yo no pedí ser maestro,
ni el viento de la mañana,
ni la luna, nieve, gorrión,
ni romancero del agua.
(José González Torices)

Pecera

Pecera: Pequeño depósito de agua, generalmente de cristal, acondicionado para tener peces u otro tipo de animales acuáticos.

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Charles Edward Perugini

“Y si así fuera, ¿cómo va a ser posible amarte si ni siquiera eres una persona, una criatura definida, imperfecta, pero, por lo menos, perfectible? Eres un agua informe que corre según sea el declive que se le ofrece, un pez sin memoria y sin reflexión; mientras que viva en su pecera, se tropezará cien veces al día con el cristal creyéndose que es el agua”
(Marcel Proust, En busca del tiempo perdido)

Frederick Childe Hassam

Frederick Childe Hassam

“-¿Pero somos bastante fuertes? -preguntó Blackwood.
-¿Fuertes cómo? No nos esperan, por lo menos. Carecen de imaginación. Esos jóvenes del cohete, tan limpios, con sus escobas antisépticas y sus cascos como peceras…”
(Ray Bradbury, El hombre ilustrado)

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Victor Marais-Milton

“—Ocúpate de la señorita Wannop —le pidió—. Querías hablar con ella, ¿no? —Y corrió como un tendero diligente hacia el lúgubre vestíbulo. Tenía la sensación de que si no veía pronto a algún idiota imperturbable con insignias rojas, verdes, azules o rosas, que tuviera ojos de pez y preguntase las cosas que preguntan los peces en las peceras”
(Ford Madox Ford, El final del desfile)

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Robert Lewis Reid

 

 

 

“Me zambullí desnudo en la pecera
buscando un corazón igual que el mío,
y no encontré ni un faro ni un navío
me hiciera señales de bandera.
(Rafael de León)

 

 

 

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Julian Russell

 

 

“Como van los cardúmenes en torno
del cristal que no ven, yo te circundo
nadando alrededor de la pecera.
Y sin tocar tu playa y tu contorno,
voy y vuelvo, y descubro un Nuevo Mundo
cada vez que me acerco a tu ribera.”
(Pompilio Iriarte)

 

 

 

 

Wilfred de Glehn The Goldfish Bowl

Wilfred de Glehn

“El pez en la pecera y el pájaro en la jaula.
No quieres inventarlos en el mar o en el viento.
Estilizas o copias después de haber mirado,
con honestas pupilas sus cuerpecillos ágiles.”
(Federico García Lorca)

albert henry collings

Albert Henry Collings

 

 

Luna

 

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La luna, llena ahora sobre el mar,
iluminando todo el cielo,
trae a corazones separados
los largos pensamientos de la noche …
No oscurece aunque apago mi vela.
No hace más calor aunque me ponga el abrigo.
Así que les dejo mi mensaje con la luna.
Y vuelvo a mi cama, esperando a mis sueños.
Zhang Jiuling

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Góndola de alabastro,
bogando en el azul, la luna avanza,
y hay en la dulce palidez del astro
una mezcla de ensueño y esperanza.

En el fondo, sombrío,
con la adorable luz de su aureola
halaga al triste pensamiento mío
como una virgen pensativa y sola.

Divina y desolada,
envuelta en vago, luminoso velo,
al contemplar su mística mirada
creo ver una lágrima en el cielo.
Rubén Darío

 

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Ya dejó de llover; de la lluviosa noche
la sombra, el cielo cubre con plomizo vestido.
Lo mismo que un espectro, detrás del pinar,
la luna, rodeada de niebla, ha aparecido.
Pushkin

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Luna, de la tierra espejo,
y del cielo resplandor,
en quien la noche se toca,
y se miran las estrellas,
Lope de Vega

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¡Así es que la misma Belleza se enamoró de su imagen,
realzada por el ligero velo que sombreaba
sus facciones modestas y altivas a la vez!
¡La luna es su rostro; la rama flexible que ondula,
su cintura; y su aliento, el suave perfume del almizcle!
¡Parece formada de perlas líquidas;
porque sus miembros son tan lisos,
que reflejan la luna de su rostro,
y también parecen formados por lunas!
Las Mil y una Noches

