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Las mil y una noches

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Antonie Galland (4 de abril de 1646 – 17 de febrero de 1715) fue un orientalista y arqueólogo francés, famoso por realizar la primera traducción europea de Las mil y una noches. Durante su estancia en Constantinopla, 1n 1690, Galland conoció un manuscrito de la Historia de Sindbad el marino, lo tradujo al francés y lo publicó en 1701. El éxito que tuvo lo entusiasmó para traducir un manuscrito sirio del siglo XIV de cuentos de Las mil y una noches. Los dos primeros volúmenes aparecieron en 1704 y el último (el XII) fue publicado postumamente en 1717. La primera parte de la obra es una traducción del manuscrito sirio, pero posteriormente recogió cuentos de otras fuentes.

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Anton Pieck, Las mil y una noches

La traducción de Galland se adaptó al gusto de la época, por lo mismo eliminó los pasajes eróticos y los fragmentos de poesía.
Richard Burton, otro de los famosos traductores de la obra, llamó a la traducción de Galland una “deliciosa abreviación y adaptación”. Burton tenía razón, pero debe entenderse que la traducción de Galland fue el producto de una época para una época, además de ser la versión que está más al alcance del público infantil y de las personas que prefieren evitar las escenas y el lenguaje erótico. Es por eso que aunque han pasado doscientos años, la obra de Galland ha sobrevivido con toda su magia.

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Edmund Dulac, El príncipe Ahmed y el hada Peri-Banú

Las mil y una noches es, tecnicamente, una colección de cuentos. Procede de la antigua tradición oriental de los Contadores de Cuentos y fueron reunidas posteriormente en colecciones escritas por diferentes recopiladores a lo largo de siglos. Reune historias de los más diversos orígenes, indio, iranio, árabe, egipcio, mesopotámico y griego, por lo menos.
Se cree que sus primeras versiones escritas datan del siglo IX.

Los cuentos están estructurados alrededor de la historia del rey Shariar y su esposa Sherezada, quién para salvarse de la muerte y salvar también de un cruel destino a las doncellas del reino, cuenta a su esposo una historia cada noche, dejándola irremediablemente inconclusa postergando así su destino por un día más.
Luego, los cuentos van desarrollándose con el recurso de la historia dentro de la historia, de modo que el protagonista de un cuento cuenta a su vez otro.

Como nunca500 mil existió un libro único, sino compilaciones de diversos autores, se encuentran diversas ediciones, las que difieren en su contenido.
Los temas de los cuentos son de la más grande diversidad, incluyendo mitología pre-islámica, historias románticas, de terror, policiales, cómicas y didácticas, por ejemplo. También pueden encontrarse elementos fantásticos y que podrían clasificarse dentro de la moderna ciencia ficción.

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Robert Swain Gifford, El huevo de Roc

 

Es un libro muy entretenido, que vale la pena ser leído, aunque por supuesto el llamado público en general no lo aprecia en lo que debe, rescatando tan solo algunas historias aisladas como la de Ali Babá o la de Aladino, que, según los expertos, ni siquiera pertenece a Las mil y una noches, y, algunos sospechan, fueron escritas por el mismísimo Antonie Galland.

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Las botas viejas

boots—¡Bravo, D’Hevrais!, su oratoria es tan fluida como su prosa —alabó Petia—. El hecho es que no existe ningún Dios, sino la materia y unos principios básicos de moralidad. Le aconsejo que desarrolle sus ideas y escriba un artículo para la Revue Parisienne: es un tema excelente.

—Para escribir un buen artículo no hace falta ningún tema —afirmó el francés—. Basta con escribir bien.
—Eso es un absurdo —se indignó McLoughlin—. Sin un tema, ni un equilibrista de la palabra como usted podría hacer algo bueno.
—Señáleme cualquier tema que se le ocurra, el más trivial, y yo escribiré un artículo que mi periódico estará encantado de publicar. —D’Hevrais alargó la mano—. ¿Se apuesta usted algo? Mi silla de montar española contra sus gemelos Zeig.
Estalló una excitación general.
—¡Apuesto doscientos rublos por D’Hevrais! —anunció Soboliev.
—¿Cualquier tema que se me ocurra? —repitió lentamente el irlandés—. Cualquiera, ¿no es eso?
—Sí, señor, cualquiera. Incluso sobre la mosca que acaba de posarse en el bigote del coronel Lukan.

