Verano

El verano es una de las cuatro estaciones de las zonas templadas. Está entre la primavera y el otoño. En el verano los días son más largos y las noches más cortas. Astronómicamente, el solsticio de verano (alrededor del 21 de diciembre el austral y el 21 de junio el boreal) marca el comienzo de esta estación, y el equinoccio de otoño (alrededor del 21 de marzo el austral y el 22-23 de septiembre el boreal) precisa su término.

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Vladimir Volegov, Mediodía de verano

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Deborah Secor, Cielo en Coronado

Es la mañana llena de tempestad
en el corazón del verano.
Como pañuelos blancos de adiós viajan las nubes, el viento las sacude con sus viajeras manos.
Innumerable corazón del viento
latiendo sobre nuestro silencio enamorado.
Zumbando entre los árboles, orquestal y divino,como una lengua llena de guerras y de cantos.
Viento que lleva en rápido robo la hojarasca y desvía las flechas latientes de los pájaros.
Viento que la derriba en ola sin espuma
y sustancia sin peso, y fuegos inclinado.
Se rompe y se sumerge su volumen de besos
combatido en la puerta del viento del verano.
(Pablo Neruda)

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Leonid Afremov, Eterno verano

Se llamaba Benjamin Driscoll, tenía treinta y un años, y quería que Marte creciera verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría en cada temporada. Los árboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los árboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podía hacer muchas cosas: dar color, dar sombra, fruta, o convertirse en paraíso para los niños; un universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir.
(Ray Bradbury, La mañana verde)

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Josep Moncada, Verano

¿Cuándo llegará el verano?
¿Cuándo veré desde tierra,
amor, tu tienda de baños?
Vestida, en tu bañador
azul, hundirás el agua,
y saldrás desnuda, amor;
que el mar sabe lo que hace
para que te quiera yo.
¡Oh, tu cuerpo, henchido al viento,
desafiando la mar,
desafiando la playa,
la playa, la mar y el cielo!
(Rafael Alberti)

Fred J. Sklenar verano

Fred J. Sklenar, Verano

—Me gustaría eso —reflexionó el hombre—. Todo el tiempo por delante. Las más largas vacaciones de verano de toda la historia. Y nosotros saliendo de casa para el picnic más largo que se pueda recordar. Sólo tú, yo y Jim. Ninguna compañía. Nada de hacer planes con los Jones. Ni siquiera un coche. Me gustaría encontrar otro modo de viajar, un modo más viejo. Luego, una canasta de sandwiches, tres botellas de agua gaseosa, y el resto lo sacaríamos en el momento oportuno de las tiendas desiertas, en las ciudades desiertas, y el verano se extendería ante nosotros para siempre …
(Ray Bradbury, Las vacaciones)

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Lily Hymen, Duraznero

 

Resulta muy difícil mantener un programa de excursión cuando se camina por los bosques en días cálidos de verano, pues la tentación de pararse a comer fruta es demasiado fuerte para ser resistida. Las frambuesas más deliciosas que he comido, fresas silvestres, grosellas y uvas, crecen en las laderas de la misma manera que las moras en Inglaterra. El chicuelo de los Vosgos no tiene por qué robar en los huertos: se puede poner enfermo sin pecar lo más mínimo.
(Jerome K. Jerome, Tres ingleses en Alemania)

 

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Joseph DeCamp, Paisaje de verano

-Ser artista es una cosa excelente. Yo, por ejemplo, hago lo que me da la gana, no dependo de nadie, nadie manda en mí. ¡Soy libre como un pájaro! Y, no obstante, soy un hombre útil, un hombre que trabaja por el progreso, por el bien de la humanidad.
Después de almorzar, el artista se acuesta para «descansar» un ratito. Generalmente, el ratito se prolonga hasta el obscurecer; pero esta tarde la siesta es más breve. Entre sueños, siente nuestro joven que alguien le tira de una pierna y le llama, riéndose. Abre los ojos y ve, a los pies del lecho, a su camarada Ukleikin, un paisajista que ha pasado el verano en las cercanías, dedicado a buscar asuntos para sus cuadros.
-¡Tú por aquí! -exclama Yegor Savich con alegría, saltando de la cama-
¿Cómo te va, muchacho?
Los dos amigos se estrechan efusivamente la mano, se hacen mil preguntas…
-Habrás pintado cuadros muy interesantes -dice Yegor Savich, mientras el otro abre su maleta.
-Sí, he pintado algo… ¿y tú?
(Antón Chéjov, El talento)

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Luna azul de verano

Es una hermosa noche de verano.
Tienen las altas casas
abiertos los balcones
del viejo pueblo a la anchurosa plaza.
En el amplio rectángulo desierto,
bancos de piedra, evónimos y acacias
simétricos dibujan
sus negras sombras en la arena blanca.
En el cénit, la luna, y en la torre,
la esfera del reloj iluminada.
Yo en este viejo pueblo paseando
solo, como un fantasma.
(Antonio Machado)

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Faros

Un faro es una torre que se encuentra en la costa o cerca de ella, en una isla o en un islote. Su objeto es servir de señalización a los navegantes para advertirles de la cercanía de la costa, de escollos peligrosos o de la entrada de alguna bahía.
Para eso tiene una fuente de luz potente que lo hace visible a gran distancia en la noche. También suelen contar con sirenas como señales auditivas para caso de haber mala visibilidad.
Su nombre proviene de la Isla de Pharos, frente al antiguo puerto de Alejandría, donde el arquitecto Sóstrato de Cnido construyó, por orden de Ptolomeo I, una gran torre que sirvió de guía a los navegantes durante 17 siglos y que fue considerada una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

El Faro de Alejandría

En el lado derecho (del puerto de Alejandría) se encuentra la isla llamada Pharus, que está justo antes de la entrada, y soporta una gran torre, sobre la cual se ve un gran fuego visible para los que navegan hasta una distancia de trescientos estadios de ella. Así los barcos pueden anclar a cierta distancia durante la noche, por la dificultad de navegar más cerca.
(Flavio Josefo, Las guerras de los Judíos)