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¡Oh tú, que humillas
a la brillante luna,
orgullosa de su belleza
¡Oh tú, rostro radiante,
que avergüenzas a la mañana
y a la resplandeciente aurora!
Las mil y una noches

 

 

 

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El halo de la luna, –
¿No es el aroma del ciruelo
elevándose al cielo?
Buson

Encuentro nocturno – Ray Bradbury

Antes de subir hacia las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina.
-Aquí se sentirá usted bastante solo -le dijo al viejo.
El viejo pasó un trapo por el parabrisas de la camioneta.
-No me quejo.
-¿Le gusta Marte?
-Muchísimo. Siempre hay algo nuevo. Cuando llegué aquí el año pasado, decidí no esperar nada, no preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que mirar las cosas de aquí, y qué diferentes son. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un tiempo marciano. Un calor de mil demonios de día y un frío de mil demonios de noche. Y las flores y la lluvia, tan diferentes. Es asombroso. Vine a Marte a retirarme, y busqué un sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una vida diferente. Los jóvenes no quieren hablar con él, y con los otros viejos se aburre de un modo atroz. Así que pensé: lo mejor será buscar un sitio tan diferente que uno abre los ojos y ya se entretiene. Conseguí esta estación de gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una vieja carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.
-Ha dado usted en el clavo -dijo Tomás. Sus manos le descansaban sobre el volante. Estaba contento. Había trabajado casi dos semanas en una de las nuevas colonias y ahora tenía dos días libres y iba a una fiesta.
-Ya nada me sorprende -prosiguió el viejo-. Miro y observo, nada más. Si uno no acepta a Marte como es, puede volverse a la Tierra. En este mundo todo es raro; el suelo, el aire, los canales, los indígenas (aun no los he visto, pero dicen que andan por aquí) y los relojes. Hasta mi reloj anda de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro en Marte. A veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de este planeta; apostaría la cabeza. Otras veces me siento como si me hubiera encogido y todo lo demás se hubiera agrandado. ¡Dios! ¡No hay sitio como éste para un viejo! Estoy siempre alegre y animado. ¿Sabe usted cómo es Marte? Es como un juguete que me regalaron en Navidad, hace setenta años. No sé si usted lo conoce. Lo llamaban calidoscopio: trocitos de vidrio o de tela de muchos colores. Se levanta hacia la luz y se mira y se queda uno sin aliento. ¡Cuántos dibujos! Bueno, pues así es Marte. Disfrútelo. Tómelo como es. ¡Dios! ¿Sabe que esa carretera marciana tiene dieciséis siglos y aún está en buenas condiciones? Es un dólar cincuenta. Gracias. Buenas noches.
Tomás se alejó por la antigua carretera, riendo entre dientes.
Era un largo camino que se internaba en la oscuridad y las colinas. Tomás, con una sola mano en el volante, sacaba con la otra, de cuando en cuando, un caramelo de la bolsa del almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar en el camino ningún otro automóvil, ninguna luz. La carretera solitaria se deslizaba bajo las ruedas y sólo se oía el zumbido del motor. Marte era un mundo silencioso, pero aquella noche el silencio era mayor que nunca. Los desiertos y los mares secos giraban a su paso y las cintas de las montañas se alzaban contra las estrellas.
Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.
La camioneta se internó en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la nuca y se sentó rígidamente, con la mirada fija en el camino.
Entraba en una muerta aldea marciana; paró el motor y se abandonó al silencio de la noche. Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas. Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos. En ruinas, pero perfectos.
Puso en marcha el motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo nuevamente. Dejó la camioneta y echó a andar llevando la bolsa de comestibles en la mano, hacia una loma desde donde aún se veía la aldea polvorienta. Abrió el termos y se sirvió una taza de café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y apacible.
Unos cinco minutos después se oyó un ruido. Entre las colinas, sobre la curva de la antigua carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina y luego un murmullo.
Tomás se volvió lentamente, con la taza de café en la mano derecha.
Y asomó en las colinas una extraña aparición. encuentro
Era una máquina que parecía un insecto de color verde jade, una mantis religiosa que saltaba suavemente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos multifacéticos. Sus seis patas se posaron en la antigua carretera, como las últimas gotas de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un marciano de ojos de oro fundido miró a Tomás como si mirara el fondo de un pozo.