El rumano se sacudió apresuradamente el bigote y anunció: —Apuesto trescientos rublos por monsieur McLoughlin. ¿Qué tema señala?
—De acuerdo, pues escriba sobre sus botas viejas. —McLoughlin apuntó con el dedo las polvorientas botas de lona del francés—. Intente escribir un artículo que los lectores parisinos lean y que los haga entusiasmarse.
Soboliev levantó rápidamente las manos.
—Antes de que cierren la apuesta yo retiro la mía. ¡Unas botas viejas no, es demasiado!
Finalmente, las apuestas en favor del irlandés sumaron mil rublos, mientras que nadie quiso arriesgar su dinero por el francés.

. . .

Revue Parisienne (París)
18 (6) de julio de 1877 Charles D’Hevrais

LAS BOTAS VIEJAS. APUNTES DESDE EL FRENTE
Su piel se ha cuarteado y ahora está tan tierna como los labios de un caballo. No se puede aparecer en sociedad con botas como éstas. Pero yo no lo hago: las botas tienen otro uso.Me las cosió hace diez años un viejo judío de Sofía. Las cobró caras, diez rublos, pero me dijo: «Señor, yo llevaré mucho tiempo en tierra, bajo las malvas, y usted seguirá calzando estas botas y recordando a Isaac con buenas palabras.»No había pasado un año cuando, durante las excavaciones de una ciudad asiría en Mesopotamia, se rompió el tacón de la bota izquierda. Tuve que regresar solo al campamento. Caminé cojeando por la arena abrasadora, maldiciendo al viejo estafador de Sofía con las palabras más groseras y jurando que quemaría las botas en una hoguera.Mis colegas, unos arqueólogos británicos, no pudieron llegar al lugar de las excavaciones: fueron atacados por los jinetes del bey Rifat, al que los cristianos tienen por el mismo hijo de Satanás, y fueron degollados sin excepción. Yo no quemé las botas; puse un tacón nuevo y encargué unas pequeñas herraduras de plata.En 1873, en el mes de mayo, camino de Jiva, mi guía Asaf decidió apoderarse de mi reloj, mi fusil y mi caballo negro, Alfanje. Por la noche, cuando dormía en mi tienda de campaña, el guía introdujo en mi bota izquierda una víbora venenosa de mordedura letal. Pero la bota en ese momento pedía a gritos un remiendo y la víbora escapó por un agujero y volvió al desierto. Por la mañana, el mismo Asaf me confesó lo que había hecho porque veía en lo ocurrido la intervención de Alá.Medio año más tarde, el barco Adrianópolis encalló en un bajío del golfo Termaico. Yo logré alcanzar a nado la orilla, que estaba a dos leguas y media de distancia. Las botas me arrastraban hacia el fondo del mar, pero no me las quité. Me dije que, si lo hacía, sería como una capitulación y no lograría llegar a tierra. Las botas me ayudaron a no rendirme. Fui el único en alcanzar la orilla. Los demás pasajeros se ahogaron.Ahora estoy en el frente de batalla. La muerte nos acecha cada día. Pero estoy tranquilo. Me calzo mis botas, que en estos diez años han cambiado del color negro al pardo, y me siento bajo los disparos como si calzara unas zapatillas de baile encima de un parquet resplandeciente.Nunca dejo que mi caballo pise las malvas del suelo: ¿y si hubieran crecido sobre la tumba de Isaac?
(Boris Akunin, Gambito turco)

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Idus de marzo

El día de los Idus de marzo del año 44 a.C. muere asesinado por sus enemigos políticos, Cayo Julio César, político y militar romano que jugó un papel fundamental en los hechos que condujeron finalmente al término de la República Romana y la formación del Imperio Romano.