John Foster, Luz solitaria en la tormenta

Hace más de quince días que el mar y la tierra luchan ferozmente en el punto más tempestuoso del Pacífico Sur : el Faro Evangelistas, elevado y solitario islote que marca la entrada occidental del Estrecho de Magallanes, y sobre cuyo pelado lomo se levantan la torre del faro y su fanal como única luz y esperanza que tienen los marinos para escapar de las tormentas oceánicas.
(Francisco Coloane, La gallina de los huevos de luz)

 

Rita Palm, Faro

Aquí tienes la Isla de los Estados con su faro, que todos los huracanes no lograrían apagar. Los barcos lo verán a tiempo para rectificar su ruta, y guiándose por su claridad se librarán de caer en las rocas del cabo San Juan, de la Punta Diegos o de la punta Fallows, aun en las noches más obscuras… Nosotros somos los encargados de mantener el fuego, y lo mantendremos…
(Julio Verne, El faro del fin del mundo)

Richard Moore, Faro en Permaquid Point

Pero las casas se alejaban en direcciones opuestas, salieron al muelle, y se extendió la bahía ante su mirada; Mrs. Ramsay, ante el enorme cuadro de agua azul, no pudo evitar exclamar: «¡Ah, qué hermoso!» El blanco Faro, lejano, austero, se hallaba en medio; a la derecha, hasta donde alcanzaba la mirada, desvaídas e incesantes, con delicados pliegues, se veían las dunas de verde arena, con sus flores silvestres sobrevolándolas, que parecían correr perpetuamente hacia algún deshabitado país lunar.

(Virginia Woolf, Al faro)

 
El Guardián de la luz

En el brillante corazón de la noche,
la llameante linterna me rodea:
quedo en medio de la luz resplandeciente
Elevado por sobre el mar oscuro.
A lo lejos, el oleaje rompe y ruge
A lo largo de millas de sombría costa
iluminada por la luna,

Donde sobre las mareas las olas se desploman
y caen en una avalancha de espuma
y llevan a casa a las agitadas aguas
deshaciéndolas sobre las rompientes.

(Robert Louis Stevenson)

  

Lands End Cornwall

1 de enero de 1796. Hoy, mi primer día en el faro, anoto esta entrada en mi Diario, tal como acordé con De Grät. Mantendré el diario tan regularmente como pueda, aunque nunca se sabe lo que pueda sucederle a un hombre solo como yo; podría enfermar, o algo peor… ¡Hasta ahora todo va bien! El velero se salvó por poco, pero ¿por qué detenerme en eso, ya que estoy aquí, a salvo? Mi ánimo empieza a revivir, ante la sola idea de hallarme, por primera vez en mi vida, totalmente a solas;
(Edgar Allan Poe, El faro)

Anna Karenina

Anna Karenina es uno de los protagonistas de la novela que lleva su nombre, obra del escritor ruso León Tolstoi.
Anna es hermosa y apasionada, culta y elegante. Determinada a vivir su vida de acuerdo con sus propias decisiones, desafía el rechazo que provoca en la sociedad a la que pertenece. Anna sigue los mandatos de su corazón hasta el final.
Entre los años 1875 y 1877, apareció como folletín en la revista El mensajero ruso antes de publicarse como libro completo en 1877.
El personaje trágico de Anna Karenina ha inspirado a diferentes pintores, cuyas obras acompañan a los textos.

Neli Divnogortseva-Ivanidze, Anna Karenina 

Después de comer llegó Kitty. Apenas conocía a Ana Karenina y llegaba algo inquieta ante la idea de enfrentarse con aquella gran dama de San Petersburgo de la que todos hablaban con tanto encomio. Pero en seguida comprendió que la había agradado. Ana se sintió agradablemente impresionada por la juventud y lozanía de la joven, y Kitty se sintió, en seguida, prendada de ella, como suelen prenderse las muchachas de las señoras de más edad. En nada parecía una gran dama, ni que fuese madre de un niño de ocho años. Cualquiera, al ver la agilidad de sus movimientos, su vivacidad y la tersura de su cutis, la habría tomado por una muchacha de veinte, de no haber sido por una expresión severa y hasta triste, que impresionaba y subyugaba a Kitty, que ensombrecía a veces un poco sus ojos.



Jody Hewgill, Anna Karenina

Mientras Ana pasaba ante la escalera principal, el criado subía para anunciar al recién llegado, que estaba en el vestíbulo, bajo la luz de la lámpara. Ana miró abajo y, al reconocer a Vronsky, un extraño sentimiento de alegría y temor invadió su corazón. El permanecía con el abrigo puesto, buscándose algo en el bolsillo.
Al llegar Ana a la mitad de la escalera, Vronsky miró hacia arriba, la vio y una expresión de vergüenza y de confusión se retrató en su semblante. Ana siguió su camino, inclinando ligeramente la cabeza.
En seguida, sonó la voz de Esteban Arkadievich invitando a Vronsky a que pasara, y la del joven, baja, suave y tranquila, rehusando.


Genrikh Manizer, Anna Karenina




Ana, sin contestar, movió negativamente su cabeza, con sus cabellos cortados. Pero él, por la expresión del rostro de su hermana, súbitamente iluminado con su belleza anterior, comprendió que si ella no hablaba de tal solución era sólo porque le parecía una dicha inaccesible.
–Os compadezco con toda mi alma. Sería muy feliz si pudiese arreglarlo todo –dijo Esteban Arkadievich sonriendo ya con más seguridad–. No, no me digas nada… ¡Si Dios me diera la facilidad de expresar a tu marido lo que siento y convencerle! ¡Voy a verle ahora mismo!
Ana le miró con sus ojos brillantes y pensativos y no contestó.




