Pan

La manera en que das vale más que lo que das.

(Pierre Corneille)

Un día, como acostumbro hacer desde hace ya no se cuantos años, me acerqué al humilde puesto de salchichas que Beto tiene desde hace tiempo en la avenida. Es una costumbre, una rutina, con algo de ritual, que forma parte de una especie de amistad de larga data.
Salgo del trabajo y me voy caminando hacia la parada del autobus, y en medio de ese trayecto, que recorro, dígase la verdad, arrastrando siempre los pies y no pocas veces el alma, me detengo unos momentos con el pretexto de comer algo.
Normalmente los clientes, no muy numerosos por cierto, compran algo y se van, comiendo mientras caminan, o a sentarse un poco más lejos, en alguna de las bancas. Yo en cambio, me quedo de pie en el lugar para compartir alguna noticia local, algún recuerdo, o simplemente un poco de silenciosa compañía.
Pero un día, no recuerdo cuando fue, como tampoco se por qué hoy esto se viene a mi memoria, noté que un hombre de aspecto malicento, que se encontraba a unos cuantos metros, miraba de una manera que él tal vez creía disimulada, hacia el puesto.
No le presté mayor atención y seguí conversando, de cualquier cosa o de nada como siempre, hasta que de pronto el hombre se decidió y avanzó hacia nosotros.
–Señor –le dijo a Beto, con voz algo trémula–, ¿podría darme un pan?, se lo pago mañana.
El “se lo pago mañana” me sonó tan a “seguro que no lo pago nunca”, que sentí algo de rechazo.
Pero Beto lo miró durante unos segundos que a mi me parecieron una eternidad, tomó un pan, le puso en medio una salchicha caliente, y se lo tendió.
–Cuando pueda, amigo –le dijo.
El hombre le dio las gracias, más que con su débil voz, con expresivos ojos, y se retiró lentamente.
–Cuando una persona pide dinero, –me dijo mi amigo– no sabes si realmente lo necesita, y si se lo das, tampoco sabes en que lo va a gastar. Pero si pide de comer, es seguro que lo necesita.
Debe ser cierto, porque cuando el hombre se alejaba, vi que con una mano se llevaba el pan a la boca, mientras con la otra secaba una lágrima que resbalaba por su mejilla.

Jen-O

Anuncios

Partida de caza

ba solo, se había adelantado al grupo pues no quería que el ruido interfiriera. Pero la selva estaba demasiado silenciosa, tal vez su presencia era la que provocaba que las bulliciosas aves callaran. 
Se detuvo, observando cuidadosamente el entorno en busca de su objetivo. Nada, comenzó a exasperarse, llevaba algunas horas de luchar contra la espesura mientras buscaba los ejemplares que necesitaba, lo guiaba su instinto de cazador y lo mantenía, a pesar del calor y el cansancio, su afán de conseguir uno más, por lo menos.
Siguió avanzando, sentía la camisa mojada pegarse a su espalda, se sentó un momento, pero sin dejar de mantener la mirada atenta. 
Un leve rumor lo puso en alerta, sintió un agudo dolor en el pecho y luego nada más.
Cuando sus compañeros lo encontraron parecía descansar apoyado en un árbol, pero estaba muerto, clavado al tronco por una flecha que atravesaba su pecho.
Decidieron enterrarlo allí mismo, no había otra cosa que se pudiera hacer. Cuando tuvieron que decidir que hacer con sus cosas, las que tenían algún valor las repartieron, las que no servían para nada las dejaron. Entre las últimas había una pesada caja que resultó contener una colección de mariposas, cada una de ellas atravesada por un acerado alfiler.


Jenofonte