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John Gilbert, ilustración para “Julio César”

ADIVINO. — ¡César! 
CÉSAR. — ¡Eh! ¿Quién llama?
CASCA. — ¡Que cese todo ruido! ¡Silencio de nuevo!
CÉSAR. — ¿Quién de entre la muchedumbre me ha llamado? Oigo una voz, más vibrante que toda la música, gritar: «¡César!» Habla; César te escucha.
ADIVINO, — ¡Cuídate de los idus de marzo!
CÉSAR. — ¿Quién es ese hombre?
BRUTO. — Un adivino, que dice que te cuides de los idus de marzo.
CÉSAR. — Tráiganle ante mí, quiero verle.
CASIO. — Amigo, sal de entre la muchedumbre; mira a César.
CÉSAR. — ¿Qué quieres decirme? Habla.
ADIVINO. — ¡cuídate de los idus de marzo!
(William Shakespeare, Julio César)

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Vincenzo Camuccini, La muerte de César

Casca fue el primero que le hirió con un puñal junto al cuello; pero la herida que le hizo no fue mortal ni profunda, turbado, como era natural, en el principio de un empeño como era aquél; de manera que, volviéndose César, le cogió y detuvo el puñal, y a un mismo tiempo exclamaron ambos: el ofendido, en latín: “Malvado Casca, ¿qué haces?” y el ofensor, en griego, a su hermano: “Hermano, auxilio”. Como éste fuese el principio, a los que ningún antecedente tenían les causó gran sorpresa y pasmo lo que estaba pasando, sin atreverse ni a huir ni a defenderlo, ni siquiera a articular palabra.
(Plutarco, Vidas paralelas)

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C.L. Doughty, La muerte de Julio César

Mientras tomaba asiento, los conspiradores se congregaron a su alrededor como para presentar sus respetos, y acto seguido, Tillius Cimber, que había asumido el mando, se acercó como para preguntar algo; y cuando César, con un gesto, lo apartó para otro momento, Cimber tomó su toga por ambos hombros; entonces, cuando César gritó: “¡Vaya, esto es violencia!” uno de los Cascas lo apuñaló por un lado justo debajo de la garganta. César tomó el brazo de Casca y lo atravesó con su stilus, pero cuando trató de levantarse, fue detenido por otra herida. Cuando vio que estaba rodeado de dagas por todos lados, se tapó la cabeza con la toga y al mismo tiempo se inclinó sobre la mano izquierda para caer más decentemente, quedando la parte inferior de su cuerpo así cubierta.
(Suetonio, Vida de Julio César)

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Escuela española, siglo XIX, El asesinato de Julio César

Así murió Cayo César en los idus de marzo, que coinciden casi con la mitad del mes griego Antesterion, a cuyo día el adivino predijo que no debería sobrevivir. César, bromeando, le dijo a primera hora de la mañana: “Bueno, los Idus han llegado”, y el último, nada intimidado, respondió: “Pero no se han ido”. Despreciando tales profecías, pronunciadas con tanta confianza por el adivino y otros prodigios que he mencionado anteriormente, César siguió su camino y encontró su muerte, teniendo cincuenta y seis años de edad, un hombre muy afortunado en todas las cosas, sobrehumano, de grandes destinos, y que podría ser comparado con Alejandro.
(Apiano, Las guerras civiles)

 

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Otoño

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Alezander Volkov, Otoño

Otoño. Día a día el jardín se marchita.
Y las hojas amarillas son juguete del viento.
Solo a lo lejos brillan, en el fondo del valle,
los racimos rojizos, marchitos, del serbal.

En mi corazón hay dicha y tormento
acaricio tus manos, sin decir palabra,
y en silencio te miro, mientras corren mis lágrimas,
sin poder decir cuánto te quiero.
(Alexei Tolstoi)

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Leonid Afremov, Niebla de otoño

En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta,
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

Busco unas manos,
una presencia, un cuerpo,
lo que rompe los muros
y hace nacer las formas embriagadas,
un roce, un son, un giro, un ala apenas;
busco dentro mí,
huesos, violines intocados,
vértebras delicadas y sombrías,
labios que sueñan labios,
manos que sueñan pájaros…

Y algo que no se sabe y dice «nunca»
cae del cielo,
de ti, mi Dios y mi adversario.
(Octavio Paz)

otoño pablo burchard

Pablo Burchard, Otoño

Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran

ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda

aprovechemos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza
porque el futuro se nos vuelve escarcha
(Mario Benedetti)

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Marc Barrie, Otoño dorado

Las hojas del otoño flotan sobre tu brisa
y caen en el estanque solitario del alma.
Un dolor de ser otros parece que nos pesa
como unas rotas alas.
(Acaso nunca el hombre es él mismo.) Escuchamos
la voz honda del tiempo, la palabra
del tiempo que en los labios cobrizos del otoño
pone su dejo antiguo, su amarillez, y pasa.