Ekaterina Pozdniakova, Anna Karenina





De repente, se acordó del hombre que había muerto aplastado el día de su primer encuentro con Vronsky y comprendió lo que tenía que hacer. Con paso rápido, ligero, bajó las escaleras que iban del depósito de agua a la vía y se detuvo al lado mismo del tren que pasaba.
Examinaba tranquila las partes bajas del tren: los ganchos, las cadenas, las altas ruedas de hierro fundido. Con rápida ojeada midió la distancia que separaba las ruedas delanteras de las traseras del primer vagón, calculando el momento en que pasaría frente a ella.






Konstantin Rudakov, Anna Karenina, Baile en Moscú

Anna Karenina es una mujer que encarna el ideal de esposa en la alta sociedad rusa del siglo XIX. Uno de los temas principales de la novela es el adulterio, no desde el punto de vista del pecado sino desde el de los convencionalismos sociales. Karenin no rechaza el adulterio de Ana porque se sienta traicionado, sino por lo mal que lo deja frente a la sociedad. Además, queda en evidencia el doble estándar con que se mide el adulterio en la sociedad, lo que para el hombre no significa casi nada, a la mujer le significa el rechazo total, en el caso de Anna, el ostracismo y el exilio.

Mildred Cable y las hermanas French

Dedicado a Albada.

A fines del siglo XIX comenzó a desarrollarse en Europa un creciente interés por las culturas orientales y muy pronto se realizaron una serie de viajes con interés científico, Prejevalsky, el más importante de los viajeros rusos, Aurel Steinvon le CoqSven Hedin, recorrieron el Turquestán, el desierto de Gobi y el terrible Taklamakan, en busca de los restos de antiguas ciudades budistas, de la mítica Ruta de la Seda y los rastros de la iglesia Nestoriana y la religión Maniquea que buscaron refugio de las persecuciones religiosas que sufrieron, en las profundidades del Asia.

Mildred Cable y las hermanas Francesca y Evangelina French.
Estos científicos viajaban en grandes caravanas, muchas veces con escolta armada. Pero hubo quienes viajaban en forma mucho más arriesgada. Un ejemplo notable es el trío de misioneras inglesas formado por Mildred CableFrancesca French y Eva French, quienes juntas, viajaron por las más inhóspitas, desconocidas, peligrosas, pero siempre interesantes regiones del Asia Central.
Mildred Cable era una joven inglesa nacida en 1878 que decidió hacerse misionera y trabajar en China. Para eso estudió en la Universidad de Londres lo que consideraba útil, como Farmacia y Ciencias Humanas. Se comprometió con un joven que también quería ser misionero, pero que cambió de opinión a última hora y le dijo a Mildred que no se casaría con ella a menos que desistiera de viajar a China. Mildred se sumió en una depresión y ni siquiera se presentó a dar sus exámenes finales. Sin embargo un día supo que se estaba preparando una misión para China y, en sus palabras, “bajó una cortina sobre su pasado” y se embarcó hacia el Lejano Oriente, era 1901.
Viajó con Evangelina French, quién ya estaba realizando un trabajo misionero en China. Allá trabajaron juntas viajando por la región de Huozhou, junto con la hermana de Evangelina, Francesca, quien se les unió.

Mildred Cable en una posada del camino.
La ciudad de Huozhou está situada en la carretera principal que conecta Taiyüanfu con Sianfu, la ruta que conecta Peking con las provincias del noroeste. Por este camino transitan largas caravanas de camellos, cargados con mercaderías de Mongolia; miles de asnos llevando sacos de harina de las fértiles llanuras del sur; carretas con tabaco y papel de las grandes ciudades del sur de la provincia, y las caravanas de viajeros, familias completas en grandes carros moviéndose a sus nuevos hogares; literas cubiertas balanceándose entre dos mulas, en las que, bajo pesadas cortinas, viajaban las esposas de algún funcionario; caminantes, vestidos de algodón azul celeste, “corredores yamen” pidiendo paso libre a gritos mientras cabalgaban furiosamente y los porteadores se combinan para formar una pintura en movimiento, interesante y hermosa, del Gran Camino, como es llamado. (Mildred Cable, El cumplimiento de un sueño)
Pero después pensaron que la misión en China debía quedar a cargo de los chinos, y decidieron  evangelizar la región del extremo occidental de China, de religión musulmana, esto es en 1923. Como preparación se dedicaron a estudiar la lengua uighur para comunicarse con las mujeres musulmanas, quienes eran su principal objetivo. Formaron un equipo que trabajaría unido por el resto de sus vidas.

Un alto en el camino, después de cruzar el desierto.
Se internaron entonces por las desérticas regiones del Asia Central siguiendo las rutas caravaneras, en una carreta cargada con su equipaje y una respetable cantidad de biblias y libros de literatura cristiana, y sin más escolta que, a veces, algunos correligionarios chinos.
Mildred y Francesca escribieron en colaboración una serie de libros, en los que se encuentran valiosas descripciones de los territorios que recorrieron y las culturas que encontraron.
Las viajeras pudieron ver, desde la perspectiva del que pasa, el destino que estaban teniendo las ruinas de antiguas ciudades que los contemporáneos arqueólogos buscaban rescatar.