Tomás levantó una mano y pensó automáticamente:
¡Hola!, aunque no movió los labios. Era un marciano. Pero Tomás había nadado en la Tierra en ríos azules mientras los desconocidos pasaban por la carretera, y había comido en casas extrañas con gente extraña y su sonrisa había sido siempre su única defensa. No llevaba armas de fuego. Ni aun ahora advertía esa falta aunque un cierto temor le oprimía el pecho.
También el marciano tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se miraron en el aire frío de la noche.
Tomás dio el primer paso.
-¡Hola! -gritó.
-¡Hola! -contesto el marciano en su propio idioma. No se entendieron.
-¿Has dicho hola? -dijeron los dos.
-¿Qué has dicho? -preguntaron, cada uno en su lengua.
Los dos fruncieron el ceño.
-¿Quién eres? -dijo Tomás en inglés.
-¿Qué haces aquí -dijo el otro en marciano.
-¿A dónde vas? -dijeron los dos al mismo tiempo, confundidos.
-Yo soy Tomás Gómez,
-Yo soy Muhe Ca.
No entendieron las palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y entonces el marciano se echó a reír.
-¡Espera!
Tomás sintió que le rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.
-Ya está -dijo el marciano en inglés-. Así es mejor.
-¡Qué pronto has aprendido mi idioma!
-No es nada.
Turbados por el nuevo silencio, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en la mano.
-¿Algo distinto? -dijo el marciano mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a ambos.
-¿Puedo ofrecerte una taza? -dijo Tomás.
-Por favor.
El marciano descendió de su máquina.
Tomás sacó otra taza, la llenó de café y se la ofreció.
La mano de Tomás y la mano del marciano se confundieron, como manos de niebla.
-¡Dios mío! -gritó Tomás, y soltó la taza.
-¡En nombre de los Dioses! -dijo el marciano en su propio idioma.
-¿Viste lo que pasó? – murmuraron ambos, helados por el terror.
El marciano se inclinó para tocar la taza, pero no pudo tocarla.
-¡Señor! -dijo Tomás.
-Realmente… -comenzó a decir el marciano. Se enderezó, meditó un momento, y luego sacó un cuchillo de su cinturón.
-¡Eh! -gritó Tomás.
-Has entendido mal. ¡Tómalo!
El marciano tiró al aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través de la carne. Se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió, estremeciéndose.
Miró luego al marciano que se perfilaba contra el cielo.
-¡Las estrellas! -dijo.
-¡Las estrellas! -respondió el marciano mirando a Tomás.
Las estrellas eran blancas y claras más allá del cuerpo del marciano, y lucían dentro de su carne como centellas incrustadas en la tenue y fosforescente membrana de un pez gelatinoso; parpadeaban como ojos de color violeta en el estómago y en el pecho del marciano, y le brillaban como joyas en los brazos.
-¡Eres transparente! -dijo Tomás.
-¡Y tú también! -replicó el marciano retrocediendo.
Tomás se tocó el cuerpo, sintió su calor y se tranquilizó. «Yo soy real», pensó.
El marciano se tocó la nariz y los labios.
-Yo tengo carne -murmuró-. Yo estoy vivo.
Tomás miró fijamente al fío.
-Y si yo soy real, tú debes de estar muerto.
-¡No! ¡Tú!
-¡Un espectro!
-¡Un fantasma!
Se señalaron el uno al otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como dagas, como trozos de hielo, como luciérnagas, y se tocaron otra vez y se descubrieron intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, si, ese otro, era sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos mundos distantes.
Estoy borracho, pensó Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.
Se miraron un tiempo, de pie, inmóviles, en la antigua carretera.
-¿De dónde eres? -preguntó al fin el marciano.
-De la Tierra.
-¿Qué es eso?
Tomás señaló el firmamento.
-¿Cuándo llegaste?
-Hace más de un año, ¿no recuerdas?
-No.
-Y todos ustedes estaban muertos, así lo creímos. Tu raza ha desaparecido casi totalmente ¿no lo sabes?
-No. No es cierto.
-Sí. Todos muertos. Yo vi los cadáveres. Negros, en las habitaciones, en las casas. Muertos. Millares de muertos.
-Eso es ridículo. ¡Estamos vivos!
-Escúchame. Marte ha sido invadido. No puedes ignorarlo. Has escapado.
-¿Yo? ¿Escapar de qué? No entiendo lo que dices. Voy a una fiesta en el canal, cerca de las montañas Eniall. Allí estuve anoche. ¿No ves la ciudad?
Tomás miró hacia donde indicaba el marciano y vio las ruinas.
-Pero cómo, esa ciudad está muerta desde hace miles de años.
El marciano se echó a reír.
-¡Muerta! Dormí allí anoche.
-Y yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato, y es un montón de escombros. ¿No ves las columnas rotas?
-¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas.
-Hay polvo en las calles -dijo Tomás.
-¡Las calles están limpias!
-Los canales están vacíos.
-¡Los canales están llenos de vino de lavándula!
-Está muerta.
-¡Está viva! -protestó el marciano riéndose cada vez más-. Oh, estás muy equivocado ¿No ves las luces de la fiesta? Hay barcas hermosas esbeltas como mujeres, y mujeres hermosas esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas, corriendo por las calles. Allá voy, a la fiesta. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor. ¿No las ves?