Escuchamos el tiempo pasar: es un rebaño
invisible que pisa por la hierba mojada;
es una larga ronda de vientos tañedores
entre las flautas rojas de las ramas;

es una herida queja de líquidos metales
por fugitivos corazones de agua.
Escuchamos el tiempo y apretamos los párpados
y sentimos el tiempo en nuestras lágrimas.

El otoño que arde con su lumbre de gloria
presta a las cosas luz misteriosa y dorada;
toda la tierra tiene una triste hermosura
como una dulce evocación de infancia.

También otoño el corazón nos dora
y sus hondos paisajes nos enciende en el alma
y nos sentimos tiempo transitando, fundida
nuestra amarilla cera en las hermosas brasas.

Caminamos pisando un corazón de hojas.
Pisando lentamente una esperanza.
Y miramos al cielo. Y abatimos la frente.
Y decimos: -Mañana.
(Leopoldo de Luis)

 

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Keishu Takeuchi, Brocado de otoño

Lluvias frías
hasta el mono quisiera
un abrigo de paja

¿Con qué voz cantarás
y qué canto araña
en la brisa del otoño?

El sonido de la campana
se expande en la bruma
del alba

Dios está ausente
las hojas muertas se amontonan
todo está desierto

Nada dice
en el canto de la cigarra
que su fin está cerca
(Bashö)

jiang zhong el rio lijiang en otoño

Jiang Zhong, El rio Lijiang en otoño

Pocos visitantes atraviesan esta puerta.
Frente a las gradas crecen numerosos
pinos y bambúes,
la pared oriental resguarda del aire del otoño.
Por el patio occidental sopla la brisa fresca.
Aunque tengo un arpa
no tengo ganas de tañerla.
Tengo libros, pero
me falta tiempo para leer.
Todo el santo día, en esta región
de una pulgada cuadrada [el corazón],
solo existe la tranquilidad
y la ausencia de pasión.
¿Por qué habría de agrandar
mi casa?
No tiene sentido hablar mucho.
Una habitación mediana
es suficiente para el cuerpo;
dos tazones de arroz
bastan para el estómago.
¿Por qué habría de estar descontento?
(Bai Juyi)

john atkinson grimshaw

John Atkinson Grimshaw, Sentimientos de otoño

El otoño incipiente del amor agonizante
En secreto admiro los matices dorados
Del otoño incipiente, del amor en agonía.
Las ramas diáfanas, la alameda vacía,
En la oscuridad palideciente, flameante, derretiente
Se oculta la calma, la belleza, la pureza.

Las hojas, suspirando, bajo el viento que les acaricia,
Se van rodando serenamente y se alejan
(Los pensamientos sobre el pasado en la visión adulante).
Vivir y no vivir: está bien y no se siente ninguna pena.
La hoz afilada, cortando indolorosamente,
Oprime en el alma la exaltación y la tristeza.

El sol brillante sin la rebeldía de antes,
La lluvia como las gotas del rocío que fluyen
(Lánguidas caricias sin la rebeldía de antes),
El olor de las rosas en los jardines, terminando de florecer.
En el corazón: el manantial de la ternura calmada,
La felicidad sin celos, la pasión sin amenazas.

¡Bienvenidos los días celestes, otoñales,
El dorado de los tilos y de los álamos púrpura!
¡Bienvenidos los días, anteriores a la despedida, otoñales!
¡La aureola, que corona los días luminosos, pálida!
¡Los días de las palabras sin expresar y los instantes
De la apacible docilidad de los corazones fundidos!
(Valery Briúsov)