Ruinas en el desierto
La demolición de los edificios duraba ya mucho tiempo y pudimos observar como los campesinos derruían con sus herramientas las construcciones antiguas, destruyendo seguramente muchas reliquias en el proceso. … Por desgracia, la irrigación necesaria para el crecimiento de los cultivos es fatal para los edificios de barro, la pintura mural y todos aquellos restos que dependen para su conservación de la sequedad del desierto. (Cable – French, El desierto de Gobi)

Por última vez en China, 1935.
Estas tres mujeres eran independientes, de carácter fuerte y muy audaces, nunca faltaron ocasiones para demostrar que no temían a nada y que podían ser, desde el punto de vista masculino, incluso rebeldes. En una ocasión Eva French dio la comunión a sus feligreses chinos y fue criticada porque esa ceremonia se consideraba prerrogativa masculina. Lejos de asustarse con las críticas, Mildred respondió celebrando la comunión, por su cuenta, en la siguiente Pascua.
Las misioneras dejaron China en 1936 y no pudieron regresar jamás porque el Señor de la Guerra de la región en que trabajaban decretó la expulsión de todos los extranjeros en 1938.
La labor misionera de las mujeres no dio mucho fruto, el trabajo de convertir a los musulmanes demostró ser algo muy difícil por no decir imposible, pero la descripción de sus viajes y sus observaciones son un documento invaluable para el conocimiento del desierto de Gobi y la Ruta de la Seda, su aspecto y su cultura. Además de ser un ejemplo de audacia y determinación en un trabajo que al más valiente hubiera desesperanzado pero que ellas llevaron a cabo siempre juntas.

La fértil depresión de Turfán
Turfan aparece como una isla verde en medio de una infinidad de arena. Polvo y grava, en vez de agua marina, lamen sus orillas, pues la línea divisoria entre el árido desierto y la tierra fértil es tan precisa como la que separa la orilla del océano. Su fertilidad es sorprendente y produce un efecto sobrecogedor en el viajero que se adentra, dejando atrás este universo yermo y árido, en la exuberancia de Turfan. (Cable – French, El desierto de Gobi) 
Puede que muchos no estén de acuerdo con la religión practicada por Mildred Cable y las hermanas French, tampoco con la política occidental de proselitismo religioso, pero hay algo que no se puede discutir, y es que el valor y la entereza moral no tienen religión, nacionalidad ni color, y que estas mujeres demostraron tenerlas en abundancia, lo que es realmente admirable.

Dos periodistas alrededor del mundo

En 1872 el escritor Julio Verne publicó su novela La vuelta al mundo en 80 días. En ella describe el viaje realizado por el personaje Phileas Fogg y su ayuda de cámara Jean Passepartout. Este viaje, según cuenta la novela, fue seguido con atención por los periódicos:

Phileas Fogg, al dejar Londres, no sospechaba, sin duda, el ruido grande que su partida iba a provocar. La noticia de la apuesta se extendió primero en el Reform Club y produjo una verdadera emoción entre los miembros de aquel respetable círculo. Luego, del club la emoción pasó a los periódicos por la vía de los reporteros, y de los periódicos al público de Londres y de todo el Reino Unido.
. . . 
El “Times”, el “Standard”, el “Evening Star’, el “Morning Chronicle” y veinte periódicos más de los de mayor circulación se declararon contra el señor Fogg. únicamente el “Daily Telegraph” lo defendió hasta cierto punto.
(Julio Verne, La vuelta al mundo en 80 días)

En 1888, es decir dieciseis años después de publicada la novela, Nellie Bly (seudónimo de Elizabeth Jane Cochran), una audaz reportera del New York World propiedad de Joseph Pulitzer, presentó a su editor la idea de realizar, por primera vez, el viaje imaginado por Julio Verne.

La idea se me ocurrió un domingo. Había pasado una gran parte del día y la mitad de la noche pensando en vano en una idea para un artículo de periódico. Era mi costumbre pensar las ideas el domingo y presentarlas a mi editor para su aprobación o desaprobación el lunes. Pero las ideas no llegaron ese día y a las tres de la mañana me encontraba cansada , con dolor de cabeza y dándome vueltas en la cama. Finalmente, cansada de pensar en un tema me dije impacientemente:
“Me gustaría estar al otro lado de la tierra!”
“¿Y por qué no?” me vino el pensamiento: “Necesito unas vacaciones, ¿por qué no hacer un viaje alrededor del mundo?”
Fácilmente a un pensamiento siguió otro. La idea de un viaje alrededor del mundo que me me gustó y agregué: “Si puedo hacerlo más rápido que Phileas Fogg, debo ir.” [Nellie Bly, Around the World in Seventy-two Days]}

Presentada la idea fue rechazada de inmediato, el editor le dio sus argumentos:

“Es imposible que lo hagas”, fue la terrible sentencia. “En primer lugar, eres una mujer y necesitarías un protector, e incluso si te fuera posible viajar sola tendrías que llevar tanto equipaje que te dificultaría hacer transbordos rápidos. Además solo hablas inglés, no vale la pena seguir con esto, solo un hombre puede lograrlo”.
“Muy bien”, le dije enojada: “Manda a un hombre, y yo empezaré el mismo día para otro periódico y le ganaré”. “Creo que lo harías, dijo lentamente”.
[Nellie Bly, Around the World in Seventy-two Days.]

El 14 de noviembre de 1889 Nellie Bly abordó el SS Augusta Victoria rumbo a Europa. En su viaje la reportera utilizó trenes y vapores.

Nelly Bly solucionó el problema del equipaje de una manera práctica, según lo acotado por su editor, usó un traje que se mandó hacer con una clara especificación: “ser capaz de resistir tres meses de uso constante“, llevó también llevó un abrigo resistente y un pequeño bolso de viaje conteniendo varias mudas de ropa interior, útiles de aseo, tintero, pluma, lápices, papel, alfileres, aguja, hilo, una bata, una chaqueta, una botella pequeña, un vaso, y un frasco de crema “para evitar la sequedad de la piel en la variedad de climas que debía encontrar“. El dinero lo llevó en una bolsa atada alrededor de su cuello.