-Tu ciudad está muerta como un lagarto seco. Pregúntaselo a cualquiera de nuestro grupo. Voy a la Ciudad Verde. Es una colonia que hicimos hace poco cerca de la carretera de Illinois. No puedes ignorarlo. Trajimos trescientos mil metros cuadrados de madera de Oregón, y dos docenas de toneladas de buenos clavos de acero, y levantamos a martillazos los dos pueblos más bonitos que hayas podido ver. Esta noche festejaremos la inauguración de uno. Llegan de la Tierra un par de cohetes que traen a nuestras mujeres y a nuestras amigas. Habrá bailes y whisky…
El marciano estaba inquieto.
-¿Dónde está todo eso?
Tomás lo llevó hasta el borde de la colina y señaló a lo lejos.
-Allá están los cohetes. ¿Los ves?
-No.
-¡Maldita sea! ¡Ahí están! Esos aparatos largos y plateados.
-No.
Tomás se echó a reír.
-¡Estás ciego!
-Veo perfectamente. ¡Eres tú el que no ve!
-Pero ves la nueva ciudad, ¿no es cierto?
-Yo veo un océano, y la marea baja.
-Señor, esa agua se evaporó hace cuarenta siglos.
-¡Vamos, vamos! ¡Basta ya!
-Es cierto, te lo aseguro.
El marciano se puso muy serio.
-Dime otra vez. ¿No ves la ciudad que te describo? Las columnas muy blanca, las barcas muy finas, las luces de la fiesta… ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escucha… Oigo los cantos. ¡No están tan lejos!
Tomás escuchó y sacudió la cabeza.
-No.
-Y yo, en cambio, no puedo ver lo que tú me describes -dijo el marciano.
Volvieron a estremecerse. Sintieron frío.
-¿Podría ser?
-¿Qué?
-¿Dijiste que «del cielo»?
-De la Tierra.
-La Tierra, un nombre, nada -dijo el marciano-. Pero… al subir por el camino hace una hora… sentí…
Se llevó una mano a la nuca.
-¿Frío?
-Sí.
-¿Y ahora?
-Vuelvo a sentir frío. ¡Qué raro! Había algo en la luz, en las colinas, en el camino… -dijo el marciano-. Una sensación extraña… El camino, la luz… Durante unos instante creí ser el único sobreviviente de este mundo.
-Lo mismo me pasó a mí -dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un amigo muy íntimo de algo secreto y apasionante.
El marciano meditó unos instantes con los ojos cerrados.
-Sólo hay una explicación. El tiempo. Sí. Eres una sombra del pasado.
-No. Tú, tú eres del pasado -dijo el hombre de la Tierra.
-¡Qué seguro estas! ¿Cómo es posible afirmar quién pertenece al pasado y quién al futuro? ¿En qué año estamos?
-En el año dos mil dos.
-¿Qué significa eso para mí?
Tomás reflexionó y se encogió de hombros.
-Nada.
-Es como si te dijera que estamos en el año 4462853 S.E.C. No significa nada. Menos que nada. Si algún reloj nos indicase la posición de las estrellas…
-¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, que tú estás muerto.
-Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago siente hambre, mi garganta sed. No, no. Ni muertos, ni vivos, más vivos que nadie, quizá. Mejor, entre la vida y la muerte. Dos extraños cruzan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan. ¿Ruinas dijiste?
-Sí. ¿Tienes miedo?
-¿Quién desea ver el futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar… ¿Has dicho que las columnas se han desmoronado? ¿Y que el mar está vacío y los canales, secos y las doncellas muertas y las flores marchitas? -El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana. -Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.
Y a Tomás también lo esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres de la Tierra.
-Jamás nos pondremos de acuerdo -dijo.
-Admitamos nuestro desacuerdo -dijo el marciano-. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro de cien siglos, desplomados y en ruinas? ¿No lo sabes? No preguntes entonces. La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros.
Tomás tendió la mano. El marciano lo imitó. Sus manos no se tocaron, se fundieron atravesándose.
-¿Volveremos a encontrarnos?
-¡Quién sabe! Tal vez otra noche.
-Me gustaría ir contigo a la fiesta.
-Y a mí me gustaría ir a tu ciudad y ver esa nave de que me hablas y esos hombres, y oír todo lo que sucedió.
-Adiós -dijo Tomás.
-Buenas noches.
El marciano voló serenamente hacia las colinas en su vehículo de metal verde. El terrestre se metió en su camioneta y partió en silencio en dirección contraria.
-¡Dios mío! ¡Qué pesadillas! -suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando en los cohetes, en las mujeres, en el whisky, en las noticias de Virginia, en la fiesta.
-¡Qué extraña visión! -se dijo el marciano, y se alejó rápidamente, pensando en el festival, en los canales, en las barcas, en las mujeres de ojos dorados, y en las canciones.
La noche era oscura. Las lunas se habían puesto. La luz de las estrellas parpadeaba sobre la carretera ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil, sin nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.