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Tiempo de Arena

arenaDesde el infierno llega al Seminario, en un avernolito, la princesa rusa. Todos leen el libro a hurtadillas en las horas de estudio, bajo la tapa de los bancos. La perversa mujer se adueña del patio de los filósofos y viola a los mozalbetes conciliares, dejándolos exhaustos, inflamados los ojos y los órganos genitales. Las violentas sesiones de la orgásmica princesa, introduciéndose archiduques, capitanes de la guardia, mujiks, popes de barba hirsuta, prodúcenle a Emilio tan violenta conmoción que rompe todos los diques y se masturba tantas veces como coitos ocurren en el antológico libro. Cómo le remuerde la conciencia después de aquellas vivencias solitarias y colectivas, se halla a merced de un huracán que no puede resistir. El terrible mal que invade el Seminario termina por ser detectado, el confesionario descubre con rapidez las orgiásticas sesiones de los evolutivos sátiros y el Rector inicia, sin piedad, un violento operativo sobre bancos, baúles y colchones con el ávido concurso de policiales teólogos y presbíteros. Hay que erradicar para siempre a la satánica mujer. Los textos y sus copias manuscritas son quemados simbólicamente en el Patio de los Filósofos. Cada padre es advertido acerca de la ruina moral que amenaza al hijo acusado de tener relaciones con la princesa.
Haciendo pucheros, desconsolada, doña Lucía no puede creer en la degeneración del inocente hijo, tanta santidad, tantas misas con la toalla como casulla, tanta piedad cuando reza sus oraciones, “¿se lo contará al capitán?. Siente la obligación de hacerlo cuando descubre una pequeña libreta negra-diccionario erótico en la que Emilio describe con lujo de detalles el significado de una serie de ideas y actos fundamentales aprendidos de la perversa rusa. El capitán lo abofetea. En Alemania, jamás un muchacho de doce años ha penetrado tan doctamente en el campo de la semántica erótica. Al severo marino le pasa fugazmente por la cabeza la idea de que el mestizaje sajón latino ha resultado fatal, es solamente una idea que tortura durante algún tiempo. Cuando Emilio abandona el Seminario para ingresar a la Escuela Naval, deja su ejemplar de la princesa rusa escondido bajo una baldosa del Patio de los Filósofos. La fabulosa hembra sigue apareciéndose en las noches de insomnio a los muchachos púberes que continúan jugando al pecado y a la confesión. Los santos présbíteros terminan integrándola a la liturgia, en los confesionarios oyen el sabroso relato cada mañana antes de la comunión.
El terremoto de enero de 1939 destruye el Seminario de Concepción, la capilla gótica francesa y el Patio de los Filósofos. Uno de los tonsurados confidenció al Prebendado Rector, que en medio del terrible fragor del bamboleo y posterior derrumbe se oyó la voz de una mujer que gritaba, poseída del demonio. “Eso es absolutamente falso –intervino el inocente maestro de capilla— jamás mujer alguna entró al “Patio de los Filósofos”.
(Julio Aldebarán, Tiempo de arena)

 

 

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Mala disposición

36087e422dcd8ae48aed99badbf2c1ccDe esta manera intentábamos llegar a algún pueblo donde pudiéramos encontrar a los habitantes más hospitalarios. Más o menos a un tiro de fusil, vimos una casa un poco más atrás de la carretera. Nos decidimos a forzar un alojamiento, si no nos recibían con buena voluntad. Sin embargo, el campesino nos dijo que nos alojaría con placer; pero que si lo sabían los aldeanos, tendría problemas por habernos dado refugio. Si nadie nos había visto entrar, se arriesgaría a recibirnos. Le aseguramos que nadie nos había visto, que podía recibirnos sin ningún temor, y que antes de irnos le daríamos dos táleros. Pareció muy complacido, y su esposa aún más, y nos instalamos alrededor de la estufa. Mientras el hombre estaba fuera, dejando nuestro caballo en el establo, la mujer se acercó a nosotros y nos dijo en voz baja, y todo el tiempo mirando para ver si su marido venía, que los del pueblo estaban mal dispuestos hacia los franceses por la siguiente razón: cuando el ejército pasó en mayo, algunos cazadores de la guardia habían estado acantonados durante quince días en el pueblo; Y uno de ellos, alojado en la casa del burgomaestre, era tan joven y guapo que todas las mujeres y muchachas acudían a sus puertas para verlo. Era intendente. Sucedió un día que el burgomaestre lo encontró abrazando y besando a su esposa, con el resultado que la señora se ganó unos golpes. El intendente, a su vez, golpeó al burgomaestre. La señora está ahora en cierta condición, y la culpa se atribuye al intendente. Todos escuchamos y sonreímos por el modo en que la mujer relataba la historia. -Eso no es todo -continuó-. Hay otras tres mujeres en la aldea en las mismas condiciones que la esposa del burgomaestre, y es por eso que ellos no pueden ni ver a los franceses, y con lo apuestos que son. Apenas había terminado de hablar cuando el veterano se levantó y, tomándola del cuello, la besó. “¡Cuidado, que puede venir mi marido!” dijo ella.
(Adrien Bourgogne, Memorias del sargento Bourgogne)