Si el 13 de noviembre de 1889, un profeta aficionado me hubiera predicho que pasaría el día de Navidad de ese año en el Océano Índico, supongo que una abierta e insultante incredulidad no debería tomarse como un juicio severo a un esforzado adivino, pero, con la debida delicadeza frente a ese caso de equivocada predicción, habría llamado su atención hacia el pasaje del Corán que dice “Dios ama al mentiroso alegre” y lo habría despachado con un “vete en paz”.
Sin embargo, pasé el día 25 de diciembre en un vapor navegando por las aguas que bañan las costas del Imperio de la India , y tuve que hacer otras cosas igual de absurdas, de las que no me habría creído capaz si me lo hubiesen dicho. Sólo puedo decir como excusa que no fueron premeditadas, y que los profetas descuidaron su oportunidad y no recibí de ellos ningún augurio.[Elizabeth Bisland, In Seven Stages: A Flying Trip Around the World.]

Mientras tanto, la revista Cosmopolitan, de John Brisben Walker, buscando competir con el World, contactó a Elizabeth Bisland, quién, ¡solo seis horas después de ser contratada para el efecto debió partir en su viaje alrededor del mundo!, pero lo hizo rumbo al Oeste, es decir en sentido contrario al de Bly.

Elizabeth Bisland afrontó el problema del equipaje de manera diferente:

Finalmente me las arreglé para meter todas las cosas absolutamente necesarias para el viaje en un baúl de buen tamaño, un gran maletín Gladstone y un bolso de mano, pero después me di cuenta, por experiencia, que mi progreso no habría tenido ningún retraso y mi bienestar y felicidad hubiesen estado mucho mejor atendidos, si hubiese llevado una segunda caja con todo lo que pude haber necesitado. Llevé para el viaje dos batas de tela, una media docena de blusas ligeras y una de noche de seda, pero pude haber llevado también mi ropa de invierno y gran parte de la de verano. Afortunadamente tuve la precaución de llevar un montón de alfileres y pinches para el pelo. [Elizabeth Bisland, In Seven Stages: A Flying Trip Around the World.]

Nellie Bly llegó finalmente a Nueva Jersey el 25 de enero de 1890, a las 3:51 p.m. después de 72 días, seis horas, once minutos y catorce segundos. El recibimiento fue multitudinario.

La estación estaba llena de miles de personas, y el momento en que puse el pie en la plataforma, todos gritaron, y los cañones de la Battery y de Fort Greene anunciaron mi llegada. Me quité la gorra y quise gritar con la gente, no porque había dado la vuelta al mundo en setenta dos días, sino debido a que estaba en casa de nuevo. [Nellie Bly, Around the World in Seventy-two Days]

La  competencia fue seguida con atención por el público, pero el New York World, que era un diario sensacionalista, ignoró sistematicamente a Bisland y prevaleció por sobre la revista Cosmopolitan, de aparición mensual. Así, la fama se la llevó Nellie Bly oscureciendo la meritoria figura de Elizabeth Bisland.
Hay que notar además, que el triunfo de Bly tuvo su punto cuestionable, puesto que, para bajar sus tiempos, puesto que venía atrasada, Pulitzer contrató un tren privado para que la llevara de San Francisco a Nueva Jersey en tiempo record.
Mientras tanto, Elizabeth Bisland se veía obligada, en un oscuro episodio, a tomar un barco lento desde Irlanda a los EE.UU., arrivando finalmente  a Nueva York el 30 de enero, completando el viaje en 76 días y medio, detrás de Bly, pero bajando también el tiempo de Fogg.

Mis obligaciones, mis preocupaciones, mis intereses, que habían permanecido en la sombra durante  estos dos últimos meses, de repente adquieren contornos definidos y vuelven a ser vivas y reales una vez más. Me siento como si hubiese estado navegando por la bahía durante una hora y ahora estaba regresando.
. . . El barco se desliza en el muelle. Puedo ver las caras alegres de mis amigos que me esperan. Mi viaje ha terminado. He dado la vuelta al mundo en setenta seis días.
[Elizabeth Bisland, In Seven Stages: A Flying Trip Around the World.]

El mayor mérito de Nellie Bly fue el de haber tenido la idea y la capacidad de convencer de que sería capaz de realizarla. El de Elizabeth Bisland fue el de decidirse a tomar el desafío sin previo aviso y llevarlo a cabo de manera completamente improvisada pero no menos eficiente.

Para la mente masculina puede ser algo hilarante la idea de que una mujer sea sacada bruscamente de su casa sin tiempo suficiente para que arregle su vestuario, y para los hombres responsables de este viaje, aparentemente lo más delicioso fue obligarme a estar lista en cinco horas para un viaje de setenta y cinco días alrededor del mundo. El porqué de esto es algo que una mujer no adivinará facilmente y que está completamente fuera del alcance de su sentido del humor. Es uno de esos recovecos de la mente masculina que mi sexo ya no trata de comprender o enmendar y del que hemos aprendido a hacer caso omiso, ignorándolo en la medida de lo posible. [Elizabeth Bisland, In Seven Stages: A Flying Trip Around the World.]

Aunque después el record fue bajado aun más por otros viajeros, lo realmente destacable es que la frase de Julio Verne: Todo lo que un hombre pueda imaginar, otro podrá realizarlo, fue cumplida por dos jóvenes y audaces mujeres.

Edmund Dulac

Edmund Dulac  (22 de octubre de 1882 – 25 de mayo de 1953) fue un ilustrador francés naturalizado británico. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Toulouse. Se especializó en la ilustración, por ejemplo de novelas como las obras de las hermanas Brontë y de libros para niños, entre ellos los cuentos de los hermanos Grimm, de Andersen, Las mil y una noches y algunas obras de Poe. Su manejo de la línea es característico de sus emotivos dibujos, de gran colorido.
También realizó ilustraciones para revistas, como Harper’s BazaarThe American Weekly.