encuentro

 

La primavera

primavera john william waterhouse

John William Waterhouse, Primavera

 

 

 

 

 

Con la primavera
Viene la canción,
La tristeza dulce
Y el galante amor.
José Martí)

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Roman Fedosenko, Primavera desde la ventana del Café

 

 

 

 

 

 

 

 

La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.
(Antonio Machado)

 

 

sauce en primavera carol morrison

Carol Morrison, Sauce en primavera

 

 

 

El alegre aire que apenas vibra
es un juguete dorado
para las avispas,
y la arena debajo
del tembloroso sauce 
está empapada en agua de primavera.
(Svetlana Kekova)

 

 

 

 

tatsuya ishiodori-white_plum_under_the_moon

Tatsuya Ishiodori, Ciruelo bajo la luna

 

 

 

 

El escenario de la primavera
está casi preparado:
La luna
y las flores del ciruelo.
(Basho)

 

 

 

 

 

 

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Vladimir Volegov, Llegó la primavera

Amor que vida pones en mi muerte
como una milagrosa primavera
ido ya te creí, porque la espera,
amor, desesperaba de tenerte.
(Manuel Magallanes Moure)

sydney percy kendrick

Sydney Percy Kendrick, Primavera

 

 

 

 

 

Nada más cimbrador que tu cadera,
rebelde a la presión del atavio.. .
Hay en tu sangre perdurable estio
y en tus labios eterna primavera.
(Carlos Pezoa Veliz)

 

 

 

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Winslow Homer, El regreso de la primavera

 

 

 

 

¡Ay! No puedo decirte,
aunque quisiera,
el secreto de la primavera.
(Federico García Lorca)

 

 

 

 

 

vladimir zhdanov

Vladimir Zhdanov, Primavera

Y entonces los árboles echan lujo de brotes
y opulencia de hojas verdiclaras,
como es de moda entre los árboles jovenes
por el tiempo de la primavera.
(Carlos Pezoa Veliz)