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Nubes

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Linda Bolndheim

Con la descripción de las nubes
debería darme mucha prisa,
en una milésima de segundo
dejan de ser ésas y empiezan a ser otras.
Es propio de ellas
no repetirse nunca
en formas, matices, posturas y orden.
Sin la carga de ningún recuerdo
se elevan sin problemas sobre los hechos.
¡De qué van a ser testigos!,
en un segundo se disipan en todas direcciones.
Comparada con las nubes
la vida parece tener los pies sobre la tierra,
se diría que es inmutable y prácticamente eterna.
Frente a las nubes
hasta una piedra parece un hermano
en el que se puede confiar
y las nubes, nada, primas lejanas y frívolas.
Que exista la gente si quiere,
y después que se mueran uno tras otro,
poco les importa a las nubes
esas cosas
tan extrañas.
Sobre toda tu vida
y también sobre la mía, aún incompleta,
desfilan pomposas igual que desfilaban.
No tienen la obligación de morir con nosotros.
No necesitan ser vistas para poder pasar.
(Wislawa Szymborska)

Graham Gercken

Graham Gerken

No habrá una sola cosa que no sea
una nube. Lo son las catedrales
de vasta piedra y bíblicos cristales
que el tiempo allanará. Lo es la Odisea.
que cambia como el mar. Algo hay destino
cada vez que la abrimos. El reflejo
de tu cara ya es otro en el espejo
y el día es un dudoso laberinto.
Somos los que se van. La numerosa
nube que se deshace en el poniente
es nuestra imagen. Incesantemente
la rosa se convierte en otra rosa.
Eres nube. Eres mar, eres olvido.
Eres tambien aquello que has perdido.
(Jorge Luis Borges)

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renato muccillo

Renato Muccillo

Ayer estaba mi amor
como aquella nube blanca
que va tan sola en el cielo
y tan alta,
como aquella
que ahora pasa
junto a la luna
de plata.

Nube
blanca,
que vas tan sola en el cielo
y tan alta,
junto a la luna
de plata,
vendrás a parar
mañana,
igual que mi amor,
en agua,
en agua del mar
amarga.

Mi amor tiene el ritornelo
del agua, que, sin cesar,
en nubes sube hasta el cielo
y en lluvia baja hasta el mar.

El agua, aquel ritornelo,
de mi amor, que, sin cesar,
en sueños sube hasta el cielo
y en llanto baja hasta el mar.
(León Felipe)

alexander zimin

Alexandr Zimin

Islas del cielo, soplo en un soplo suspendido,
¡con pie ligero, semejante al aire,
pisar sus playas sin dejar más huella
que la sombra del viento sobre el agua!

¡Y como el aire entre las hojas
perderse en el follaje de la bruma
y como el aire ser labios sin cuerpo,
cuerpo sin peso, fuerza sin orillas!
(Octavio Paz)

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jacob van ruisdael

Kakob van Ruisdael

Nubes vaporosas,
nubes como tul,
llevad l’alma mía
por el cielo azul.

¡Lejos de la casa
que me ve sufrir,
lejos de estos muros
que me ven morir!

Nubes pasajeras,
llevadme hacia el mar,
a escuchar el canto
de la pleamar,
y entre la guirnalda
de olas cantar.

Nubes, flores, rostros,
dibujadme a aquel
que ya va borrándose
por el tiempo infiel.
Se desgaja mi alma
sin el rostro de él.

Nubes que pasáis,
nubes, detened
sobre el pecho mío
la gresca merced.
¡Abiertos están
mis labios de sed!
(Gabriela Mistral)

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Mario Pichler

¿Qué quieren esas nubes que con furor se agrupan
del aire trasparente por la región azul?
¿Qué quieren cuando el paso de su vacío ocupan
del cenit suspendiendo su tenebroso tul?