«¿Y de qué sirve un libro», se preguntó Alicia, «sin ilustraciones ni diálogos?»
(Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas)

El pájaro azul

La reina estaba muy feliz por el éxito de su plan. El príncipe tomó un carruaje tirado por tres grandes ranas con enormes alas, lo que hizo que el carro simplemente volara. Truitonne salió misteriosamente por una pequeña puerta, y el príncipe, que estaba a la espera de su aparición, puso sus brazos alrededor de ella y le juró fe eterna, pero, ya que no estaba de humor para hacer un largo viaje en el carruaje sin haberse antes casado con la princesa que amaba, le preguntó adonde podían ir. Ella le dijo que tenía una hada madrina llamada Soussio, quien era una persona muy famosa, y que podían ir a su castillo.
(El pájaro azul, cuento de hadas francés)

El pájaro Feng

En ese momento el ave maravillosa, como un fuego de muchos colores que descendía del cielo, se posó ante la princesa, dejando caer a sus pies el retrato. Ella abrió los ojos de asombro al ver su propia imagen. Y cuando ella hubo leído las líneas escritas en la esquina, le preguntó, temblando: 
“Dime, oh Feng-Hwang, ¿quien es él, que a pesar de estar cerca, no lo puedo ver, que conoce el sonido de mi voz a pesar de no haberme escuchado, y que puede recordar mi rostro sin haberme nunca visto visto?”
(Historia del Pájaro Feng, cuento de hadas chino)

El Príncipe Serpiente


Cuando Grannmia vio a su extraño amante, fue la única en el palacio que mantuvo la calma y el valor. Todos los sirvientes corrieron chillando cuando vieron el gran monstruo de oro entrar por la puerta y, cuando llegó a la Sala de Audiencias los Reyes huyeron en una dirección y los cortesanos en otra. Sólo la princesa quedó, temblando de asombro, y esperando a que la serpiente se manifestara. 
(El Príncipe Serpiente, cuento de hadas italiano)

La Cenicienta

‘¡Qué extraña pregunta!’ pensó Cenicienta. ‘¿Por qué las calabazas? Pero aún así, ¿por qué no? ‘Luego se apresuró a asegurar a su hada madrina que había un montón de ellas, grandes y maduras. 
Juntas salieron al oscuro jardín, y Cenicienta la guió hasta donde crecían las calabazas. 
‘Esta,’ dijo su madrina, señalando con su varita a la mejor y la más grande, ‘recógela y tráela contigo.’
(La Cenicienta, cuento de hadas francés)

Sindbad el Marino

Tan pronto como el porteador llegó ante el rico propietario de la casa, sentado entre sus invitados y rodeado del máximo lujo y magnificencia, fue recibido con la pregunta: “¿Cuál es tu nombre? ”Mi nombre es Sindbad, respondió el porteador, muy avergonzado. Ante esto, el anfitrión aplaudió y se rió en voz alta. ‘Tú sabes que me llamo también Sindbad?’ , exclamó. ‘Pero yo soy Simbad el Marino, y Simbad el de Tierra, porque a ti te gusta el contraste, y a mi también’.
(Las mil y una noches, Historia de Sindbad el Marino)

Jane Eyre

El viajero entonces se palpó pies y piernas, como para cerciorarse de si se habían roto algo o no, y alguna novedad debió de encontrar, porque se acercó a la valla junto a la que yo estuviera sentada y se sentó, a su vez.
Pensando que podría serle útil, me aproximé:
-Si se ha lastimado y necesita ayuda, puedo ir a buscar a alguien a Hay o a Thornfield Hall.
-Gracias. Yo mismo iré. No hay nada roto: es una simple dislocación.
(Charlotte Brontë, Jane Eyre)

Circe y Odiseo

«”¿Por qué, Odiseo, permaneces sentado como un mudo consumiendo tu ánimo y no tocas siquiera la comida y la bebida? Seguro que temes alguna otra desgracia, pero no tienes nada que temer, pues ya te hice un juramento.”
«Así habló, y entonces le contesté diciendo:
«”Circe, ¿qué hombre como es debido probaría comida o bebida antes de que sus compañeros quedaran libres y él los viera con sus ojos? Conque, si me invitas con buena voluntad a beber y comer, suelta a mis fieles compañeros para que pueda verlos.”
(Homero, La Odisea)

La portada de la revista Harper’s Bazar de marzo de 1917 estaba ilustrada con una de las pinturas de Edmund Dulac para la historia de la Princesa Badoura.

La Señora Badoura, Princesa de China, la hija del rey Gaiour, Señor de todos los mares y de los Siete Palacios! ¡Oh, rey! ¡No había nadie como ella en todo el mundo! Su cabello era tan oscuro como la noche de la separación y del exilio; su rostro era como el amanecer, cuando los amantes se encuentran para abrazarse; sus mejillas eran como pétalos de una anémona llena de vino. Cuando hablaba, la música nacía de nuevo en la tierra; al caminar sus pies parecían deslizarse con delicia bajo el peso de su gracia y su hermosura.
(Las mil y una noches, La princesa Badoura)

Puentes

Leonid Afremov, Puente en San Petersburgo


Entre ahora y ahora
entre yo soy y tú eres
la palabra puente.
Entras en ti misma
al entrar en ella:
como un anillo
el mundo se cierra.
De una orilla a otra
siempre se tiende un cuerpo,
un arcoiris.
Yo cantaré por sus repechos,
yo dormiré bajo sus arcos.
(Octavio Paz)

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Puente de Arlés, Vincent van Gogh

Yo dibujo puentes

para que me encuentres:
Un puente de tela,
con mis acuarelas…
Un puente colgante,
con tiza brillante…
Puentes de madera,
con lápiz de cera…
Puentes levadizos,
plateados, cobrizos…
Puentes irrompibles,
de piedra, invisibles…
Y Tú…¡Quién creyera!
¡No los ves siquiera!
Hago cien, diez, uno…
¡No cruzas ninguno!
Más… como te quiero…
dibujo y espero.
¡Bellos, bellos puentes
para que me encuentres!

