Noche y miedo

ImagenNo había luna esa noche, así es que estaba oscuro. De todos modos, la escasa luz que proporcionaba el cielo estrellado nos daba la claridad suficiente para lo que pretendíamos hacer, una audaz travesura, robar fruta en el predio grande.
Bajamos por la quebrada cuidando donde poníamos los pies, no era cosa de resbalar y terminar en el fondo, al final llegamos al bajo sin nada más que algún rasguño.
Teníamos pensado como entrar al predio, el muro de piedra estaba coronado por ramas de espino, cuyas finas agujas causaban heridas dolorosas y difíciles de sanar, así es que habíamos decidido entrar por el canal.
El canal pasaba por debajo del muro y cuando venía lleno, como en esa noche, no dejaba espacio libre entre el nivel del agua y el muro, por lo que había que pasarlo sumergidos. Sabíamos que sería complicado porque debíamos entrar contra la corriente, pero eso era una ventaja puesto que al regreso no nos costaría pasar con los sacos con fruta.
Llegamos al canal y comenzamos el trabajo de pasar, al primero lo ayudamos empujando entre dos, el segundo, uno empujando y el otro tirando, finalmente pasé con la ayuda de los otros que tiraron de mi hasta que logré pasar por el estrecho túnel contra el agua que presionaba fuertemente.
Nos sentimos felices, ya estábamos adentro. Ahora solo nos faltaba cruzar por entre los altos nogales hasta llegar al campo en el que los árboles, cargados de fruta, esperaban ser cosechados. Moviéndonos rápida y silenciosamente llenamos los sacos hasta el peso que éramos capaces de cargar.
La idea había sido buena, ahora solo nos faltaba deshacer el camino y regresar. Estábamos ya entre los nogales cuando vimos la luz de una linterna, había un guardián y no lo sabíamos. El grito de –¿quién anda ahí? nos sobresaltó, soltamos los sacos y nos tiramos al suelo. Juancho se había quedado algo atrás, al lado de un gran nogal, al que trepó como un gato. Con el Pedro estábamos a la orilla del canal y nos deslizamos por el barro hasta sumergirnos en el agua, apegados a la orilla quedábamos tapados por la yerba buena.
El guardián no quería hacernos daño, seguramente se dio cuenta de que solo éramos unos niños, así es que sacó su arma y disparó al aire para asustarnos. Con el disparo escuchamos un grito y luego el golpe de un cuerpo al dar con el suelo. Salimos del agua, el mundo se vino abajo, ya nada importaba porque ya nada había, ni fruta, ni noche, ni agua, solo estábamos nosotros, dos niños llorando de miedo bajo un nogal.

Jenofonte
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