¿Qué instinto las arrastra? ¿Qué esencia las mantiene?
¿Con qué secreto impulso por el espacio van?
¿Qué ser velado en ellas atravesando viene
sus cóncavas llanuras que sin lumbrera están?

¡Cuál rápidas se agolpan! ¡Cuál ruedan y se ensanchan
y al firmamento trepan en lóbrego montón
y el puro azul alegre del firmamento manchan
sus misteriosos grupos en torva confusión!

Resbalan lentamente por cima de los montes,
avanzan en silencio sobre el rugiente mar,
los huecos oscurecen de entrambos horizontes,
el orbe en tinieblas bajo ellas va a quedar.
(José Zorrilla)

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The Tube

 

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La idea de construir una línea subterránea de trenes que uniera La City of London con las líneas de ferrocarril de su centro urbano comenzó a considerarse en 1830, y fue en 1855 cuando se consiguió el permiso para construirlo. El 10 de enero de 1863 fue abierta al servicio público la línea entre Paddington y Farrington, constituyéndose en el primer ferrocarril subterráneo del mundo.metro1
Los primeros trenes eran tirados por máquinas a vapor, para después, al ir creciendo y profundizándose, usar locomotoras eléctricas.
Debido a la sección circular de los primeros túneles, es que el Subterráneo es llamado popularmente The tube (El Tubo).
Actualmente el Subterráneo tiene 270 estaciones, 14 de las cuales se encuentran fuera del Gran Londres. Solamente el 45% de sus 420 kilómetros son subterráneos, el otro 55% del sistema son líneas de superficie.
El día de su inauguración, el subterráneo movió 38.000 pasajeros, actualmente, sus 11 líneas transportan en conjunto a 4,8 millones de pasajeros diarios.

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-¿Dónde queda la estación de Metro de Regent’s Park?; ¿podrían indicarle el camino al Metro de Regent’s Park? -inquirió Maisie Johnson. Había vuelto de Edimburgo hacía tan sólo dos días.
-Por aquí no; ¡por allá! -exclamó Rezia, indicándole que se echara a un lado, por temor a que viera a Septimus.
(Virginia Woolf, La Señora Dalloway)

 

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La madre llevaba a la hermanita de Winston, o quizá sólo llevase un lío de mantas. Winston no estaba seguro de que su hermanita hubiera nacido por entonces. Por último, desembocaron a un sitio ruidoso y atestado de gente, una estación de Metro.
(George Orwell, 1984)

 

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Hay una tendencia a utilizar el espacio subterráneo para los fines menos decorativos de la civilización; hay, por ejemplo, en Londres el Metro.
(H. G. Wells, La máquina del tiempo)

 

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—La verdad siempre lo es —respondió Roz, animada—. Pero en concreto, las tres describen tan sólo, efectivamente, un miércoles por la mañana normal y corriente. De forma que no es una cosa tan perfecta como inevitable.
—Yo voy para allá —dijo él, señalando hacia la estación de metro de Holborn.
—Está bien, le acompañaré. —Tuvo que acelerar el paso para seguirle.
(Minette Walters, La escultora)

 

 

 

metro8Se trata a ojos vista de uno de esos divagadores de profesión a los que entusiasma elucubrar preciosas paradojas en la soledad de sus despachos. Pura teoría. ¡Quién lo viera encerrado en el metro, en un vagón de tercera clase, frente por frente de los pasajeros, y puesto a la tarea de ir adivinando las profesiones de cada uno! Apostaría uno a mil en contra suya. (Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata)

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Escarabajo

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Los escarabajos con un grupo de insectos que conforman el orden Coleóptera, en el superorden Endopterygota. Sus alas delanteras están transformadas en unas cápsulas endurecidas llamadas élitros, y esto los distingue de los demás insectos. El orden Coleóptera contiene más de 400 mil especies.

Los escarabajos viven en todos los hábitats a excepción de los mares y las regiones polares.
En la cultura humana los escarabajos están presentes desde el Antiguo Egipto, donde el escarabajo sagrado estaba asociado a Khepri, dios del sol naciente.
En su relación con la actividad humana, los escarabajos pueden ser perjudiciales cuando los fitófagos constituyen unas peste. Pero las especies predadoras controlan una gran cantidad de insectos perjudiciales.
Adicionalmente los escarabajos son utilizados como alimento, como entretención y como mascotas.