(Elsa Bornemann)

 
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Olya Repin, Sobre un puente de Abramtsevo

Ayer he recordado un día de claro invierno. 
He recordado un puente sobre el río, 
un río robándole azul al cielo.
Mi amor era menos que nada en ese puente.
(Jorge Teillier)

 

 
Hiroshige, Hombres cruzando el puente




A lo largo del río
No encontré ningún puente
Ese día sin fin

(Shiki)





Puente colgante



¿Lejos? 
Hay un arco tendido

que hace viajar la flecha
de tu voz.
¿Alto?
Hay un ala que rema
recta, hacia el sol.
De polo a polo a una
secreta información.
¿Qué más?
Estar alerta
para el duro remar;
y toda el alma abierta
de par en par.

(Nicolás Guillén)

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Hiroshi, Yoshida, Puente Sagrado




Frente a frente mirémonos
-las manos enlazadas-
Mientras que pasan bajo el puente
De nuestros brazos -fatigadas-
Las hondas silenciosas de nuestras dos miradas

(Apollinaire)

James Child, Puente



¡Qué mansa pena me da!
El puente siempre se queda y el agua siempre se va.
Tristemente para los dos, amor mío,
en el amor, uno es puente y otro, río.

(Manuel Benítez Carrasco)

Moby Dick


El 18 de octubre de 1851 se publica en Londres la novela The Whale de Herman Melville, la que en noviembre del mismo año aparecerá en Nueva York bajo el nombre de Moby-Dick.
Aunque en un comienzo no tuvo una buena aceptación, actualmente se le considera una de las grandes obras de la literatura universal.

De todas las leyendas que nos ha legado la era de la pesca de la ballena, ninguna es más conocida que la de Moby Dick, la ballena blanca inmortalizada por Herman Melville.

Pero hay un hombre que realmente dió caza a una ballena blanca, se trata del arponero Amos Smalley, de Massachusetts.
En el verano de 1902, navegaba el Platina, al sur de las Azores , cuando el vigía gritó: “¡Allá sopla!…” A dos kilómetros de distancia se divisaba una ballena de esperma, el capitán dió la orden de bajar los botes. Cuando estuvieron próximos se escuchó un grito “¡Es blanca! ¡Toda blanca!”.
Los marineros se sobresaltaron, los semblantes de algunos estaban tan blancos como la ballena. Amos ocupó su puesto en la proa de la ballenera y arponeó a la ballena, inmensa mole tan blanca como la espuma que levantaba.
Hacía pocos días una ballena se había sumergido para luego emerger verticalmente, levantando el bote a una altura de tres metros y enviando a todos al agua mientras los maxilares de la ballena destrozaban los restos. Eso era algo que podía suceder de nuevo.
Pero la ballena de 27 metros recibió el certero arponazo en el corazón, se hundió por un momento y luego emergió lentamente para quedar flotando como una boya inmensa, se estremeció para quedar finalmente exánime.
Aquella noche Amos pensó en que habría pasado si no hubiera muerto a la ballena del primer arponazo. Treinta y cinco años después supo que la ballena blanca tenía una leyenda: un profesor de historia e hijo de ballenero le preguntó sobre “Moby Dick”. De él escuchó la historia de hacía 50 años atrás de la época de Amos, acerca de una ballena blanca que merodeaba por el Pacífico y que era más feroz que ninguna.
Nadie sabe si la ballena muerta por Amos era Moby Dick, pero él recordó que su capitán, al examinar los dientes de la ballena dijo: –Tiene por lo menos cien años, quizá hasta doscientos…

Extractado de Selecciones de Reader’s Digest vol XXXIV, No. 202

Breve historia del té

Shen Nong

2737 a. de C. De acuerdo con una leyenda china, el té fue inventado accidentalmente por el emperador Shen Nong, cuando unas hojas de Camelia Sinensis cayeron en un recipiente con agua hirviendo.

59 a. de C. Wang Bao escribió el primer libro conocido acerca de como comprar y como preparar el té.

22 El médico y cirujano Hua Tuo escribó el Shin Lu, en el que describe las cualidades del té para mejorar las funciones mentales.

Plantación de té

400-600 la demanda de té crece tanto que en lugar de recolectar las hojas de las plantas silvestres, comienza a desarrollarse el cultivo del té.

479 comerciantes turcos se llegan a la frontera con Mongolia para comerciar el té.

589-618 durante la Dinastía Sui, el té fue introducido en Japón por los monjes budistas.

Lu Yu

650 El té llega al Tibet.

618-906 Durante la Dinastía Tang comenzó a producirse el té molido. Las caravanas transportaban el té por la Ruta de la Seda llevándolo a la India, Turquía y Rusia.

780 El poeta Lu Yu escribió el libro del té, convirtiéndose en una celebridad, bajo la protección del
emperador. El libro describe los métodos de cultivo y de preparación del té.

1206-1368 Durante la Dinastía Yuan, el té se convirtió en una bebida vulgar, perdiendo la especial condición de que gozaba anteriormente en China.

Ceremonia del té

1211 En Japón, Elsai escribió un librito acerca del té, con lo que aumentó su popularidad.

1368-1644 Durante la Dinastía Ming, el pueblo chino comenzó a apreciar de nuevo el té. El nuevo método de preparación consistía en sumergir las hojas enteras en el agua.

1422-1502 El sacerdote japonés Murata Shuko, de la devoción Zen, creó la Ceremonia del Té, llamada Cha No Yu, que significa “agua caliente para el té”.

1610 los holandeses traen el té a Europa desde la China, intercambiándolo por salvia.

1636 El té comienza a conocerse en Francia.

1657 El té se vende por primera vez en Inglaterra, en la Garraway’s Coffee

Garraway’s Coffee House

House de Londres.

1661 Los taiwaneses comienzan a beber el té silvestre.

1662 El matrimonio formado por Carlos II y Catalina Braganza de Portugal, tomaba té y lo pusieron de moda. Su popularidad entre la aristocracia causó que disminuyera el consumo de bebidas alcohólicas.

1679 En Taiwan, los campesinos de Nantou cultivan por primera vez el té. Los comerciantes holandeses transportan la primera exportación taiwanesa de té a Persia.