“Algunos insectos, para proteger sus alas, las tienen cubiertas por élitros -el escarabajo, por ejemplo, cuyas alas son particularmente finas y frágiles”
(Plinio el viejo, Historia Natural)

golden¡Es la cosa más encantadora de la creación! -¿El qué? ¿El amanecer? -¡Qué disparate! ¡No! ¡El escarabajo! Es de un brillante color dorado, aproximadamente del tamaño de una nuez, con dos manchas de un negro azabache: una, cerca de la punta posterior, y la segunda, algo más alargada, en la otra punta. Las antenas son… -No hay estaño en él, massa Will, se lo aseguro-interrumpió aquí Júpiter-; el escarabajo es un escarabajo de oro macizo todo él, dentro y por todas partes, salvo las alas; no he visto nunca un escarabajo la mitad de pesado.
(Edgar Allan Poe, El escarabajo de oro)

beetle-¡Qué hermoso es el mundo! -exclamó la oruga-. ¡Cómo calienta el sol! Todos están contentos y satisfechos. Y lo mejor es que uno de estos días me dormiré y, cuando despierte, estaré convertida en mariposa.
-¡Qué te crees tú eso! -dijo el escarabajo-. Somos nosotros los que volamos como mariposas. Fíjate, vengo de la cuadra del Emperador, y a nadie de los que viven allí, ni siquiera al caballo de Su Majestad, a pesar de lo orondo que está con las herraduras de oro que a mí me negaron, se le ocurre hacerse estas ilusiones. ¡Tener alas! ¡Alas! Ahora vas a ver cómo vuelo yo. -Y diciendo esto, levantó el vuelo-. ¡No quisiera indignarme, y, sin embargo, no lo puedo evitar!
Fue a caer sobre un gran espacio de césped, y se puso a dormir.
(Hans Christian Andersen, El escarabajo)

NINA.- «¡Gentes! ¡Leones! ¡Aguilas y codornices!… ¡Ciervos astados! ¡Gansos! beetle3¡Arañas! ¡Peces silenciosos que poblabais el agua! ¡Estrellas del mar y demás seres que el ojo humano no alcanza a ver!… ¡Vidas todas, vidas todas, en suma…, que girasteis sobre vuestro triste círculo y os apagasteis!… ¡Hace ya mil siglos que la tierra no contiene ni un solo ser vivo, y que esta pobre luna enciende en vano su farol!… ¡En el prado, ya no despiertan con un grito las grullas, ni se oye el chasquido del escarabajo en la arboleda de los tilos!… ¡Frío, frío!… ¡Vacío, vacío, vacío!… ¡Miedo, miedo, miedo!…
(Anton Chejov, La gaviota)

ciervoAsí, el gigante negro vivía en el mundo de los coleópteros, insectos carnívoros, cazadores, cicindelas, carábidos, sílfides, ciervos volantes, tenebriones, mariquitas, estudiando toda la colección del primo Benedicto, aunque este último temblaba al ver sus frágiles especímenes en las grandes manos de Hércules, que eran duras y fuertes como una prensa. Pero el enorme alumno escuchaba tan silenciosamente las lecciones del profesor que valía la pena arriesgar algo para enseñarle.
(Julio Verne, Un capitán de 15 años)

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—Supongo que el querido doctor Pariamakhú ha dejado de luchar.
—Está desamparado.
—Es su actitud normal. Coloca suavemente a tu hija en su cuna.
Ramsés lo hizo. En cuanto abandonó los brazos de su padre, Meritamón respiró con dificultad.
—Sólo tu poder la mantiene con vida… Es lo que temía. Pero… ¿en que pensáis en este palacio? ¡Esta niña ni siquiera lleva un amuleto protector!
De uno de los bolsillos, Setaú sacó un amuleto con forma de escarabajo, lo ató al extremo de una cuerdecita con siete nudos y lo colocó en el cuello de Meritamón. Sobre el escarabajo había un texto: «La muerte ladrona no se apoderará de mí, la luz divina me salvará.»
(Christian Jacq, Ramsés II)