Caravana en la Ruta de la Seda

1689 La demanda de té en Rusia causó que una caravana de trescientos camellos viajaratuviera que viajar 17 mil kilómetros a China para traerlo, en un viaje de deciseis meses.

1705 La importación anual de té a Inglaterra alcanza las 370 toneladas.

1710 En las Colonias Americanas la clase acomodada se aficiona al té.

1733 El Boston Tea Party protesta por el alto impuesto al té, abordan los barcos de la East India Company arrojando la carga de té al mar.

Clippers en la “Carrera del Té”

1776 Inglaterra envía el primer cargamento de opio a China. La creciente adicción al opio en ese país financió la demanda de té en Inglaterra.

1834 Un edicto imperial cerró los puertos chinos a los barcos extranjeros hasta el fin de la Primera Guerra del Opio.

1835 La East India Company establece plantaciones experimentales de té en Assam, India.

1840 Los clippers podían hace el viaje de Hong Kong a Londres en alrededor de 100 días, estos veleros rápidos competían en la llamada “carrera del té”.

1856 Comienza el cultvo del té en la región de Darjeeling.

1857 En Ceilán comienza a cultivarse el té, pero no será exportado hasta 1870.

1869 Se abre el Canal de Suez, con lo que el viaje a China se hizo más corto y más económico. Comienza la era del vapor.

Té Helado

1870 Twinings de Inglaterra comienza a fabricar mezclas de té, para hacerlo más consistente.

1900 El Ferrocarril Transiberiano hace que el transporte del té a Rusia sea más rápido y barato.

1901 Comienza a producirse te en Java.

1904 Richard Blechynden prepara el Té Helado en la Feria Mundial de St. Louis.

1908 Thomas Sullivan inventa, sin saberlo, el té en bolsitas.

1910 Sumatra e Indonesia se suman a los exportadores de té. Comienza a introducirse el cultivo en Kenya y otros lugares de África.

1953 Se introduce en el mercado el té instantáneo.

1983 Comienza a producirse el Té Helado embotellado, actualmente el 80% del té que se consume en los EE.UU. es este tipo de té.

1996 Lipton introduce la bolsita de té de forma piramidal.

2012 El té se produce en más de 40 países, produciendo más de 4,5 millones de toneladas de té al año.

Lluvia

Tormenta en el mar, Shanon Stride

Luego, a los siete días, cómenzaron a caer sobre la tierra las aguas del diluvio. 
A los seiscientos años de la vida de Noé, el día diecisiete del segundo mes del año, brotaron todos los manantiales del fondo del mar y las compuertas del cielo se abrieron. 
Estuvo lloviendo sobre la tierra por cuarenta días y cuarenta noches. 
(La Biblia, Génesis 7:10-12)

Lluvia, Andrey Soldatenko


Durante días enteros, durante semanas enteras, todos los habitantes del país—campesinos, comerciantes, soldados, ministros de Estado— habían estado esperando que el tiempo cambiase y que empezasen las lluvias, aquellas ricas y torrenciales lluvias que, de la noche a la mañana, convertían jardines, campos y selva, de un ardiente y requemado desierto en una masa de verdor que parecía agitarse con una vida frenética, retorciéndose, devorando las paredes, los árboles y las casas. 
(Louis Bromfield, Vinieron las lluvias)

Auvers bajo la lluvia, Vincent van Gogh


El agua que cae del cielo es, en definitiva, quien manda y dirige nuestro deambular, condicionado por los herbazales que atraen a estos rebaños que nos guían, y procuran, con su carne, el alimento. Somos hijos de la lluvia. Y el sino del hombre, tejer una red enmarañada y sin fin con las huellas del ir y venir de sus pasos.
(Torcuato Luca de Tena, Los Hijos de la Lluvia)

La belleza de la lluvia, Leonid Afremov

Un día no hubo sol, pero en cambio llovió; llovió a torrentes. El patio se llenó pronto de agua y las gotas saltaban formando candeleritos que la corriente arrastraba. Estos millones de existencias fugitivas corrían como si estuvieran apuradas, al son de la música del aguacero, con acompañamiento de truenos y relámpagos. Había en el aire olor a tierra mojada, perfume inimitable que ningún perfumista ha fabricado, y revoloteaban en la atmósfera las luces de cristal de las gotas saltonas, acompañadas por el ruido inmutable, acompasado, monótono, variado, uniforme, caprichoso, metálico y líquido, propio sólo de la lluvia.
(Oscar Wilde, La Lluvia)

Lluvia, Utagawa-Kuniyoshi


La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva. Era un chisporroteo, una catarata, un latigazo en los ojos, una résaca cn los tobillos. Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias. Caía a golpes, en toneladas; entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de mono. Era una lluvia sólida y vidriosa, y no dejaba de caer.
(Ray Bradbury, La lluvia)


Lluvia, Karen Woods

—¿Qué te parece? —empezó Lillian—. Uno diría que son de…
Los cielos se abrieron y la lluvia descendió en forma de gotas gigantes, como si se hubiera reventado de pronto alguna presa celestial. Un centenar de palos de tambor repicaban sobre la capota del coche… Y a mitad de camino de la puerta de su casa, los Sakkaro se habían parado y levantaban la vista al cielo con aire desesperado.
Bajo el azote de la lluvia, sus rostros se disolvían; se disolvieron y contrajeron y resbalaron hacia el suelo. Los tres cuerpos se reducían, desplomándose dentro de las ropas, que se deshincharon sobre el suelo, formando tres montoncitos mojados y pegajosos.
Y mientras los Wright continuaban sentados en su coche, transfigurados de horror, Lillian fue incapaz de reprimirse y dejar de terminar el comentario iniciado: —… que son de azúcar y tienen miedo de disolverse.
(Isaac Asimov, Lluvia, lluvia, vete lejos)